Lucy (Mentiras y Cuernos 4) Un despertar inquietante #3
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Un despertar inquietante #3

Me dirigí a la salida con él y probé a clicar uno por uno todos los iconos sobre su pantalla, retroiluminada como en un iPad normal.

El humo seguía entrando a raudales en la sala, acrecentando mi sensación de ahogo.

Y, cuando ya pensaba que moriría asfixiado, la puerta me devolvió un clic metálico y comenzó a abrirse para mí.

Tuve que contenerme para no gritar de la alegría.

Asomé la cabeza por ella mientras se abría y respiré todo lo profundo que fui capaz. La tos que me sobrecogió me hizo caer de rodillas, pero conseguí recuperar el resuello.

Lento, muy lento, con una sensación de ahogo que por momentos parecía que acabaría conmigo.

A pesar de todo, no cabía en mí de gozo.

Me acababa de librar de una buena.

El cielo me había escuchado.

Sin pararme a pensarlo, arrojé la consola al suelo y recorrí la escalera que subía hasta la planta baja del chalet —la misma disposición que en la casa de la Moraleja—, rezando de nuevo para que el fuego no hubiera destruido ya las vías de escape de la casa.

Estaba cerca de la salvación, pero aún quedaba lo peor.

¿Quién me decía que el fuego no había consumido las vigas de sujeción del edificio y que el techo no se me iba a caer encima?

*

La sorpresa al llegar a la planta baja fue que allí no había fuego por ningún lado. Ni humo tampoco. No lo entendí. ¿Qué juego era aquel?

Miré alrededor.

Me encontraba en el gran salón de la planta baja, área de festejos cuando no se necesitaban las grandes dimensiones del salón principal en la planta superior.

La tranquilidad reinaba en el lugar, donde sonaba una música clásica que proporcionaba un ambiente relajado.

Gente muy trajeada, como de boda ilustre, charlaba en pequeños grupos y en perfecta calma.

Los camareros, muy al contrario, corrían de un lado para otro con bandejas de bebida o comida que ofrecían a los invitados.

«¡Hijosdelagranputa! —blasfemé, casi ya por costumbre—. Solo hay fuego en el sótano. Estos tipos están celebrando una fiesta mientras queman a un incauto en las mazmorras. ¡Serán cabrones!».

Pero no era momento para quejas.

Tenía que evitar ser descubierto, así que corrí a esconderme detrás de tres enormes tiestos que sustentaban sendos ficus gigantes. Estos ornamentaban la entrada a la sala de fiestas desde el jardín posterior. Era un sitio propicio para esconderse, ya que se encontraba muy cerca de la salida.

Una vez a cubierto, vi como el humo subía desde el sótano por el hueco de las escaleras, comenzando a extenderse por la parte alta de la casa.

Llegaba de repente a una conclusión: mis secuestradores no habían pretendido quemar su nueva casa de las torturas. Ni mucho menos. Un nuevo incidente, similar al ocurrido en la Moraleja, habría suscitado nuevas preguntas, cada vez más difíciles de responder.

Habían utilizado, en realidad, algún mecanismo situado en la sala roja para llenar el sótano de humo. Para asfixiarme haciéndome creer que me estaba quemando. ¿O había otra intención? ¿Tan solo una forma de tortura sin llegar a matarme? ¿Un puñetero juego? ¿Quién podía asegurar una cosa u otra?

¡Putos locos del demonio!

¡Debían de estar riéndose a mi costa donde quiera que estuvieran!

Aunque les estaba saliendo el tiro por la culata gracias a Lucy, no podía olvidarme de ella.

Y aquello era solo el principio.

Porque pocos minutos tras mi aparición en la planta baja del chalet, la gente comenzó a percatarse de la columna de humo que subía desde el sótano.

Y entonces se desató el pánico.

Los invitados echaron a correr hacia la salida. Se atropellaban intentando ser los primeros y el griterío subió de volumen en segundos, alcanzando niveles insoportables. Supuse que los que más gritaban era porque habían sufrido el incendio real en la casa de la Moraleja.

Y justo cuando me decidía a seguir a la multitud para escapar entre ellos, Lucy detectó mi presencia tras los ficus y salió corriendo hacia mí.

Gritó mi nombre y volví la cabeza.

La vi llegar a la carrera y lanzarse a mis brazos.

La recibí y la apreté contra mi pecho intentando olvidar que pocos minutos antes había sido degradada por dos hombres a pocos centímetros de mí.

—¡Lo has conseguido! —me dijo apretándose contra mi cuello.

—Sí, lo he conseguido, mi amor —respondí—. Y ha sido gracias a ti.

Buscó mi boca, y no pude negársela a pesar de todo.

Y sin preocuparnos de lo que ocurría a nuestro alrededor, nos fundimos en un profundo beso.

*

Fue Lucy la primera en volver a pisar tierra. Abandonó el beso, se separó de mí y me tomó de un brazo. Después me tiró de él con urgencia.

—Tenemos que salir de aquí lo antes posible —Su mirada era de alarma, sabía que el peligro aún no había pasado—. Aprovechemos la confusión.

—Espera… —Me dejaba llevar, pero necesitaba que tuviéramos un plan—. ¿Cómo vamos a salir? Esos cabrones estarán en alguna parte, intentando parar la desbandada, es muy probable que nos topemos con ellos.

Por suerte, Lucy lo tenía todo pensado.

—De eso nada, no pienso salir por la puerta —replicó sin dejar de avanzar tirándome del brazo—.

Vamos al parking. Allí tengo mi coche y puedes apostar a que a nadie se le ha ocurrido ir a por el suyo y arriesgar a quemarse por el camino.

Menudos bobos, de verdad se han creído que se está quemando la casa…

Sonreí su broma y ella me devolvió su bella sonrisa de dientes infantiles.

Era una delicia saber que Lucy lo tenía todo previsto.

—¿Lo tienes bien preparado, eh?

—Mas o menos, ahora se verá… —respondió sin dejar de tirar de mí.

Un gusanillo me recorrió el estómago. Cada vez que Lucy lo tenía «todo preparado», yo acababa metido en una trampa. Era verdad que la chica sin filtros me había salvado de una muerte segura en la sala roja. Pero era la que había envenenado el café en la casa de Elsa.

No podía estar seguro de que lo del sótano no fuera solo un montaje para hacérmelas pasar canutas, sin llegar a asfixiarme. Tal vez se trataba tan solo de torturarme con un juego cruel… para luego matarme de verdad de una manera más, digamos, «accidental».

¿En un accidente de coche, tal vez?

No las tenía todas conmigo, pero no me quedaba más remedio que confiar en alguien. Y solo tenía a Lucy. Así que decidí confiar en ella cruzando los dedos.

Segundos después nos encontrábamos en el parking que, como ella había pronosticado, se encontraba vacío. Las voces que atronaban en el exterior de la casa llegaban amortiguadas hasta allí.

Lucy se subió en el asiento del conductor de su coche y me abrió la puerta trasera. Era un coche muy pequeño, deportivo, sin apenas maletero. Esconderse en él un hombre de mi complexión iba a ser harto difícil.

Ibamos a tener que correr un gran riesgo de que me descubrieran.

—Túmbate ahí atrás y tápate con esa lona —me ordenó antes de arrancar.

—Joder, nena, has pensado en todo. Pero las voy a pasar canutas en tan poco espacio.

—Es lo que tienen los coches deportivos, cielito —respondió.

—¿No has podido robar un monovolumen? —rezongué.

—Anda no seas gruñón y cúbrete lo mejor que puedas… Y no te muevas por lo que más quieras, que ahora viene lo peor.

Una vez acomodado, el motor rugió y noté el vaivén del vehículo al avanzar. Acto seguido escuché el ruido de un portón abriéndose y la claridad que entraba en el garaje desde el exterior me llegó por las aberturas del borde de la lona.

Lucy conducía despacio, iba hacia la salida del chalet a paso de tortuga. Imaginaba al deportivo cruzando el jardín entre la gente que correría despavorida, y aprobé su estrategia. Salir a la carrera no parecía la mejor opción en medio del caos.

El griterío seguía resonando. De fondo se oían las voces de Alberto y alguien desconocido; intentaban calmar a los invitados. Creí escucharlos anunciar que el fuego había sido atajado y que ni siquiera haría falta que vinieran los bomberos.

Una idea morbosa se me pasó por la mente. Si hubiera tenido mi móvil, podría haber llamado yo mismo a los bomberos. Habría sido un bonito golpe de gracia a aquellos cabrones.

Cuando Lucy frenó de golpe, sin embargo, un latigazo de inquietud me recorrió por entero. «¿Qué pasa ahora?», me pregunté con la garganta repentinamente seca.

La ventanilla bajó con un zumbido y me encogí de forma involuntaria.

—¿Te vas? —preguntó una voz desde el exterior, una voz que me fue imposible no reconocer.

Alberto, ¿quién si no?

—Si, cari —respondió Lucy a su prometido—. Me duele la cabeza y me voy para casa. Tengo que pasar por la finca antes, así que prefiero irme ya y que no se me haga muy tarde.

Se hizo un silencio muy denso.

Quizá no fuera muy largo, pero a mí se me antojó eterno.

—¿Qué llevas ahí detrás?

Joder, allí acababa la escapada, me temí.

Mi estómago comenzó a emitir ácidos.

Menuda mala suerte.

Pero al menos iba a desquitarme con Alberto en cuanto se destapara el pastel. Era más fuerte que yo, eso sí —mucho gym en comparación conmigo—, pero un par de bofetadas no se las iba a quitar nadie.

—Son las cosas que me pidió mi padre que comprara para los perros de la finca —oí responder a Lucy—. Ya sabes… lo de las garrapatas y eso…

Conté los segundos hasta que Alberto respondió.

Cinco… seis… siete…

¿Qué coño miraba el muy cerdo? Habría observado algo sospechoso, quizá mis formas debajo de la lona.

Al final, el muy idiota aceptó la excusa de su novia.

—Ah, vale —dijo—. Pero no pierdas mucho tiempo en la finca. Dale lo que sea al capataz y que él se encargue de todo. Quiero verte en casa en cuanto esto se termine. No creo que tardemos mucho en controlarlo.

«El muy hijodeputa… —pensé—. No se cansa de dar órdenes».

—De acuerdo, no te preocupes, llegaré pronto… —respondió Lucy con aire sumiso antes de acelerar—. Hasta la noche.