Capítulo 7. Lana
LANA
Mi vida es una lucha.
— V OLTAIRE
Leonard me mira fijamente, tal y como no ha parado de hacer desde anoche. Me observa mientras preparo dos tazas de café y les añado leche.
—¿Quieres uno? —le pregunto a mi espectador.
—Ya me he echado, pero gracias.
Al principio pensé que sospechaba de mí, luego me dejó sola en la habitación con Logan y encima me dio una pistola. Entonces pensé que era un pervertido, pero esta mañana, cuando entró en la habitación para ver cómo estaba Logan y me pilló en bragas, se dio la vuelta de golpe.
Así que no sé qué mira tanto.
A menos que tenga putos monos en la cara.
—Así que Logan y tú vais en serio, ¿eh? —pregunta, levantando la taza de café que está bebiendo. No sé cómo no se duerme de pie. El sol acaba de salir y lleva despierto toda la noche.
—Eso creo. Al menos, yo sí.
—¿Piensas que él no?
Tengo que aprender cuándo cerrar el pico.
—Creo que sí —digo con una sonrisa forzada mientras me giro para mirar al señor Vigilante.
Se pasa un dedo por los labios con aire pensativo.
—¿Tienes familia por la zona de Washington?
Niego con la cabeza y sigo con mi tarea de remover ambos cafés.
—¿Ni un familiar siquiera?
Vuelvo a sacudir la cabeza.
—Te incomoda esta conversación, ¿verdad?
—No. Como persona tremendamente reservada, me encanta hablarle a un desconocido sobre mi pasado a primera hora de la mañana después de que atacaran a mi novio en un pueblo lleno de gente débil y cruel —respondo, cortante, sin apartar la mirada de él.
Abre los ojos ligeramente.
—Lo siento. Solo intentaba entablar conversación. Ninguno de nosotros tiene grandes dotes para conversar. Gajes del oficio.
Hago un gesto de indiferencia.
—Me pasó lo mismo con Logan la primera vez que nos vimos.
—¿Dejó de presionarte por tu pasado? Como digo, son gajes del oficio.
¿He dicho alguna vez lo poco que me gustan los cotillas?
—Le conté lo más importante. No a todo el mundo le gusta hablar de su pasado —digo, encogiéndome de hombros—. Le he contado más cosas que a nadie en años, pero no me presiona para que le proporcione más datos. Es una de las cosas que más me gustan de él.
Nos quedamos mirándonos el uno al otro con incomodidad durante varios minutos. No tengo claro qué pretende.
—Hola. —La voz de Logan nos insta a ambos a volver la cabeza hacia la puerta del dormitorio, donde aparece sin camisa y caminando hacia mí. Dirige la mirada hacia Leonard—. ¿Ha pasado algo mientras dormía?
Leonard niega con la cabeza.
—Todo estaba en silencio, como un pueblo fantasma.
El sheriff mantiene que Hollis era una mala hierba que actuaba por su cuenta y que no tiene ni idea de qué lo llevó a comportarse así.
Johnson dice que ya ha investigado al resto de sus compañeros y nos asegura que ninguno de ellos tiene nada en contra de nuestro equipo. —Leonard pone los ojos en blanco.
—Increíble. Le ha dado tiempo a evaluar a más de veinte ayudantes desde anoche, por no mencionar a otros cinco agentes de policía —dice Logan sin emoción, pero con un tono claramente receloso.
—Este es el asunto más chungo en el que me he visto involucrado jamás —dice Leonard, apretando la mandíbula.
—Hoy deja a Donny con Lisa. Tú te vienes conmigo. Voy a dar con Carl Burrows y a obtener algunas respuestas acerca de Robert Evans.
Casi se me cae la taza de las manos, y suelto un taco cuando se derrama el café y me quema los dedos.
Logan coge unas servilletas y se lleva mi mano herida a la cara para examinarla. Siento la mirada de Leonard sobre nosotros, pero la ignoro. No sé qué es lo que le pasa, pero tampoco me importa.
Ayer por la noche, mientras atravesaba el pueblo a toda velocidad, más rápido que nunca, casi se me sale el corazón del pecho.
Cuando vi a Hollis apuntando a Logan con su propia pistola, algo dentro de mí se quebró.
Mi lado asesino se despertó y me deleité derramando su sangre aún más de lo que disfruté matando a Lawrence y Tyler.
Si Logan no hubiera resultado herido, habría prolongado su muerte durante días.
—Esta noche estará la Casa Encantada en el pueblo —dice Leonard sin venir a cuento mientras Logan me besa los dedos, donde ya ha desaparecido la quemadura del café.
—¿Y? —pregunta Logan, mirando hacia él.
—Que Kyle Davenport irá. Según sus palabras, no iba a perderse lo único bueno que hay en este puto pueblo por culpa de un asesino cobarde de mierda.
Leonard se encoge de hombros, sin mirarme a mí por una vez.
Sabía que Kyle no se perdería la Casa Encantada. Siempre se lleva a una chica, quiera ella o no, y se la folla en un rincón con el sonido de los gritos que tanto le excitan.
Así de enfermo está. Es una de las cosas que debería haberme hecho sospechar hace mucho tiempo, pero no me di cuenta hasta que fue demasiado tarde y me convertí en una víctima.
La gente pasa de largo porque piensa que todo forma parte del espectáculo «para adultos» de la Casa Encantada.
Después de todo, es «la Casa del Pecado».
Está diseñada para mostrar todo el pecado que se esconde en el mundo oscuro y demencial que se extiende más allá de los límites de Delaney Grove.
Condicionan a los niños para que tengan miedo de abandonarlo demasiado pronto.
La casa para adultos es para mayores de dieciséis años, porque no basta con aterrorizar desde pequeños a mentes influenciables.
Necesitan que los adolescentes rebeldes se sometan al terror multiplicado por diez, y llevan la Casa Encantada al extremo.
Incluso se representan escenas de violaciones. A veces eran reales.
A Lindy la violaron en la Casa Encantada.
Hablando de Lindy, Antonio ya está en bancarrota, ha ocurrido antes de lo previsto. A ella le alegrará saber que está perdiendo todo lo que posee. Ayer mismo le quitaron el coche. Lo vi en directo en mi teléfono.
El hombre que llamó puta a su esposa pese a saber que todo lo que Kyle decía era mentira por fin está recibiendo su merecido. Solo quería seguir siendo un mecenas «muy respetado» de este pueblo, de modo que dejó a su mujer de lado y la condenó a sufrir sola.
Ahora solo queda esperar a que su vida se vuelva tan miserable que termine suicidándose.
—Es un puto gilipollas —balbucea Logan, acariciándome la frente con los labios. Me lleva un momento darme cuenta de que está hablando de Kyle.
—Estoy de acuerdo, pero el sheriff mandará a cuatro ayudantes a acompañarlo. Solo para que lo sepas —comenta Leonard, pero posa sus ojos en mí durante un segundo inquietantemente largo.
Ignoro su mirada, como llevo haciendo toda la mañana.
¿Cuatro ayudantes? Solo dos entrarán con él. A esos los puedo quitar de en medio fácilmente… Bueno, siempre y cuando estén en mi lista negra. Hasta ahora, solo hay un ayudante que es inocente de los crímenes cometidos hace diez años, además de las dos agentes del despacho.
Los otros dos ayudantes se quedarán fuera, vigilando que no haya ningún «hombre» sospechoso. No se darán cuenta de nada.
—Duerme un poco. Iremos a ver a Carl cuando hayas descansado —le dice Logan a Leonard, sacándome de mis pensamientos.
—Solo necesitaré unas tres horas —gruñe Leonard cuando se levanta.
Mientras se marcha, observo la sien de Logan, donde tiene cuatro puntos de sutura.
Logan no dice nada más antes de posar sus labios sobre los míos, sorprendiéndome con un beso intenso, profundo y estremecedor. Me inclino hacia él mientras me levanta y me coloca sobre la encimera. Cuando se posiciona entre mis piernas, las separo más en señal de invitación.
Alguien llama a la puerta e interrumpe el beso, dejándonos a ambos jadeando con mi frente apoyada en su pecho.
—¿Qué pasa? —grita Logan, sin moverse de donde está.
—Solo quería asegurarme de que estabas bien —dice Lisa desde el otro lado de la puerta—. Traigo café por si quieres abrir la puerta.
Hasta que no la raje, no va a parar.
—Tengo café y me encuentro bien. Gracias —responde Logan antes de reanudar el beso, atrayéndome hacia sí por las caderas.
Interrumpo el beso porque Lisa vuelve a llamar a la puerta, pero la ignoro cuando pronuncia su nombre.
—¿De verdad que estás bien? —le pregunto, obviando la punzada de pánico que me invade al pensar en lo cerca que estuve de llegar demasiado tarde.
—Sí —susurra, rozando sus labios con los míos—. Márchate, Lisa —añade en voz alta.
Ella resopla lo suficientemente fuerte como para que se oiga, pero Logan me levanta y me lleva de nuevo al dormitorio. Nuestra habitación está justo al lado de donde Leonard intenta descansar, así que procuro no hacer ruido cuando Logan me acuesta en la cama.
Siseo cuando empieza a quitarme los pantalones cortos.
—Leonard está…
—Roncando ya. Duerme como un tronco y no se enterará de nada.
Sonrío contra sus labios cuando me besa de nuevo, y los pantalones cortos se me deslizan por las piernas.
Sigo besándolo incluso cuando él prácticamente me arranca las bragas.
Y nuestros labios permanecen unidos cuando finalmente me penetra, tomándome lentamente, con deseo, y recordándome lo mucho que lo quiero.
—Te quiero —susurro al aire tan bajito que no creo que lo escuche.
Solo espero que nuestro amor sea lo suficientemente fuerte como para superarlo todo.
Sudoroso y sin aliento, me penetra una y otra vez, y yo le araño la piel, aferrándome a él para aprovechar cada segundo de esta cercanía.
Nuestros labios chocan, incapaces de encontrar el ritmo adecuado para besarnos suavemente, y él mueve las caderas con más ímpetu, golpeando ese punto dentro de mí que me hace perder el control y gritar su nombre.
Cuando detiene el movimiento de sus caderas, me acaricia la cara con la nariz y se estremece al alcanzar el clímax.
—Me encanta todo de ti —susurra, acariciándome la mandíbula con los labios.
Sonriendo, corro al baño para asearme y él me da una palmada en el culo al pasar. Ahora que parece estar bien, poco a poco voy recuperando la calma.
Al salir del baño, la tenue melodía de una canción que identifico y la inconfundible voz de una mujer que conozco demasiado bien me golpean como una tonelada de ladrillos.
«Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te llevará».
Doblo la esquina y me asomo a la sala de estar, donde Logan está viendo la televisión, y siento que el alma se me cae a los pies mientras los ojos se me llenan de lágrimas. La cara sonriente de mi madre aparece en la pantalla. Está feliz, ajena al cruel futuro que le aguarda.
Recuerdo esa noche con total claridad. Murió antes de poder ver lo horrible que se había vuelto este pueblo.
«Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá».
Saca una llamativa pieza de bisutería que se asemeja a un anillo de diamantes y se la entrega a la niña que está a su lado.
Ella tiene los ojos de un verde brillante y le tiemblan un poco las manos, porque está en el escenario y tiene miedo.
Pero su madre la tranquili- za acariciándole la barbilla, obligando a la niña a concentrarse solo en ella y no en el público.
«Duérmete, niño…».
El vídeo se detiene y el corazón me da un vuelco en el pecho cuando Logan dirige su mirada hacia mí.
—¿Estás bien? —me pregunta Logan, que me observa con el ceño fruncido.
Me aclaro la garganta y asiento.
—Sí —digo con voz ronca, consciente de la tensión con la que hablo—. ¿Quién es?
Señalo la pantalla congelada en la que aparece la sonrisa de mi madre.
—Jasmine Evans. Estoy tratando de descu- brir a alguien entre el público que destaque más de la cuenta, dado que el sospechoso está aprovechando lo que ocurrió esa noche para aterrorizar al pueblo.
Él vuelve a mirar la pantalla, pulsa el botón de reproducción y yo veo a mi madre cantarle a la niña inocente que solía ser. Ahora le sonrío en la pantalla, sin prestar atención a las miradas del público. Solo ella era capaz de calmarme mirándome simplemente a los ojos.
Una lágrima me resbala por la mejilla cuando ella se inclina y me besa en la frente en la vieja cinta.
No había nadie que interpretara mejor ese papel.
Se representaba la misma obra cada año, y mi madre actuó en ese escenario du-rante tres seguidos porque la gente quedaba hipnotizada por su voz y su capacidad para transmitir.
Debería haber sido actriz y haber difundido el mismo amor y alegría por todo el mundo con su sonrisa.
Yo quería ser como ella.
Hasta que aparecieron ellos.
Hasta que me destrozaron y acabaron convirtiéndome en esto.
El espejo sigue mostrando los mismos ojos, pero todo lo demás es diferente. Es como ver a otra persona. Una persona que ha dedicado su vida a luchar por la verdadera justicia.
—Solo la enfocan a ella. No consigo ver al público —dice Logan, interrumpiendo mis pensamientos mientras avanza rápidamente por las imágenes de mis mejores recuerdos.
—No podían apartar los ojos de ella —digo para mis adentros, mientras me seco una lágrima del ojo.
Él no me oye, y yo reprimo las ganas de rogarle que lo vea hasta el final para que sea testigo de lo increíble que era mi madre. Para que pueda hacerse una idea de quién podría haber sido yo.
Pero me limito a morderme la lengua cuando él saca el DVD y lo sustituye por otro. Se me revuelve el estómago cuando veo en la pantalla que las imágenes del juicio de mi padre han sustituido los dulces recuerdos de mi madre.
Mientras él ve la cinta, yo vuelvo al dormitorio. Tal como le dije a Hadley: la mente es demasiado frágil para algunos estímulos visuales, y yo conozco mis límites.