Capítulo 8. Logan
LOGAN
El secreto de aburrir a la gente consiste en contarlo todo.
— V OLTAIRE
—¿Dónde está Craig? —pregunta Leonard, rompiendo el silencio que reinaba en el coche.
—Justamente lo llamó el director para que lo ayudara en un asunto relacionado con los medios de comunicación al norte del estado. Johnson está a cargo de toda la prensa que cubre este caso.
Murmura algo entre dientes antes de añadir:
—Me toca las narices que sea tan obvio lo que están haciendo y que nadie nos ayude a frenarlo.
—Solo necesitamos pruebas. Además, tenemos que conocer toda la historia.
—Sería mucho más fácil resolver este rompecabezas si nuestro asesino nos lo explicara todo con detalle. Es obvio que quiere que sepamos la verdad —se queja Leonard.
Lleva absorto en sus pensamientos casi todo el viaje.
—Quiere que averigüemos la verdad por nosotros mismos. Cree que nos pondremos de su lado, y por eso nos ha estado protegiendo.
Leonard se gira para mirarme.
—¿Acaso te lo estás planteando?
Sacudo la cabeza.
—No. Comprendo que lo que pasó hace diez años fue una auténtica atrocidad, y no siento ninguna empatía por las víctimas que hemos ido encontrando hasta ahora, pero jugar a ser juez, jurado y verdugo no tiene excusa.
Además, ya sé cómo acaban estos casos. Comienza como una venganza, con personas concretas señaladas claramente como objetivo, pero al final deriva en una masacre cuando el sospechoso se descontrola y acaba con cualquier cosa que perciba como amenaza.
Vuelve a mirar por la ventana. Él también ha presenciado casos como estos.
—¿Y qué pasa si este fuera diferente?
—¿Cómo? —pregunto, confundido.
De nuevo se gira para mirarme.
—Ha habido casos excepcionales en los que los asesinos por venganza solo se han cobrado la vida de aquellos que les habían hecho daño, sin más víctimas colaterales.
—En contadas ocasiones —le recuerdo—. Y casi todos acaban con un tiroteo entre la policía y el sospechoso.
—La mayoría de los que buscan venganza lo hacen por sí mismos.
Eso es lo que provoca el brote psicótico: estar demasiado cerca de los desencadenantes cuando las emociones acaban por tomar el control —añade—.
Suponemos que este sujeto busca venganza en nombre de otras personas.
Podría ser capaz de distanciarse e incluso de crear vínculos afectivos, a diferencia de otros asesinos por venganza, ya que dudo que se trate de un sicario con trastorno delirante.
Suspiro profundamente, con cansancio.
—Entiendo que hayas entrado en conflicto, y más en este caso, dado todo lo que ya sabemos y lo que hemos visto. Pero, si no lo detenemos, morirán personas inocentes. Nadie tiene derecho a tomarse la justicia por su mano —digo con calma, aunque una voz dentro de mi cabeza contradice mis palabras.
Desvía la mirada antes de responder.
—Él o ella intentó conseguir ayuda. Intentó buscar justicia. No se la brindaron.
—¿Él o ella? —pregunto con curiosidad.
—A quien buscamos —dice con contundencia—. No sé si debemos seguir hablando en masculino si, según comentaste, te pareció ver a una mujer.
—¿Me crees? —Nadie más lo hizo.
—Viste a Hollis. Viste a Lana. ¿Qué te hizo creer que el sospechoso era una mujer si no llegaste a verle la cara?
Los hombres también pueden ser de complexión pequeña, y en este caso, tratándose de un sujeto tan organizado, estoy convencido de que ha tomado medidas para dificultar la investigación forense.
Esta persona podría haber disimulado sin problema su verdadera estatura y peso con las técnicas adecuadas.
Me quedo en silencio, sintiendo que me invade un escalofrío. Nadie se ha tomado la molestia de creerme.
—Los hombres también pueden ser de complexión pequeña —digo, de acuerdo con él.
—¿De qué altura estamos hablando?
—Alguien con la estatura de Lana.
Se aclara la garganta.
—Eso es muy específico —dice en voz baja—. Aun así, no explica por qué crees que es una mujer.
Mi mente vuelve a las imágenes borrosas de la pequeña figura derribando a Hollis y lanzándose sobre él.
—Juraría que escuché una risa femenina. Era fría y provocadora, casi como si disfrutara matando.
Se revuelve en su asiento y palidece un poco.
—¿En serio?
—Esta persona podría estar obsesionada con Victoria o Marcus Evans, lo que le llevaría a creer que es uno de ellos o que está vinculado a ellos.
Sería lo más lógico habida cuenta de que hemos descartado a los pocos amigos que tenían en este pueblo.
Yo no descarta- ría la posibilidad de que esté actuando en su nombre.
—Un sospechoso capaz de luchar, matar y planear meticulosamente asesinatos con técnicas para burlar la investigación forense responde a un perfil demasiado organizado como para matar en nombre de otra persona.
Eso sería indicativo de que sufre un brote psicótico —argumenta Leonard—.
Y, obviamente, sigue siendo lo suficientemente racional como para mostrar paciencia y control, lo que descarta automáticamente cualquier tipo de episodio de esa naturaleza.
Me quedo callado, pensando en todas las preguntas que han quedado en el aire. Todo concuerda y al mismo tiempo nada tiene sentido.
Es como si necesitara que le creásemos un perfil propio. Incluso se podría llegar a pensar que se trata de una mujer completamente opuesta al perfil habitual de una asesina en serie, dada la naturaleza tortuosa de los crímenes.
—¿Recuerdas el caso de San Antonio en el que estuvimos trabajando hace seis años? —pregunta Leonard finalmente, con voz pensativa mientras mira por la ventana.
Ni siquiera necesito que me refresque la memoria.
—El del padre que mató a cinco chicos que habían violado a su hija en una fiesta universitaria.
Asiente, todavía absorto en sus pensamientos.
—Llegó a ir a la comisaría del campus —le recuerdo—. Mató a dos agentes antes de que lo atrapáramos.
—La policía del campus nunca dio por válida la denuncia.
Cuando los interrogamos, dijeron que era muy común que las chicas pobres se emborracharan y denunciaran violaciones en las fiestas de las fraternidades para intentar sacarles dinero a los chavales ricos —dice Leonard, cerrando los puños—.
Tengo una hermana. Cada vez que ocurre algo así, pienso en ella.
—Caroline es capaz de cuidarse sola —le recuerdo—. Machacaría a cualquier tipo que intentara tocarla.
—Por eso fue una estupidez descartar a una asesina solo porque las víctimas eran hombres fuertes a los que se les había derribado a base de fuerza.
Mi hermana ha participado en veinte competiciones diferentes y ha ganado muchas de ellas.
Sería capaz de reducir fácilmente a cualquiera de esos tíos —señala, pensativo—.
Si una mujer supiera a lo que se enfrenta y se hubiera preparado con antelación para dificultar la investigación, sabría que trazaríamos un perfil lo bastante sexista como para descartarla por su género.
Aprieto los labios. Lo discutiría si no fuera por la figura pequeña que vi y la risa femenina que escuché.
—Lindy May Wheeler estaba impartiendo clases en la escuela infantil a las horas en las que se cometieron algunos de los asesinatos —continúa—. Lo comprobé anoche.
Lindy May es demasiado miedosa como para ser una asesina calculadora. Ni siquiera sospeché de ella.
—Si alguien se hubiera ensañado con Caroline de esta manera y nunca se hubiera hecho justicia, no creo que mi reacción hubiese sido mejor que la del asesino al que estamos intentando encontrar —dice en voz baja—.
Albert Rawlings se dejó matar cuando terminó.
Se había quedado sin balas cuando apuntó con su arma a los policías que lo habían acorralado.
Para él, todo había acabado. Nunca tuvo en mente matar a nadie más.
Y obligó a la policía a acabar con él porque no le quedaba ya nada por hacer ni por lo que vivir.
Soltando un suspiro de cansancio, vuelvo a pensar en ese caso. Fue uno de los pocos en los que no se produjo una masacre.
—Caroline aprendió a utilizar su complexión y peso a su favor frente a oponentes más corpulentos, así como todas las debilidades del cuerpo a las que podía sacar partido.
También aprendió a controlarse mucho al practicar diversas formas de artes marciales —continúa Leonard—.
No se trata solo de fortalecer el cuerpo, sino también la mente.
Esta sospechosa podría haber estado entrenando para el cuerpo a cuerpo, además de prepararse psicológicamente para afrontar el inminente brote psicótico.
Es obvio que estudió hasta el último detalle, así que no sería raro.
Si ese es el caso, es diez veces más organizada de lo que pensábamos.
—Si la desconocida está aquí con nosotros, es posible que los dos desaparecidos ya estén muertos —continúa—. Empezó a acelerar el ritmo de los asesinatos para poder estar aquí con nosotros cuando llegara el momento.
—Incluso dejó a uno vivo para poder volver —añado.
—Así que tiene suficiente control como para dejar de lado sus planes y venir a este pueblo, tal vez incluso para velar por nosotros.
«Velar por nosotros…».
—Un detalle más que no encaja con el perfil —digo, con un largo suspiro.
—Exactamente. La venganza es la motivación principal de estos asesinos, pero ella está aquí para asegurarse de que no nos pille desprevenidos un pueblo que ella sabía que era lo suficientemente corrupto como para intentar matar a un agente del FBI.
—Entonces la verdad le importa más que la venganza —digo en voz alta mientras intercambiamos teorías.
—O tiene los pies bien puestos en la tierra y no quiere que muera ningún inocente más a manos de este pueblo.
Sus palabras apuntan a una mentalidad que no encajaría con el sospechoso si se tratara de una venganza. Una vez más, nos encontramos con contradicciones, independientemente del perfil que elaboremos.
—Centrémonos en lo que tenemos. La desconocida lleva en el pueblo el mismo tiempo que nosotros, pero solo ha matado una vez —dice Leonard mientras conduzco—. Y fue para salvarte a ti.