Capítulo 15. Logan
LOGAN
Está prohibido matar; por lo tanto, se castiga a todos los asesinos, a menos que maten en masa y al son de las trompetas.
— V OLTAIRE
—Hola —digo, aliviado cuando Lana responde a la llamada.
No la culpo por huir de la locura que siguió a la agresión injustificada del sheriff, pero me preocupa que lleve horas sin contestar al teléfono.
El sheriff y sus ayudantes se están calmando en su comisaría. Johnson ganó la guerra de las detenciones, pero está perdiendo fuerza. Esta es una muesca más en el expediente que Collins está preparando contra él.
—Hola —dice con suavidad, su voz es un bálsamo calmante.
—¿Dónde estás?
Eché un vistazo por las cabañas, pero nada me indicaba que hubiera vuelto.
—Salí a correr. Me estaba… cabreando. No me gusta estar cabreada —dice con tristeza—. Espero que estés bien. No quería llamarte hasta estar segura de que no estabas con ellos.
—Estoy bien, Lana —respondo, sonriendo—. Créeme, puedo con unos cuantos policías paletos y un agente chapado a la antigua con complejo de superioridad.
—No los subestimes.
Oigo su voz detrás de mí y tiro el teléfono a la cama cuando la veo de pie en la puerta, con el pecho subiendo y bajando rápidamente y un ligero brillo de sudor en la frente.
—Cuelgan un cadáver del campanario y tú sales a correr —digo, con un suspiro, sin darme cuenta de lo tenso que estaba hasta este momento.
—Estaban atacándote. Sabía que, si abría la boca, solo empeoraría las cosas —dice mientras se quita la chaqueta y entra en la habitación—. Y se me da fatal morderme la lengua.
Mi sonrisa se ensancha mientras me acerco y la atraigo hacia mí por la cintura.
—Puedo librar mis propias batallas, así que reserva esa lengua para otras cosas mejores —le susurro al oído, sintiendo su sonrisa, aunque no pueda verla.
Empiezo a dejar una hilera de besos por el cuello y ella pega su cuerpo al mío.
—Me hacía falta esto —dice, mientras me abraza con fuerza.
Aunque me gustaría hacer algo más que abrazarla, me doy cuenta de que también es lo que necesito en este momento. Sobre todo porque está tan loca como para pasearse por un pueblo donde acaban de despellejar vivo a un hombre. ¿Por qué no puede ser normal y quedarse encerrada en la cabaña?
Me va a salir una úlcera por su culpa.
—Nos iremos tan pronto como termine este caso. Solo tú y yo y una playa muy muy lejana.
—Sé que dijiste una semana, pero… ¿no puede ser un poco más? —pregunta ella, echando la cabeza hacia atrás—. ¿Y si invito yo?
—No puedo coger más de una semana seguida con toda la carga de trabajo que tenemos, pero puede que pronto sí. Y yo correré con los gastos.
Ella pone los ojos en blanco antes de apoyar la cara en mi pecho y seguir aferrada a mí.
—Te quiero —digo en voz baja.
Me abraza con más fuerza mientras el bullicio se vuelve cada vez más intenso al otro lado de la ventana, donde todos me están esperando.
—Yo también te quiero —dice con un suspiro largo—. Tienes que irte, ¿verdad?
—Es lo que pasa cuando tienes que encontrar al tipo que acaba de desollar vivo a un individuo adulto.
Ella asiente y da un paso atrás, limpiándose el ojo.
—Cierto. Perdona.
—¿Estás bien? —le pregunto, agarrándole la barbilla con suavidad para que me mire.
Me mira con ojos vacilantes. Siempre me da todo sin pedir nada a cambio. Aun así, percibo una pregunta en su mirada y me siento dispuesto a hacer lo que ella quiera. Incluso si eso implica abandonar este caso y salir de aquí.
Pero en realidad todavía me queda mucho por descubrir en este pueblo extremadamente injusto mientras finjo centrarme únicamente en el asesino que nos ocupa.
Aunque, teniendo en cuenta que Johnson y el sheriff ya están conspirando para acabar conmigo, supongo que podría dejar de fingir.
A estas alturas ya saben que estoy haciendo algo más que recopilar información sobre el asesino.
Joder, prácticamente lo he gritado a los cuatro vientos.
Estoy preparando todo un puto caso en su contra.
Pero es muy difícil hacerlo sin tener pruebas físicas.
—¿Qué necesitas? —le pregunto cuando se queda callada.
—Esta tarde, si tienes oportunidad, ¿crees que podríamos pasar un par de horas juntos?
Es la primera vez que me pide algo así. Normalmente soy yo el que necesita que se adapte a mi horario de locos, por no mencionar las veces que ha tenido que soportar amenazas de muerte.
—Puedo tomarme toda la tarde libre —digo, acariciándole la mejilla con los dedos.
Ahora mismo no puedo permitírmelo, y menos con Johnson confabulándose con el director mientras hablamos. Pero eso me lo guardo para mí.
—Solo un par de horas —dice con una sonrisa tenue—. Sé que tienes muchas cosas de las que ocuparte.
El murmullo del exterior va en aumento, y me inclino para besarla en los labios.
—Volveré a las siete y entonces seré todo tuyo durante el resto de la noche.
Ella cierra los ojos cuando la toco, como si absorbiera la sensación de mi mano en su mejilla.
—Vale —dice con voz suave, abriendo los ojos para mostrar esos inquietantes ojos verdes que se han grabado para siempre en mi memoria.
Le doy un beso rápido y me dirijo hacia la puerta con la sensación de estar haciendo algo malo. Hasta ahora, nunca la había notado tan vulnerable.
Cuando salgo, hay gente haciendo cola, todos hablando al mismo tiempo. ¿Qué narices pasa? ¿Cuánto tiempo llevo dentro? Esto no estaba así cuando entré.
—¿Qué está pasando? —le pregunto a Elise.
Se vuelve hacia mí con expresión impasible.
—Al parecer, todo el mundo ha recuperado la memoria y ahora tienen prisa por contar lo que pasó hace diez años, además de lo ocurrido antes y después. Vamos a pasarnos el resto de la noche tomando declaraciones.
Hay gente en fila a lo largo de toda la calle, y me paso la mano por el pelo. Me giro y veo a Lana de pie en el porche, con la mirada fija en la larga cola de personas dispuestas a desentrañar los secretos que llevan tanto tiempo guardando.
La frialdad se ha vuelto a apoderar de sus ojos.
Es como si les guardara rencor.
El miedo siempre es un buen incentivo para que la gente se sincere.
Me vuelvo hacia Leonard y él me hace un gesto para que me acerque.
—Se supone que debo ir con Donny al forense para recoger el informe sobre Davenport —le digo.
—Voy yo contigo. Él se encargará de ayudar con todo este follón y de lidiar con los ayudantes del sheriff, que no hacen más que presentarse aquí para tratar de disolver la fila.
Como era de esperar, nadie se achanta. Supongo que tienen más miedo a un asesino capaz de desollar a un monstruo que a los hombres que los han tenido acobardados durante quién sabe cuánto tiempo.
Niego con la cabeza, dejando atrás el barullo.
En cuanto nos subimos al coche, arranco y empiezo a conducir.
—¿Has localizado a Jacob Denver? —pregunto.
—Según su contestador automático, está en California por motivos laborales.
—No me digas —murmuro—. Qué conveniente. Averigua si hay algo que lo demuestre.
—Alan confirmó que se utilizó el billete de avión y que alguien se registró en un hotel de California a su nombre.
Está revisando las imágenes de las cámaras de seguridad, pero ambos sabemos que es difícil verle la cara a alguien en una silla de ruedas con una gorra de béisbol.
Si está involucrado en todo esto, imagino que lo habrá planeado con mucho cuidado.
Aunque no sea realmente él, podrá demostrar su coartada.
Da golpecitos con los dedos en el salpicadero como si estuviera nervioso, y yo lo miro de reojo.
—¿Qué te pasa? —pregunto, con curiosidad.
—Tengo la sensación de que no te va a gustar lo que voy a contarte ahora.
—¿El qué?
Se gira para mirarme y yo me detengo en un semáforo.
—El director ha tenido muy vigilado a Alan, así que le pedí a un viejo amigo que investigara un poco más. He descubierto que Jacob Denver tiene otro negocio en el que es, básicamente, un socio en la sombra.
—Vale…
—¿Recuerdas que te dije que tenía una teoría, pero pensaba que era errónea? ¿Y que luego descubrimos que nuestro sospechoso tenía un cómplice?
—Claro. ¿Por qué te estás poniendo tan nervioso? —pregunto, confundido.
—¿Te suena de algo el nombre de Kennedy Carlyle?
Me quedo pensando, tratando de hacer memoria.
—El apellido Carlyle sí… Mierda. Así se apellidaban los conductores ebrios que conducían el coche que mató a Jasmine Evans.
Él asiente despacio.
Da golpecitos cada vez más fuertes con los dedos, más alterado de lo que nunca lo había visto.
—Al principio pensé que se trataba solo de una casualidad.
Fui al hospital para preguntar por Victoria Evans, pero cuando mencioné a una chica de dieciséis años que había sufrido un accidente de coche en esa fecha, me dijeron que ya habían hablado con un agente del FBI sobre ella.
Me quedé desconcertado hasta que me entregaron un expediente sobre Kennedy Carlyle en lugar del de Victoria Evans.
No pudieron mostrarme mucho, pero me resumieron lo más importante.
—Me he perdido, Leonard —me quejo.
—Hadley Grace les llamó para preguntarles por Kennedy. Típico de ella.
—¿Para qué?
De repente se cuela entre los asientos y me da con la cadera en el hombro al pasarse a la parte de atrás.
—¿Pero qué cojones estás haciendo? —le recrimino, apartándome cuando vuelve a golpearme el hombro.
—¡Perdón! —exclama mientras se acomoda en los asientos traseros—. Solo quería asegurarme de estar fuera de tu alcance.
Levanto las cejas hasta que casi me llegan al nacimiento del pelo.
—Mira, me parecía totalmente absurdo, pero me cuesta creer en las coincidencias —continúa divagando.
—Leonard, te juro que estoy a esto de perder la paciencia. —Junto los dedos para mostrarle exactamente la poca que me queda.
—Hadley siempre investiga a las chicas con las que tienes algo —dice al fin.
—Me doy cuenta de que todo el mundo piensa que voy de flor en flor, pero nunca he oído hablar de Kennedy Carlyle —le digo secamente—. Y no salgo con tanta gente como dicen los rumores.
—Estaba en el hospital la misma noche que Victoria Evans… La misma noche en que murieron tanto ella como Marcus Evans.
—¿Y qué pasa?
—Que me parece demasiada coincidencia, teniendo en cuenta que sus padres fueron los culpables de la muerte de Jasmine Evans.
Así que seguí indagando. Kennedy Carlyle se cambió el nombre hace mucho.
Diez años para ser exactos. Además, abandonó el hospital en contra de las indicaciones del médico el día después de someterse a la operación que le salvó la vida.
—¡Maldita sea, Leonard! —grito.
—¡Vale! Está bien. —Respira hondo—. Antes de contarte esto, debes saber que no mantiene ninguna relación sentimental con otros hombres. Lo he investigado muy muy a fondo. De hecho, ha tenido muy pocas relaciones amorosas a lo largo de los años.
—¿Y a mí eso qué coño me importa? —gruño.
Recorre el coche con la mirada mientras yo lo miro fijamente por el espejo retrovisor.
—Se fue con Jacob Denver. Los dos son propietarios de una tienda online de compra, venta e intercambio. Y Kennedy Carlyle ahora se llama Lana Myers.
La sangre se me hiela en las venas mientras todo el oxígeno abandona mis pulmones de una forma dolorosa. El coche derrapa hasta detenerse bruscamente y Leonard se agarra al respaldo del asiento delantero.
—El cinturón —murmura, haciendo una mueca—. ¿Cómo me he olvidado del cinturón?
Escucho en los oídos el latido de mi corazón acelerado. Me sujeto al volante con todas mis fuerzas mientras miro al frente, pero no veo nada.
—Te quiere, Logan. Creo que deberías saberlo antes de hacer nada.
Algo se enciende con un estruendo y el silbido del fuego me saca por un instante de mis pensamientos en el momento en que las llamas se propagan por una de las paredes del ayuntamiento.
La gente tropieza y se queda mirando con la boca abierta mientras van apareciendo palabras, esta vez escritas con fuego.
Corred. Antes de que este pueblo arda hasta los cimientos. Corred. Corred. Corred.
—No —digo en voz baja, negando con la cabeza—. No. Es imposible que sea Lana.
—Eso pensaba al principio —responde demasiado bajo—.
Entonces leí los resultados de la autopsia de Plemmons.
Lana tenía algunos moretones. Plemmons estaba cubierto de ellos.
¿Te parece normal que un hombre que había sometido fácilmente a tantas mujeres en el pasado acabara corriendo hacia una navaja después de recibir una paliza? Nunca lo investigamos por…
—Hadley —susurro con voz ronca.
—Sí. Hadley. Y entonces llegó el caso del pedófilo que había abusado de…
—Hadley —repito, sintiendo cómo las ataduras de la traición me aprietan cada vez más, como si se convirtieran realmente en una soga alrededor de mi cuello.
—Sí —murmura, con la voz cargada de lástima—.
Obviamente, cree en todo lo que Lana le ha contado sobre su misión.
Después de lo que Hadley pasó, no es de extrañar.
Yo también lo comprendo, pero… no entiendo cómo puede actuar en nombre de otra persona sin mostrar signos de sufrir brotes psicóticos. Siento que hay algo que se me escapa.
A medida que la verdad va calando lentamente en cada uno de mis huesos, voy sintiendo más opresión en el pecho, hasta que me deja totalmente paralizado.
—Te quiere de verdad —dice en voz baja desde la parte de atrás—. Lo he visto, Logan. Lo arriesgó todo para…
— Cállate —lo digo con voz ronca, incapaz de añadir nada más porque se me hace un nudo en la garganta.
Los coches nos adelantan mientras permanecemos parados en medio de la calle, y yo sigo con la mirada perdida.
Cada mañana me despertaba y pasaba el día preocupado por su seguridad, temiendo cada segundo que estaba lejos de ella. Y cada noche se iba a dormir cargada de secretos, seguramente riéndose de mí.
—Eres perfilador —dice Leonard, haciendo caso omiso de mi petición de que se calle—. Sabes que lo que ella siente no es fingido. No hagas ninguna tontería, Logan. Puede que seas lo único que la mantiene anclada a la realidad, y si la quieres… No olvides la historia de Katie.
Resoplo con desdén mientras el corazón me late desbocado en el pecho.
—Que. Te. Calles.
En lugar de ir a la oficina del forense, doy media vuelta y regreso a las cabañas.
—No se lo cuentes a nadie todavía. Quiero que lo confiese ella —le digo con un tono de calma letal.
—Te pido que no hagas ninguna tontería, Logan.
Aprieto el volante con más fuerza, con la traición corriendo por mis venas llenas de amargura.
He amado a una asesina de la que no sabía nada. He amado a una chica que estaba tan obsesionada con una familia muerta que acabó matando, o a la que un hombre manipuló aprovechándose de su psicosis.
Sea como sea, esta noche pienso averiguarlo.