Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 2. Lana
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Capítulo 2. Lana

LANA

Para el malvado, todo sirve como pretexto.

— V OLTAIRE

—¿Cómo está tu padre? —le pregunto a Jake mientras recorre la habitación y conecta un último monitor.

—Ha vuelto a tomarse la medicación. Tú sabes tan bien como yo lo mucho que hiere su ego estar enfermo. Pero está controlado. Ahora podemos centrarnos en esto.

Observo la cara de Logan cuando sale de la casa de Diana y sé que le ha contado todo lo que sabe.

—Yo vigilaré la casa de Diana por si se les ocu­rre hacerle algo —me dice Jake, rozando mi hombro con el suyo al sentarse a mi lado, con la mirada fija en los múltiples monitores que tiene repartidos por las paredes de esta antigua cabaña de cazadores.

El FBI vino y lo revisó todo esto, y entonces Jake montó nuestro cuartel general temporal en la cabaña de su padre, que llevaba años vacía.

Asiento con la cabeza en señal de agradeci­miento, pero no puedo apartar la mirada de Logan al ver el dolor reflejado en sus ojos. Dolor por una niña a la que nunca conoció. Dolor por un niño al que nunca conocerá. Dolor por un pasado que me ha perseguido durante diez años.

Y eso que todavía no ha conseguido reunir todos los detalles. Aún queda mucho por saber.

—Encontrará las pruebas necesarias, Lana. Tenías razón sobre él. Está hecho de otra pasta.

Demasiado bueno para verse mancillado por el ser oscuro en el que me he convertido.

—Sé que lo hará. Así se limpiará el nombre de mi padre, al menos ante la gente de este pueblo que lo condenó.

—Y Marcus obtendrá su venganza desde la tumba —añade en voz baja, dando paso a la mú­sica, que hace que todo el pueblo se detenga casi de inmediato.

Solo aquellos que son demasiado jóvenes para recordar el sonido de la voz de mi madre cantan­do esa canción en el escenario de la iglesia son capaces de ignorarla. Pero a todos los demás se les ve cada vez más aterrorizados.

Aterrorizados de que los muertos hayan vuelto a por ellos.

—¿Alguna vez te has preguntado dónde estaríamos ahora si a mi padre no lo hubieran condenado por aquellos asesinatos? —le pregunto en voz baja.

—No, porque si empiezo a preguntarme cosas, no terminaría nunca —dice Jake sin pensárselo dos veces.

Tendré que deshacerme del olor a humedad de la cabaña antes de irme.

—Lo estoy poniendo en peligro al dejarlo ir en busca del tesoro —le digo a Jake mientras subo el volumen del monitor en el que habla el sheriff .

—Tú le cubres las espaldas —dice Jake, y le tiemblan los labios al ver que el sheriff se pone blanco como la cal cuando oye la música que suena por los altavoces.

Se acuerda de esa noche. La noche en la que mi madre cantó esa canción en el altar de la iglesia para una obra muy importante. Casi todo el pueblo estaba allí.

—Más vale que con eso sea suficiente, Jake. Si resulta herido por mi culpa, se me cruzará el cable, olvidaré el objetivo de todo esto y empezaré a matar a diestro y siniestro.

Me tiemblan las manos solo de pensar en el monstruo en el que me convertiría si llegara a perder el alma por completo.

Jake cubre mi mano trémula con la suya y se inclina hacia mí.

—Yo seré tu ancla.

Lo miro con expresión sombría.

—Si le hacen daño a Logan por mi culpa, o por el motivo que sea, tú solo no serás capaz de controlarme.

Noto que se me escapa una lágrima, y Jake se pone tenso al ver una pequeña muestra de cuánto me puede afectar ese hombre. Aprieta los labios.

—Entonces ambos nos aseguraremos de que esté a salvo.

Me seco la lágrima y vuelvo a centrarme en el sheriff, presa del pánico, mientras cierra y bloquea la puerta del ayuntamiento y se vuelve hacia el agente especial Johnson.

—La que canta por el altavoz es Jasmine Evans —sisea el sheriff Cannon—. A menos que un fantasma haya vuelto de entre los muertos, hay algo que se os está escapando.

Entonces se gira hacia uno de sus ayudantes.

—¡Apaga esa puñetera música! ¡Averigua quién ha accedido a los altavoces municipales!

Jake sonríe.

—Buena suerte con eso, sheriff. A ver si eres capaz de superarme en informática —dice Jake con aire de suficiencia.

Esta es la parte que tanto ha estado esperando. La parte en la que les mostramos lo que realmente son: unos borregos. La parte en la que les demostramos lo frágiles que son sus mentes.

La parte en la que jodemos al pueblo entero.

—Ya te dije que esto no iba a ser fácil —gruñe Johnson cuando el sheriff se gira para mirarlo.

—¡Anda! Pues te recuerdo que dijiste que podías controlar a este equipo. Hasta ahora, no han parado con las putas preguntitas y andan por ahí empapelando el pueblo de folletos. Solo es cuestión de tiempo que alguien encuentre el valor para hablar.

Ahí lo llevas, cabrón de mierda.

—Encárgate de Logan Bennett. Del resto del equipo me ocupo yo.

Siento un nudo en el estómago cuando el miedo se apodera de mí. Si va a por Logan, tendré que cargármelo antes de tiempo. Y daré un escarmiento a quien le haga el encargo.

—¿Estás seguro de que puedes llegar hasta Kyle sin que nadie se dé cuenta? —me pregunta Jake, con la mirada fija también en la pantalla.

No respondo porque estoy concentrada escuchando lo que dicen.

—Si me derriba, tú caes conmigo. Que no se te olvide, Johnson —dice el sheriff con rabia mientras cierra la puerta de su oficina para obtener más privacidad.

Johnson entrecierra los ojos.

—No fui yo quien mandó atacar a esos chicos.

Ese psicópata te tiene en el punto de mira por eso.

Evans no tiene nada que ver. A ese enfermo mental que tienes por hijo le hacía falta una correa, pero tú, en su lugar, le diste rienda suelta y le animaste a que se comportara como un salvaje.

Ese equipo está aquí porque tú le diste carta blanca a un monstruo.

El rostro del sheriff se contrae en una mueca de angustia, y Jake silencia todas las demás pantallas para centrarse en esta conmigo. Sabíamos que el sheriff no era el verdadero asesino, pero nunca pensamos que mostraría remordimiento alguno, ya que lo habíamos perfilado como un sociópata.

—No es ningún enfermo. Lo estaba pasando mal. Vio a su hermana allí tirada, brutalmente violada y asesinada.

Johnson le apunta a la cara con un dedo.

—Cedí con lo de Evans porque esa puta abo­gada neoyorquina se enteró de su caso e iba por buen camino para demostrar que estaba más que amañado.

El juicio nunca debió celebrarse aquí, donde había demasiados miembros del jurado vinculados contigo.

Lo habrían dejado en libertad, y mi carrera se habría acabado debido a todos los hilos que moví.

No tienes ni idea de lo que tuve que hacer solo para involucrarme en el caso y poder arreglar este desastre.

Te di un perfil auténtico. Encuentra al cabrón que está matando a tu gente antes de que Bennett descubra lo que ocultamos.

Miro a Jake, que se queda observando fijamente la pantalla mientras digo:

—Están muy tensos.

—Justo como queríamos —dice Jake en voz baja.

El auto de papá empieza a sonar por los altavoces y una mujer se tropieza y cae de bruces mientras la voz de mi madre continúa retumbando por las calles del pueblo.

Las voces de muchos niños acompañan la suya, lo que la hace aún más espeluznante. La músi-ca se detiene de repente y Jake frunce los labios mientras consulta algo en su portátil.

—Los han desconectado del servidor.

—Tal y como esperábamos que hicieran —señalo.

—Cuando vuelvan a conectarlos, me mandará un aviso y lo reiniciaré.

—Hasta que no tengan más remedio que dejarlos desenchufados y no haya forma de comunicarle al pueblo lo que ocurre en la casa encantada cuando abra sus puertas.

Él asiente despacio.

—¿Estás preparada?

Una sonrisa siniestra se dibuja en mis labios.

—Y tanto.

Alguien que entra en la oficina del sheriff capta mi atención. Es Chad Briggs, vestido con su uniforme de ayudante, que cierra la puerta tras de sí y mira a Johnson antes de dirigirse al sheriff .

—Ha salido a la luz cierta información.

—Pues suéltala —gruñe el sheriff Cannon.

De nuevo, sus ojos se posan en Johnson.

—Es información confidencial.

Hace un gesto con la mano hacia Johnson, restándole importancia.

—No es él de quien hay que preocuparse dentro de ese grupo. ¿Qué información?

Se nota que Briggs duda, pero acaba cediendo:

—Han visto al agente especial Bennett junto con un compañero saliendo de la casa de Diana Barnes. Estuvieron allí durante un buen rato, sheriff, y acaban de informarme de que es imposible acceder a su hijo ahora mismo. Está instalado con una abogada en Nueva York. Creo que les ha contado todo.

El sheriff Cannon maldice y tira el sombrero al otro lado de la habitación antes de pasarse la mano por el pelo.

—Cálmate —dice Johnson, recuperando la compostura—.

No son más que los desva- ríos de una anciana.

Necesitaría pruebas. No hay ninguna. Y la mayoría de los sospecho-­sos implicados ya están muertos, así que no pueden confirmar ni desmentir nada.

Debe-mos centrarnos más en asegurarnos de que no queda nada que revele lo que le hicimos a Evans.

—No lo hay —dice el sheriff Cannon, pero le tiemblan los labios.

—Ya te digo yo que sí —responde Jake con una sonrisa de oreja a oreja—. Lo que pasa es que eres demasiado gilipollas como para darte cuenta, sheriff .

Y habrá mucho que contar. A su debido tiempo.

—Diana Barnes podría convertirse en un problema si consigue que alguien corrobore lo que cuenta —oigo que le dice el sheriff a Johnson, y luego su mirada se desplaza hacia Chad Briggs—. Asegúrate de que eso no ocurra.

—Van a por Diana —dice Jake cuando Chad asiente y abandona la sala.

—No hasta que anochezca.

Vuelvo a mirar la pantalla donde está Logan. Subo el volumen, aunque está tan lejos de la cámara que casi no lo oigo.

—El forense murió hace dos años, así que ahí no hay nada que hacer —le dice Donny.

—Tenemos que visitar el hospital al que fueron los críos —responde Logan, y siento un nudo en el estómago.

—Mierda —sisea Jake—. No debería centrarse en vosotros. Debería enfocarse en los casos de corrupción.