Lucy (Mentiras y Cuernos 4) La hora de la verdad #3
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La hora de la verdad #3

—Si, cari —me cortó—. Ya sé lo que quieres decir.

Pero Elsa me pidió que la dejara tener sexo contigo.

Algo así como un polvo de despedida. Y no me importó concedérselo.

Me había ayudado mucho, sentí que se lo debía.

Y sabía que Elsa lo necesitaba, aunque no era por ella misma, sino como un acto de entrega final, para disculparse contigo.

Joder. Había sospechado mientras la follaba que aquello no era natural, que estaba preparado. Me lo había parecido por la forma de actuar de la propia Elsa.

—¿Y también quería que se lo hiciera como un bruto, como si fuera…?

Me costaba articular la palabra.

—¿Cómo un castigo quieres decir? —terminó la frase por mí.

—Sí, algo así…

—Pues sí, se sentía en la necesidad de ser castigada. ¿Lo disfrutaste?

—Bueno, no sé… creo que sí…

—Pues mejor que lo sepas porque te advierto que es tu último polvo con ella —rió con sus bonitos dientes y me provocó un subidón de ternura—. A partir de ahora no te voy a dejar que te acerques a Elsa ni en diez kilómetros…

Sonreí sus ocurrencias y la abracé.

Aquel momento de bromas me habían relajado por completo.

Y Lucy lo notó.

—Bueno, cielo, ¿estás más tranquilo ahora? —me preguntó.

—Sí, nena, te agradezco todo lo que has hecho por mí —le reconocí—. Y perdona si no he confiado en ti en algún momento.

Ella se mostró comprensiva.

—No te preocupes, es normal —me acercó los labios y besó los míos—. Has pasado por momentos muy duros. Pero eso ya es historia.

—Sí… gracias a ti y a… Elsa.

—Eso es… ¿dormimos?

—De acuerdo…

El resto de la noche fue para mí un duermevela.

Sin embargo, Lucy durmió de un tirón.

Sentía su respiración suave a mi lado y envidiaba su profundo sueño, como el de un niño.

Yo seguía con los nervios en tensión, deseando que todo aquello acabara.

Y sobre las ocho de la mañana conseguí conciliar el sueño.

*

Cuando el soniquete de los grifos del baño me despertó, la luz de la mañana ya bañaba el ventanal de la habitación, iluminando los cuadros baratos de la pared de enfrente.

Veía a Lucy deambular de un lado para otro ordenando todo lo que se encontraba a su paso.

Y ella, al ver que había despertado, se decidió a hablarme.

—He pedido desayuno para dos, ¿te apetece?

—Hummmm… —bostecé y me estiré para desentumecerme—. Podría zamparme un búfalo. Parece que llevara días sin comer. ¿Qué hora es?

—Casi las diez. Pero tranquilo, hoy es domingo. Tenemos un largo día por delante. Los medios no abrirán sus correos hasta mañana por la mañana.

Me sobresaltó que fuera tan tarde. Al contrario que ella, no tenía la sensación de poder tomarme las cosas con calma. Había mucho que hacer, no podía dedicarme a dormir como si no pasara nada.

—Vale, me voy a la ducha —concedí dando un salto y poniéndome en pie—. Luego desayunamos y después… ¡a trabajar!

—¡Ese es mi chico…! —dijo sonriendo.

Me dirigí desnudo hacia el baño y ella aprovechó la ocasión para restregarse contra mí.

—Uyuyuy… hombretón… —me vaciló—. No te atrevas a mostrarte tan desnudito, que una no es de piedra.

Se mordía una uña y ponía ojitos de zorra.

Le di un azote en el culo y luego la mordí suave en el cuello.

Y aproveché para traerla a la realidad.

—¿Cuándo va a llegar la lista de los correos de los medios?

Lucy me mostró su móvil y me dio una buena noticia.

—La tengo aquí desde las nueve en punto… Tu querida Elsa ha cumplido al cien por cien, como sabía que haría.

—Vale… Elsa es una campeona —acepté quitándole el móvil de las manos—. Pero yo ahora te prefiero a ti, que lo sepas…

La apreté de las caderas contra mí y le sobé el culo por debajo de las bragas.

—Eso espero, grandullón… porque yo soy muy celosa… —se soltó y se dirigió hacia la puerta de la habitación, en la que habían sonado dos golpes de nudillos y una voz había dicho: «¡les dejo su desayuno en la puerta! ¡Que tengan un buen día!».

—Mira que bien… —dije yo mirándola mover las caderas—. Hasta en esto se manejan con discreción. Te dejan el desayuno en la puerta y se largan para no verte el careto… Habrá que venir más por aquí.

*

El resto del día fue como una auténtica jornada de trabajo.

Habíamos pedido por teléfono un par de ordenadores y nos los habían subido en menos de cinco minutos.

El no va más del mundo actual. Follar y teletrabajar todo en uno.

Así se lo dije a Lucy al ver tanta eficiencia, a lo que ella respondió: «será por si te quieres follar a tu secretaria».

Me había sonrojado al oír aquella broma, y tuve que inventar una excusa para quitarme de en medio el tiempo suficiente para que se me bajara el rubor. No había razón alguna para que Lucy sospechara que me tiraba a Sonia, pero después de comprobar sus cualidades como estratega, mejor no arriesgar.

Tras la comida invitamos a Elsa a unirse al equipo.

Llegó sobre las cuatro y la recibí con dos besos de amigo, aunque nos sonreímos mirándonos a los ojos. Yo pensaba en el sexo del día anterior. Ella no sé en qué pensaría.

Lucy nos miraba a los dos, controlando que no se enredaran las cosas. No eran momentos de abrazos y parabienes, quedaba mucho por hacer.

Elsa nos tomó el relevo mientras Lucy yo echábamos una ligera siesta. Descansada como se hallaba, en solo un par de horas había hecho casi lo mismo que Lucy y yo juntos por la mañana.

Sobre las nueve de la noche dimos el trabajo por concluido.

Habíamos enviado seiscientos treinta y cuatro correos a treinta y cinco medios de comunicación.

Cada correo llevaba un número de videos suficiente para no hacerlos muy pesados.

Todos comprimidos con una herramienta que Charly nos había prestado.

A las diez nos servían una suculenta cena que remojamos con cava.

Fue una de las mejores celebraciones de mi vida.

Los tres sentíamos como si nos hubiéramos quitado un gran peso de encima.

Aunque quedaban por ver los resultados.

Y eso no podría ser hasta los próximos días.

Cuando Elsa nos dejó a solas sobre las dos de la mañana, Lucy y yo aprovechamos para retozar sobre la cama hasta que el sueño nos venció.