Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 1. Logan #3
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Capítulo 1. Logan #3

—Los adolescentes son más fáciles de manipular y controlar. Admiraban a tres de ellos: Lawrence, Morgan y Kyle. Pero Kyle era quien tomaba la mayoría de las decisiones. Puede que esa noche, con tantos líderes, alguno hubiera acabado enfrentándose a él.

—No que sepamos. Morgan y Lawrence ya están muertos.

—Devin. Tenemos que encontrarle.

—Se marchó después de encerrar a Lindy May. ¿Y si hubiera vuelto y lo hubiera visto todo? ¿De qué otra forma habría podido cono­cer Diana el resto de la historia?

Aprieto los labios. Yo también me he dado cuenta. Pero Diana no ha llegado a explicarlo.

—¿Pudimos interrogar a los que estaban de guardia en el hospital la noche que ingresaron los chicos? —le pregunto a Donny.

—No. Han pasado más de diez años. Fue una suerte que nos diesen la información que tenían.

—¿Por qué no le dijeron a nadie que les habían hecho daño? —le pregunto.

Se encoge de hombros, y de repente parece que toda su energía se ha esfumado. Siento como si yo también me hubiera drenado.

—No tengo ni idea, pero lo que sí sé es que Johnson estaba al tanto de esto. A Kyle le asignaron protección.

—Necesitamos más que el testimonio de una sola mujer.

Ni siquiera fue testigo ocular. Y si nos enfrentamos a Johnson, también lo haremos con el director McEvoy.

Necesitaremos pruebas sólidas. Mientras tanto, tenemos que determinar el resto de los objetivos y qué fue lo que mató a Robert Evans en realidad.

—Jamás en mi vida me había planteado si estaba en el lado correcto de la ley. Hasta hoy —confiesa en voz baja.

Los asesinatos por venganza siempre hacen que nos cuestionemos nuestra postura.

—No se conformará con los que mataron a estos críos —le recuerdo.

—Abrió alguna que otra puerta, pero no tocó a nadie. Robó varios espejos, le echó tinta a un poco de agua y jugó con pintura. Podría haber matado a mucha gente, pero no lo ha hecho.

—Los está aterrorizando. Es su forma de vengarse de todo el pueblo. Sabe cómo funcionan sus mentes. Llevan diez años arrastrando la culpa de conocer esta historia y no haber hecho nada al respecto. Creen que lo que está ocurriendo ahora mismo es algo sobrenatural.

—¿Por qué tengo la sensación de que no ha hecho más que empezar? —se cuestiona Donny mientras nos montamos en el SUV.

—¿Por qué Kyle Davenport no comparte apellido con su padre? —pregunto.

Saca el iPad y lee algo.

—Aquí dice que su madre era Jane Davenport. El sheriff no sabía siquiera de la existencia de Kyle hasta que Jane apareció un día en el pueblo con el niño a cuestas y le entregó la custodia.

Levanto las cejas.

—¿Cómo dices?

Sacude la cabeza, silbando por lo bajo.

—De alguna manera, Hadley sacó todo esto a la luz.

Kyle es un maldito enfermo. Empezó a torturar y matar animales a los cinco años.

A los siete, su madre decidió que no podía con él.

En medio de una rabieta, la hirió con un cuchi­llo.

Ella se lo entregó al sheriff, quien se alegró mucho de despojarla de cualquier derecho de custodia, y ella permaneció en el pueblo viendo crecer a su hijo desde la distancia. Apuesto a que su vida fue un infierno.

—¿Dónde está ahora?

Frunce el ceño.

—Muerta. Falleció hace diez años, poco después de que empezara el juicio de Robert Evans.

—¿Por qué me da que no se trata de una coincidencia? —me quejo.

—Porque todo lo que ocurre en este dichoso pueblo está vinculado de alguna forma con esa pesadilla.

Justo cuando arranco el coche, levanto la vista y veo un destello rojo. Rápidamente, vuelvo a salir y me subo al capó para poder contemplar los tejados de los edificios a lo lejos. Desde aquí diviso el ayuntamiento.

En el lateral del tejado hay un mensaje escrito en rojo:

Es difícil liberar a los necios de las cadenas que veneran.

Donny trepa hasta quedar a mi lado y exhala profundamente.

—¿Primero cita la Biblia y ahora a Voltaire? ¿Qué pretende con esto?

—No tengo ni idea —respondo, y me bajo de un salto—. Aunque creo que está bastante claro lo que significa cada uno de los mensajes por separado.

En ese momento, vuelvo la cabeza hacia el altavoz del poste, porque empieza a sonar una canción: «Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te llevará. Duérmete, niño, duérmete ya, que viene el coco y te comerá…».

—Eso no es para nada siniestro, qué va —exclama Donny con un estremecimiento mientras suena la canción infantil interpretada por una voz femenina.

Aquellos que están en la calle se vuelven para mirar al altavoz más próximo, y todos ellos palidecen.

—¿Crees que viene a purgar al pueblo?

Aprieto los labios.

—Está mostrando mucho control. No creo que quiera hacer ninguna purga, sino que pretende que confiesen. Ha venido porque no­sotros estamos aquí. De lo contrario, habría matado al último de la lista que no está en este pueblo. Ha venido cuando lo hemos hecho nosotros.

—Pero ¿por qué?

—Cuando lo averigüe, te lo haré saber —le digo, y me alejo conduciendo de la casa en la que nos han lanzado una bomba para la que no estaba preparado.