Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 8. Logan #2
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Capítulo 8. Logan #2

—Y a Donny —le recuerdo.

Él se aclara la garganta.

—Tiene el suficiente control como para permitirnos descubrir lo que necesitamos saber y posponer los siguientes asesinatos —añade.

—Pero posiblemente eso se deba a que Kyle es el siguiente y está protegido las veinticuatro horas del día. No ha puesto un pie fuera de casa desde que empezó todo esto.

Él asiente despacio.

—Nuestra desconocida está dejando mensajes para aterrorizarlos a todos, y usa la voz de Jasmine Evans para recordarles el origen de esta corrupción.

Giro en una curva y él continúa:

—Anoche hablé con Lindy May —dice para mi sorpresa—. Cuando le conté lo que habíamos averiguado acerca del pasado, me dijo que solo conocía a tres de las víctimas de Kyle Davenport y que era un violador en serie, además de un posible sociópata.

Aparco en la acera y apago el motor antes de girarme para mirarlo.

—Es el hijo del sheriff y no nos dejan interrogarlo.

Él arquea una ceja.

—Estamos capacitados para descifrarlo. Si se trata de alguien que disfruta violando mujeres…

No termina la frase.

—Entonces podría ser el asesino original —gruño, y luego maldigo antes de golpear el volante.

—Quizás por eso no lo ha matado todavía.

Dirijo la mirada hacia la anodina casa azul que se encuentra entre dos casas blancas. Este pueblo se encuentra fuera de la jurisdicción del sheriff . Algo me dice que Carl Burrows no se mudó aquí por casualidad.

—Vamos a ocuparnos de esto antes de indagar en lo de Kyle —le digo a Leonard.

—El sheriff Cannon y Johnson no van a permitir que hablemos con Kyle. No me entra en la cabeza que Johnson encubra al verdadero asesino. Hasta en el peor de los casos, no deja de ser un puto agente.

—Porque la cagó. Le importa más su ego que la justicia —digo mientras bajo del coche.

Kyle tendría diecinueve años en ese momento. Una edad demasiado inmadura como para ser el asesino de entonces, a pesar de que encaja en todos los demás aspectos del perfil.

A menos que Lindy May tenga razón y sea un sociópata. Estamos buscando a un psicópata. Los sociópatas no pueden fingir empatía. Los psicópatas sí.

Cuando recorremos la acera, veo a alguien que nos mira desde la ventana a medida que nos acercamos a la puerta. Las cortinas se cierran de golpe y se balancean por la sacudida, y entonces la puerta se abre antes de que lleguemos al porche.

Es bajito y se nota que tiene ascendencia oriental por la forma de sus ojos y mejillas. Tiene el pelo oscuro y largo, recogido en una coleta. Por el aspecto desaliñado de su ropa arrugada y el olor corporal que percibo desde aquí, parece que tampoco sale mucho.

—¿Son el agente especial Logan Bennett y el agente Stan Leonard? —pregunta cuando subimos a su pequeño porche.

Frunciendo los labios para ocultar mi sorpresa, muestro mi identificación, al igual que Leonard.

Burrows se acomoda las gafas en la nariz para leer nuestros nombres, y luego levanta la vista y nos hace señas para que entremos rápida­mente.

Resisto el impulso de taparme la nariz al entrar.

Hay comida en mal estado esparcida por todas partes, cubierta de moscas y metida en peceras.

Hay otras urnas con más cosas dentro, pero tengo el estómago tan revuelto que no puedo fijarme en ellas.

Leonard tose y se tapa la nariz.

—El olfato es el sentido más débil de todos. En unos minutos ya no notarán el olor —nos asegura Burrows mientras nos guía por su casa.

—¿Qué es todo esto? —pregunta Leonard conteniendo las náuseas.

—Estudio el proceso de descomposición y la consiguiente actividad de los insectos. Es parte del programa forense que dirijo para ayudar a identificar la hora de la muerte en casos difíciles de datar.

—¿En su casa? —pregunta Leonard, con arcadas de nuevo.

—En el laboratorio tengo otros experimentos en marcha, y de todos modos desde casa puedo supervisar mejor las cosas.

—¿Cómo sabía que íbamos a venir? —le pregunto mientras recorremos su cocina, donde tiene varios «experimentos» más entre manos.

Huele como si la muerte se hubiera mezclado con algo podrido y juntos hubieran engendrado cinco vómitos.

Un escalofrío le recorre el cuerpo, se mete un chicle de nicotina en la boca y lo mastica compulsivamente.

—¿Creen ustedes en los fantasmas? —nos pregunta completamente en serio, mirando a todas partes con nerviosismo.

Leonard ladea la cabeza.

—No, ¿por qué?

—Porque yo sí. Soy un hombre empírico, pero considero que se dan demasiadas variables inexplicables en la vida como para creer que las cosas son tan concisas y sencillas como dice la ciencia. En una ocasión, un psíquico resolvió un caso en el que trabajaba.

Confundido, me apoyo contra la pared y dejo que divague.

—Dijo que el culpable era tuerto. Vio al asesino a través de los ojos de la víctima muerta y lo describió con todo detalle, desde el ojo hasta el tatuaje de serpiente que tenía en el cuello.

La policía encontró al tipo y también a su próxima víctima en el maletero del coche.

Ella aún estaba viva. Y no, el psíquico no tenía ninguna relación con él.

De hecho, ayudó a resolver muchos otros casos.

Se autodenominaba médium, pero yo sigo refiriéndome a él como psíquico, porque ellos ven cosas que las personas normales no pueden ver, ¿saben?

Miro a Leonard y él me mira a mí.

Al unísono, volvemos la mirada hacia el excéntrico doctor, que, al parecer, ha pasado de­masiado tiempo a solas con comida en descomposición.

No estoy seguro de cómo afectaría a la psique de una persona pasar un periodo prolongado en un entorno como este, pero apues-to a que estamos ante los resultados de esa pregunta.

—¿Por qué estamos hablando de psíquicos? —le pregunto con cautela, intentando sin éxito seguir el curso de su pensamiento.

—Porque lo he llamado hoy. Dijo que necesitaría tocar a una víctima o algo relacionado con el asesino.

Lo invité a mi casa y tocó la pared. No me dijo nada sobre el asesino.

En cambio, me dijo que el agente especial Logan Bennett y el agente Stan Leonard estaban en camino.

Me dijo que llegarían en diez minutos. Me pidió que les contara todo lo que sabía sobre Robert Evans.

Leonard saca el móvil de inmediato.

—¿Cómo se llama? —pregunta.

—Neil Mullins. Está limpio. No es a quien están buscando.

Es un médium auténtico y ayuda a resolver casos que de otro modo se estancarían.

Pero dijo que se negaba a involucrarse en este porque el asesino persigue almas demasiado oscuras y él no puede salvarlas.

Dijo que hay espíritus que le suplican que ayude al asesino y que esas almas oscuras están atrapadas por las más luminosas, que las mantienen aprisionadas.

Solo le ha pasado eso en contadas ocasiones.

Leonard baja el teléfono mientras mira a Burrows como si hubiera perdido la cabeza.

—Pueden comprobarlo. Lleva mucho tiempo colaborando con el FBI —añade Burrows.

Leonard se aleja, probablemente para hacer justo eso y averiguar si este tipo tiene alguna relación con Delaney Grove o con las víctimas.

No le contamos a nadie que íbamos a venir aquí, excepto a nuestro equipo.

—¿Por qué la pared? —le pregunto a Burrows.

Él señala por encima de mi cabeza y yo me giro, retrocediendo para ver las palabras rojas que tenía detrás.

—Las letras empezaron a aparecer una a una esta mañana justo enfrente de mis ojos —susurra entre temblores.

Se acabaron los secretos. Cuenta mi historia. Salva tu alma.

—Nunca quise mantener en secreto los detalles de la muerte de Robert Evans. Eso fue cosa del sheriff y del doctor Barrontine. No mía. No fui yo —dice apresuradamente, con el miedo, la cafeína y la nicotina haciéndole hablar a toda velocidad.

—¿De qué detalles habla? —pregunto, dándome la vuelta para mirarlo.

—No tengo pruebas, pero recuerdo el caso.

Estaba haciendo mi residencia allí. Después de ese asunto, se truncaron mis aspiraciones de ser médico forense y me convertí en científico.

La ciencia no tiene nada que ver con la política.

Es intrínsecamente sucia, pero no está mancillada por el ser humano.

Es simple matemática y verdad, y lo único que tengo que hacer es exponer los hechos.

Nunca quise mentir, agente especial Bennett. Le juro que estoy diciendo la verdad.

—Comprobado —dice Leonard con tono confuso cuando vuelve a entrar—. Joder, ha estado en México ayudando a resolver varios asesinatos cerca de la frontera durante los últimos dos meses.

Un médium. He trabajado con ellos antes, y o bien son unos estafadores o gente que busca llamar la atención y que hacen más mal que bien al aportar datos infundados que entorpecen o desvían la investigación.

Y, sin embargo, ¿este tipo nos conocía por nuestro nombre? Joder, si ni siquiera Elise sabe el nombre de pila de Leonard. Lo mantiene en secreto porque se lo puso su padre, y es un tema muy delicado.

—Lo investigaremos más tarde —digo, señalando el mensaje que hay sobre nosotros.

Leonard se queda sin aliento.

El asesino sabía que íbamos a venir aquí. Puede que no nos haya nombrado, pero sabía que vendríamos hoy.

Nos está vigilando.

Así es como supo que a Donny y a mí nos iban a atacar.

Así es como está escribiendo estos mensajes sin ser visto.

—Sé que era el fantasma de Evans —continúa Burrows—. Dejó esto —dice, recogiendo un paquete de clavos pequeños.

Suelto un suspiro apretando los dientes.

—¿Que dejó esto? ¡Es usted un científico forense! Debería saber que las pruebas no se tocan —gruño antes de sacar un guante y una bolsa de pruebas.

Los lanza sin cuidado sobre el microondas y se rasca los brazos con nerviosismo.

—Los fantasmas no dejan huellas —dice, sin parar de masticar el chicle.

—Cuéntenos todo lo que sabe sobre Robert Evans —le digo al inquieto científico, que se está metiendo otro chicle de nicotina en la boca.

Etiqueto la bolsa y Leonard le saca una foto, antes de hacer otra a las palabras que están sobre el marco de la puerta.