Capítulo 2. Lana #2
—Si va al hospital y encaja las piezas igual que hizo Hadley, estamos jodidos —digo en voz baja.
—El destino quiso que Kennedy muriera la misma noche en que tú luchabas por sobrevivir —me responde en un susurro—.
¿Y qué me dices de que Kennedy Carlyle fuera la chica cuyos padres conducían borrachos y se estamparon contra tu madre?
Es imposible que todo aquello fuera en vano.
Es imposible que no fuera una señal. Estamos destinados a hacer esto. No a quedarnos a medio camino.
—Necesitamos a alguien que hable y cuente la verdad sobre mi padre —murmuro distraídamente, observando a Logan mientras se quita la corbata roja, frustrado.
Jake se levanta y se dirige al otro extremo de la habitación, de donde saca su maravillosa creación: pintura que reacciona al paso del tiempo. Todas las pinturas tienen una etiqueta diferente, y un plazo distinto para que aparezca el color.
—Entonces démosles algún incentivo para que hablen —dice Jake antes de ponerse la capucha y dirigirse hacia la puerta—. Llámame si ves que alguien se me acerca por detrás. Voy al colegio. Desactivaré las cámaras cuando llegue.
—Yo te cubro —le digo.
Los monitores que nos rodean nos muestran todo el pueblo. Es como estar mirando el infierno todo el día.
—Lana tiene que volver a casa —la declaración de Logan me fuerza a mirar su pantalla.
—Pues te deseo suerte cuando se lo digas a Hadley —dice Donny con una sonrisa.
—No tiene gracia. Podría estar en serio peligro. Ya os dije que no debía venir.
Parece que lo está pasando fatal con todo esto.
—No te ofendas, pero estás demasiado implicado emocionalmente como para darte cuenta de que está más que a salvo. No ha ido a por ninguna mujer. Solo a por hombres. En todo caso, ella corre menos peligro que tú.
—Ahora mismo no me fío ni del sheriff ni de Johnson. Esto no tiene nada que ver con la Muerte Escarlata.
Donny abre mucho los ojos, igual que yo.
—Parece que se me ha ido la olla. Me preocupan más dos agentes de la ley que un maldito asesino en serie. Este pueblo es veneno puro —dice Logan con un suspiro.
—Johnson es retorcido, pero no es gilipollas. Sabe que no puede ponerte una mano encima sin salir escaldado. Necesitamos encontrar pruebas sólidas para entregárselas a Collins y que pueda presentarlas ante el subcomité.
—Hay una persona clave con la que no hemos hablado desde que recopilamos nuevas pruebas —dice Logan pensativo—. Vive a solo una hora de aquí.
—Christopher Denver —dice Donny soltando un suspiro—. Es verdad.
El padre de Jake. El abogado de mi padre. El único amigo que tenía en un pueblo lleno de traidores.
Sabíamos que tarde o temprano acabarían hablando con él.
Miro hacia la pantalla del colegio y veo a Jake con la capucha puesta dando pinceladas rápidas para terminar cuanto antes la pintada. Están todos dentro, y las ventanas quedan por encima de su cabeza, por lo que es imposible verlo si miran hacia fuera.
No puedo creer que lo esté haciendo a plena luz del día, en la misma puerta. Por suerte, las calles están bastante tranquilas, y cuando oye un coche, se esconde detrás de los acebos.
Por fin veo a Jake corriendo por el lateral, en dirección al bosque que lo conducirá de vuelta aquí. Vuelvo a poner toda mi atención en Logan y me concentro exclusivamente en él.
—¿Quién te llama tanto? —le pregunta Donny cuando Logan vuelve a silenciar el móvil.
—Johnson. Estoy seguro de que intenta encontrar la forma de dejarnos fuera de la investigación. A estas alturas probablemente ya se haya enterado de que hemos hablado con Diana Barnes en privado. Es posible que quiera averiguar lo que sabemos.
—Vamos a hablar con Denver antes de que descubra lo que estamos haciendo.
Logan mira la hora en el móvil.
—Vale, pero quiero volver antes de que se haga muy tarde y asegurarme de que Lana está bien.
—Llámala por el camino, tortolito —dice Donny, que pone los ojos en blanco cuando Logan se sube al asiento del piloto. Parece que Logan se ha reído.
Cuando cierran las puertas, no oigo lo que dicen, pero silencio todo cuando me suena el teléfono.
—Hola —respondo, sonriendo como una adolescente enamorada.
—Tengo que salir del pueblo para seguir una pista. ¿Hay alguna posibilidad de que vuelvas a casa? No me gusta que estés aquí.
Sonrío por lo mucho que se preocupa por mí. Desvío la mirada hacia la pantalla, donde la gente pasa por delante del colegio y se va congregando poco a poco a medida que la pintura va apareciendo.
—Creo que Delaney Grove me está empezando a gustar.
Él gruñe por la pésima broma.
—Logan, deja de preocuparte. Prefiero estar contigo, o al menos cerca de ti, que pasarme el día preguntándome si estás bien.
—No es por mí por quien me preocupo, cariño. Puedo cuidar de mí mismo.
«Yo te puedo cuidar mejor».
Levanto la vista cuando Elise y Leonard llegan al lugar y empiezan a hacer fotos al nuevo mensaje.
—Deja de preocuparte por mí. Dudo que a este tipo le interese lo más mínimo.
Se queda callado durante un largo minuto.
—¿Logan?
—Lo siento. Solo estaba pensando en tu facilidad para echar por tierra la psicología.
—¿Por qué lo dices?
—Porque te atacó un conocido asesino en serie por culpa de mi trabajo y aun así te empeñas en quedarte, como si la idea de que otro te persiguiera te diera igual.
Trago saliva con dificultad. Nunca lo he oído extrañado. Incluso ahora parece más confundido que receloso.
—Tengo una pistola —le digo en voz baja—. Y no quiero estar en mi casa.
Cierro los ojos y detesto que esa mentira vaya a hacerle sentir culpable.
—Vuelve al hotel.
—No —digo con un suspiro.
—Joder. Después seguimos hablando de esto. Elise me está llamando.
—Te quiero —digo sin pensarlo, y me doy cuenta de que las palabras salen de mi boca con naturalidad.
Justo cuando cuelgo, Jake entra y me mira mientras intento borrar la expresión de tonta de mi cara.
—En cuanto acabe todo esto, pienso buscar a alguien que me haga esbozar esa misma sonrisa de idiota —se queja, pero la chispa divertida en sus ojos desmiente ese tono gruñón de Grinch que ha puesto—. ¿Me lo he perdido?
—Acaba de empezar —respondo, haciendo un gesto hacia la pared del colegio.
Las mentiras que contamos tienen consecuencias. El presente da forma al futuro.
El mensaje está dejando a muchos con el rostro pálido al aparecer como por arte de magia.
—Logan ha abandonado el pueblo y el sol no tardará en ponerse. Voy a casa de Diana.
Cuando me levanto, Jake me lanza la navaja y yo la atrapo por el mango mientras él ocupa mi sitio frente a los monitores.
—Anda solo por las aceras. Las huellas no mienten —dice, mirando mi par de botas militares, muy femeninas, totalmente equipadas con cordones de color rojo sangre.
Andar por ahí con mis mochilas llenas de lastre y mis botas de hombre puede resultar un poco sospechoso.
Ha llegado el frío, lo cual es perfecto. Porque así llevar una sudadera con capucha resulta menos llamativo. Por poco me congelo viva con el vestido que llevaba.
Pero me apetecía volver a casa con estilo, vestida de rojo.
—Coloca almohadas por si se desmaya —dice cuando salgo, y yo sonrío mientras camino a paso ligero, buscando atajos entre los edificios.
El pueblo está construido como un laberinto circular, y las calles se van ensanchando a medida que se alejan del centro.
El ayuntamiento se encuentra justo en medio.
Desde el cielo, la vista es increíblemente hermosa.
Solo es feo cuando estás dentro y te enfrentas a la realidad.
Doy la vuelta para que no me vean llegar por delante y llamo dos veces, mirando por encima del hombro para asegurarme de que nadie me está observando.
Cuando Diana abre la puerta, el corazón me da un vuelco inesperado. Creía que estaba preparada para no sentir ninguna emoción cuando llegara.
La culpa es de Logan. Está derritiendo el hielo con el que me había protegido.
—¿Puedo ayudarte, cielo? —pregunta con voz dulce.
Me quito la capucha.
—Podrías dejarme entrar.
Entrecierra los ojos y su sonrisa se desvanece.
Me siento fatal por asustarla.
—Diana, necesito hablar contigo. Creo que eres consciente de lo que les has contado hoy.
—Lo siento, corazón. Creo que deberías marcharte —dice mientras cierra la puerta.
Alargo la mano y entro empujando, lo que me hace sentir aún peor cuando se sobresalta y retrocede con el cuerpo tembloroso.
Está nerviosa por haber contado lo que nadie más tuvo el valor de contar.
—Diana, necesito que te sientes. No quiero que te hagas daño, y solo he venido para protegerte.
—¿Protegerme? —pregunta, confundida, recorriéndome con la mirada, claramente convencida de que no soy rival para nadie.
Llevo la navaja debajo de la sudadera, pero decido no enseñársela. No quiero que se desmaye de verdad.
—Hubo un tiempo en el que adorabas a una niña pequeña, pero la traicionaste para salvar a tu hijo. Hoy, por fin, la has defendido y has dado voz a su historia.
Se le llenan los ojos de lágrimas mientras da otro paso atrás.
—¿Quién eres? —susurra, con la voz cargada de emoción.
Después de ajustar la navaja debajo de la ropa para que llegue hasta la parte de atrás de los pantalones, me levanto la parte delantera de la camiseta y dejo al descubierto las cicatrices que he ocultado durante demasiado tiempo.
Baja la mirada hasta mi vientre y retrocede un pasó más.
—Yo soy esa niña pequeña.
Cuando se desploma, llego justo a tiempo de sujetarle la cabeza. Jake tenía razón. Debería haber colocado almohadas.
—Vaya faena —le digo a la mujer desmayada.
Casi puedo oír el «te lo dije» de Jake en mi cabeza.