Lucy (Mentiras y Cuernos 4) Un despertar inquietante #2
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Un despertar inquietante #2

Mientras, Lucy se empleaba a fondo con los dos cerdos, que gruñían y tiraban de su pelo reclamando el turno cuando consideraban que la chica había otorgado más tiempo del necesario a su oponente.

Me costó entender el afán que le ponía Lucy a aquella mamada, aunque era sencillo de intuir: la chica sin filtros intentaba que se corrieran cuanto antes. Era la única manera de que la tortura acabara.

Aun así, parecía que los patanes podían aguantar largo rato.

A todas luces, no se trataba de aficionados. Eran hombres desabridos, seguramente curtidos en aquel tipo de escenas y con ganas de disfrutar de la boca de la prometida de su jefe tanto tiempo como les fuera posible.

Cuando debían de llevar unos diez minutos, el más alto de los dos le propinó la primera bofetada a Lucy.

—Joder, puta, no muerdas… —le dijo con gesto airado—. ¿No te han enseñado a mamar guardando los dientes?

No pude evitarlo. Tiré de mis cadenas hasta hacerme daño en las muñecas. Si hubiera podido librarme de ellas, le habría machacado la cabeza a aquel hijo de su madre. Al igual que a su cómplice, quien le arreó otra bofetada sin venir a cuento.

—¿Y tú por qué le pegas a la puta? —le dijo el más alto riendo—. ¿También te ha mordido?

—Aún no… —replicó el infractor—. Pero por si acaso…

Las risotadas de los muy cerdos hacían juego con las sonrisas cómplices de los dueños de la casa.

Y la mamada, sin muchas opciones para Lucy, seguía su curso.

*

Debía de llevar Lucy unos veinte minutos de rodillas, cuando el más bajo comenzó a gruñir. Como por simpatía, el alto gruñó también.

—Me voy a correr… —dijo el pequeño—. No aguanto más…

—Yo tampoco… —replicó el alto.

—Abre la boca, zorra… —dijo el primero—. Te la voy a llenar de leche.

Lucy se negó en un primer momento, pero el tirón de la correa en su cuello la convenció de que era mejor obedecer.

Por turnos de nuevo, los dos tipejos se corrieron sobre Lucy. Tuvieron ambos el control de hacerlo despacio, sin intención de mancharla por entero. A cambio, le llenaron la boca con su semen asqueroso y caliente, que Lucy fue acumulando, antes de mostrárselo a sus amos.

Con la boca abierta, Lucy se giró hacia Alberto y su padre.

Estos aceptaron con un gesto de la cabeza y la chica hizo mención de tragarlo. Antes de hacerlo, sin embargo, pareció cambiar de opinión. Se giró hacia a mí y de un par de zancadas de rodillas se me aproximó con la boca rebosando semen.

Sentí una arcada cuando descubrí que su boca se dirigía hacia la mía y apreté los labios para evitar su beso.

Sin tiempo de reacción para ninguno de los presentes, incluyéndome a mí, Lucy me sujetó de los dos lados de la cara. Luego hurgó con su lengua entre mis labios luchando para que la dejara entrar.

Me negué lo más que pude, apretando los labios con desesperación.

Hasta que por fin los abrí para que lo hiciera.

El olor y el sabor del semen de aquellos cerdos era insufrible, vomitivo.

Pero si había abierto los labios no fue por saborear la boca de Lucy, sino porque había notado algo chocar contra mis labios, algo que se sujetaba a la lengua de la chica sin filtros de manera casi imposible.

Y que ofrecía un regusto metálico.

—¿¡Se puede saber qué coños haces!? —rezongó Alberto al ver que Lucy se me echaba encima y me besaba.

—Déjala… —dijo su padre con un gesto de entendimiento—. Le está restregando por la boca a ese imbécil la leche de estos dos. Es un castigo perfecto, mira la cara de asco que pone el muy gilipollas.

Lucy sonrió confirmando la teoría del viejo, y a continuación tragó los restos de semen de su boca con un gesto de asco cercano a la arcada. Después mostró a sus amos la boca vacía y la lengua completamente limpia.

—Así, muy bien, perrita… —dijo el viejo haciéndola una carantoña en el pelo.

El objeto metálico que Lucy había depositado en mi boca bailaba entre mis labios. El asco que sentía por el semen que intentaba colárseme dentro me hacía expulsarlo hacia el exterior.

Tuve que aguantar una primera arcada.

La segunda fue algo más fuerte y no pude retenerla.

Y el objeto metálico cayó al suelo.

Miré hacia abajo y después a los ojos de los hombres que rodeaban a Lucy.

Solo ésta parecía haberse dado cuenta de lo que ocurría bajo mis piernas.

Sus ojos aterrorizados así lo demostraban.

Los tipos enmascarados estaban a lo suyo, recolocándose la ropa.

Y Alberto y su padre parecían enfrascados en una conversación personal entre susurros.

Afortunadamente, el suelo lo cubría una mullida moqueta de varios centímetros de grosor. Este detalle impidió que el objeto metálico, fuera lo que fuese, advirtiera con su tintineo que había caído a mis pies.

Justo volvían la mirada hacia mí el padre y el hijo cuando conseguí ocultar el objeto bajo una rodilla.

Respiré aliviado. Había conseguido salvar los muebles por una fracción de segundo. Aunque todavía no tenía ni idea de qué coño estaría protegiendo bajo mi pierna. Ni por qué Lucy me lo había entregado de aquella asquerosa manera.

*

—Vámonos —dijo Alberto tras el paréntesis, dirigiéndose a Lucy y a los enmascarados—. Aquí ya no hay nada más que hacer.

Lucy se puso en pie y me miró por última vez. En su rostro no había ni un solo gesto que me diera una pista sobre lo que había pasado unos segundos antes. Fuera lo que fuese que me había entregado con su lengua, tendría que averiguar por mí mismo de qué se trataba.

—¡Eh, joder! —me quejé al verlos alejarse hacia la salida—. ¿Me vais a dejar aquí? ¡Soltadme, cabrones!

El que respondió esta vez fue tío Juan:

—Disfruta de tu obra, querido…

El resto de la comitiva rió su broma, aunque yo no la entendí.

¿A qué se refería con «tu obra»?

Lucy mostraba una expresión preocupada antes de seguir al grupo de hombres hacia el exterior.

Una vez a solas, levanté la rodilla con que había cubierto el objeto metálico. Sentía la urgente necesidad de aclarar el misterio.

Pero bajo mi rodilla no había nada.

No podía entenderlo, unos segundos antes lo había cubierto con ella, ¿dónde diablos se había escondido? Levanté la pierna y recorrí la tela del pantalón de extremo a extremo por si se hubiera adherido a ella, sin éxito.

«Joder, ¿es que ese cachivache está vivo?», rezongué para mí.

Más curioso que enfadado, me dediqué a palpar la moqueta centímetro a centímetro sin dejarme un solo hilo sin escrutar. La luz ambiental, muy tenue, ayudaba muy poco a mi exploración.

No había conseguido localizar el objeto todavía, cuando el olor a quemado me llegó.

Una lucecita se iluminó en mi cerebro y volví la vista hacia la fuente del olor.

Y entonces lo vi. Una puerta al fondo, desconocida para mí hasta ese instante, dejaba traspasar por sus bordes hilos de humo que iban extendiéndose por la sala roja.

De repente lo entendí.

«¡Suputamadre! —blasfemé para mis adentros—. Esos cabrones quieren aplicarme mi misma medicina. Yo les quemé a ellos y ahora ellos me quieren quemar a mí. Esa es la «obra» de la que hablaba ese cerdo».

Desesperado, volví a la búsqueda del objeto metálico que me había entregado Lucy. Y rezaba para que fuera lo que en ese momento esperaba que era.

Me costó aún tres minutos encontrarlo, pero al fin apareció.

Limpié los restos de semen y saliva que aún lo cubrían y sonreí para mis adentros. Mis oraciones habían sido escuchadas: se trataba de la llave de las esposas que me anclaban a una muerte segura.

Entendí el porqué de la mirada de desesperación de Lucy al descubrir que se me había caído de la boca.

Un rayo de esperanza me iluminó por entero.

No porque con la llave ya estuviera a salvo, cosa que estaba lejos de conseguir. Sino porque descubría que, al contrario de lo que pensaba unos minutos antes, Lucy seguía jugando en mi equipo.

*

Me liberé de las esposas en pocos segundos y corrí hacia la puerta por la que había salido la comitiva de hombres seguidos por Lucy. Pero mi gozo se convirtió en zozobra cuando comprendí que no había forma de abrirla.

Aquella puerta estaba gestionada por el sistema informático de la casa. No había tiradores ni ninguna otra opción que permitiera abrirla de forma manual. Recordé la lección de Nata el día en que me mostró los videos que a la postre me conducirían a aquel infierno.

Pero también recordaba que existía un aparato, una especie de consola parecida a una tablet, que actuaba como centro de gestión de todos los elementos electrónicos de la sala, incluyendo el sistema de seguridad y las cámaras.

En el video de Nata, esa especie de mando a distancia se encontraba situado sobre uno de los aparatos de tortura, no recordaba cual.

Lo busqué a la carrera por todas partes, el humo expandiéndose sin tregua y haciéndome toser cada vez más. Pero la tablet no aparecía. De pronto sospeché que podría encontrarse en la sala de control, tras el espejo unidireccional.

Hice un barrido con la mirada y localicé el espejo entre la neblina. Con los ojos llorosos me llegué hasta ella. La puerta de acceso, sin embargo, se encontraba tan cerrada como la de salida al exterior.

Con la respiración entrecortada y la desesperación tensando mis nervios por el terror, busqué en los armarios de útiles de tortura todos los objetos contundentes que encontré.

Algunos pesaban poco, como los látigos. Estos no eran en el fondo más que burdas simulaciones, la mayoría incapaces del menor daño.

Pero otros eran auténticas armas, como las argollas metálicas de diferentes tamaños y pesos, y los rollos de cuerda gruesa, enlazados de forma tan apretada que podían utilizarse como armas arrojadizas.

Lancé todo lo que pude contra el cristal, rezando con cada disparo, hasta que acabó saltando en mil pedazos. A continuación crucé el ventanal haciendo cabriolas imposibles para no cortarme con los restos, y con gran regocijo encontré la maldita tablet.

Y digo «maldita» con conocimiento de causa.

Porque aquel aparato era cualquier cosa menos fácil de entender.