Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 13. Logan
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Capítulo 13. Logan

LOGAN

La injusticia termina por generar independencia.

— V OLTAIRE

Estoy medio dormido cuando siento un cuerpo deslizarse sobre el mío y unos labios rozándome la mejilla. Al principio me quedo tumbado, sintiendo el calor de la otra persona, pero entonces me despierto sobresaltado y levanto la mano, dispuesto a golpear…

Abro los ojos como platos cuando Lana me agarra la muñeca con más fuerza de la que creía que tenía y echa la cabeza hacia atrás, con expre­sión de sorpresa al esquivar por los pelos mi puñetazo.

—¡Joder! —grito, incorporándome de golpe cuando se sienta a horcajadas sobre mí—. ¡Lo siento muchísimo! ¿Qué cojones? No quería…

Ella estalla en carcajadas, lo que me deja a cuadros.

—Supongo que no es la mejor forma de despertarte al no habernos ido a dormir juntos —dice, ahora sonriendo mientras me suelta la muñeca y me rodea el cuello con los brazos.

Casi me echo a temblar cuando pienso lo cerca que he estado de darle. Menos mal que tiene buenos reflejos.

—Maldita sea, Lana. Me siento fatal.

—No pasa nada —responde, sonriendo mientras roza sus labios con los míos—. Al menos no tengo que preocuparme de que ninguna otra mujer te seduzca mientras estoy fuera.

Gruño y le devuelvo el beso, con el cuerpo todavía estremecido.

—No tendrías que preocuparte por eso de todas formas. Ya te dije que no me enamoro tan fácilmente —murmuro contra sus labios.

Ella profundiza más el beso, enredando sus dedos en mi pelo. Justo cuando empieza a frotarse contra mí, la puerta se abre de golpe y oigo un grito femenino.

—¡Lo siento! —La voz de Lisa es como un jarro de agua fría para nuestra libido.

—Sí, seguro —refunfuña Lana, mirando por encima del hombro mientras yo suspiro y la sujeto contra mí. Ni siquiera hace ademán de apartarse, lo cual me alegra.

—¿Qué quieres? —le pregunto a Lisa, que tiene el descaro de hacerse la avergonzada.

—En serio, perdón. No sabía que Lana estaba aquí.

—¿Entonces te parecería normal entrar en la habitación de mi novio sin llamar si no estoy? —le pregunta Lana con un tono inquietantemente frío.

Frunzo el ceño al mirar el rostro de Lana. Está desprovisto de toda emoción, y es como si ocultara con demasiada facilidad la ira que siente. ¿Qué narices le pasa?

Me fijo en que Lisa echa los hombros hacia atrás y una sonrisa burlona se apodera de sus labios.

Ah, joder.

—Supongo que es la costumbre después de tanto tiempo entrando en su habitación. A veces se me olvida que ya no estamos juntos.

Menuda puta niñata.

—A mí jamás se me olvida —decido señalar, solo para que Lana no piense lo contrario, porque quiero que sepa que nunca haría nada con Lisa.

Lana no se inmuta, no cambia de postura y, por alguna razón, una sonrisa le tira de una de las comisuras de los labios.

—No me digas —responde Lana en voz baja—. Me da que voy a tener que refrescarte la memoria de vez en cuando.

Hadley carraspea, clavándole la mirada a Lana cuando pasa junto a Lisa y entra en la habitación. Es una maravilla que todos vean a Lana sentada en mi regazo mientras yo estoy en la cama con nada más que unos calzoncillos puestos.

Profesionalidad en su máximo esplendor.

—Lisa, no deberías tocarle las narices a Lana si ni siquiera te interesa Logan —dice Hadley con un suspiro.

Le lanza una mirada de advertencia a Lana por algún motivo y luego dirige su atención hacia mí.

—El sheriff ha convocado una reunión en el parque. Dice que quiere a todo el mundo allí. Están a punto de enviar a todos los habitantes del pueblo a buscar a Kyle ahora que ha amanecido.

A Kyle se lo llevaron en un vehículo ayer justo después del atardecer. Es imposible que lo encontremos en el bosque, pero el sheriff se niega a creer que haya habido un coche involucrado porque nadie dice haber visto uno.

Creo que subestima el terror que reina en este pueblo.

También creo que sobreestima lo que les importa su hijo.

—Me la llevo —le dice Hadley a Lana, y luego señala con el dedo—. Aquí no ha pasado nada.

Lana se encoge de hombros y se vuelve hacia mí mientras Hadley regaña a Lisa. A medida que sus voces se desvanecen, Lana se acomoda en mi regazo y la beso antes de que pueda decir nada.

—Lo siento —murmuro contra sus labios cuando interrumpo el beso—. Lisa es una mala pécora.

—Simplemente está acostumbrada a que tanto mujeres como hombres le dejen decir lo que quiera sin consecuencias. No es la primera vez que me enfrento a tías como ella. Mucho ruido y pocas nueces. Pero luego lloran a base de bien.

Ladeo la cabeza, observándola. Parece… distante. Como si de alguna forma estuviera ausente.

—Oye, ¿estás bien? —le pregunto en serio, mirándola a los ojos.

Parecen más fríos, rozando lo espeluznante.

—Ha sido una noche larga —dice antes de suspirar, acariciándome la mejilla con un dedo—. Pero ya me voy sintiendo mejor. Parece que tuvieras poderes mágicos o algo así, me recuerdas que soy humana.

No tengo ni idea de a qué se refiere, pero es obvio que lo está pasando mal y que intenta encerrarse en sí misma.

—¿Qué ha pasado? —pregunto, sujetándole la cara.

Al instante, se le humedecen los ojos y parpadea rápidamente, como conteniendo las lágrimas.

—Nada —dice con una sonrisa forzada—. Solo que no he dormido mucho. Quería volver contigo lo antes posible.

La beso de nuevo, sintiendo que se relaja lentamente en mis brazos, como si estuviera derribando esa extraña barrera que se había interpuesto entre nosotros por un momento.

Su beso es inquisitivo, como si necesitara algo que solo yo puedo darle.

Pero, antes de que pueda profundizar, me suena el teléfono, recordándome todo el trabajo que tengo hoy y que solo he dormido un par de horas.

Gimiendo, interrumpo el beso y apoyo mi frente contra la suya.

—En cuanto termine el día, reanudaremos ese beso. Hadley tiene un montón de material forense que revisar hoy en la cabaña que está más alejada. Quédate con ella.

—Me encanta que me protejas tanto —dice con suavidad.

Nuestros ojos se encuentran, y vuelvo a intentar descifrar qué le pasa por la cabeza.

Es como si estuviera librando una batalla interna, pero no me dice por qué.

Casi me dan ganas de dejarlo todo y pasar el día en la cama con ella para poder ofrecerle el mismo refugio que ella me ha proporcionado tantas veces.

—Venga —dice con un suspiro mientras se levanta y se arregla la camisa roja. Ha usado ropa roja casi todos los días desde que llegamos. Puede que incluso todos.

—¿Por qué vistes tanto de rojo? —le pregunto, trazando con los dedos el dobladillo de la camisa cuando se pone de pie.

—Metí en la maleta un puñado de ropa sin mirar. Parece ser que lo cogí todo de la sección roja.

Me dedica una sonrisa poniendo los ojos en blanco.

—¿Tienes una sección roja?

—Tengo un vestidor enorme. De alguna manera tengo que organizarlo.

Ella sale disparada de la habitación y yo me levanto, pasándome la mano por el pelo. Ni siquiera tengo tiempo de darme una ducha que me espabile porque el puñetero teléfono no deja de sonar.

Al salir de la cabaña, bajo la mirada y veo a Lana desapareciendo en nuestro cuartel general provisional.

Leonard me está esperando fuera.

—¿Problemas? —pregunta, con los ojos puestos en la cabaña más alejada, donde están Lana y Hadley.

—Lisa.

Él se ríe por la nariz y, mientras arranco, se sube al coche.

—Lisa parecía muy satisfecha cuando se fue.

—Es una puta pesadilla. —Le cuento rápidamente los detalles de la maravillosa mañana que llevo.

—¿Qué hizo Lana?

—Le sonrió y le soltó un comentario sarcástico, pero sin tono mordaz.

En realidad, fue un poco extraño. No se puso agresiva.

Casi cualquier otra mujer se habría puesto como loca si mi ex hubiera entrado a montar un espectáculo como hizo Lisa.

Pero, una vez más, Lana vuelve a sorprenderme con sus reacciones.

—Hace falta mucho control para no reaccionar en caliente —comenta Leonard, aunque parece que se lo dice más a sí mismo que a mí—. ¿Puedo hacerte una pregunta?

Me encojo de hombros.

—¿Qué opinas realmente sobre nuestra asesina? Si hoy descubrieras su identidad y la escucharas, ¿serías capaz de encerrarla sabiendo que de no ser por ella nunca se haría justicia?

Frunzo el ceño.

—La justicia no va de torturar y matar a un puñado de gente, Leonard.

—Olvídate por un minuto de que trabajas para el FBI. Finge que eres una persona que ha sido testigo de las mayores depravaciones de la humanidad y capaz de ver lo bueno en los monstruos.

—No te sigo —le digo mientras paramos en una calle cortada. Hay coches por todas partes, así que nos vemos obligados a aparcar atrás del todo.

—La mejor amiga de mi hermana, Katie, salía con un camello —dice de repente, y yo me giro en el asiento para mirarlo con una ceja arqueada.

Él me mira a los ojos y continúa:

—Nunca vendía a menores, cuando estaba en casa aparcaba por completo el mundo de las drogas y, si alguno de sus chicos vendía a un menor, acababan encontrando sus cadáveres flotando en el río, sin cabeza, manos ni pies.

—Qué buen ojo para elegir a los hombres —digo, confundido.

Él pone los ojos en blanco.

—De entrada, cualquiera diría eso. Pero ningún chaval de su ciudad tenía acceso a drogas.

Ningún forastero se atrevía a venderles nada a los chavales de la zona por miedo a lo que les pudiera pasar.

¿Y Katie? A ella nunca la tocó. De hecho, la adoraba, la trataba como a una reina y volvía a casa con ella todos los días, además de jurarle que ella le había salvado de sus demonios.

—¿Adónde quieres llegar con esto? —pregunto, todavía perdido.

—Katie no tenía ni idea de que se dedicaba a eso, aunque casi todo el mundo en la ciudad lo sabía.

Nunca corrió peligro. La policía hacía la vista gorda simplemente porque, si metes a un traficante entre rejas, aparece otro, y al menos este no les vendía a los niños.

Más vale malo conocido que bueno por conocer, y todo eso.

Deja escapar un suspiro pesado.