CAPÍTULO 10 #2
Comimos en un coqueto restaurante, conversando de todo un poco.
Luca era un hombre atento, inteligente y divertido.
Y yo tuve que asumir que me atraía, que su mirada penetrante, su sonrisa pícara y su forma de ser lograban algo que había buscado todo ese tiempo en vano: evadirme del mundo.
Y, aunque aquel sortilegio mágico se disolvería como humo cuando aquella aventura terminara, pensaba disfrutarlo.
—Hacía tiempo que no lo pasaba tan bien —reconocí alzando mi copa.
—También yo.
—¿Ni con la rubia Loretta?
Me miró esbozando una sonrisa perspicaz.
—Ni con la rubia Loretta —admitió.
En aquel momento me pregunté hasta dónde era capaz de llegar con aquel hombre.
Por cómo me miraba, era fácil adivinar hasta dónde llegaría él, y aunque era una mujer libre, la cautela era una barrera difícil de sortear.
Me había aislado de relaciones de cualquier tipo.
A decir verdad, había tomado un camino en mi huida, una decisión que en realidad siempre me había merodeado desde la adolescencia, desde que perdí a mis padres.
Camuflado en la nostalgia, ese desapego por la vida aparecía tentándome con rendirme.
Siempre había luchado contra aquella inclinación, hasta que perdí toda motivación por seguir adelante.
No pude evitar preguntarme si ese diario era la puerta a la esperanza, a una nueva oportunidad.
De hecho, en apenas unos días me había sentido mucho más viva que tiempo atrás.
Quizá el único tesoro que en realidad tenía verdadera importancia era encender de nuevo mi pasión por vivir, descubrir que aún había cosas por sentir, situaciones que vivir, lugares que conocer.
Aquel viaje me estaba abriendo los ojos a un mundo nuevo pleno de sensaciones.
La nostalgia había comenzado a deshilacharse en guedejas a mi alrededor, pero permanecían ahí, acechantes, flotando ansiosas por volver a apresarme con su habitual inquina.
—No lo permitas —musitó él de repente.
Lo miré confusa. Había estado inmersa en mis pensamientos mientras terminaba mi plato.
—No permitas que la tristeza te atrape, Alessia.
Lo observé atónita. Dejé el tenedor en el borde del plato y me limpié con la servilleta. Bebí un sorbo de vino rosado y me enfrenté a él.
—¿También lees el pensamiento?
—He pasado demasiado tiempo observándote como para no poder interpretar tus expresiones.
—Has visto demasiado de mí y de mi vida, me temo —me lamenté incómoda.
Luca me sostuvo la mirada con inusitada gravedad.
—He llegado a conocerte sin estar presente en tu vida.
Me he sentido ligado a ti en muchas ocasiones.
He intentado ayudarte sin que supieras de mi existencia, aunque mi capacidad de actuación fuera muy limitada.
Había momentos, cuando te veía tan sola, cuando todo tu cuerpo gritaba un abrazo, en que tenía que apretar los puños y resistir la tentación de dártelo yo.
O cuando llorabas en silencio, me descubría sacando un pañuelo de mi bolsillo y me debatía por ir a tu lado y consolarte en mis brazos.
O cuando reías y te brillaban los ojos y yo me encontraba sonriendo.
O cuando discutías con tu esposo y yo me sentía impotente.
O cuando os besabais y os perdíais en vuestro dormitorio, entonces yo me marchaba y tardaba tiempo en volver.
Tras esa inesperada revelación que me dejó completamente anonadada, se hizo un silencio tenso, que él volvió a romper:
—He estado en tu vida estos cinco años, Alessia, como un infame intruso, de la forma más ingrata y más desesperante que se puede estar, siendo invisible para alguien que estaba tan presente en mi vida.
Tragué saliva, sostuve su mirada y vi que, de algún modo, quizá inevitablemente, se sentía ligado a mí de una manera especial. Una manera que tal vez lo confundía, preferí pensar. Aunque no pude dejar de sentirme abrumada por su intensidad.
—En cambio, para mí, no eres más que un extraño.
Asintió casi imperceptiblemente, pude detectar un leve matiz apesadumbrado que se aprestó a eliminar esbozando una sonrisa liviana.
—Espero cambiar eso.
—Ya lo estás haciendo —espeté devolviéndole la sonrisa—, gracias por ser tan accesible.
—Es lo menos que puedo hacer por ti. Y, aunque era un trabajo, me sentí un vulgar voyeur.
—¿Por qué mi abuela no contrató a un detective experimentado? Según me has dicho, no te ganas la vida como detective.
—Pensaba hacerlo, pero yo me ofrecí. En cierto modo, mis aptitudes en el campo de la criptografía no difieren tanto de la investigación detectivesca. Todo se reduce a observar.
—¿Cómo era ella?
Me observó concienzudo, y me sentí analizada y molesta por su escrutinio.
—Era como tú, incisiva, tenaz y directa. Además, tenía tus ojos grises y algunos de tus gestos.
—Imagino que debes de saber por qué huyó de nosotros. En la carta no lo aclara, aunque incide en la típica excusa de hacerlo por nuestro bien. ¿Qué pasó en mi familia realmente?
—Pretendo mantenerte interesada en mí algún tiempo más, así que no me pidas que te muestre todas mis cartas en apenas veinticuatro horas.
—Pensaba que confiabas más en tus encantos.
—Quizá mis... encantos... atraigan a mujeres como Loretta, pero a una mujer como tú dudo que logren impresionarla.
—¿Quieres impresionarme?
—Quiero que me conozcas.
—¿Por qué, Luca?
—Porque quiero dejar de ser una sombra.
De pronto su expresión cambió y se crispó visiblemente. Miró con preocupación un punto detrás de mi espalda y sus dedos se cerraron sobre su servilleta.
—¿Ocurre algo?
—Nada, será mejor que nos vayamos, te acompañaré al hotel.
Pidió la cuenta y se apresuró a levantarse. La sonrisa vacua que se esforzó en componer no aligeró su inusitado desasosiego.
Me cogió la mano, obligándome a acelerar el paso. Su lividez y las continuas miradas sobre su hombro me indicaron con claridad que huíamos de algo o de alguien. No obstante, decidí no preguntar y permití que me guiara por las calles sin pronunciar palabra.
Ya frente a mi hotel, y sin soltar mi mano, entramos en el hall y me condujo hacia los ascensores.
—¿Qué planta es?
—La segunda, pero no es necesario que me acompañes hasta la misma puerta —objeté confundida por su actitud.
—Pero quiero hacerlo —replicó—, ya sabes que soy muy anticuado.
Me guiñó un ojo y su expresión tensa se suavizó ligeramente.
Le sonreí asintiendo y, cuando el ascensor abrió sus puertas, tiró de mí para adentrarme en él. Pulsó el botón con el número dos, la puerta doble se cerró y, en lugar de relajarse, me tomó por los hombros y me besó.
Su apasionada urgencia, me inmovilizó momentáneamente, y el asombro dejó paso a un indignado desconcierto que dio alas a mis manos.
Posé las palmas en su amplio pecho e intenté empujarlo fútilmente.
Ante mi incipiente rechazo, él aferró mi cintura y me ciñó con fuerza contra su cuerpo, acorralándome contra la pared.
Intenté en vano resistirme, pero cuando su lengua se enredó en la mía, cuando su calidez me atravesó y su pasión se desató, mis defensas se debilitaron. No sólo me declaré vencida, sino que me encontré respondiendo con la misma vehemencia.
Apenas nos apercibimos de que las puertas se habían abierto y de que estábamos siendo observados, hasta que oímos un suave y admonitorio carraspeo.
Luca se separó de mi boca a regañadientes, me cogió de la mano y salimos al pasillo. Volvió a tomarme de los hombros y me miró con gravedad. No habló hasta que las puertas se cerraron.
—No voy a disculparme, Alessia. A decir verdad, he aguantado este impulso demasiado tiempo.
Sentí un cosquilleo en el bajo vientre y un aleteo extraño en mi pecho que me robó las palabras. Temblé ante su intensidad y, sin saber muy bien qué hacer, rebusqué en mi bolso la llave de mi cuarto.
Caminé hacia mi puerta seguida por él y, con el pulso todavía acelerado y las mejillas arreboladas, abrí y me giré encarándolo.
—Te... te llamaré cuando vuelva a necesitar un respiro.
—Aquí estaré para ti —musitó él con voz quebrada y rictus contenido. Sus labios inflamados atraían mi mirada y despertaban mis sentidos. La desvié de inmediato por temor a que adivinara el anhelo de volver a sentirlos sobre los míos—, como lo he estado siempre —agregó misterioso.
Tras un leve asentimiento con la cabeza, se alejó a grandes zancadas.
La tensión de sus hombros volvió rígido su porte, arrebatándole aquella elegancia felina que caracterizaba sus movimientos.
Cerré la puerta y me apoyé en ella tomando una gran bocanada de aire.
Dejé caer el bolso al suelo y exhalé dejando escapar un gemido.
Rocé mis labios con la yema de los dedos y cerré los ojos. Quise alargar aquella mágica sensación que había despertado en mí. Todavía confusa y abotargada, me descubrí sonriendo queda.
Algo más recompuesta, me agaché para recoger el bolso. Fue entonces cuando reparé en un pliego de papel junto a la puerta. Alguien lo había introducido por debajo.
Lo desdoblé intrigada y lo que leí me secó la garganta.
Está en peligro, Alessia. Cuídese del señor Vandelli, la está utilizando para llegar hasta el tesoro.
Es un hombre sin escrúpulos, capaz de todo por conseguir su objetivo.
Hay mucho más en juego de lo que cree. Pronto me pondré en contacto con usted para ofrecerle mi ayuda.
Hasta entonces, permanezca alerta y desconfíe de ese hombre.
Sentí un escalofrío que me hizo soltar la nota, que se planeó lánguida hasta posarse en la moqueta. Yo quedé allí absorta y aturdida, respirando agitadamente.
La duda sobre las verdaderas intenciones de Luca, que había ido disipándose con nuestra cercanía, me golpeó en aquel instante con fuerza arrolladora.
Pero también era posible que aquella nota insidiosa pretendiera precisamente eso, que yo desconfiara de él y me apartara.
Intentaban utilizarme, eso estaba claro, mi única incertidumbre era quién.
Lo más sensato que podía hacer era no confiar en nadie, y es lo que haría a partir de entonces.
De pronto, entendí el repentino malestar de Luca: debía de haber visto a alguien acechándonos.
Me acerqué a la cama, me recosté en ella, ahuecando el mullido cojín que adornaba el cabecero, y tomé el diario, que estaba sobre la mesilla. Supe que era de vital importancia que lo leyera cuanto antes. Alonza tenía la clave de aquel misterio y yo debía descifrarlo.
Lo abrí por donde lo había dejado y respiré hondo... Poveglia...