Lucy (Mentiras y Cuernos 4) La huida #2
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La huida #2

Me hizo particular gracia la máquina expendedora de condones de sabores inimaginables y, especialmente, la de lubricantes. Se veía que las pollas que pasaban por allí debían de ser de talla XXL o superior.

Me sentí intimidado.

Nunca había necesitado lubricante con ninguna mujer.

¿Es que la tenía pequeña?

Ni tan mal, pensé, al menos sabía que para follar con Lucy no iba a necesitarlo. Nuestros sexos ya se tenían cogida la medida y con un poco de saliva bastaría para resolver cualquier impedimento.

Si es que la chica sin filtros tenía ganas de sexo después del día que llevábamos.

Minutos más tarde, una vez reconocido el escueto territorio y tras pasar por el baño —completo y con elementos de higiene por si no te había dado tiempo a comprarlos con el calentón—, Lucy y yo nos mirábamos a los ojos a los pies de la cama.

Parecíamos comernos con los ojos, pero ninguno se atrevía a dar el primer paso.

Noté que me temblaban las rodillas y preferí esperar.

Al final, ella fue la más valiente.

Por fortuna, podrían habernos dado las tantas jugando a las miradas.

Se quitó la ropa y se quedó con el sujetador y las braguitas. Luego me dio un ligero beso en los labios y se subió a la cama. Se recostó sonriente y me hizo una seña para que la siguiera.

No nos habíamos dicho ni una sola palabra desde hacía rato.

La miraba enfebrecido, el deseo empalmándome sin remedio. Ya había follado con ella muchas veces. Pero ahora, después de todos los avatares vividos al alimón, me encontraba tan excitado que la polla me dolía.

La forma en la que la había visto en la sala roja, entregada a dos pollas con grandes huevos cargados de leche, me había afectado más de lo que quería reconocer. Había sido como quien ve una película porno en directo… en la que tu chica es la protagonista.

Aquella experiencia no había sido baladí.

Había cambiado un switch en mi cerebro.

Y por ello se me ocurrían cien formas de follarme a la mujer que me había besado con la boca repleta del semen de aquellos dos. Pero entre todas esas formas, se me antojaba una que me resarciera de lo sufrido. Un castigo para la zorra.

Y fue la que elegí.

Me arrodillé sobre la cama y, mientras me desabrochaba el pantalón, me acerqué a ella y le ofrecí la boca para que empezara a besarme si así lo quería.

Era una maniobra de distracción, por supuesto.

Lucy picó el anzuelo al instante. Me echó las manos al cuello y su lengua se coló entre mis labios para saborearme por dentro.

«La tengo en mis manos», pensé.

Cuando me liberé de los pantalones y los bóxer, sin previo aviso la tomé por las axilas y tiré de ella sobre el colchón hasta apoyar su melena en el cabecero de la cama.

Lucy sonreía sin saber lo que la esperaba.

Su candidez hacía crecer mi dureza, a la que ella miraba con admiración.

Se la veía completamente entregada.

Era la hora de entrar en acción.

Antes de que pudiera reaccionar, le sujeté los brazos bajo mis piernas y me coloqué a horcajadas sobre su cabeza.

—¿Pero… qué…? —fue lo máximo que consiguió decir antes de que mi polla le llenara la boca.

Intentó liberarse moviendo la cabeza hacia los lados, pero de un par de bofetadas cercené sus intenciones.

—Mira, zorrita… —le dije mostrando los dientes—. Aquí quien manda soy yo. Y te voy a decir lo que vamos a hacer… No me hagas enfadar si no quieres sufrir las consecuencias.

Me sonrió con los ojos, con la boca era incapaz de hacerlo por tenerla llena. Parecía preguntar por mis intenciones.

Me equivoqué.

Me devolvía la maniobra de distracción. Ella también sabía jugar.

Me mordió con saña y a punto estuve de gritar. Si hubiera apretado los dientes un poco más podría habérmela cortado en dos. Pero no lo había hecho, señal de que aceptaba el juego.

Se la saqué para evitar un nuevo mordisco.

Y la respondí con una nueva bofetada. Después la estrangulé con las dos manos hasta que su rostro se tiñó de púrpura.

Pataleaba.

Pero cuanto más lo hacía, más le apretaba la garganta.

—Te vas a quedar quietecita, ¿vale? —le dije mientras con una mano le recolocaba los mechones de pelo que le habían caído sobre la cara tras la última bofetada.

Como no replicó, ni de palabra ni de obra, le di otra bofetada.

—¡He preguntado si te vale!

Esta vez conseguí que respondiera.

—Sí… va-vale… —replicó con un susurro ronco.

—¡Sí, ¿qué…?! —volví a arrearle y el pelo volvió a caerle sobre la cara.

Eran bofetadas de azúcar, de las que se usan en las películas. Algunas quizá dolieran de veras, pero eso solo lo sabría ella.

—Sí… señor… —dijo por fin, y entonces estuve seguro de que nuestro juego iba por buen camino.

—Así me gusta, zorra… —La estrangulaba ahora con las dos manos de nuevo. Se le había amoratado la cara, pero de vez en cuando le soltaba la garra para que tomara aire.

—Va-vale… pero no me pegues, por favor… —dijo en cuanto pudo hablar.

La siguiente bofetada no se la esperaba y sus ojos se abrieron como platos.

—Vale… ¿qué?, pedazo de puta…

—Vale, señor… —replicó ella bajando la mirada, rendida.

—Perfecto… así me gusta… una nena obediente.

Notaba en sus ojos la excitación. Las perlas de sudor de su frente y sus sienes no eran de calor —el aire acondicionado de la habitación más bien provocaba lo contrario—. Eso significaba que Lucy estaba tan o más cachonda que yo mismo.

Y entonces le expliqué la situación.

—Te diré lo que va a pasar… —le dije y ella movió ligeramente la cabeza a modo de confirmación de que me escuchaba—.

Voy a follarme tu boca y tu garganta hasta que te las llene de semen.

Tú, mientras, te harás un dedo para correrte al mismo tiempo que yo.

Háztelo a conciencia porque como no te corras conmigo pagarás las consecuencias. ¿Entendido, guarra?

Un nuevo movimiento de cabeza me indicó que no le quedaban dudas y eso me provocó un latigazo de placer.

—Sí… señor…

Antes de empezar, le quité las bragas con una mano —y algo de ayuda por su parte—, y con ellas le vendé los ojos.

—No quiero verte llorar, zorra… —le dije a modo de excusa. La realidad era que la escena me parecía de muy poco sado si Lucy no aparecía atada de alguna manera, aunque fuera mínima. Ella lo entendió a la perfección y se dejó cegar la mirada sin queja alguna.

Y entonces se la metí en la boca y comencé a follársela con rudeza, casi con rabia.

—Toma, puta… esto es lo que te mereces por guarra…

*

Lucy se había abierto de piernas y se masturbaba a gran velocidad.

Se veía que lo hacía con ganas, que no fingía la calentura.

Sus dedos se movían alrededor de su coño, acariciándolo, golpeándolo, mimándolo.

Con una mano removía los labios superiores y el clítoris, y se golpeaba el coño repetidamente.

Todo ello llenaba de un soniquete de chapoteo el silencio de la habitación.