Meretrice CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

U N DESCONOCIDO ENTRE CANALES

Desde San Giovanni, tomé un tren hasta la Estación Central de Milán y, de allí, hasta Santa Lucia, en Venecia. El vaporetto fue mi último medio de transporte hasta el hotel Rialto, en pleno corazón de la ciudad, junto al emblemático puente.

No sé muy bien por qué lo escogí, pero algo me llamó hacia esa zona en particular.

Había elegido despreocupadamente la suite júnior con vistas al Gran Canal pensando en dilapidar mis últimos ahorros; de todas formas, yo ya no estaría cuando los buitres bancarios devoraran mis propiedades.

Era mi última gran aventura y no pensaba escatimar en gastos.

Me registré ante la formal y profesional expresión del recepcionista, impaciente por tirarme sobre la gran cama adoselada que había visto en las fotografías de mi reserva por internet y comenzar mi lectura.

Un botones me acompañó hasta la segunda planta y me abrió la puerta con una inclinación cortés de la cabeza, entregándome la tarjeta de mi habitación.

Me adentré en el cuarto lentamente, absorbiendo cada detalle con cierta solemnidad.

Las paredes estaban forradas de una elegante seda rosada adamascada, los muebles eran de corte renacentista, lacados en crudo con detalles florales.

Una gran ventana frente a la cama daba al Gran Canal y otra lateral más estrecha, al puente de Rialto.

Pesadas cortinas de tafetán dorado caían a cada lado del marco, y un tenue visillo de gasa blanca tamizaba la luz de la tarde.

En una esquina, un coqueto escritorio del mismo estilo con una preciosa silla tapizada en dorado.

Más allá, una butaca frente a una mesita de café y una cómoda con espejo a juego.

Abrí las ventanas, dejando que una brisa acariciadora agitara mi cabello.

Junto a ella, el ruidoso bullicio de una ciudad mágica congestionada por el turismo, pero que aun así no mermaba su encanto.

Una variopinta y colorista ola de visitantes abarrotaba el puente en un vaivén casi hipnótico, como una serpiente vistosa ondulando por sus adoquines.

Justo frente al hotel se encontraban la parada del vaporetto , restaurantes, tiendas y esa misma serpiente lánguida y ruidosa recorriendo cada callejón.

Me descubrí sonriendo a pesar de no ser mi primera visita a la ciudad, deseosa de perderme por sus calles, deambular sin rumbo y paladear un último recorrido en góndola. No, no había despedida mejor.

Me quité los zapatos y mi cazadora de piel verde botella y me desperecé con más ligereza que días atrás.

No me molesté en abrir la maleta, tan sólo extraje de mi bolso el diario y me lancé sobre la cama.

Cerré los ojos y, con el antiquísimo volumen sobre mi pecho, me sentí otra.

Una inusitada excitación comenzó a iluminar pequeños reductos de mi ser que se habían apagado en los meses anteriores.

Un amago de entusiasmo perpetuó aquella sonrisa tan extraña en mí, sembrando un cosquilleo desconocido en mi pecho.

Me incorporé ligeramente y me acomodé en los mullidos cojines que descansaban sobre las almohadas. Flexioné las rodillas y apoyé el libro en mis muslos.

Con actitud reverencial, lo abrí, resiguiendo con la yema de mis dedos el ajado pergamino.

Lo primero que me sorprendió fue que no hubieran hecho una copia para estudio, pues a todas luces aquel libro era el original.

En mi opinión, era una valiosa antigüedad que debería haberse conservado en un lugar adecuado, casi me parecía una aberrante profanación tocarlo sin guantes.

Aun así, y puesto que yo era la última descendiente de aquel linaje, pensaba disfrutar de cada línea, aroma y tacto con total libertad.

Sin embargo, en ese instante decidí donarlo a un museo para que jamás se perdiera la historia de mi antepasada, de mi estirpe.

Deslicé mis ojos por los primeros renglones:

Ésta es la vida de Alonza, meretriz, espía, esclava y superviviente, pero sobre todo la historia de una mujer que entregó su corazón para no recuperarlo jamás.

Tragué saliva: aquel principio auguraba una historia intensa y dramática. Solté el aire contenido y continué:

Venecia, República de la Serenísima, año 1630.

Tomé aliento de nuevo. Aquel año fue el de la gran plaga, la peste negra redujo a un tercio la población italiana. Más de sesenta mil venecianos murieron ese año.

Me disponía a proseguir cuando el zumbido de mi móvil me interrumpió.

No recibía muchas llamadas, y aunque me tentó dejarlo sonar, algo me impulsó a alargar el brazo hacia el bolso y sacar mi smartphone.

Número desconocido. Titubeé un instante hasta que acepté la llamada.

—¿Dígame?

—¿Alessia?

Aquella desconocida voz varonil y rasgada me envaró. A ese tono, un tanto íntimo, se sumó una sucinta familiaridad que me desconcertó.

—Sí, soy yo, y ¿usted es...?

—Luca Vandelli.

—No conozco a ningún Luca.

—Por algo te llamo: para que me conozcas.

Creí detectar un leve atisbo irónico en su tono que me incomodó.

—¿Y si no quiero conocerlo? —espeté con sequedad.

Una pausa. Oí un suave y contenido resoplido, como si estuviera pensando su respuesta o quizá armándose de paciencia.

—En tal caso, tendrás que ir sola a Poveglia.

Apreté los labios, recordando el nombre de la carta de mi abuela.

—Disculpe, señor Vandelli, claro que...

—Luca —me interrumpió rotundo.

—Luca —repetí algo molesta—. Sólo que pensaba que yo tendría que llamarlo en caso de decidir...

—Me he adelantado —volvió a interrumpirme—. Puesto que has venido a Venecia, he presupuesto tu decisión.

Agrandé los ojos con semblante demudado.

—¿Cómo sabe que...?

Otra pausa. Pude percibir su indecisión.

—Si quieres respuestas, te las daré en persona —musitó por fin—. Dentro de una hora paso a por ti.

—Señor Van...

Esta vez, el pitido del teléfono llenó el silencio. ¡Me había colgado!

Arrugué el ceño y maldije para mis adentros.

Cerré el libro y lo dejé sobre la mesilla.

★ ★ ★

Tras una renovadora ducha, me puse un sencillo vestido azul marino, me hice una coleta alta y, tras mirarme detenidamente en el espejo, tan sólo me animé a ponerme brillo de labios.

Mi tez demacrada pedía a gritos maquillaje e iluminador; mis apagados ojos, algo de máscara que los resaltara, y mis mejillas, color.

Acababa de cumplir treinta y seis años y, aunque nunca me había cuidado excesivamente, conservaba la figura y mi piel lucía tersa y firme, pero ya sin luz en ella, igual que tampoco tenía brillo en la mirada.

Me incliné sobre el lavabo y contemplé mis ojos un largo instante.

Una pesada tristeza se había afincado en ellos, endureciendo mi rictus y apagando mi tez.

Esa melancolía se había infiltrado lentamente, pasando de puntillas hasta el centro mismo de mi alma, de manera tan furtiva que apenas me había apercibido de aquella sibilina invasión.

Hasta que una mañana me di cuenta del tiempo que llevaba sin sonreír, sin encontrar una razón contundente para levantarme cada día, sin tener un solo motivo para salir de casa.

Y, a partir de aquel momento, la mayoría de mis actos fueron mecánicos, mis pensamientos grises y mi alma insustancial.

Incluso en los instantes en que recordaba mi vida en pareja, descubría apesadumbrada que tampoco me había llenado por completo, que ese vacío que ahora me inundaba por entero no era sino una extensión más aterradora de aquel pequeño reducto que había logrado contener con una vida corriente, que al menos ocupaba mis días y distraía mi mente.

Siempre había atribuido mi desánimo a la ausencia de niños, y achacaba a eso el haber sido incapaz de retener a mi esposo.

Pero con la perspectiva que daba la soledad, comprendí que, si nuestra relación hubiera sido sólida, no habría sido necesaria la compañía de hijos ni él se habría fijado en otra mujer.

Y desde esa misma perspectiva llegué a perdonarlo.

Él tampoco era feliz ni se sentía completo, y en el final de nuestro matrimonio no había más culpable que la caducidad de una relación que nunca había terminado de cuajar.

Ahora, él se sentía pleno con su nueva pareja, y yo.

.., bueno, yo era una sombra que vagaba sin rumbo, sin nada ni nadie que animara mis pasos, hasta ese día.

Ese día un desconocido vendría a recogerme. Y parecía un hombre acostumbrado a imponer su voluntad. Sería interesante ver hacia dónde llevaría esos pasos míos.

Decidí bajar a recepción. Si conocía mi paradero, conocería también mi aspecto.

Me senté en un cómodo tresillo de piel negro de cara a la puerta y cogí una revista para ojearla mientras escrutaba la entrada.

Al cabo de un rato, un hombre alto, de buen porte, cruzó la puerta y avanzó con paso seguro hasta la recepción. De pronto, sus ojos tropezaron con los míos y se detuvo en seco. Fui plenamente consciente de su mirada de reconocimiento y me puse en pie aguardando su presentación.

—Eres muy observadora, Alessia —me alabó tendiéndome la mano.

Esbozó una sonrisa aviesa e inclinó cortés la cabeza.

—Y usted muy predecible, señor Vandelli.

El hombre sonrió abiertamente. Sus cálidos ojos castaños refulgieron aligerando su gesto.

Era atractivo. Sus esponjosos labios captaron mi atención más de lo debido. Tuve que obligarme a retirar la mirada y recomponer mi expresión admirada.

Se pasó la mano por su espeso cabello oscuro, acomodándolo, en un gesto que dudé en interpretar como nervioso o vanidoso. Su mirada también se demoró en mi rostro, absorbiendo mis facciones como si deseara memorizarlas, o quizá encontrando en ellas algo que atraía su atención.

—¿Desde cuándo lleva vigilándome?

—Si comienzas a tutearme, te lo diré. Pero antes —hizo una intencionada pausa para clavar su mirada taimada en la mía—, permíteme llevarte a la alcoba.

Entorné los ojos sorprendida y lo escruté ceñuda.

—En mi alcoba no hay nada de su interés.

—Pero en la mía sí —murmuró.