Mentiras (Mindf*ck 4) Capítulo 1. Logan
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Mentiras (Mindf*ck 4)

Mentiras (Mindf*ck 4)

Por S.T. Abby

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Capítulo 1. Logan

LOGAN

A los vivos les debemos respeto, a los muertos solo la verdad.

— V OLTAIRE

—Marcus Evans… Ese chico era un trasto cuando era pequeño, pero también un encanto.

Y Victoria… siempre se comportaba como su sombra.

Adondequiera que fueran Marcus y Jacob, ella los seguía.

A ellos no les importaba. Los chicos solo le sacaban un año a Victoria.

Y Robert, bueno, hizo todo lo que estuvo en su mano para darles amor a esos niños.

Jacob pasaba más tiempo en su casa que en la suya propia porque era un hombre de los que ya no quedan, lleno de fuerza y compasión.

Diana Barnes se aclara la garganta y la observo mientras se levanta para servirse un vaso de agua.

—¿Queréis beber algo?

—No, señora —decimos ambos al unísono.

Su piel color chocolate destaca en contraste con el vestido de tono marfil que le llega hasta las rodillas. Es una mujer elegante y de aspecto atemporal, con ojos melancólicos. Los mismos que mi Lana.

Solo que, a diferencia de Lana, estos esconden también un sentimiento de culpa. Tiene una actitud hastiada y severa, como si se obligara a sí misma a sobrellevar cada día.

—¿Tenéis hijos? —nos pregunta cuando vuelve, y se sienta con el vaso de agua, alimentando el suspense.

—No, señora —volvemos a decir a la vez.

—Apuesto a que ambos disfrutáis de la soltería y pensáis que el tiempo nunca os pasará factura.

Donny se mueve incómodo en su asiento, pero yo me limito a sonreír.

—No estoy casado, pero tampoco soltero.

Me observa atentamente durante un momento.

—A Victoria le habrías caído bien. La crio su padre después de que muriera su madre cuando tenía diez años.

Compartía casa con dos hombres, de modo que se sentía más cómoda con amigos que con amigas.

Era más selectiva con sus amigos de lo que lo era con sus novios. Aunque nadie podría haberlo imaginado.

Me inclino hacia delante.

—¿Imaginar qué?

—No. Me estoy adelantando. Primero debéis saber que Robert murió en la celda la noche en la que lo acusaron de crímenes que no pudo cometer. Intentaron por todos los medios inculparlo, como si eso fuera a borrar los asesinatos y permitir que todos pudieran seguir con sus vidas.

Bebe un sorbo de agua y yo me abstengo de pedirle que vaya al grano.

—Robert pasaba todas las noches con sus hijos.

Incluso mi niño estuvo con ellos muchas de esas noches.

Jacob, por supuesto, también los acompañaba casi siempre.

Robert coci­naba, limpiaba y cuidaba a esos críos, y normal­mente invitaba a otros a su casa para pasar el rato.

Era tan buena persona y tenía un hogar tan acogedor que la gente no podía resistir-se.

El padre de mi hijo se marchó cuando él era muy pequeño.

Robert siempre habla- ba con él como si fuera hijo suyo, y siendo madre soltera y trabajadora, toda ayuda era bien recibida. Yo le devolvía el favor cuando podía.

Se detiene para contener las emociones que no había detectado en su voz. Se le enturbia la mirada.

—Él no pudo haber violado y matado a esas mujeres.

Ni siquiera era capaz de levantarle la mano a sus propios niños.

Mi hijo lo vio. Jacob lo vio. Muchas de las noches en las que ocurrieron esos asesinatos, él estaba en casa con ellos y otros dos críos más.

No sirvió de nada. No admitieron los testimonios de los testigos oculares ni los aceptaron como coartadas en el juicio.

—¿Cómo? ¿Por qué? —pregunta Donny, confundido.

—Porque entonces no podrían condenarlo por unos asesinatos que no cometió —dice como si se tratase de algo obvio y fuese absurdo preguntarlo siquiera.

Donny se reclina, indignado. No con ella, sino con la situación. Sabe cómo es Johnson. Hará que cualquier cosa parezca válida y se saltará todas las normas necesarias para encerrar a quien él considera sospechoso.

—¿Y el tribunal respaldó esa circunstancia?

—El tribunal. El sheriff. Todo el mundo.

Estuvieron interrogándolo durante cinco días seguidos.

Lo encerraron en esa celda obviando todos sus derechos.

No dejaron entrar a su abogado. Luego mintieron y dijeron que nunca llegó a solicitar asistencia legal.

Fue una caza de brujas desde el principio.

Era más fácil culpar al conserje de la escuela, que no tenía más familia en este pueblo que sus hijos.

Ese tal Johnson lo señaló como culpable y, a partir de ese momento, lo arreglaron todo para que así fuera. El sheriff lo respaldó en todo momento.

El perfil original era el de un sádico sexual. No suelen tener hijos, y, si los tienen, no mantienen una relación cercana con ellos. No son cariñosos ni afectuosos. Johnson describió al sospechoso como una persona solitaria, y este no sería el caso.

El hecho de que no hubiera señales de haber forzado la entrada significa que era agradable y cercano, probablemente alguien en quien confiaban.

De ahí que el culpable fuese alguien del pueblo.

La habilidad de Johnson para incul­par a otro lo convierte en un narcisista, y el pueblo le siguió el juego y le otorgó el poder que realmente satisfacía sus deseos.

Y engañar al mundo supuso el culmen de la euforia.

—¿Alguien le guardaba rencor a Evans antes de esa noche?

—No —dijo, y se rio por lo bajo—. Ese hombre era un santo.

Si alguno de los alumnos sufría un accidente en la escuela, él se encargaba de limpiarlo y de decirle que se fuera antes de que alguien lo viera.

No quería que se sintieran avergonzados, y sabía que los críos podían ser crueles.

Sus propios niños eran objeto de burlas por ser los hijos del conserje.

Me recuesto, tratando de averiguar qué carajo llevó a Johnson a insistir tanto en señalar a este tipo como el sospechoso. Hasta un tipo como él tiene corazón.

—¿Y qué hay del sheriff? ¿Tenía alguna rencilla con él?

Ella tensa los labios.

—El sheriff estaba demasiado empecinado en encontrar a alguien, a cualquiera, que pagara por lo sucedido.

Su hija fue una de las primeras víctimas.

El verdadero enfermo, el demonio que la mató…

, la dejó en medio de la calle para que todos la encontraran a la mañana siguiente.

Estaba desnuda y había sido brutalmente violada.

Le habían arrancado la piel, y murió desangrada durante la noche.

Donny traga saliva con dificultad y yo me dejo caer sobre mi asiento, sin entender cómo es posible que algo así no figurara en los informes del caso.

El sheriff tendría que haberse mantenido al margen de la investigación.

Además, eso reduce la probabilidad de que sea el principal sospechoso, que era la hipótesis por la que me inclinaba.

—Tenía dieciocho años —continúa Diana, conteniendo un sollozo—.

El sheriff perdió la cabeza después de eso.

Después de ver eso. Era lo más espantoso que le había pasado a este pueblo hasta entonces.

Y, a partir de ahí, las cosas no hicieron más que empeorar.

Un domingo por la mañana, antes de que empezara la misa, apareció un cadáver en las escaleras de la iglesia.

Se encontró otro en las de la escuela, a la vista de los niños.

Era Ilene Darvis. Una maestra de guardería. Solo tenía veintitrés años.

Tiene que interrumpirse para sonarse la nariz porque ahora las lágrimas le caen sin control.

—En fin, la noche en la que condenaron a Robert, se suponía que debían trasladarlo a prisión.

Vinieron escoltas y todo. Lo encontraron colgado en su celda a la mañana siguiente, después de haber retrasado el traslado.

Nadie en su sano juicio creería que ese hombre se ahorcó cuando estaba desesperado por pre­sentar una apelación.

Lo que quería es que de verdad se hiciera justicia.

No morir así. Nunca pude averiguar lo que pasó realmente. Espero que vosotros lo hagáis.

Donny aprieta los puños. Siempre resulta doloroso escuchar cómo la vida de un hombre inocente queda destrozada por culpa del ego de otro. Johnson destruyó muchas vidas.

—Un par de días más tarde, cuando los chicos volvían a casa, Victoria se pasó por aquí.

Yo estaba a su lado cuando sonó el teléfono.

Kyle llamó a Victoria para decirle que podía conseguir que viera el cadáver de su padre, ya que aseguraron que no podían entregárselo.

El sheriff dijo que no tenían dieciocho años y que, al no haber nadie mayor de edad que pudiera reclamar el cadáver, el ayuntamiento tenía dere­cho a deshacerse de él.

Me ocupé de aquello más tarde, demasiado tarde.

Exhala un suspiro tembloroso, como si se estuviera preparando para afrontar lo que viene después.

—Victoria había estado saliendo con Kyle, y entregó a ese chico mucho más de lo que debería.

A él no le gustó demasiado que rompieran la relación, pero no sacó el demonio que llevaba dentro enseguida.

Hasta ese punto era manipulador y calculador.

Solo había salido con él durante unos meses, y fue uno de los pocos novios que tuvo.

Su padre le hizo entrar en razón cuando se dio cuenta de lo mal que la trataba Kyle.

Ella nunca dijo por qué rompió con él, pero Kyle nunca le había dado motivos para no confiar en él. Hasta aquella noche.

El teléfono de Donny suena, pero él lo ignora. Cuando empieza a sonar el mío, lo pongo en silencio. Ninguno de los dos nos vamos a marchar hasta que hayamos conseguido respuestas. Solo es Johnson intentando averiguar qué estamos tramando.

—Victoria fue a reunirse con él, y Marcus la siguió porque también quería ver a su padre. Necesitaban una explicación. No dejó ninguna nota. No se despidió. Sencillamente murió, y lo tacharon de suicidio. Por una vez, Jacob no estaba con ellos y, afortunadamente, mi hijo tampoco.

Se rompe, y solloza desconsolada.

—No debería haber sentido alivio cuando esos pobres niños sufrieron, pero me alegré mucho de que no se hubieran ensañado también con mi hijo.