Conversación con Elsa #4
—¡Para ya, guarra…! —la grité—. ¡Abre esa boca de zorra! ¡Y pon las putas manos atrás…!
Acompañé mis palabras con una bofetada en la mejilla que le hizo girar la cara mientras la melena se la cubría por entero, embelleciéndola sobremanera.
Me lamenté por aquel golpe.
Me sentía mal, a pesar de todo.
—Espera, déjame que te coloque el pelo… —dije a modo de disculpa.
—Puto cerdo… —rezongó, pero moviendo sus manos hacia la espalda.
Sonreí para mis adentros.
Aceptaba su destino.
Era la rendición de la orgullosa Elsa.
No podía detener el orgasmo ni un segundo más, así que le acerqué la polla a los labios y con un gruñido profundo comencé a eyacular.
Me corrí con fuerza. El primer chorro grueso y caliente le cayó en la frente, el segundo en un ojo, el tercero en los labios y la nariz.
Seguí descargando disparo tras disparo, cubriéndole toda la cara, el pelo, parte del vestido…
hasta dejarla completamente sucia con mi semen espeso goteando por su barbilla, cayendo al suelo y manchando el sofá super caro.
Elsa iba a tener que inventar una buena excusa para justificar aquel semen sobre los cojines del sofá.
Había sido una corrida extremadamente copiosa.
Rara en mí, aunque habitual en momentos de tensión como aquel.
Cuando terminé de mancharla, la liberé y me puse en pie.
El silencio que siguió fue casi tan intenso como los gemidos de antes.
Elsa seguía de rodillas, mi semen resbalando por su cara y su garganta.
Respiraba de forma entrecortada. Al cabo se dejó caer de lado.
Tenía rastros de lágrimas mezclados con semen en las mejillas.
Me miró. Me acerqué, me senté a su lado y empecé a limpiarle la cara con mi pañuelo.
Primero la frente, luego los labios hinchados, después el cuello. Ella no se apartó.
Permanecía inmóvil, los ojos entrecerrados y el pecho subiendo y bajando, jadeante, recuperando la respiración.
Dejé mi pañuelo en sus manos y me puse en pie. Me recoloqué los pantalones despacio, sin urgencia, mirándola desde arriba con una sonrisa burlona.
—Esto es lo que eres, Elsa. Y lo que siempre fuiste. Lo demás es palabrería.
Levantó la cara con una mirada de odio contenido.
—Espero que lo hayas disfrutado… cerdo… —susurró—. Porque es la última vez que me tocas.
No supe qué responder.
Me sorprendía este último gesto de orgullo, como si lo que había pasado estuviera preparado de antemano. Como si hubiera ocurrido porque ella así lo había querido.
Y tal vez era lo cierto. ¿Cómo saber la verdad? Aquella situación parecía demasiado perfecta como para creer que había sido espontánea. Seguí sus movimientos mientras se recuperaba, como intentando leer en su rostro alguna señal que confirmara mis sospechas.
Pero su mirada había huido de mis ojos, buscando los abalorios que había perdido en la refriega, especialmente las sujeciones del cabello.
Finalmente, se levantó con toda la dignidad que pudo.
Temblaba aún. Eso no podía disimularlo.
Se recolocó el vestido con delicadeza, prosiguió la limpieza de su rostro con toallitas húmedas que sacó de algún lado y, sin decir una palabra más, se dirigió hacia la puerta del salón con la cabeza alta, orgullosa.
—Adiós, Sergio… Que seas feliz…
—Espera… —la detuve—. ¿No te olvidas de algo?
*
Lo pensó un instante y entendió a qué me refería.
Introdujo una mano en un bolsillo de la falda, sacó un dispositivo metálico y me lo puso en la mano.
—Ahí lo tienes. Suerte con eso que dices de la «fusión» —la burla de nuevo en su voz.
Volvió a girarse y en silencio la vi salir por la puerta hacia el pasillo, camino de su cuarto probablemente.
Sentía el metal del pendrive en mi mano, pero la sensación al acariciarlo era rara.
Aquel dispositivo parecía pesar más que cuando lo había manejado con Charly mientras nos aleccionaba en su uso.
Iba a revisarlo cuando una nueva arcada me sobrevino. Esta vez no pude sujetar el vómito. El malestar estomacal de un instante antes se había convertido en un mareo que me hizo caer sobre el sofá donde me había follado a Elsa unos minutos antes.
«¿Qué… coños… me pasa…?», me pregunté.
Cada vez me sentía peor. Me dolía el estómago y el mareo se había convertido en ceguera. Apenas distinguía ya los objetos del salón, que se me mostraban borrosos.
Cuando pensé que iba a perder el conocimiento, decidí llamar a Lucy. No hizo falta. Entre la niebla que cubría mis ojos la distinguí entrar por la puerta y correr hacia mí.
Me agarré a uno de sus brazos y le pedí ayuda.
—Lucy… por favor… ayúdame, me muero…
Su respuesta fue tan contundente como inesperada.
—No, cielo, no te mueres… —hablaba con voz calmosa, mientras se sentaba a mi lado y me abrazaba dulcemente—. Solo te estás durmiendo… No te resistas, déjate llevar…
Abrí los ojos, desesperado. No podía creer lo que estaba pasando.
—Lucy… por dios… ¿qué has puesto en el café…?
—Ssshhh…. —replicó ella—. Duérmete, mi niño, no te resistas… duérmete… no te dolerá…
El fundido en negro que bloqueó mis sentidos me impidió hacer una última pregunta: «¿por qué?».
Aunque no tardaría en encontrar la respuesta.