Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 4. Lana
29%

Capítulo 4. Lana

LANA

La historia no es más que un registro de crímenes y desgracias.

— V OLTAIRE

Durante la última hora y media, desde que se despertó, Diana ha estado mirándome fija­mente a los ojos, como para comprobar si aún tengo alma. Me pregunto qué es lo que está viendo aparte de un oscuro abismo.

—No me creo que seas tú de verdad —susurra con la voz ronca, aunque es prácticamente lo único que ha dicho desde que le he explicado la cruda realidad que nos rodea.

—Van a venir a por ti —le digo, observando las cámaras desde mi teléfono y alternando las más cercanas a nosotras.

Esperaba que vinieran en cuanto cayese la noche. Su especialidad es la asfixia o el estrangu­lamiento. Después, si la víctima tiene la edad de Diana, mienten y dicen que fue un ataque al corazón. Si es más joven, atribuyen la muerte a convulsiones o algo por el estilo.

—¿Y vas a matarlos, sin más? —pregunta con incredulidad y la voz quebrada—. Ay, mi niña. No deberías manchar tu alma con su sangre. Deberías vivir la vida que estuviste a punto de no tener.

Levanto la mirada con frialdad y me encuentro con sus ojos llorosos.

—Me lo arrebataron todo, Diana. Mi hermano y mi padre no pueden descansar en paz.

¿Te acuerdas de Marcus? ¿Recuerdas a esa persona bondadosa y alegre que siempre intentaba sacar una sonrisa a los desconocidos solo para llenar el universo de buenas energías?

¿Recuerdas lo que le hicieron? Porque yo nunca podré olvidarlo.

Ella se seca las lágrimas.

—Me acuerdo. —Ahora su voz es apenas un susurro, pero a mí las emociones no me oprimen la garganta. Me he entrenado para evitarlo. Ya he superado el momento de conmoción repentina que sentí al verla y he recuperado el control.

Soy de hielo.

No siento nada.

Ahora mismo soy una asesina.

—Confucio decía algo sobre cavar dos tumbas antes de embarcarse en un viaje de ven­gan­za. Sé que tu madre siempre citaba a ese hombre.

—A Confucio nunca lo violaron brutalmente, ni lo apuñalaron ni lo obligaron a ver a su hermano sufrir algo peor. Estoy segura de que su punto de vista habría sido distinto. Además, no era un romántico.

Emite un sonido ahogado y, al volver la vista hacia ella, noto que está conteniendo los sollozos, como si no pudiese soportar la imagen que he descrito. Ella conoce los detalles, pero verme…, oírme confirmar la historia…, le duele.

Sin embargo, su moral sigue intacta.

Por ahora.

—Intentaron obligar a Marcus a que me violara —digo con un tono agresivo—. Y cuando se negó, le cortaron la…

Me interrumpe la notificación de mi móvil que avisa de que hay alguien cerca de nuestras cabañas. Podría ser uno de los miembros del equipo otra vez, pero aun así lo compruebo por si acaso.

Me fijo en Justin Hollis, un ayudante del sheriff que figura en mi lista, mientras camina a paso ligero hacia la cancha de baloncesto que hay cerca de la parte trasera de nuestra cabaña.

Cuando se esconde entre las sombras, ladeo la cabeza.

Llamo a Jake y lo pongo en altavoz para poder seguir usando la aplicación. Empiezo a rebobinar la grabación y paso a otra en cuanto desaparece del campo de visión para poder seguir su recorrido a través de varias cámaras.

—¿Qué pasa? —pregunta Jake—. ¿Diana se ha desmayado?

Cuando esta oye su voz, abre mucho los ojos.

—Sí, pero está bien. Justin Hollis está en cuclillas cerca de mi cabaña. ¿Qué está haciendo?

Se queda callado durante un minuto.

—No lo sé. Tuve que silenciarlo todo antes. Volvieron para revisar las cabañas de nuevo, pero esta vez no entraron. Me escondí y mantuve las ventanas cubiertas. Se asomaron por una de las que dan a la cocina, pero desde ahí no se ve nada.

—Estoy intentando volver sobre sus pasos, pero desde el móvil tardo mucho.

—Me pongo a ello —le oigo decir, y espero impaciente con la mirada puesta de nuevo en Diana.

Parece como si su mundo se hubiera puesto patas arriba, y se aferra a la Biblia que tiene en la mano. En su mente, aún está a tiempo de salvarme, de impedir que manche el resto de mi alma con la sangre que tengo en las manos.

—Lo tengo —dice, y entonces oigo cómo sube el volumen de fondo. El teléfono sigue en manos libres, de modo que Diana también lo oye.

—El sheriff dijo que Diana, no ellos —gruñe Justin.

Chad Briggs habla con un tono engreído:

—Matar a Diana es como matar a una hormi­ga, vendrán otras hormigas a por ti. Pero si matas a la reina…

Justin no parece muy entusiasmado.

—Mata a la reina y las hormigas desaparecerán.

¿Quién coño es la reina?

Levanto la vista y veo la expresión de horror en los ojos de Diana. Haber escuchado de mis labios que la quieren muerta parece menos impactante que oírlo directamente de la boca de los propios demonios.

—Al sheriff no le va a hacer ninguna gracia —farfulla Justin.

—El sheriff no es el único que corre peligro aquí. A todos debería preocuparnos que estos tipos descubran la verdad. Si crees que estás preparado para la cárcel…

—El sheriff se encargará de esto. Ya lo ha hecho con todo lo demás —argumenta Justin.

Me gustaría poder ver el vídeo, examinar sus expresiones, pero ahora mismo no quiero que Jake me llame por FaceTime porque tendría que poner todo en pausa.

—Nunca ha tenido que enfrentarse a alguien que no le tiene miedo. Pero, si eliminamos a su líder, el resto acatará las órdenes. Siempre pasa. Para acabar con una serpiente, hay que cortarle la cabeza. No basta con eliminar a una de las ratas que le sirven de alimento.

Siento un nudo en el estómago mientras me levanto lentamente.

—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Justin, cuya voz suena más decidida ahora que Chad le ha convencido de que esta es la solución a todos sus problemas.

—Fácil. Bloquea el camino hacia las cabañas y espera en las pistas. Así contarás con el factor sorpresa y estarás lo suficientemente lejos como para que los demás no te oigan ni te vean si vuelven antes de que termines.

El corazón me late con fuerza en la garganta, así que agarro la capucha y me la pongo rápidamente mientras me dirijo hacia la puerta trasera con pasos largos y rápidos.

—Van a por Logan —le digo a Jake mientras el pánico se apodera de mi espina dorsal con una fuerza paralizante.

—Mira la cámara número trece —dice en voz baja.

Abro la aplicación y se me quedan los pies clavados al suelo al ver que Logan se ve obliga­do a desviarse por los bloqueos que han puesto en la carretera.

Casi al instante, echo a correr, guardándome el teléfono en el bolsillo trasero y haciendo acopio de toda la energía que llevo dentro, impulsa­da por la adrenalina que me ayuda a moverme aún más rápido.

Si llego demasiado tarde, el pueblo entero sufrirá las consecuencias.

Nadie estará a salvo.