La huida
Minutos después la velocidad del deportivo era alta, señal de que nos encontrábamos en una autovía. Asomé la cabeza por debajo de la lona y rezongué enfadado.
—¿Es que no vas a parar nunca para que salga de aquí a respirar?
—Ni hablar —respondió Lucy—. No quiero que sepas donde está la nueva casa.
—Joder, Lucy, no fastidies —protesté—. ¿Tú con quien vas al final? ¿Con los malos? ¿Vas a volver a envenenarme?
Soltó una risita traviesa.
—De eso nada, voy con los buenos… Y lo del narcótico me han obligado a hacerlo…
—respondió tras un viraje hacia la derecha, que me indicó que tomaba una rotonda a demasiada velocidad—.
Lo que pasa es que no me fio de ti y lo mismo se te ocurre volver a quemar la casa.
Necesitamos cabeza fría, cielito, así que es mejor que sepas lo justo, al menos de momento.
No me pareció un argumento sin sentido, así que confié en ella.
Cinco minutos más tarde aparcaba junto a la acera de un parque industrial y me permitía subir al asiento del copiloto. Luego volvió a arrancar.
—Al menos podrías decirme dónde me llevas —pregunté curioso—. ¿A tu casa?
Me miró con esa sonrisa angelical que me enamoraba.
Su respuesta, sin embargo, fue bastante adulta.
—No, a mi casa ni hablar. Ni a la tuya tampoco.
La miré sin comprender y ella se explicó:
—Esos cabrones nos van a buscar, no lo dudes —continuó—. Y en esos dos sitios son los primeros en donde lo harán. Tenemos que pensar en un lugar que no conozcan, tal vez un hotel. ¿Sabes de alguno que sea discreto?
Lo pensé un instante.
—Si, hay uno en la A-6 que es para parejitas. Es muy discreto. Allí nadie pregunta nada.
—¿Lo frecuentas mucho…? —replicó y me encantó su tono celoso.
Le hice una carantoña en la mejilla y se lo negué.
—Pues no, lo conozco por un amigo que ha ido allí un par de veces.
—Ya… —dijo ella mirándome de reojo—. Un amigo, claro…
Me encantaba verla celosa, pero no era el momento de hacer lo que se me pasaba por la imaginación al ver sus pechos subir y bajar al ritmo de la respiración. Aparte de que iba a tener que limpiarse bajo la ducha la porquería de los enmascarados que llevaba pegada a la piel.
—Programa la dirección de ese hotel en el GPS —dijo señalando a la pantalla del deportivo—. Voy a ir directamente hacia allí, si necesitamos ropa o cosas de higiene los compramos en los alrededores.
—De acuerdo —acepté—. ¿Pero por qué no me vas contando qué diablos ha pasado para que llegáramos a esto? Me has traicionado por segunda vez, ¿de verdad puedo confiar en ti? ¿O me voy a encontrar en algún momento rodeado de una comitiva de mafiosos con metralletas?
Me miró un instante girando la cabeza, como si escrutara mi mirada. Pensé que comenzaría su confesión. Su respuesta no fue clara, sin embargo.
—Te lo contaré todo cuando estemos a salvo. Ahora lo que importa es llegar a ese hotel. Pero te prometo que puedes confiar en mí.
—Está bien, no me queda otra… Pero que sepas que no voy a volver a tomar café contigo.
Respondí y me concentré en la pantalla del coche.
Al ver asomar su media sonrisa me dieron ganas de comerle la boca en ese mismo instante.
*
Programé el Google Maps y los siguientes kilómetros los hicimos en silencio. Miraba de reojo a Lucy. Sabía que no podía borrar de mi expresión una sonrisa que lo decía todo: admiración, agradecimiento… y amor, por supuesto.
Lucy, sin embargo, la interpretaba a su manera:
—No me mires así… —me dijo mordiéndose el labio mientras sujetaba el volante con las dos manos—. Me pones nerviosa.
—¿Y cómo te miro? —pregunté curioso.
—Pues… —volvió a morderse el labio antes de continuar—. Como si fuera una de esas…
Cada vez lo entendía menos.
—Una… ¿qué…? —insistí.
—Pues eso —soltó al fin con un suspiro—: Una puta…
No pude disimular la expresión de sorpresa.
—¿Lo dices en serio? —pregunté mosqueado—. ¿Crees que te miro como a una puta…?
Volvió a girar la cabeza por completo hacia mí. Luego se lanzó con su perorata.
—Sí, como a una puta… —repitió—. Y no solo porque se la haya chupado a esos dos gilipollas, sino por la cara de asco cuando…
No esperé a que acabara la frase para contratacar.
—¿Y qué esperabas…? —la corté—. ¿Qué te recibiera con cara de amor cuando me besaste con la leche de esos cabrones en la boca?
Lucy me corrigió.
—No iba a decir eso…
—Ah, ¿no? ¿Y entonces?
—Me refería al salón de la fiesta, cuando te he descubierto y nos hemos besado —explicó con un deje de malestar—. Te ha costado más de un segundo aceptar mi beso. Te he dado asco.
Bueno, en realidad, eso sí era cierto. No iba a poder negárselo.
—En fin, cielo… —preferí confesar—. La verdad es que me ha dado cierto repelús, no te lo niego…
Y ella saltó con lo que menos me esperaba.
—Pues que sepas que lo primero que he hecho al salir de la sala roja ha sido irme al baño de arriba y lavarme la boca a conciencia —sonreía, pero hablaba con seriedad—.
Con cepillo eléctrico y pasta de dientes.
Y he escupido todo lo que he podido. Y luego me he enjuagado con colutorio.
No me ha quedado ningún resto. Y la piel de la cara lo mismo.
Mira, voy sin maquillaje porque me lo he quitado con agua y jabón.
Suspiré para no abrir un melón que a saber cómo acabaría.
—En fin, eso me tranquiliza… —lo dije con cierta ironía, pero esperé que ella no la hubiera captado.
—Y si lo hice fue por ti… —prosiguió.
Esta frase me chocó.
¿Qué había hecho por mí? ¿Chupársela a aquellos dos tipos? ¿Lavarse a conciencia? Esperaba que fuera lo segundo.
—Te refieres a…
—Sí, a lo de chupársela…
Una sensación de asco me subió por el estómago hacia la garganta. Pero esperé a que se explicara, a veces las cosas no son lo que parecen, me dije.
—Es porque no sabía cómo hacerte llegar la llave —comenzó su confesión—. No podía arriesgarme a dejarla caer a tu lado sin más. Podías no verla, o quizá ellos la vieran también. Habría sido un desastre. Tenía que buscar alguna otra forma de pasártela.
»Así que se me ocurrió la idea de la mamada.
Imaginaba que les gustaría a los muy cerdos por el rollo de hacerte sufrir al verme como una perra sumisa y todo eso.
Saben que he conseguido ligar contigo y que te tengo en el bote.
Sí, no me mires así, y no lo niegues, cielito… Sé de sobra que te tengo en el bote.
—Vale, vale… me tienes en el bote… —repliqué encogiéndome de hombros, al fin y al cabo era la verdad—. No te pongas así… Venga, sigue…
—Me pareció que era una buena idea porque tenían ganas de joderte de todas las maneras posibles, y esa era una bastante rastrera.
Si me lo permitían podría pasarte la llave de las esposas como lo hice.
Así que fui y se lo comenté a tío Juan. Alberto no es muy proclive a ver como su prometida se la chupa a cualquiera, pero su padre no le hace ascos a nada.
Pensé que tío Juan me daría el beneplácito y que convencería a su hijo.
Y lo hizo, pero el muy cerdo me cambió el guion a última hora.
Yo le había propuesto chupársela a «un» cabrón, pero él se empeñó en que fueran dos.
Y encima me eligió a los dos más asquerosos de la casa. Buuufffff, que horror…
Había puesto una cara de asco que me habría sacado una sonrisa si la historia no fuera conmigo.
Pero sí iba conmigo y me sentí en la obligación de mostrarme serio.
Muy serio. Que tu chica se la chupe a dos desconocidos delante de ti no es plato de gusto, precisamente.
Tenía que llegarle el mensaje de mi expresión de mala leche, clamando que nunca más.
Ya me habían crecido lo suficiente los cuernos mientras estuve con la zorra de Elsa.
—¿Te enfadas? —preguntó al observar mi silencio.
—No, si te parece me pongo a dar palmas.
—Venga, mi amor —dijo ella con morrito zalamero—. Lo principal es que estás vivo, ¿no es eso más importante que una mamada?
—¿Estar vivo? —dije con el gusanillo del estómago removiéndose como no lo había hecho hasta ahora—. ¿Es que pretendían matarme de verdad?
Me miró con gesto de no entender.
—¿Cómo que si pretendían matarte de verdad? —repitió con expresión de asombro—. Pues claro que te querían matar de verdad. ¿Qué te creías, que estaban jugando?
Un nudo se me formó en la garganta.
Las palabras de Lucy me habían volcado un jarro de agua helada por la espalda. De repente, el peso de todo lo ocurrido durante aquel largo día cayó sobre mí.
Acababa de vencer a la muerte y hasta ahora había pensado que se trataba de un juego. Un juego macabro, pero tan solo eso.
Y ahora descubría que a estas horas podría estar criando malvas.
*
Al hotel se accedía por un parking en el que a la entrada te fotografiaban la matrícula y te entregaban un ticket. Con ese ticket ibas a una especie de cajero y en él hacías todos los trámites de admisión.
Todo muy automático, muy confidencial, sin testigos.
Más que un hotel se diría que era una fábrica de cornudos.
Una fábrica muy bien engrasada.
De igual manera, de una forma de lo más reservada, se llegaba a la habitación en un ascensor especial. Un ascensor gestionado por ordenador y que impedía que te cruzaras con otros clientes.
Tras hacer todos los trámites, cinco minutos más tarde, accedíamos a nuestra habitación.
Una habitación de lo más escueta.
Más que las de los hoteles de negocios.
No era un lugar como para tirar cohetes, cierto, pero tampoco necesitábamos más.
Una suite amplia con una cama super grande y cómoda, una ventana con vistas a la autovía y un mini bar repleto de bebidas y snacks para pasar un par de noches sin necesidad de salir.
La mesa y las dos sillas, sin embargo, parecían invitarte a trabajar entre polvo y polvo.
No tenía armarios, solo un colgador de perchas donde alinear las camisas, en el caso de que llevaras más de una. Para follar con tu vecina o con la mujer de tu mejor amigo, tampoco se necesita mucho más, me dije.