Lucy (Mentiras y Cuernos 4) La huida #3
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La huida #3

Con la otra mano se metía varios dedos en la vagina y los removía a una velocidad endiablada, entrando y saliendo de su interior en una auto follada lujuriosa.

Se notaba que el manoseo la provocaba, más que placer, una suerte de éxtasis.

Especialmente cuando los ojos se le ponían en blanco.

Se la veía implicada, con deseo de obedecer mi orden: llegar al orgasmo al mismo tiempo que yo.

Y jadeaba con mi polla entrando y saliendo de su boca.

—Así… así… —la animaba yo.

—Glurrrpppp… Mmmm… —replicaba ella intentando respirar.

Los jadeos de ambos competían con los sonidos húmedos de su coño y de su boca. Mi polla entraba y salía de ella de una manera tan brutal que conformaba una imagen muy cercana al «porno salvaje», término con el que yo aludía a las escenas duras que hasta entonces me habían gustado muy poco.

—Tócate, puta… No pares de tocarte… —le decía y le soltaba una bofetada de vez en cuando para mantenerla alerta.

Ella reaccionaba cerrando los ojos y chupando con más ganas. En una ocasión, se liberó de mi polla y me mostró la boca abierta y la lengua fuera al tiempo que erguía el cuello.

Adiviné lo que buscaba.

Le acerqué la boca, acumulé una porción de saliva y la escupí sobre la lengua. Después le di una bofetada y le apreté la mandíbula para que tragara mi saliva. Ella lo hizo con asco fingido, relamiéndose los labios en señal de aceptación de la orden de su amo.

Y el polvo brutal prosiguió.

Tras unos minutos de jadeos, chapoteos y palabras soeces, sentí que mi resistencia se rompía. Iba a correrme de un momento a otro.

—Joder… zorra… mira lo que me has hecho… no aguanto más… es tu puta culpa… me voy… a… correr… joderrr…

—Mmmm…. Ññññmmmm… —respondió apretando los ojillos; hacia rato que las bragas se le habían caído sobre la almohada dejando sus ojos a la vista y su mirada turbia me hizo sospechar que ella iba por el mismo camino.

Lucy me lo confirmó arqueando el cuello hacia atrás.

Ya no pude decir más, a excepción de las barbaridades que se sueltan durante el clímax.

—Joder… hostia… suputamadre, me corro… zorra… me corro… Ogggg… puta… de mierda…

Se la había sacado de la boca y disparaba lefazos sin control, rociándole la boca, los ojos, el pelo… las tetas…

—Mmmm…. Ummmhhh…. —repetía ella todo el tiempo, dando botes sobre la cama y con las piernas desbocadas.

Se corría como una cerda.

Al mismo tiempo que yo.

Buena chica, me dije. De las obedientes.

Por cada lefazo caliente que le caía en la cara, además, daba un respingo de placer y gemía para darme satisfacción.

—Mmmm…. Aaaahhhh… Síiiii….

Y estaba claro que no fingía.

Habíamos llegado a la meta a la vez.

Como dos enamorados.

*

Me dejé caer a su lado al terminar, fatigado por el esfuerzo, la abracé y nos adormilamos frente contra frente.

No supe cuánto tiempo habría pasado, cuando al rato desperté.

Mi primera visión fue sorpresiva. Lucy recogía los restos de mi semen que aún se mantenían frescos sobre su rostro y sus tetas y jugaba con ellos como una niña.

—Mira, están pegajosos —me dijo cuando descubrió que había abierto los ojos.

—Anda, no seas guarra… —la amonesté—. Vete al baño y lávate la cara… Pareces una…

—¿Una putita? —me interrumpió—. ¿Soy tu putita, gordi?

—Sí, cielo, eres mi putita, pero aun así deberías lavarte esa carita de zorra…

Esta vez no obedeció mi orden, sino que aumentó el reto.

Tomó un grumo entre dos dedos y lo depositó sobre su lengua. Lo saboreó y luego lo tragó.

Mi gesto de asco la hizo sonreír.

—¿Qué pasa…? —se burló—. Tan poco es para tanto, es sólo semen…

Recordé otros tiempos y se lo eché en cara.

—Recuerdo que te solía dar asco…

Pero ella me volvió a sorprender con su franqueza.

—Y ahora también, pero depende… —seguía jugando a meterse restos y a tragarlos—. Por ejemplo, el tuyo no me da ningún asco. El de Alberto es repugnante, eso ya te lo digo… Y el de esos tipos de la casa de las torturas es vomitivo, da igual uno que otro… Aggghhh… por dios…

Sacó la lengua e hizo un gesto de repulsión que me hizo reír.

Ella se contagió y rió conmigo.

Mientras lo hacíamos, Lucy me besó con dulzura. No quise decepcionarla y, a pesar de que besar mi propio semen no era plato de gusto, me entretuve en recorrer cada rincón de su boca, su lengua, sus labios… hasta que me sentí lleno de ella.

—¿Sabes que eres un amo muy mandón? —me dijo mientras me besaba, su lengüita jugando con la mía.

—¿De veras?

—Sí… mucho… —confirmó—. Pero a mí me encanta… Mano dura con tu chica, ¿eh?… ja, ja, ja…

Nuevas risas y nuevos besos.

Nos hubiéramos besado toda la noche, pero recordé que no teníamos tiempo para relajarnos. Que no estábamos allí para disfrutar de unas vacaciones, precisamente.

—¿Nos vamos a la ducha? —le dije abandonando su boca.

—Vale… —respondió ella, y unos segundos más tarde nos abrazábamos bajo el chorro de agua caliente.

Y al tiempo que nos duchábamos, sucedió lo que tenía que suceder.

Esta vez fue un acto de amor, no de dominio. Y la amé dulcemente hasta que nuestros cuerpos explotaron.

Juntos una vez más.

Nuestra forma favorita de acabar.