Un despertar inquietante
La niebla a mi alrededor fue disipándose lentamente. Mis ojos comenzaban a ver la nueva realidad. Y la nueva realidad no me gustaba.
Lo último que recordaba era estar en el salón de los padres de Elsa. Sentado en uno de los mullidos sofás. Había forzado a mi exnovia a mantener sexo en contra de su voluntad, el sexo que más la atraía: el consumado por la fuerza.
Pero ahora el salón, los sofás, los techos altos…
hasta las inmensas lámparas de araña habían desaparecido.
En la casa de mis ex suegros dominaba el blanco, y el color dominante en el extraño sitio donde me hallaba ahora era el rojo.
Distintos tonos de rojo, cierto, pero rojo por completo a excepción de los elementos metálicos salpicados por aquí y por allá. Y no entendía el porqué de ese color.
Me encontraba tumbado boca abajo en el suelo.
Y me dolía la cabeza a rabiar.
Me masajeé las sienes para forzarme a recordar, sin importarme el tintineo metálico que acompañó a mi movimiento.
Y de pronto lo comprendí todo de golpe.
«¡Joder, estoy en la sala roja de la casa de las torturas!».
Me incorporé lo suficiente como para arrodillarme, haciendo palanca con las manos en el suelo. Después intenté ponerme en pie.
La cadena que me fijaba a una argolla metálica anclada al suelo, sin embargo, me devolvió a la posición inicial de rodillas.
«¡Suputamadre! —rezongué para mí—. ¿¡Por qué coños me han puesto unas esposas sujetas por una cadena a esta puta argolla!?».
A pesar de que los restos de la neblina aún entorpecían mis sentidos, la situación comenzaba a volverse nítida en mi cerebro. «¡Lamadrequelosparió…! —volví a blasfemar, con menos fuerzas esta vez—. ¿Me han encerrado aquí…? Pero, ¿para qué?».
No necesité cavilar mucho para entenderlo.
Los que me habían llevado allí sabían que había quemado su anterior centro de reuniones.
Y durante meses me habían hecho creer que no tomarían represalias.
Ahora veía que, a pesar de lo que parecía, en ningún momento me habían perdonado.
Simplemente habían seguido la vieja máxima: la venganza es un plato que se sirve frío.
Un miedo helado se coló por mis venas y me recorrió por entero.
Estaba atrapado, eso era obvio.
Pero ¿qué pensaban hacerme?
¿Me iban a colgar de la horca y a torturarme durante horas? ¿O irían más lejos? Lo primero ya sería lo suficientemente jodido. Pero, ¿y si pretendían lo segundo… y después eliminar cualquier tipo de fleco para evitarse problemas?
«¡¡Joder…!!», grité para mis adentros, arrepintiéndome de la ira que había volcado en el pasado sobre aquella pandilla de locos. Había actuado solo por orgullo. ¡Mi puto orgullo! Debería habérmelo tragado y haber vivido mi vida.
¡Que se hubieran ido a la mierda con sus juegos siniestros!
Pero no, tuve que enfrentarme a los poderosos.
Yo solo, como un super héroe de pacotilla.
Y ahora no había vuelta atrás.
Iba a pagar por mis errores y por mi vanidad, que me había llevado a creer que tenía algo que hacer contra los que mueven los hilos por encima de la gente, incluso de los políticos.
En medio de la desesperación, casi llorando de terror por lo que iba a ocurrirme con toda seguridad, una imagen apareció en mi mente, a la que recibí con una sonrisa: Lucy.
Ella parecía el único clavo al que agarrarme. La solución a mis problemas con aquella pandilla de chalados. ¿Podría ella ayudarme a escapar de allí? Conocía bien la casa y sus secretos. Quizá ya estuviera trabajando en la forma de rescatarme.
Aunque… ¿por qué flotaba en mi cerebro una duda sobre ella?
No podía recordarlo, había algo en mi mente que no terminaba de encajar. No iba ser necesario que lo hiciera, sin embargo. En el instante en que la puerta de la sala roja se abrió y apareció un grupo de hombres entrando por ella, los recuerdos volvieron a mí de golpe.
Eran cuatro los hombres, todos de porte y andares orgullosos, todos trajeados.
Dos de ellos con máscara.
Otros dos con la cara descubierta.
Y, a la cabeza de todos, la mismísima Lucy.
*
El grupo se dirigió hacia mí a paso firme pero pausado. Parecían querer deleitarse con mi derrota. Y Lucy, con mirada desafiante, en cabeza. Como si fuera la directora de la comitiva.
Con los sentidos ya completamente despejados, recordé que ella había sido la que había envenenado el café. La que había actuado como ejecutora de la trampa que me había llevado hasta allí.
No me lo podía creer.
La habían utilizado como anzuelo para capturarme y yo había caído como un estúpido pececillo.
Una vez más.
Tiré con rabia de la cadena que me sujetaba a la argolla, más como gesto de protesta que con la intención real de escapar.
—¡Soltadme, hijosdeputa…!
No hubo respuesta a mi exabrupto, algo que no me sorprendió.
Sin una palabra, el grupo se detuvo frente a mí. Aparte de los desconocidos enmascarados, eran Alberto y tío Juan los que rodeaban a Lucy, quien no era la directora de la comitiva como había creído al principio.
Imposible que lo fuera.
El collar de perro de su cuello, del que una cadena en las manos de tío Juan tiraba a intervalos intermitentes, daba a entender la condición real de la jovencita sin filtros: Lucy era tan solo la puñetera esclava de sus amos, su perra.
Lo que no significaba que fuera inocente, por supuesto.
Aunque hubiera sido a la fuerza, me había vuelto a traicionar.
Una vez más había confiado en ella y de nuevo había recibido a cambio una puñalada. Si alguna vez nos quedábamos a solas, la muy zorra iba a escuchar de mí un par de verdades. Aunque el temblor en el estómago me decía que después de ese día no iba a poder hablar a solas con nadie.
Nunca más.
—¿Qué tal se está de rodillas en el suelo, pedazo de idiota? —fue Alberto el primero en hablar—. ¿Creías que podías burlarte de nosotros? ¿Qué habías derrotado a los Molinaseca quemando el equivalente a una caseta de perro?
A pesar de mi impotencia, mi orgullo me obligó a responderle como se merecía.
—¿Y tú crees que vas a salirte con la tuya, hijo de mil putas? —exclamé—. ¡Espera a que te coja con mis manos, pienso estrangularte muy despacio…!
Alberto soltó una carcajada queda y miró a los otros tres, que rieron a su vez.
Yo no los miraba a ellos, sin embargo, sino a la traidora de Lucy.
La sonrisa de la chica, que no había dejado de mirarme ni un instante, parecía una pura provocación. Aunque había algo en la tensión de la correa que la sujetaba por el cuello que parecía indicar algo diferente.
Tal vez era más un deseo que otra cosa, pero Lucy parecía querer volver la cabeza para no tener que mirarme de aquella forma despectiva. Aunque el viejo tiraba de la correa para obligarla a hacerlo. Además, su sonrisa parecía impostada, como si se la hubieran dibujado.
—Lucy… —susurré.
Tío Juan dio un nuevo tirón de la cadena, esta vez con gran fuerza, y ella se echó las manos al cuello con un gesto de dolor que le cambió el rictus.
—Tu querida Lucy, ¿eh…? —habló el viejo por primera vez—. Tu putita… claro… la chica de tus sueños… ja, ja, ja…
La tensión de la correa subió de nivel. Lucy luchaba contra ella, pero su gesto de dolor no pronosticaba nada bueno. Si no conseguía soportarlo, caería al suelo frente a mí.
—¡Deja de luchar, zorra…! —le dijo tío Juan con un tirón brutal que la hizo ponerse de rodillas—. ¡Y haz lo que tienes que hacer!
No entendía lo que pasaba. Por un momento parecía que Lucy era parte del grupo, pero ahora la castigaban… ¿Por qué diablos lo hacían? ¿Por cumplir bien su trabajo conmigo? Porque que yo supiera lo había hecho a la perfección. Mi imagen derrotada sobre la moqueta era buena prueba de ello.
¡Cómo coños entender a aquellos locos!
—No, tío Juan, por favor… —suplicó Lucy agarrándose el collar para evitar el dolor que el viejo la infringía—. Eso no… Dijiste que no lo harías…
No concebía de qué iba todo aquello, aunque no era tan difícil de entender.
Delante de mí se estaba desarrollando un teatrillo. Una obra que yo no podía entender porque, a todas luces, su trama había empezado mucho antes de aquel instante.
Yo era tan solo un mero espectador.
—¡Te mentí…! —replicó el miserable viejo—. ¡Actúa como te he enseñado! ¡Y no me hagas enfadar, o…!
Luego levantó la cabeza y miró a los enmascarados.
—¡Y vosotros…! ¿A qué esperáis?
La escena siguiente sucedió como a cámara lenta. Y me provocó un daño mayor que si me hubieran clavado a la cruz de San Andrés, el instrumento de tortura situado a la espalda del viejo cabrón.
Claramente, era a mí a quien tío Juan castigaba.
Pero no me lo hacía directamente.
Descargaba su ira en otra cabeza.
En la cabeza de la mujer a la que más había querido en las últimas semanas.
En la cabeza de Lucy.
*
A la orden del viejo, los enmascarados se desabrocharon los pantalones y los dejaron caer hasta los tobillos. Las vergas de aquellos dos canallas salieron a la luz. Se las notaba visiblemente duras y enhiestas.
Un nuevo tirón de la correa por parte de tío Juan.
Un nuevo gesto de dolor de Lucy.
Y, sin una palabra, los enmascarados se acercaron a la chica y la rodearon. Se masajeaban las pollas, masturbándolas para que no perdieran un ápice de su dureza.
Lucy se mantuvo inmóvil y con la cabeza gacha lo más que pudo, pero los tirones en su correa eran cada vez más enérgicos y al final no tuvo más remedio que claudicar. Cogió una polla con cada mano y comenzó a mamarlas por turnos.
Los tipos la sujetaban por el pelo y la empujaban de la cabeza contra sus huevos para clavársela hasta la garganta. Lucy tosía y gruñía intentando respirar. Gruesas babas resbalaban por su barbilla y rodaban hacia su escote o hacia el suelo.
Yo intentaba no mirar aquella grotesca escena.
Pero Alberto y su padre intentaban que no olvidara a quien iba dedicada.
—¿No te gusta cómo la mama tu putita? —reía Alberto, disfrutando de mis expresiones de horror.
No pude contener el grito.
—¡Hijodemalamadre! —exclamé—. Esa que llamas «putita» iba a ser la madre de tus hijos.
La carcajada de padre e hijo fue instantánea. Y yo esperé una respuesta a las mil preguntas que sugerían aquella risa. Pero las explicaciones no llegaron.