Capítulo 3. Logan
LOGAN
Toda persona es culpable del bien que no ha hecho.
— V OLTAIRE
—Gracias por recibirnos, señor Denver —le digo al hombre que nos sirve una taza de café a cada uno.
—Estoy aquí para ayudar en lo que pueda. —Nos observa como si esperara que estuviéramos al margen de la ley, como si sospechara de nuestras intenciones.
Lo que me hace odiar a Johnson todavía más.
—Esperábamos que pudiera arrojar algo de luz sobre lo ocurrido con Robert Evans.
Él hace una mueca.
—Debería estar todo registrado. Estoy seguro de que el FBI tiene acceso a esa información.
—Todos los juicios por asesinato suelen grabarse, pero este no.
—Sí que lo grabaron —discute. Se levanta y se dirige a una estantería, de la que saca un libro. Cuando lo abre y coge un DVD, Donny me mira con las cejas arqueadas.
Christopher Denver nos trae el disco y me lo entrega.
—Pueden quedárselo. Tengo más.
—El expediente indicaba que no se había grabado.
—Pues sí —afirma lacónicamente.
Dejo escapar un largo suspiro.
—Soy consciente de que probablemente los agentes del FBI no figuren en su lista de personas en las que confiar, pero puedo asegurarle que nosotros dos queremos respuestas reales.
—Por lo de la Muerte Escarlata —responde sin rodeos.
Ladeo la cabeza y lo observo. Tenía coartada, así que no puede ser nuestro individuo.
—Eso es en parte lo que nos ha traído aquí, sí. Pero también porque creemos que el caso podría haberse gestionado de forma incorrecta.
Él resopla con desdén y lo miro con una ceja arqueada.
—Lo siento. Es solo que no estoy acostumbrado a que se hagan este tipo de comentarios tan abiertamente.
Donny se recuesta y doy un sorbo a mi café mientras echo un vistazo a la casa. Las paredes están prácticamente vacías, salvo por varios trofeos de su hijo y de él mismo.
—También hablamos con Jacob. No nos proporcionó ninguna información —digo, observando su rostro.
Se mantiene impasible: tantos años de entrenamiento en los tribunales le han enseñado a controlar sus expresiones.
—Esa noche mi hijo estaba destrozado. Mataron al chico al que amaba, y la chica a la que consideraba su propia hermana también murió.
Lo atribuyeron a un accidente de coche. Después de aquel día, se aisló completamente del mundo.
Ahora me cuesta mucho convencerlo para que venga a pasar las vacaciones conmigo.
Aunque hace poco vino a visitarme por un asunto personal.
Quiero insistir, pero dudo que nos vaya a contar el motivo de la visita de Jacob.
—¿Por qué no nos contó lo de Victoria y Marcus si lo sabía? —le pregunto en su lugar.
—Porque habrían ido a por mi hijo, por qué si no. Era el más cercano a ellos, aparte del hijo de los Barnes. Pero una estrella de fútbol americano de la NFL tiene menos probabilidades de ser sospechosa.
Con decirnos que su hijo estaba paralítico habría sido suficiente. Pero es como si le costara asimilarlo.
—Por lo que veo, no le importa admitirlo —le pregunta Donny.
—¿Que quería mantener a mi hijo a salvo de burócratas corruptos que intentaban tapar un desastre que ellos mismos ayudaron a crear?
En absoluto. No hubo obstrucción a la justicia, teniendo en cuenta que esta historia quedó silenciada por uno de los suyos cuando mi hijo intentó contarla.
Mi silencio no interfirió en modo alguno en su investigación sobre esta tal Muerte Escarlata.
—Salvo que sí que lo hizo —respondo.
Se parece mucho a Jacob, aunque es una versión más mayor. Tiene el pelo oscuro, apenas marcado por el paso del tiempo, y unas finas arrugas que casi parecen intencionadas.
—¿A qué se refiere, agente especial Bennett?
—El sujeto desconocido al que buscamos actúa siguiendo una lista en la que figuran los violadores que participaron esa noche.
Percibo sorpresa en sus ojos. Esa información lo ha pillado completamente desprevenido.
—¿Qué puede decirnos sobre Robert Evans? Y, esta vez, no se guarde nada.
Carraspea, probablemente porque no está acostumbrado a las sorpresas.
—Robert Evans era un hombre brillante sin más ambición que la de ser conserje. Con su sueldo le bastaba, y disfrutaba del trabajo porque le concedía más tiempo para estar con sus hijos.
Suspira larga y profundamente.
—Yo trabajaba demasiado. Jacob pasaba más tiempo allí que en casa.
Ni siquiera me enteré de que estaba enamorado de Marcus hasta años después de que el chico muriera.
Una noche me lo contó todo, se derrumbó allí mismo, en ese sofá, y me dijo cuánto odiaba a todo el pueblo.
Luego, cuando se vio postrado en una silla de ruedas, sintió que lo estaban castigando.
Nos está hablando de Jacob y no de Robert, y hace referencia a sus propios defectos. Es un discurso que he escuchado demasiadas veces de boca de padres arrepentidos cuando pierden a un hijo. Nunca de aquellos cuyo hijo sigue vivo.
—Robert era un hombre sencillo, que nunca causaba problemas.
Pero se convirtió en un blanco fácil para el sheriff, que solo quería que alguien pagara por la muerte de su hija.
No importaba que fuera inocente. No importaba que tuviera coartada.
Nada importaba, salvo la venganza de aquel hombre.
Robert Evans fue el alma más desafortunada que jamás he conocido.
—¿Por qué lo dice? —pregunta Donny, aunque es más que evidente.
—Perdió al amor de su vida por culpa de dos borrachos con dinero.
Tanto los padres de su mujer como los suyos habían fallecido ya, de modo que no le quedaba nadie que le ayudara con los niños.
Perdió la vida por estar en el lugar y momento equivocados.
Y a sus hijos los mataron por unos crímenes que nunca cometió.
No me imagino a nadie con peor suerte que esa.
Donny carraspea y se afloja la corbata. Cada vez que escuchamos algo nuevo sobre la familia Evans, nos implicamos un poco más. Probablemente sea lo más desgarrador que he oído nunca.
—¿Qué ocurrió tras el juicio?
—¿El juicio que no debería haberse celebrado en un pueblo tan pequeño como Delaney Grove? —pregunta con amargura—. ¿El juicio que no debería haber presidido un juez parcial? ¿Se dan cuenta de que podría haber conseguido una apelación sin apenas esfuerzo?
Ambos asentimos con la cabeza y decidimos permanecer en silencio mientras trata de controlar su temperamento.
—No sé lo que le hicieron. Lo único que tengo claro es que no se suicidó. Hannah Monroe ya se había puesto en contacto con él para ofrecerle hacerse cargo de su apelación sin cobrarle honorarios. Estaba dispuesta a arruinar Delaney Grove.
—¿Qué pasó con ella? —pregunto.
—Sigue gozando de gran prestigio en Manhattan. Cuando Evans murió, siguió adelante, como suelen hacer los peces gordos en esa ciudad.
Agarro mi teléfono y reproduzco la grabación que he registrado.
«Duérmete, niño» son las primeras palabras que se escuchan. Es la misma grabación que salió de los altavoces y que tardaron una eternidad en silenciar.
Se le corta la respiración y se queda mirando el teléfono con una expresión prácticamente indescifrable. Finalmente, vuelve a levantar la vista, con los labios tensos.
—Esa es Jasmine.
—¿Jasmine? —pregunta Donny.
—Jasmine Evans.
Se levanta y coge otro DVD, esta vez uno que está a la vista. Tiene varios que parecen estar grabados en casa, todos etiquetados.
Cuando vuelve, me lo entrega.
—Es de la obra del año anterior a su muerte. Todo el pueblo estaba allí. Los dos hijos de Evans también participaron. Igual que Robert. Fue un gran acontecimiento para el pueblo porque era la obra del Día del Fundador. Fue el último año que se celebró en el pueblo.
—¿Por qué?
—El sheriff lo canceló al año siguiente por algo que ocurrió con algunos de sus ayudantes. Al año siguiente, no lo restableció. Lo mismo sucedió un año después. Y pronto se convirtió en una tradición olvidada.
—¿Qué pasó? —pregunto, aunque no debería tener que hacerlo.
Se inclina hacia delante y me mira directamente a los ojos.
—Lo que pasa siempre cuando tienes a un grupo de hombres muy cerca del poder.
Creen que el sheriff es invencible y que, por extensión, ellos también lo son.
Podría proporcionarles una lista interminable de indiscreciones, pero ese día en concreto se trató de un incendio provocado.
Los ayudantes del sheriff quema-ron una casa con dos personas dentro porque no quisieron vender su propiedad para construir un nuevo restaurante en el pueblo…
Un restaurante que el sheriff construyó tras su prematura muerte.
—¿Qué ocurrió con los ayudantes? —pregunta Donny.
—Chad Briggs y su hermano siguen trabajando allí.
Se canceló el Día del Fundador. No se sancionó a los ayudantes del sheriff .
El incendio se catalogó como accidente. Fue el detonante de una corruptela que no hizo más que empeorar.
La gente se dio cuenta de que tenía que acatar las órdenes o sufrir las consecuencias.
Pronto, todos aprendieron a fingir que Delaney Grove era el pequeño y encantador pueblo que se creía que era de puertas para afuera.
—Por eso nuestro individuo recurre a esa música —le digo a Donny en voz baja.
—Perdón, ¿qué ha dicho? —dice Christopher Denver, a la espera de que lo repita un poco más alto.
—¿Qué le hicieron a Robert Evans? —pregunto, en lugar de responder.
—Si quieren respuesta a eso, tendrán que hablar con alguien que lo sepa. En aquel pueblo no es que se compartieran los trapos sucios con el único hombre que trataba de defenderlo.
Se recuesta sobre el asiento y nos observa.
—¿Podría al menos indicarnos el punto de partida? —pregunta Donny—. ¿El nombre de alguien que esté dispuesto a hablar?
—Podría decirles quién se vendría abajo enseguida si lo apretaran un poco. Pero ¿de qué serviría?
—¿Disculpe? —respondo.
Se endereza y entrecierra los ojos.
—Pueden escuchar todas las historias que quieran, pero los testimonios de testigos oculares no sirven de nada frente a todo un cuerpo policial y un juez. Y menos aún cuando dichos testigos desaparecen o deciden retirar sus declaraciones.
—Encontraremos pruebas —digo, decidido a poner fin a todo este asunto.
Me puse en contacto con Collins. Me confirmó que las palabras de una anciana que ni siquiera había sido testigo directo de todo aquello no bastarían para que el director o Johnson abandonaran el caso. Pero eso ya lo sabía.
Dirijo la mirada hacia la mesa auxiliar que hay junto a la ventana. Sobre ella reposa una bandeja con medicamentos, y entonces vuelvo a mirar a Denver.
—¿Se encuentra bien?
Aprieta los labios y echa un vistazo a la bandeja.
—Llevo varios meses enfermo. Algunos días son mejores que otros.
Me han pillado en uno de los buenos —dice, y luego hace una mueca—.
Siempre deseé tener la oportunidad de hacerle justicia a mi mejor amigo.
Los médicos ni siquiera están seguros de lo que me pasa exactamente.
A veces pienso que es un castigo por no dar a conocer la historia de Robert en las instancias que se hubiesen prestado a escucharla.
—Entonces, ayúdenos ahora, señor Denver —digo con tacto. No me siento orgulloso de aprovecharme de los remordimientos de un hombre enfermo en su contra, pero estoy tan desesperado que aun así lo estoy haciendo.
Me estudia durante un largo rato antes de detectar resignación en sus ojos, cuando decide que no tiene más remedio que confiar en mí y cruzar los dedos.
—Carl Burrows. Trabajaba en la oficina del forense.
—Gracias por su tiempo, señor Denver —digo, mientras Donny y yo nos levantamos antes de entregarle mi tarjeta, que él acepta—. Llámenos si se acuerda de algo más.
Justo cuando llegamos a la puerta, nos dice:
—Dicen que la Muerte Escarlata pinta las paredes de rojo.
Me giro y lo miro mientras él se vuelve lentamente hacia nosotros.
—Es un dato que no hemos hecho público —le digo, con los ojos entrecerrados.
—No hace falta. Soy de Delaney Grove. Los rumores sobre estos asesinatos se extendieron como la pólvora antes de que se anunciara siquiera que había un asesino.
Doy un paso hacia él.
—¿Sabe lo que significa?
Asiente despacio.
—Antes de morir, Victoria habló con mi hijo. Le comentó que habían pintado las calles con su sangre. Marcus quería pintar el mundo con la de ellos.
—¿A quién más se lo contó su hijo?
Se encoge de hombros.
—A cualquiera que lo escuchara, agente especial Bennett. Si Victoria hubiera sobrevivido, habría regresado. Ella sería la Muerte Escarlata que está buscando. El corazón de esa chica siempre ardió con más intensidad y ferocidad que el de cualquier otra persona.
—Pero Victoria Evans murió —le digo, y aprieto los labios—. Y no cabe duda de que este asesino es un hombre.
Él asiente.
—Soy consciente de ello. Ni siquiera Victoria habría sido capaz de reducir físicamente a esos hombres.
Entonces, ¿por qué molestarse en mencionarlo?
No nos detiene cuando salimos, y Donny se coloca a mi lado.
—Aparte de Kyle, Victoria jamás tuvo una relación seria, y nadie sabía que Jacob salía con Marcus —me comenta Donny mientras lee un mensaje de Elise.
—Jacob no había hecho pública su bisexualidad cuando vivía en Delaney Grove, así que lo último no me sorprende —digo distraídamente.
—¿Le hacemos una visita a Carl Burrows?
—Sí. Aunque primero quiero pasar por las cabañas y ver cómo está Lana.