Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 1. Logan #2
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Capítulo 1. Logan #2

Ahora apenas se la entiende por culpa de las lágrimas, que caen sin cesar mientras los sollozos sacuden su cuerpo. Donny me mira, con pavor en los ojos.

Sabíamos que había habido una agresión. Sabíamos que era de índole sexual.

Pero ahora estoy empezando a atar todos los cabos de los asesinatos.

Diana consigue calmarse casi como por ensalmo, entre hipidos.

—Y Kyle, madre mía, ese chico era pura maldad —dije, ahora con tono enfadado—. Se reunieron con él al final de la calle Belker, pero no iba solo. Llevó consigo a varios voluntarios para que lo ayudaran a castigar al «asesino» por medio de sus hijos.

En la calle Belker es donde apareció el mensaje sobre los ángeles como un presagio de lo que estaba por venir.

—Se abalanzaron sobre ellos. Los tiraron al suelo. Los desnudaron en medio de la calle. Después, se los fueron turnando.

Tiene que parar cuando la asalta una arcada y gira la cara.

Donny está blanco y tiene los puños apretados. A mí se me ha tensado todo el cuerpo.

—¿Cuántos eran? —pregunta Donny en voz baja.

—Trece en total —dice, todavía entre sollozos—.

El único… que no pudo hacerlo… fue Dev. Aunque se quedó allí de pie.

Y cuando todo terminó, me lo contó. El chico estaba tan trastornado que tuvo que recibir terapia durante más de un año.

Después se unió a un grupo de la Iglesia que se dedica a viajar por todo el país difundiendo la palabra de Dios. Por eso lo sé.

—Entonces doce de ellos se turnaron para violarlos —afirma Donny, con un tono calmado que no puede ocultar la ira latente que comparte conmigo.

—Una, y otra, y otra vez —gruñe, y sus lágrimas caen con furia—. No pararon. Esos chicos se quedaron tirados en la calle durante horas, desangrándose y pidiendo ayuda a gritos. Y no acudió nadie. Pero eso no es lo peor.

No sé cómo puede empeorar el asunto.

—Lawrence, Morgan y Kyle eran los peores, las almas más oscuras del grupo.

Cuando se cansaron de violarlos, Kyle entró en una casa y pidió prestado un espejo de cuerpo entero.

Los Whisenant les entregaron el espejo como si no supieran lo que estaba pasando justo delante de su casa.

Kyle regresó, le dio el espejo a Morgan y Lawrence levantó a Marcus de un tirón.

El teléfono vuelve a sonar, pero lo silencio una vez más sin molestarme en mirar la pantalla.

—Kyle sacó una navaja e hizo que Morgan sujetara el espejo detrás de Victoria.

Quería que Marcus viera lo que pasaría a continua­ción.

Entonces Kyle le dijo a Marcus que «se follara» a su hermana.

Que violara a la carne de su carne. Si no lo hacía, le cortarían el pene para que nunca más pudiera usarlo.

Se me revuelve el estómago y Donny sofoca un sonido ahogado.

—Marcus se negó, les dijo a todos que se pudrieran en el infierno y que hicieran con él lo que quisieran.

Kyle deslizó el cuchillo por la cintura de Marcus y le hizo un corte antes de advertirle de que era su última oportunidad.

Le dijo que, si estaba lo bastante enfermo como para disfrutar de las relaciones anales, también lo estaría para abusar de su hermana.

Marcus le escupió en la cara. Y Kyle cumplió su amenaza.

Lo castró allí mismo, en mitad de la calle.

Hago todo lo posible por no salir corriendo. No quiero saber nada más. Joder, no sé si podré volver a mirar a alguien de este pueblo sin aborrecerlo por haber ayudado a ocultar esto.

¿Por qué Diana no dio un paso al frente antes?

Cuando vuelve a recomponerse, continúa:

—El espejo se cayó y se hizo añicos. A Victo­ria ya le habían dado tal paliza que le habían desfigurado la cara hasta dejarla irreconocible.

Le habían estampado la cabeza contra el suelo, le habían dado puñetazos, y un sinfín de cosas más.

Cuando el cristal se rompió, la arrastraron por encima y luego Kyle le clavó la navaja en la cintura.

Después agarró un trozo del espejo, le mostró el aspecto que tenía y le clavó el cristal.

Lo último que le dijo antes de marcharse fue que había muerto como una puta monstruosa.

Los dejaron en la calle para que se desangraran.

—Entonces Marcus consiguió salir del condado con su hermana para intentar salvarse —digo en voz baja—. Porque el sheriff es dueño de todo cuanto existe en el condado de Delaney.

Ella asiente despacio y luego sacude la cabeza.

—Marcus sabía que él no sobreviviría. Solo intentaba salvarle la vida a su hermana. Ninguno de ellos consiguió salir del hospital. Y este pueblo se quedó sin alma. Todos nos convertimos en cascarones vacíos, dominados por el miedo.

—¿Por qué no se lo contó antes a nadie? —pregunta Donny, intentando que su voz no suene acusatoria.

Ella nos dedica una mirada sombría y seria.

—Aquellos que lo intentaban acababan desaparecidos o muertos.

Lindy May Wheeler trató de detenerlos esa noche.

Corrió hacia ellos, pero Dev la agarró, la metió en un coche y la encerró dentro hasta que terminaron.

Estaba casada. Y luego supe que Kyle le dijo a su marido que se había acostado con su mujer…

, que ella lo había seducido. Antonio la dejó, y nadie la creyó cuando dijo que Kyle la había violado varias veces.

Su padre tuvo que llevársela fuera de la ciudad por miedo a que la mataran.

Se me hiela la sangre, y Donny me mira a los ojos. Lindy May Wheeler. La mujer a la que nuestro sujeto eligió para hacerse cargo de una niña rota a la que se tomó el tiempo de salvar de un verdadero monstruo.

Diana no se da cuenta de la mirada que nos echamos.

—Amenazaron a mi hijo. Iba a ir a la univer­sidad en menos de un año.

Me dijeron que no llegaría a terminar ni el instituto si les causaba algún problema.

Los creí. Sigo haciéndolo. Por eso lo he mandado a casa de su novia.

Esa chica gana mucho dinero y tiene el mejor equipo de seguridad de Nueva York.

—Muchos de los sospechosos abandonaron el pueblo —me dice Donny.

—No tuvieron más remedio —interviene Diana—.

Para el sheriff la única forma de mantener a la gente asustada, pero evitar que se fueran de aquí, era expulsar a todos menos a su hijo de este pueblo.

Su hijo es el peor, pero a él no lo van a desterrar.

Y el resto no se opuso a irse porque les sobornó bastante bien.

—Kyle Davenport es el hijo del sheriff . Con razón está encubriendo todo esto —dice Donny, que suspira con pena.

—¿Encubriéndolo? —pregunta ella con incredulidad—.

Lo orquestó él mismo. Mandó a sus ayudantes a recorrer casa por casa para decir que, si oían algo, se quedaran dentro.

Si no obedecían, habría consecuencias. Incluso envió un mensaje por televisión para infor­marnos de un toque de queda inmediato: nadie podía salir después del atardecer hasta que se indicara lo contrario.

Ayudó a su hijo a planearlo y luego le dejó hacer lo que él no se atrevió.

—¿Por qué? —pregunta Donny.

Pero yo ya sé la respuesta antes de escucharla.

—A su hija la violaron, torturaron, mancillaron y humillaron incluso después de su muerte.

Para el sheriff, Robert Evans fue el culpable.

Pero matar a aquel hombre no le bastó. Tuvo que machacar a sus hijos antes de matarlos también.

Dijo que el mundo necesitaba purificarse de los demonios que lo habitaban.

Sin embargo, nunca ve la maldad en los ojos de su propio hijo.

Incluso la madre de aquel chico sabía que no era buena persona.

De nuevo me suena el teléfono, pero, como todavía no he terminado, lo ignoro una vez más.

—Kyle era un monstruo a la espera de ser liberado. Una vez que ese tipo de maldad se desata, no hay forma de volver a controlarla.

En eso estoy totalmente de acuerdo con ella. Ha violado al menos a tres personas, que sepamos, incluido un hombre.

—Vosotros queréis detener a un asesino por hacerle daño al pueblo. Pero yo solo quiero que a esos niños por fin se les escuche. La gente se está muriendo por haber guardado este secreto durante tanto tiempo.

—¿Quién es Dev?

—Devin Thomas. El hijo del juez —dice sin pensar.

Mientras me levanto, la miro y recito los nombres que conocemos, ahora con dos de los que aún no teníamos constancia.

—Tim Hoover. Chuck Cosby. Nathan Malone. Jeremy Hoyt. Ben Harris. Tyler Shane. Lawrence Martin. Anthony Smith. Kevin Taylor. Morgan Jones. Kyle Davenport.

Ella me mira a los ojos.

—Jason Martin. Es el primo de Lawrence. Ahora vive en Carolina del Sur. Trabaja allí como promotor inmobiliario. Era el duodécimo.

—Gracias por compartir esto con nosotros.

—Solo necesito saber que haréis algo más que escucharlo.

—Eso es lo que pretendo —le digo con honestidad.

Donny me sigue hasta la puerta y yo me giro para mirarla una última vez.

—¿Cómo murió la madre de Victoria y Marcus?

—En un accidente de coche —dice con un suspiro—.

Una pareja adinerada de un pueblo cercano se la llevó por delante después de emborracharse en una fiesta.

Creo que su apellido era Carlyle. Dejaron huérfana a su propia hija en aquel accidente y asesinaron a una mujer estupenda que solo intentaba volver a casa con sus hijos después de un largo día en el hospital.

Parece que a esa familia la vida no le daba tregua.

—¿Era enfermera? —pregunto, aunque no sé por qué quiero saberlo.

—No. En realidad, trabajaba como forense en el mismo hospital donde murieron los chiquillos. Supongo que esa fue una de las razones por las que decidieron acudir a ese centro. Su madre era una mujer querida allí y contaba con muchos amigos.

Asiento en señal de comprensión y nos damos la vuelta para marcharnos.

—Esa noche actuaron con mentalidad de manada —susurra Donny cuando salimos y cerramos la puerta.

—Y Kyle era el alfa más dominante. Es más una mentalidad de manada propia de la cárcel: unirse para no convertirse en el señalado.

—Algunos apenas tenían quince años —gruñe Donny.