Lucy (Mentiras y Cuernos 4) La hora de la verdad #2
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La hora de la verdad #2

—Pues sí… —se reafirmó con una sonrisa ladina en los labios—.

Alberto había ideado la trampa del pendrive para hacerte ir a la casa de los padres de Elsa y allí atraparte.

Pero conseguí que me dejaran ser yo la que eligiera el dispositivo.

Los muy bobos. Por supuesto, me las apañé para comprar un pendrive lo más parecido al de Charly, aunque no lo encontré exactamente igual.

»Y el que tenía Elsa era la burda imitación que les entregué para que metieran dentro lo que pretendían que vieras.

—¿Quieres decir que todo este tiempo has estado manejando dos dispositivos? ¿Uno para trabajar conmigo y otro con ellos?

—¡Exacto…!

Me puso muy nervioso escuchar esto.

—Pero, Lucy, por dios, ¿por qué no me lo dijiste? Te has arriesgado demasiado. Yo podría haberte ayudado…

Pero ella sentenció categórica:

—No te lo dije porque sabía que reaccionarías como lo estás haciendo ahora. Hubieras querido alzarte en el macho alfa de la manada y tendría que haberte dado demasiadas explicaciones. Pero para que mi plan funcionase era necesario que no supieras nada, ¿recuerdas?

Tuve que reconocer que llevaba toda la razón.

Una vez más.

De haber conocido la trama, habría intervenido para ajustarla a mi gusto y lo habría mandado todo a la mierda.

—Es verdad… lo siento… —admití.

Lucy me abrazó y me besó detrás de la oreja. Luego me dio un consejo.

—Debes dejar los juegos de macho alfa para cuando estemos en la cama, mi amor. El resto del tiempo tendrás que confiar más en mí.

Acepté con un movimiento de cabeza.

—Vale, llevas razón, te prometo que lo haré —repliqué, y sentí que podía hacerlo a la vista de lo que estaba descubriendo. Lucy no solo era la chica sin filtros, ahora me demostraba que era una mujer con un par de ovarios.

Para demostrarme que lo tenía todo bajo control, tomó su móvil y conectó el pendrive.

Luego me mostró los videos que había robado en el sistema de control de la casa.

Aprovechamos para reproducir una docena de ellos al azar, así confirmamos que teníamos el material que haría saltar por los aires al clan Molinaseca.

—¡Joder, lo tenemos! —exclamé.

—¡Vaya si lo tenemos! —replicó antes de besarme de nuevo.

Inquieto como me hallaba, sin embargo, se me ocurrió proponer una locura:

—¿Por qué no pasamos de dormir y nos dedicamos a enviar los videos a todos los medios del país esta misma noche?

Lucy, sin embargo, volvió a mostrarse como la más juiciosa de los dos.

—Ha sido un día muy largo, cielo —dijo—. Mejor dormimos unas horas y mañana nos dedicamos a ello con la cabeza despejada.

Pero yo era cabezota e insistí.

—Puedes dormir tú si quieres. Yo trabajaré unas horas y luego me relevas. Así aprovecharíamos la noche.

Afortunadamente, entre los dos había alguien con los nervios de plomo.

—Ni hablar —se negó rotundamente—. Tú vas a descansar conmigo. Además, aún no tenemos la lista con las direcciones de correo de los medios a los que vamos a enviar los videos.

Oír eso me dejó fuera de juego. Yo había supuesto que sería lo primero que habría preparado.

—¿Cómo que no? ¿Lo dices en serio? Si no la tienes aquí pero la tienes escondida en tu casa, yo puedo ir a buscarla…

Hablaba de forma irracional. Sin recapacitar en que salir de aquel hotel era un auténtico riesgo.

—O puedo pasarme la noche haciendo la lista con tu móvil —propuse como alternativa.

Lucy me sujetó por los brazos.

—No, no la tengo, pero no te preocupes, no hace falta que te des esa paliza y te quedes sin dormir —dijo intentando convencerme—. La tendré mañana a primera hora, te lo aseguro.

—¿La tendrás mañana? —no me había sonado nada bien aquella confesión—. ¿Te la tiene que pasar… alguien?

Comenzaba a preocuparme una vez más. Cada vez que depositaba mi total confianza en Lucy, comenzaban a llegar puñaladas por la espalda.

—Sí, me la enviarán por wasap sobre las nueve…

La miré con gesto serio.

—Me estás vacilando, ¿no…?

—Para nada, cari… Te prometo que tendremos esa lista y que podremos pasarnos todo el día enviando los videos.

Tragué saliva.

Carraspeé.

Me había puesto muy nervioso.

—Y… ¿quién se supone que es ese «alguien»?

Me sonrió y me hizo una caricia en la mejilla como si fuera un niño.

—No te pongas nervioso —respondió con voz aterciopelada—. Ese alguien es una buena persona.

—Lucy, por dios… ¿Quién es?

—Pues es… Elsa.

*

Si me hubieran conectado a la corriente no me habría estremecido de la forma en que lo hice. ¿Qué pintaba Elsa en todo aquel embrollo? ¿Se había vuelto loca Lucy? ¿Es que había confiado en una Molinaseca para acabar con el imperio de los… «Molinaseca»?

Era una total locura.

Una locura que nos podía costar la vida.

La pregunta que siguió sonó a acusación.

—¿Qué tiene que ver Elsa en esto? ¿No le habrás confiado tu plan? En estos momentos podríamos tener a toda su familia tras nuestros pasos.

Pero Lucy mantenía la calma. Por su expresión, parecía que le faltaba contar una parte de la historia.

—Es que no te he contado algo —dijo confirmando mis sospechas—. Y te diré que no es que le haya confiado mi plan a Elsa…

—Ah, ¿no? —casi ni me atrevía a respirar—. ¿Y entonces…?

—Es que Elsa es parte del plan —soltó la bomba y la onda expansiva casi me tira de la cama—. Sin ella no habría podido hacer nada de lo que has visto.

Le había cambiado la expresión.

Su rictus ahora era serio, no era momento de bromas, parecía decir.

—¿Quieres decir que ella…?

Una idea fugaz había cruzado mi cabeza.

Y ella me la confirmó.

—Sí, cari, es exactamente lo que estás pensando —volvió a las confesiones—. En los últimos meses Elsa y yo hemos tenido mucho tiempo para hablar. Y ella me confesó que se había hartado de la prepotencia de Alberto y de su padre. Y que si me proponía a hacer algo para destruirles ella me ayudaría.

»Me dijo que lo que antes le atraía de ellos ahora lo despreciaba.

Lo que en tiempos habían sido juegos emocionantes, se habían convertido en una esclavitud sin paliativos.

Ya no la respetaban ni en sus días íntimos.

Ni siquiera cuando estaba enferma. Si ellos creían que tenía que participar en algún «espectáculo», les importaba una mierda cómo se sintiera.

En algunas ocasiones había intentado negarse, convencerles de que no se sentía con fuerza, que necesitaba un médico, guardar cama, lo que fuera.

Y ellos la habían respondido con castigos cada vez más duros.

»Ella, que tanto había disfrutado de ser manejada como un objeto, había sido degradada hasta convertirla en menos que eso: en basura.

Una basura a la que habían cercenado toda capacidad de decidir nada por ella misma.

Ni dentro, ni fuera de la casa de las torturas.

Un saco de mierda dentro de su propia familia.

—No me lo puedo creer —pensé en voz alta—. ¿Elsa…?

Era muy duro lo que comentaba Lucy acerca de la situación actual de mi ex.

Pero lo que recordaba de ella en esos momentos eran sus comentarios despectivos hacia Lucy.

Cierto era que Alberto había preparado todo un embrollo alrededor de esa supuesta mala relación entre las chicas para herirme a mí.

Pero estaba seguro de que parte de la animadversión de mi antigua novia hacia Lucy había sido real.

Quizá por celos hacia la relación entre ella y su primo.

Y ahora me encontraba que eran uña y carne.

Era difícil de tragar.

Aunque algo me decía que debía confiar.

Aunque fuera porque no me cabía otra opción.

—Puedes creerlo… —prosiguió Lucy—. Ella está tan deseosa de acabar con el clan como tú y como yo. Y tengo que añadir que el plan alternativo del que te he hablado lo diseñamos juntas. No estuve sola en ningún momento. No debes temer nada de Elsa, sino todo lo contrario. Y, además…

La miré con recelo. ¿Había aún algo más?

—¿Además…? —la empujé a terminar la frase.

—…Además fue Elsa la que extrajo los videos del sistema, no yo.

Lo hizo con las explicaciones que nos daba Charly y yo le contaba, por supuesto.

Y lo decidimos así porque para ella era más fácil acceder a la sala de máquinas.

Los idiotas de Alberto y sus compinches no desconfiaban de alguien a quien consideraban parte de la cúpula.

Me senté acongojado. Estaba recibiendo tanta información que me costaba procesarla.

—Entonces, sin Elsa… —titubeé—. No habría sido posible conseguirlo…

—Eso es… —se sentó a mi lado y me abrazó—. Todo esto ha sido posible gracias a ella.

Se hizo un corto silencio.

Mi mente trabajaba a toda prisa.

No podía evitar que otro nombre viniera a mi mente.

—¿Y Nata?

—No, Nata no sabe nada —un escalofrío le debía de haber recorrido los brazos, a tenor de cómo se le había erizado la piel—.

Ella lo hace todo por dinero. Es perra fiel a la mano que la da de comer.

Si Nata se hubiera enterado de nuestro plan, habríamos tenido un serio problema. Tuvimos que cuidarnos muy bien de ella.

Carraspeé, aun nervioso, pero no pude evitar un suspiro de alivio al oír sus palabras. Efectivamente, Nata no era de fiar, por dinero hubiera hecho cualquier cosa. Saber que estábamos en la misma onda a este respecto me tranquilizó. Eso hacía más fácil de creer todo lo demás.

Me había quedado pensativo y Lucy me interrogó con la mirada.

—¿Pasa algo, cielo? —preguntó.

—Dime una cosa —repliqué curioso—. Lo que sucedió entre Elsa y yo antes de…

Lucy soltó una risita pícara.

—¿Te refieres a cuando la guarreaste sobre el sillón?

Bueno, había mejores formas de referirse a aquel polvo, pero en esencia se trataba de eso.

—Sí, a eso me refiero… —respondí—. Llámalo como mejor te parezca. Pero me gustaría saber si eso estaba también preparado.

Me tomó de la barbilla y me manipuló como a un niño.

—Pues… sí, cielo, eso también…

Joder, lo había sospechado, pero oírselo decir me conmocionaba.

—Pero, amor… ¿tú lo consentiste…? Quiero decir…