Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 9. Logan
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Capítulo 9. Logan

LOGAN

Hay verdades que no son para todos los hombres ni para todos los tiempos.

— V OLTAIRE

Dos agentes nos bloquean el paso en cuanto pisamos el porche delantero de la casa de Kyle Davenport.

—Lo siento, agentes, pero no está permitida la entrada sin la autorización del sheriff —me dice el que tengo delante.

Chad Briggs. Me acuerdo de él.

Me limito a sonreír.

—A menos que queráis que llame a más compañeros por estar obstaculizando una investigación federal, os sugiero que os apartéis de mi camino.

Briggs da un paso hacia mí con un brillo desafiante en los ojos.

—El agente especial Johnson es el responsable de su unidad. Si él quiere venir a hablar con Kyle, yo no me opondré, pero nos tomamos muy en serio el peligro que corre su vida, así que no vas a dar un paso…

Sus palabras terminan en un gruñido cuando le agarro la muñeca, se la retuerzo y lo lanzo de cara contra la pared de la casa. Leonard saca su arma cuando el otro ayudante del sheriff intenta empuñar la suya como un idiota.

—A ver si nos entendemos —le digo a Briggs mientras le aprieto el brazo con más fuerza detrás de él, arrancándole un grito—.

Hablaré con quien me dé la gana, sobre todo teniendo en cuenta que anoche intentasteis acabar conmigo.

Si sois listos, mantendréis la boca cerrada hasta que me haya ido.

De lo contrario llama­ré a todos los putos contactos que tengo en el FBI para traer a un ejército de agentes a este pueblo y contarles que un puñado de ayudantes del sheriff corruptos intentan quitar del medio a un agente federal.

Ahora, ¿te apartas o prefieres que empiece a llamar a gente?

Deja de forcejear y siento que se tensa.

—Ya decía yo. Piensa en lo que harías si un extraño atacara a uno de los tuyos. Pues yo también tengo amigos que actuarían así, ayudante.

Él maldice, y el otro tipo se da la vuelta y entra en la casa llamando a Kyle mientras Leonard enfunda su arma.

Briggs se frota la muñeca herida y yo le doy un empujón que lo obliga a pasar delante de nosotros. Prefiero hablar con Kyle a solas, pero no quiero que nos echen encima al sheriff como un perro de presa antes de que pueda intercambiar unas palabras con él.

—¡Kyle! —vuelve a gritar el otro ayudante.

—Que sí, que ya voy —dice una voz al otro lado del pasillo.

Kyle Davenport aparece sin nada más que una toalla y una ceja arqueada.

—¿Quién coño sois?

Es más delgado que las otras víctimas, pero igual de fuerte, como si hiciera ejercicio pero no quisiera ganar volumen. Tiene el pelo oscu- ro, que le cae casi por encima de los ojos, también oscuros. Es alto, más o menos de mi es­tatura.

—¿Qué te parece si soy yo quien hace las preguntas aquí? —digo con una sonrisa de suficiencia.

—Son unos tipos del FBI —farfulla el otro ayudante.

—Creía que papá había dicho que mantuvierais a esos capullos lejos de mí —dice Kyle arrastrando las palabras, sin inmutarse en absoluto por nuestra presencia.

Se deja caer sobre una silla, todavía solo con la toalla.

—¿Qué queréis de mí? —pregunta con indiferencia.

—En realidad sabemos bastante sobre ti. Solo queríamos conocer al hombre que violó y asesinó a dos chicos con solo diecinueve años. El mismo que participó en una brutal agresión pocas noches antes —le suelto.

Kyle frunce los labios, pero los dos agentes dejan escapar un grito ahogado.

—¡Ni de coña, vamos! Dijiste que solo queríais hablar. No vais a venir aquí a acusarlo de asesinato —grita Briggs, levantando el móvil.

Kyle se limita a mirarme, inclinando la cabeza con aire despreocupado. Se cree intocable. No hay un atisbo de emoción en su rostro. Es un sociópata, no un psicópata.

No es nuestro hombre.

—Ya tengo todo lo que necesito, ayudante —digo mientras me pongo de pie.

Llaman a la policía de inmediato, pero Kyle habla justo cuando llego a la puerta.

—Esa morenita tan guapa que ronda por el pueblo… ¿Es tu novia, agente? —pregunta Kyle, sonriéndome con sorna cuando me doy la vuelta.

—Pues sí —pronuncio las palabras con naturalidad, sin dejar que perciba la rabia que hierve en mi interior.

Él se relame, sin dejar de sonreír.

—Será mejor que no la pierdas de vista. En un pueblo con tantos solteros te pueden quitar a una chica como esa enseguida.

Quiere que responda de forma agresiva, probablemente es lo que espera. Busca deleitarse poniéndome nervioso con esa amenaza velada. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no dejar que se salga con la suya.

—Es gracioso. Justo estaba pensando en que Lana podría hacer que desearas no haber nacido —digo despreocupadamente.

Leonard se relaja a mi lado, siguiéndome el juego mientras se obliga a mostrar una postura calmada.

—Las mujeres me adoran —insiste Kyle—. Les encanta todo lo que les hago. Seguro que a ella también le gustaría.

Leonard interviene antes de que pierda los papeles.

—Parece que no ves las noticias, ¿no? —le pregunta Leonard, sujetando la puerta abierta para que salgamos.

—No tengo tiempo para eso —dice Kyle con desgana.

—Lo suponía —continúa Leonard—. Porque entonces sabrías que fue Lana la que mató al asesino en serie de Boston conocido como el Hombre del Saco.

La sonrisa burlona de Kyle desaparece y nos mira fijamente, probablemente buscando una señal de que le estamos mintiendo.

—Con su propia navaja —añado, manteniendo una sonrisa que transmite una oscuridad a la que no estoy acostumbrado.

—Después de que la atacara —continúa Leonard—. Él le doblaba en tamaño y había violado y asesinado a varias mujeres. Ella le dio una paliza y luego lo apuñaló, acabando con su vida justo cuando él se abalanzaba sobre ella.

Acto seguido, Leonard se marcha y yo me obligo a hacer lo mismo. Sí, ha exagerado la historia, pero Kyle ya no sonreía cuando me he dado la vuelta.

—Ahora no la tocará —dice Leonard en voz baja.

—Debería sacarla a toda hostia del pueblo este —digo con apenas un susurro mientras nos subimos al coche sin mirar atrás.

Con tanto tiempo al volante, ya se está haciendo tarde. El sol está a punto de ponerse y lo único que quiero es abrazar a Lana y sentir que está a salvo.

—Puede que Kyle Davenport no fuera el asesino en serie de entonces, pero te garantizo que pronto se convertirá en uno, si es que no lo es ya —dice Leonard mientras conducimos de vuelta a las cabañas.

—Y acaba de amenazar a mi novia.

—Ya te he dicho que no va a hacerle nada. No ha encajado muy bien eso de que no sea una debilucha a la que poder dominar.

—¿Y si se lo toma como un reto? —señalo.

—No le interesan los retos. Va a lo fácil —dice con un suspiro—. En este momento Lana está más segura con nosotros que en cualquier otro sitio sola.

Me revuelvo en el asiento y piso el acelerador para cruzar el pueblo.

—No dejo de ponerla en peligro con mi trabajo.

—Gajes del oficio —dice con tono sombrío—. Puede con esto, Logan. Es posible que sea de las pocas que pueden.

—Pero ¿no es muy egoísta por mi parte pedirle que lo haga?

No responde porque estamos llegando a la cabaña, donde el sheriff y Johnson esperan fuera. Cuando nos bajamos del coche, Lana está custodiando la puerta, con la cadera hacia un lado y sonriéndoles con aire burlón.

— Sheriff, puede decir lo que quiera, pero no va a pasar por aquí sin ponerme las manos encima.

Como se le ocurra, presentaré cargos por agresión.

Me da igual que sea su cabaña. Existe una cosita llamada ley que dice que no puede registrar un lugar cuando está ocupado por huéspedes a menos que dichos huéspedes le den permiso.

Si quiere, puedo buscarlo en el teléfono.

Se mantiene firme, con la mirada clavada en ellos, y Johnson aprieta la mandíbula.

—No tienes derecho a…

—¿Qué cojones está pasando aquí? —exijo saber, subiendo al porche.

Lana le hace señas con el dedo al sheriff cuando él intenta pasar a la fuerza junto a ella. De alguna manera, se las arregla para bloquearle el paso a pesar de su tamaño.

—No me toque, sheriff . Estoy grabando todo con mi móvil y pienso hacerlo público.

Él mira alrededor y ella sonríe.

—No soy tan estúpida como para tenerlo a la vista.

—¡He dicho que qué cojones pasa!

Me interpongo delante del sheriff, protegiendo a Lana.

—Hoy te has pasado de la raya —gruñe el sheriff —. Y he recibido una llamada diciendo que te han visto comprando drogas a Lenny Tolls, el camello de la zona. Así que he venido a registrar tu habitación. Si encuentro algo, te mandaré con tus superiores para que se ocupen de ti.

—Tienes que estar de coña, ¿no? —espeta Leonard.

Increíble. Después de hablar con su hijo, están desesperados y empiezan a cruzar límites.

—Ya les he dicho que si dejan que Elise y los demás registren a sus hombres, podrán entrar y echar un vistazo —afirma Lana con una sonrisa dulce, pero con aspecto desafiante.

El sheriff la fulmina con la mirada, y le pongo la mano en la cadera, intentando tirar de ella hacia atrás. No quiero que empiece a considerarla un objetivo, maldita sea.

—¿Por qué coño iba a permitir que me registren? —suelta el sheriff .

—Porque si va a meter algo aquí dentro, lo mejor es que le registren antes. Si no tiene nada que ocultar, ¿por qué no se deja? —Lana sigue insistiendo, no quiere morderse la lengua y se abre paso a empujones hasta colocarse a mi lado.

—Deberías ponerle una correa, Bennett. Ahora, si no tenéis nada que ocultar, echaos a un lado —espeta Johnson.

Lana empieza a abrir la boca y yo se la tapo, apretándola contra mí. Ella no se resiste, pero me lame la mano como una niña malcriada.

—Deja que te registre y podrás hacerlo —digo, encogiéndome de hombros.

Lana se relaja a mi lado. Tiene una puta mente brillante y es tremendamente observadora.

Leonard contiene una sonrisa.

—No voy a dejar que me registres —gruñe el sheriff .

—Pues entonces no te dejaré pasar.

—Es mi puta cabaña.

—La misma que el departamento ha alquilado hasta que se resuelva este caso.

Está a mi nombre. Para acceder, necesitas mi permiso o una orden de registro, que tendrá que pasar por diversos trámites, teniendo en cuenta que estoy trabajando en un caso activo que involucra la corruptela de este pueblo.

Te sorprendería saber cuántas personas se pasarían por aquí si aparecieran acusaciones tan oportunas como esta.

El sheriff da un paso atrás y entrecierra los ojos. Me señala con el dedo.

—Mantente lejos de mi hijo. Esto no va a quedar así. Conseguiré que te echen de mi pueblo, chico.

—Para ti soy agente especial Bennett, sheriff . Suerte con eso. Me ocuparé de demostrar que eres un hijo de puta corrupto, asesino y mentiroso mientras tú te dedicas a intentar que me saquen de aquí.

Él palidece un poco, y noto que Lana sonríe contra mi mano. Por lo visto, está orgullosa.

Debería.

Podría habernos causado un montón de problemas si hubiera conseguido colocar aquí alguna movida falsa y luego la hubiera «encontrado».

Johnson me lanza una mirada asesina.

—¡Este es mi puto caso! ¡Solo estás aquí por cortesía! —dice Johnson con los dientes apretados.

—Este es mi puto equipo. Tú solo estás aquí para salvarte el culo. El director poco puede hacer por ti, Johnson. Es solo cuestión de tiempo que la gente se dé cuenta de lo interesada que es la ayuda que te está brindando con esto. No tientes a la suerte.

Lanza una maldición y observo cómo él y el sheriff se dan la vuelta y se marchan. Leonard se relaja visiblemente y luego mira a Lana.

—¿Cómo sabías lo que iba a hacer? —le pregunta.

Ella se encoge de hombros cuando le libero la boca por completo y me seco la mano mojada en el pantalón vaquero.

—Lo vi una vez en un episodio de una serie policíaca. El policía corrupto se deshizo del bueno inculpándolo con droga. Pensé que era una situación muy probable en un pueblo como este, y no quería arriesgarme.

Elise sale al porche.

—Hadley está dentro con una cámara. Lo ha grabado todo. Como Lana también se aloja aquí, tenía todo el derecho a impedirles la entrada. Ha hecho bien.

Elise lo dice como si le sorprendiera.

Le agarro la barbilla a Lana y le levanto la cabeza para mirarla a los ojos.

—No te metas con ninguno de esos dos. Lo último que necesito es que te pongan una diana en la espalda.

—No estaba metiéndome con ellos. Simple­mente estaba ejerciendo mis derechos como ciudadana estadounidense —dice con inocencia. Incluso bate las malditas pestañas, y Leonard resopla, apartando la mirada mientras una risa silenciosa le sacude el cuerpo.

—Lo digo en serio —digo con severidad.

Ella sigue pestañeando con esos ojos de falsa inocencia.

—No pienso ceder y tragar, agente Bennett. A menos que sea para usted, claro está.

Leonard ya no puede contenerse y se aleja entre carcajadas. Yo refunfuño cuando veo que ella esboza una sonrisa. Lisa murmura algo, sorprendiéndome con su presencia cuando sale desde un lateral de la cabaña.

Lana lucha sin éxito por contener una sonrisa, y yo pongo los ojos en blanco.

—Hadley, tú te quedas aquí esta noche. Los demás tenemos que ir a otro sitio. Mantén los ojos abiertos —le digo mientras atraigo a Lana hacia mí.

—Siempre tengo los ojos bien abiertos, Bennett —bromea Hadley mientras se levanta y se dirige hacia la puerta.

Cuando se marcha, empujo a Lana contra la pared y aplasto mis labios contra los suyos, callándola antes de que pueda decir nada más. Ella gime en mi boca, agarrándome la camisa para acercarme más a ella.

Y entonces decido que mis planes pueden esperar.