Meretrice CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Sonrió mordaz y, tras un leve gesto hacia la puerta, tomó mi antebrazo y me guio hasta la salida.

—Iremos a su hotel —apunté severa— y cogerá lo que quiera enseñarme mientras yo lo espero en la recepción.

Él tan sólo sonrió con cierto aire divertido, me guiñó un ojo a modo de aprobación y salimos al exterior.

La algarabía a aquellas horas era notable.

De la estación del vaporetto emergían numerosos grupos de turistas que se aglutinaban en la calle, obstaculizándonos el avance.

El señor Vandelli se tomó la libertad de cogerme del brazo de modo protector mientras nos filtrándonos entre el gentío.

Lo miré reprobadora, pero él se limitó a ignorarme, centrado en el avance.

Se detuvo en el siguiente embarcadero y me condujo hasta un taxi acuático.

—No está lejos —aclaró—, pero ante la marea de turistas que inunda la ciudad a estas horas, mejor por el canal.

Tan sólo asentí y me senté mientras él daba la dirección y el dinero al taxista.

Las oscuras aguas del canal estaban prendidas de destellos, dando la impresión de un manto negro engarzado de perlas iridiscentes.

Los coloridos edificios, la vida que bullía sobre los antiquísimos adoquines, las luces, las vibrantes melodías de acordeones y el animoso murmullo de conversaciones y risas exaltaban el ánimo de cualquiera, incluso el mío.

El ruidoso sonido del motor del barco predominó sobre el resto.

El señor Vandelli se sentó junto a mí mostrando una excesiva familiaridad; era tal su naturalidad que parecía conocerme de toda la vida.

No se comportaba como un desconocido, su exceso de confianza me turbaba sobremanera y por esa razón o por alguna otra me tensé incómoda y miré por la borda hacia la bulliciosa ciudad, ignorándolo.

—Espero no intimidarte, Alessia, nada más lejos de mi intención.

Me giré para mirarlo, sus penetrantes ojos castaños se clavaron en los míos, como si buscara algo dentro de ellos.

Su intensidad me secó la garganta. Bien era cierto que no estaba acostumbrada a la compañía masculina y que el tipo era atractivo, con un claro y atrayente halo varonil que despertaba mis adormecidas hormonas.

No era guapo en sí, pero su rostro anguloso, su mirada profunda y directa, sus carnosos labios, siempre con una peculiar sonrisa de suficiencia, y su aplastante seguridad irradiaban magnetismo, aunque también cohibían.

—No lo hace —mentí—. No se preocupe, sólo admiraba la ciudad.

—¿Crees que no percibo tu incomodidad? —Se giró en su asiento, apoyando el codo en el respaldo mientras adoptaba una posición de excesiva intimidad—. Espero que se deba al tiempo que has pasado sola y no a mí.

—Lo hace adrede, ¿verdad? —inquirí dirigiéndole un gesto adusto.

Las comisuras de sus labios se estiraron en una sonrisa indefinida.

—Quizá —reconoció, formando un mohín travieso—. De alguna manera tendré que romper tu... frialdad.

—Y ¿suele romper muros de hielo en tan poco tiempo, o acaso quiere batir algún record?

Apoyó indolente la barbilla en su mano y negó sucinto con la cabeza.

—No, contigo uso el tratamiento de choque.

No pude evitar sonreír ante su refrescante franqueza.

—Y ¿realmente espera que funcione?

—Realmente lo espero. El desconcierto suele obrar maravillas, baja la guardia y desnuda más que cualquier otra emoción.

La musicalidad de su tono me embriagó. En ese momento comprendí que su voz era otra de sus armas: sabía modularla con una cadencia baja y profunda similar a un ronroneo acariciador, capaz de subyugar envolviendo en su hechizo.

Pero ¿qué quería realmente de mí? ¿Aquello era parte de su acostumbrado ritual de seducción?

Y, si lo era, ¿por qué quería conquistarme?

No era una mujer especialmente llamativa ni me consideraba guapa; bonita a lo sumo.

Pero ese hombre tenía el potencial suficiente para atraer a la mujer que se propusiera, lo que me dejaba una sola respuesta a su conducta: interés en lo que pudiera descubrir sobre el tesoro. Debía andarme con cuidado, me dije.

—Apúntese su primer tanto. Me desconcierta usted, señor Vandelli.

—La franqueza suele causar ese sentimiento.

Bajé la mirada algo turbada.

Me fijé en sus manos de dedos largos y elegantes, uñas cuidadas y gráciles movimientos.

No llevaba anillos, sólo un reloj deportivo que contrastaba con su atuendo.

Llevaba una camisa blanca y unos pantalones formales de tela azul marino.

Era alto y delgado, pero fibroso, su porte destilaba una rotunda autoestima, y sus movimientos felinos exudaban agilidad y elasticidad.

Era un hombre que se cuidaba, seguramente practicaba deporte, también se percibía en él una viva inteligencia.

Quizá fuera analista, me aventuré a conjeturar por cómo examinaba su entorno con tan concienzuda frialdad.

Inmersa en mis particulares suposiciones, no reparé en que la barca había arribado a nuestro destino.

Se puso en pie y me ofreció su mano. Sin embargo, la rechacé altanera, me adelanté y dejé que el taxista me ayudara a subir a la acera.

Cuando miré hacia arriba, mis labios se curvaron en una sonrisa divertida que logré esconder rauda cuando él llegó a mi altura.

—Bienvenida a L’Alcova —anunció con pompa.

Era el nombre del restaurante que tenía frente a mí.

—Muy gracioso —acusé.

—Parece que no lo suficiente —se lamentó él y, tras otra de esas miradas indescifrables, añadió—: He reservado una mesa en la terraza. Espero que las vistas y la comida tengan más éxito en tu ánimo que mi compañía.

—Si empieza a darme respuestas, seguro que lo mejora.

Se limitó a asentir y me condujo hasta una mesa al fondo, pegada a la barandilla que daba al canal. El lugar era romántico y acogedor. Un centro de flores rojas adornaba una mesa cuadrada con mantel blanco de fino hilo; un candil con una vela roja otorgaba calidez e intimidad al ambiente.

Nos sentamos uno frente al otro.

Una suave brisa primaveral acarició mi rostro e, instintivamente, cerré un momento los ojos.

A pesar de que el local estaba repleto y las conversaciones se superponían unas a otras en un batiburrillo disonante, el hilo musical lograba hilvanar los sonidos, uniéndolos con un violín prodigioso, que reconocí como el de Paganini.

—Hermosa música —proferí.

Cuando abrí los ojos, lo descubrí absorto en mí.

—Muy hermosa, sí —pronunció pausado, recorriendo mis facciones con su mirada.

Me agité en mi asiento y, aunque deseé desviar la mirada, me sentí atrapada por su propia fascinación.

—Es la Sonata del diablo , de Niccolò Paganini —anunció—. Curioso título para una melodía romántica, ¿no te parece?

—Decían de él que hizo un pacto con el diablo para poder tocar como un ángel —recordé de una de mis clases de música de la universidad.

—Como la leyenda que persiguió a otro famoso violinista, Tartini, aunque fue él mismo quien la inició.

—Sí —confirmé—. En ese caso, él soñó que retaba al diablo a tocar una melodía romántica. Cuando despertó, se apresuró a escribir las notas para no olvidarlas y triunfó.

—¿Dónde está Dios cuando se lo necesita? —bromeó él.

Sonreí abiertamente y él de nuevo demoró su mirada en mi rostro.

—Me lo he preguntado muchas veces —respondí más distendida.

—Me habría gustado ver a Paganini ejecutando sus obras inmerso en el éxtasis creativo que conseguía romper las cuerdas de su violín.

—También a mí —coincidí—, pero él preparaba adrede esos finales tan dramáticos para impresionar a su público.

—Lo sé, todo un genio —adujo, alzando la mano para llamar al camarero—. La clave para impresionar sin duda es... dar un buen golpe de efecto.

Me miró con intención y sonrió seductor.

El camarero nos entregó las cartas y se retiró tras una cortés inclinación de la cabeza.

Tras elegir una ensalada, unos platos de pasta y un refrescante vino rosado, decidí focalizar la conversación.

—Quiero mis respuestas, señor Vandelli —pedí con atrevida rotundidad.

—Y yo quiero que me tutees, Alessia.

Sostuvimos un duelo silencioso hasta que asentí y pude ver un leve atisbo de regocijo en su faz.

—Luca —comencé. Sus ojos refulgieron triunfales—, ¿quién eres realmente y qué sabes de mí?

El camarero irrumpió para servirnos el vino, aguardó a que lo probáramos y diéramos nuestra aprobación antes de desaparecer de nuevo.

Luca tomó su copa y bebió sin dejar de observarme por encima del borde. No supe si su expresión de goce se debía al rosado líquido o a mí, porque me sentí bebida por su atrapante mirada.

—Soy criptógrafo, tu abuela contactó conmigo para descifrar el diario de tu antepasada.

Tengo una copia en mi despacho para el estudio.

—Estrangulé una sonrisa aliviada—. Sin embargo, estoy completamente seguro de que, a pesar de que tu abuela descubrió el nombre de Poveglia gracias a un simple acróstico, y de que esa isla aparece entre sus páginas, creo que. ..

—¿Acróstico? —lo interrumpí intrigada.

—Los acrósticos son palabras o frases que se esconden en un texto. La manera más común son los poemas en los que la primera letra de cada verso forma la frase o la palabra que se desea ocultar, o separadas por un patrón de letras repetitivo.

—Fascinante —argüí con franco interés.

—Creo que algo se nos escapa —continuó—, y que ese algo está oculto en esos pergaminos cosidos. Estoy convencido de que no se usó ningún códice ni método criptográfico, sino una versión antigua de la esteganografía. —Hizo una pausa para beber de nuevo, aprovechando para ahondar en mi expresión.

Yo abrí la boca para preguntar otra vez cuando él alzó su mano presto a continuar.