Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 8. Logan #3
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Capítulo 8. Logan #3

—Son exactamente los mismos clavos que usaron con él.

Una pieza del puzle encaja en su sitio.

—¿Cómo dice? —pregunto, confundido.

Me doy cuenta de que hay varios tipos de clavos en la bolsa, y no solo de los pequeños. También hay unos más largos, como el que encontramos en el estómago de una de las víctimas.

—Le dieron clavos. Lo obligaron a tragárselos —dice Burrows tragando saliva con dificultad, como si pudiera saborearlos—.

El propio sheriff Cannon se los metió a Robert en la boca.

Robert lloraba, les suplicaba que parasen, defendiendo su inocencia una vez más.

Lo intenté —se apresura a añadir, mirándome a los ojos—.

Intenté detenerlos. Uno de sus ayudantes me golpeó con la culata de la pistola y me dejó sangrando en un rincón.

Se traga el chicle y se mete dos más, masticando con la misma intensidad mientras Leonard se sienta lentamente en una silla.

—Los clavos le perforaron el esófago. Escupía sangre y gritaba de dolor.

Entonces sacaron las porras y le hicieron cosas terribles por detrás.

Las utilizaron para violarlo en repetidas ocasiones, sujetándole la cara contra la mesa mientras sangraba por ambos extremos.

Cuando todos terminaron de cometer aquellos actos abe­rrantes, el sheriff lo mató a golpes.

Se atraganta con el chicle y se lo escupe en la mano, dejando un reguero baboso y pegajoso hasta que lo tira a la basura.

—Se lo conté al agente que estaba al mando en aquel momento. Se llamaba Johnson. Miller Johnson. Dijo que era un asunto de la policía municipal y que tenía asesinos de verdad a los que dar caza.

Leonard y yo intercambiamos una mirada, y el enfado se refleja en su rostro. Esto es lo que Miller ha estado ocultando.

—Lo sabía —continúa Burrows, mordiéndose las uñas mientras cambia el peso de un pie a otro—.

Él lo sabía antes de que ocurriera. No mostró sorpresa alguna cuando se lo conté.

Más tarde, esa misma noche, vinieron a verme y me dijeron que, si volvía a contar lo que había visto, me harían lo mismo a mí.

Me fui del pueblo, terminé mi residencia en otro lugar y me dediqué a la investigación científica.

Los insectos son menos peligrosos que las personas.

Leonard suelta un suspiro largo y yo conten­go las ganas de ir a buscar a Johnson y reventar­le la puta cara.

—Era inocente, ¿saben? —dice Burrows, levantando la vista de nuevo hacia mí—.

Evans, quiero decir. No mató a esas mujeres.

No pudo haberlo hecho. El asesino era zurdo y Evans era diestro.

Se rompió la mano izquierda cuando un niño se la aplastó en una taquilla a modo de broma. Kyle Davenport, para ser más concreto.

Se me hiela aún más la sangre.

—Victoria Evans rompió con Kyle por eso.

Le gritó delante de todo el instituto. Tres meses más tarde, a Robert Evans lo declararon culpable de aquellos asesinatos.

El proceso judicial más rápido en la historia de los casos de homicidio.

Y se produjeron dos asesinatos justo la semana después de que le rompieran la mano izquierda.

No podía haber sido él, pero aquello no interesaba.

No quisieron escuchar a los expertos. Solo prestaron atención al pedante del agente Johnson.

El sheriff Cannon solo buscaba a alguien a quien acusar.

Se mete un nuevo chicle en la boca y se limpia las manos en la camisa arrugada y un tanto maloliente.

—¿Quién más puede saber lo que le pasó a Evans? —le pregunto.

—Nadie que esté dispuesto a hablar. La mayoría de los ayudantes estaban en el ajo. Y Kyle Davenport también, por supuesto. Estuvo presente. He oído rumores de que hizo básicamente lo mismo con esos chicos, solo que aquella noche no llevaba clavos.

Parece que Kyle Davenport está en el origen de todos los problemas.

—¿Hay alguna posibilidad de que fuera zurdo?

—¿Kyle? —pregunta Burrows, palideciendo. Cuando asiento, él apenas susurra—: Sí.

Diecinueve. Diecinueve años es una edad muy temprana para ser tan metódico como lo era el asesino en serie original.

Según los informes, cada asesinato se cometió con rabia.

Un ataque de ira podría empujar a un sociópata a un arrebato homicida, si es que Lindy tenía razón y no estaba exagerando al utilizar ese término para describirlo.

Si hubiera tenido entre diez y veinte años más, habría encajado perfectamente en el perfil.

—Tenemos que encontrar la forma de hablar con Kyle Davenport —afirma Leonard con expresión sombría.

—Pero ya —añado.

—Llamaré a ese médium de camino a De­laney Grove —dice mientras nos dirigimos a la puerta.

—Y le pediré a Hadley que venga para ver si puede encontrar algo útil —digo yo con un suspiro, cerrando la puerta tras de mí al salir de la casa de Burrows.

—Lo dudo. Nuestra desconocida nunca deja huellas.

—¿Eso es todo? —grita Burrows detrás de nosotros, y me giro para verlo asomar la cabeza por la puerta.

—Por el momento.

—¿Puedo trasladarme a un hotel? Ahora mismo no me siento seguro.

Como no me apetece convencer a un científico de lo ridículo que es creer en fantasmas, me limito a asentir con la cabeza.

Leonard parece distante, incluso pensativo.

—¿Qué pasa? —le pregunto cuando nos subimos al coche.

No arranco, sino que cojo mi iPad y abro las fotos de las escenas de los crímenes anteriores.

Él se gira para mirarme.

—Ayer por la noche decidimos que por la mañana vendríamos a casa de Carl. El sospechoso habría tenido que actuar entre el momento en que tomamos la decisión tras volver del hospital y nuestra llegada a casa hoy.

Asiento lentamente.

—Creía haber averiguado algo, pero al parecer estaba equivocado porque ahora es del todo imposible —se lamenta.

—¿El qué? —pregunto, curioso, con los dedos suspendidos sobre la pantalla.

—Nada que suene sensato ya. Supongo que todo era producto de mi imaginación. ¿Qué estás buscando? —Señala mi iPad.

—El sujeto sabía que a Donny y a mí nos estaban atacando. El sujeto sabía que íbamos a venir hoy. El sujeto conoce cada movimiento que hacen sus víctimas. Este sujeto es un observador. Nos está vigilando desde algún lugar y…

Dejo de hablar cuando me fijo en los diminutos agujeros. Apenas los recordaba porque me pareció que no tenían importancia.

—Cada casa tiene uno en casi todas las habitaciones —le digo a Leonard—. Excepto en algunas de las últimas víctimas, en las que el sospechoso actuó a toda prisa. —Señalo los pequeños agujeros del tamaño de un clavo.

—Demasiado pequeños para ser de cámaras —responde.

—Ya sospechábamos que la agresora contaba con una inteligencia muy superior. ¿Y si dispone de este tipo de tecnología? Eso ex­plica­ría cómo consiguió salvarme a tiempo anoche.

—Ahora hablas en femenino —apunta.

—Todo mi ser me dice que se trataba de una mujer.

—Te creo —dice con aire distraído.

—Ya no lo dices tan convencido como cuando veníamos de camino.

Pongo el coche en marcha y dejo a un lado el iPad. Saber que la desconocida nos está observando es, en realidad, algo positivo. Hadley puede acceder a la transmisión de vídeo si encuentra la señal, e incluso podría hackearla para localizarla.

—Como decía —murmura Leonard entre dientes—, creía haber descubierto algo más.