La hora de la verdad
Saciados de sexo, nos acostamos en la cama y nos acurrucamos, aunque despiertos, durante largo rato. Dejábamos al silencio respirar hasta que el destino nos llevara hacia el punto en que debíamos estar: el momento de las explicaciones.
No hacía falta preguntar. Sobraban ciertas palabras. Ella sabía que yo quería saber, y yo sabía que ella quería explicarse. Así que esperé sin prisas hasta que se decidió a hablar.
—Estaban todos super cabreados, especialmente Alberto y su padre —comenzó al cabo—. Sabían que habías sido tú el que quemó la casa por muchas razones. La primera, porque sabían que buscarías venganza por lo de Elsa, aunque nunca imaginaron que llegarías tan lejos.
»Pero lo más importante fueron las imágenes de las cámaras. Se veía a cien leguas que eras tú el que intentaba esconderse entre las sombras. Por muy enmascarado que fueras.
No me cuadró esta explicación.
—Pero, cielo… si me dijiste que no estaban seguros de que fuera yo el del pasamontañas —me quejé con la mirada clavada en el techo del cuarto.
—Te mentí para que no te asustaras… —hablaba con su rostro apoyado en mi pecho—. Aparte de que era el guion de Alberto. Él pretendía hacerte creer que estabas a salvo, que no estaban seguros de tu culpabilidad para que te confiaras. Y esa parte la seguí al pie de la letra.
»Pero en realidad lo de las máscaras solo funciona en las películas. En la vida real se nota de lejos quien es el malo por mucho que se disfrace. Pero qué más da, aunque no estuvieran seguros te la querrían hacer pagar. Alguien tenía que pagar el pato y te tocó en la rifa.
Risas de los dos.
Suaves, aterciopeladas.
Que ayudaban a distender la tensión.
—Sigue… —la animé.
—Alberto y Juan llegaron a un acuerdo: te dejarían vivir tranquilo unos meses hasta que la noticia se enfriara. No podían actuar de inmediato. Si le ocurría una desgracia al ex de una Molinaseca poco después del incendio, algún periodista espabilado podría sumar dos más dos.
»Pero eso no significaba que te perdonaran. En algún momento se las tendrías que pagar. Nadie ofende a la familia Molinaseca y se va de rositas, afirmaban continuamente, faltaría más.
—Como la mafia…
—Pues sí, como la mafia… —confirmó—. Y cada vez más. Por eso tenemos que andarnos con cuidado. Nada de tus ideas de superhéroe, te lo ruego…
Había suspirado como una niña, acariciándome el abdomen.
No podía decepcionarla.
—Vale, andaremos con pies de plomo, te lo prometo —acepté—. Continua.
Irguió la cabeza y me miró a los ojos.
—Hace un par de meses me llamaron a una reunión Alberto y su padre. Había más gente en ella, pero no los reconocí. Ellos iban mejor disfrazados que tú.
Me arrancó una sonrisa, aunque puñetera las ganas que tenía de sonreír esta vez.
—¿Qué te dijeron?
—Me informaron del plan que habían trazado para apresarte. No me hablaron de lo que te harían después, pero yo sabía lo que pensaban hacer.
—Hijosdeputa… —susurré casi sin fuerzas.
Lucy prosiguió sin hacer caso de mi exabrupto.
—Me explicaron… Bueno, más que explicarme me dieron el plan por escrito… Lo de los wasaps cortados… lo del retiro espiritual… Lo del pendrive en casa de Elsa… Todo. Lo que tenía que hacer y lo que decir para engatusarte, como el guion de una película.
—Menuda película… —gemí.
—Sí, menuda película… —volvió a suspirar, y esta vez fue ella la que blasfemó—: Putoscabrones…
Lo había dicho con la voz entrecortada, con sentimiento.
Una lágrima se había dibujado en sus ojos.
Intervine con la intención de romper el momento de zozobra y que pudiera continuar.
—¿Pero por qué hacer un plan tan enrevesado? —Le acariciaba el pelo mientras pensaba en voz alta—. Podrían haberme secuestrado en cualquier momento. En mi casa, incluso.
—Bah, eso sería demasiado fácil —me aclaró—. Querían jugar contigo, como el gato con el ratón. Recuerda que es jugar con sus víctimas lo que les divierte.
—Suputamadre… —suspiré.
Nos mantuvimos unos segundos en silencio.
—¿Y cuando te contaron el plan qué hiciste? —pregunté al fin.
—Para empezar, alegrarme… —irguió la cabeza y me miró a los ojos.
Vislumbré determinación en ellos—. Aquel plan suyo podría ayudarme en mis ansias de venganza.
Las había acumulado desde que mi padre me había violado con una máscara que no le había salvado de que lo identificara.
Pero hasta ese momento no había encontrado una forma de atacarles.
—Imagino que al ver su plan, les seguiste la corriente y después fuiste improvisando.
—No, ni de coña —me rectificó—. No podía improvisar si quería que no te mataran… No podía permitirlo, si lo hacían me moriría yo también… Lo que hice fue otra cosa…
—¿Qué cosa? —dije sujetando la emoción que me recorría por dentro al oírla hablar.
Respiró profundo y me sorprendió una vez más.
—Preparé un plan paralelo. Completo. A cada uno de sus puntos le asigné una acción alternativa. A veces más de una, por si salía mal la primera.
La miré admirado.
—¿De verdad hiciste todo eso?
—De verdad. ¿Qué te parece tu chica? ¿Es lista o no?
Me estaban dando ganas de comérmela a besos. Aunque me dije que no era el momento, ya habría tiempo para celebraciones.
—Joder, lista como el hambre… —respondí con una caricia en la mejilla—. La mejor…
—Ja, ja, ja… —me abrazó riendo y nos besamos unos instantes. Su boca sabía maravillosamente. A la boca de una joven feliz y generosa que había hecho algo grande pensando solo en mí. A la boca de la «chica sin filtros» de otros tiempos.
Al cabo abandonó el beso y siguió contándome sus peripecias.
Yo no podía borrar la sonrisa de devoción de mi rostro.
—De todas formas… —pensé en voz alta—. Si estaba todo tan preparado, ¿cómo es que no propusiste lo de los videos desde el inicio? Recuerdo que estuvimos varios días sin saber por dónde empezar.
Me miraba a los ojos y sonreía.
—En realidad sí lo hice… —replicó—. Te lo comenté alguna vez, aunque de pasada.
Tenía que dejar que la idea saliera de ti.
Si te lo contaba a las primeras de cambio, habrías sospechado que estaba todo preparado y corría el riesgo de que introdujeras ideas que cambiaran el guion.
En ese caso no habría podido salvarte de esos cabrones.
Te habrías asfixiado como un idiota en la sala roja.
—Joder…
—El plan base era de Alberto, como todo —continuó—.
Lo que yo introduje por mi cuenta fue lo de sacar los videos de verdad, no los que Alberto quería entregarte.
Y lo más complicado era acceder al sistema de control de la casa.
Eso no sabía cómo resolverlo, necesitaba que tú me ayudaras a hacerlo…
Y rezar para que no me sorprendieran Alberto y los demás metiéndome en el corazón de la bestia.
—Imagino que su plan no incluía dejarte sacar los videos del sistema.
—Por supuesto… Para hacerte creer que los teníamos, les bastaba con meter en un pendrive un par de ellos auténticos y los demás vacíos, con solo el nombre.
Tenía que ser yo quien los reprodujera y te convenciera de que los teníamos todos.
Confiaban en que yo era demasiado boba como para jugársela. Pero no contaron con Charly… je, je…
De pronto caí en un detalle.
Uno que nos dejaba a los pies de los caballos.
No entendía cómo había olvidado el detalle más importante de antes de caer fulminado por la droga: ¡El pendrive que me había entregado Elsa no era el auténtico! Lo supe solo un instante porque no me dio tiempo a comprobarlo —el sueño me sobrevino antes—, pero estaba seguro de que no me equivocaba.
Elsa nos había dado el cambiazo.
Y eso se lo cargaba todo.
Aunque Lucy hubiera recogido el dispositivo cuando se me cayó de las manos, el que ahora guardaría sería una vulgar imitación, no el auténtico.
Y apostaba a que estaría vacío.
—Lucy, tengo que decirte algo… —le dije despacio y con gesto lastimero.
—Dime… —replicó y me miró expectante.
*
Carraspeé antes de confesarle la verdad. No sabía cómo hacerlo. La veía tan ilusionada que se me partía el corazón al anticipar su cara de decepción en cuanto le explicara el intercambio de los dispositivos.
Nos habían estafado.
Tan seguros estábamos de que les llevábamos la delantera que no nos dimos cuenta de que nos sacaban un par de cuerpos de ventaja. Y lo que era peor, si no teníamos el dispositivo, estábamos en sus manos. Tarde o temprano acabarían descubriéndonos y harían con nosotros lo que quisieran.
—Creo que no tenemos el pendrive de Charly —dije con voz lastimera, esta vez sin tener que fingirla.
Me sonrió lobunamente.
—Ah, ¿no? —me acarició la mejilla y yo me mordí el labio—. ¿Y eso? Porque que yo sepa tengo un maravilloso pendrive en el cajón de mi mesilla.
Le acaricié la mano.
No se merecía aquella angustia.
La que la iba a invadir en cuanto le dijera la verdad.
Pero no me quedaba más remedio que confesársela.
—El pendrive que me dio Elsa no era el auténtico —le dije—. Era una mala copia, incluso algo más grande y más pesado. Nos engañaron.
Su sonrisa no cambiaba a medida que le iba dando la mala noticia.
Y yo me preguntaba por qué.
Sin decir nada, se giró hacia la mesilla y rebuscó en el cajón. Luego se volvió hacia mí y me puso en la mano un pequeño dispositivo metálico que reconocí al instante.
—¿Era este? —preguntó con expresión burlona.
—¡Joder! —exclamé asombrado, incorporándome sobre la cama—. ¡¡Este pendrive es el bueno!! ¿¡De dónde lo has sacado!? ¿¡Y qué pasó con la imitación que tenía Elsa!?
Me lo quitó de la mano y se lo llevó a los labios.
Le dio un ligero beso antes de hablar.
—Pues te diré que… —hizo un inciso melodramático y luego exclamó—: ¡¡Esa es una de las partes alternativas al plan de Alberto!!
Sonreía con satisfacción.
Sabía que me estaba dejando de piedra.
—¡No… fastidies…! —abrí exageradamente los ojos, una vez más con admiración desbordante.