Conversación con Elsa #3
—Esto es lo que hice mal, Elsa —le dije entre jadeos roncos, mientras mi polla le hinchaba los labios y la hacía babear—.
Tratarte como a una mujer amada. Besarte con cariño, follarte despacio, susurrarte que eras mi vida…
¡Qué puto idiota fui! Tú lo que necesitabas era que te usaran.
Que te humillaran. Que te convirtieran en la esclava que amabas ser.
Intentaba hablar, pero solo conseguía componer sonidos húmedos y gorgoteos. La saliva le caía por la barbilla, por el cuello, empapándole el escote del vestido.
—¡Nnnngh…! ¡Sergio… detente…! —logró balbucear cuando le saqué la polla un segundo, dejando un hilo grueso y brillante de saliva colgando de sus labios hinchados.
—¿Detenerme? —me reí con crueldad, y se la volví a meter hasta los huevos—.
¿Como se detiene tu primo Alberto cuando te tiene atada en la sala roja y te azota el coño hasta que lloras de placer?
¿O como se detiene tu tío Juan cuando te folla el culo sin lubricante y te llama «puta de la familia» mientras se corre dentro, disfrutando de saber que eres su sobrina?
Porque eso es lo que hacen, ¿me equivoco?
Yo he visto solo una parte, pero seguro que lo mejor aún no lo he visto.
Elsa gimió fuerte alrededor de mi verga, un gemido largo y vibrante que la recorrió por entero. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su coño debía de estar chorreando, ya que su gemido era profundo, casi un sollozo de placer.
—Admítelo, zorra —seguí follándole la boca sin detenerme, entrando y saliendo de ella con furia, haciendo que sus tetas rebotaran bajo el vestido—.
Te corres como una cerda cuando te humillan.
Mientras yo te hacía el amor como un imbécil enamorado, tú te dejabas follar por tu propia sangre, abriendo las piernas y el culo como la furcia que eres.
—¡Nnnngh…! ¡Cabrón…! —consiguió decir entre arcadas cuando le saqué la polla un nuevo instante. Le caía saliva por la barbilla y se veían deformados sus labios rojos.
—¿Cabrón yo? —le golpeé la cara con la polla otra vez, «plap, plap», dejando rastros de saliva y presemen por todo el rostro—.
Tú eres la que se dejó convertir en la esclava de su primo y la puta de su tío.
Dime, Elsa, ¿te excita cuando te llaman «zorra de la familia» mientras se corren en tu cara y te obligan a tragarte su semen?
Respiraba agitada, la mirada vidriosa y las mejillas encendidas.
—Eres… un hijo de puta… —susurró sin fuerza, pero su voz estaba cargada de excitación, casi rota. Sabía que a pesar de sus quejas, en realidad estaba disfrutando como lo que era: una esclava sumisa deseosa de ser humillada y usada por el hombre de turno.
Sonreí con maldad y le volví a meter la polla hasta la garganta. Seguí follándole la boca unos minutos más, disfrutando de sus quejidos sin fuerza, de cómo babeaba profusamente, de cómo su garganta se contraía alrededor de mi polla con cada embestida.
Cuando me cansé, me icé sobre los pies y me incorporé. La agarré del pelo con mala baba y le di la vuelta como a un muñeco. Ella se dejaba hacer. Finalmente la puse a cuatro patas sin bajarla del sofá.
Me daba la espalda.
—Sujétate al respaldo —la ordené—. Vas a sentir un terremoto.
—Hijo… de… puta… —gimió, pero no hizo el más mínimo esfuerzo por escapar.
Le subí el vestido de un tirón hasta la cintura y le arranqué las bragas de encaje, rompiéndolas con un golpe seco.
—Esto es lo que te pone, ¿verdad? —dije y descargué un salivazo en el coño, viendo cómo le resbalaba por los labios mayores hinchados y húmedos.
Se lo extendí entre ellos con los dedos.
Después apunté el glande tirando de la piel hacia atrás.
Elsa soltó un quejido largo cuando le entró de golpe, sin avisar, sin miramientos, hasta el fondo.
—¡Aaaaagggggg! ¡Joder, Sergio… duele! ¡Para un poco! —protestó, pero empujó el culo hacia atrás.
—¿Duele? —me reí con saña empezando a follarla brutalmente, haciendo que sus tetas rebotaran como pelotas de gomaespuma—. ¿Y cuál es el problema? Si esto es lo que te gusta. Que te hagan daño. Que te usen como a una zorra sin valor.
—No… no es cierto… espera… para, por dios…
«¡Plas!».
El azote en el culo la hizo callar. Había sido un azote de verdad, de los que duelen y dejan huella, no los de mentirijilla de las películas porno.
Humilló la cabeza y la vi morderse una manga del vestido para no gritar.
La cogí de la garganta con una mano y tiré de su pelo con la otra. Buscaba un punto de apoyo para embestirla con mayor rudeza. El sonido de mi pelvis contra sus muslos llenaba el salón: «plap, plap, plap». Cada vez que ella se quejaba, le daba dos bofetadas en el culo.
—¡Para…!
«¡Plas!», «¡plas!»
—¡Calla, joder…! —le decía con un nuevo tirón del pelo—. Esto es lo que querías todo el tiempo, ¿no? No mis caricias suaves ni mis «te quiero». Era esto. Que te follara como a una puta.
—Cab… cabrón… —gemía ella entrecortadamente, pero su coño estaba empapado y se contraía con fuerza alrededor de mi polla.
Señal inequívoca de que Elsa gozaba de aquel polvo salvaje.
De esos polvos que no me gusta ver en los videos porno y que paso en mi móvil cuando me aparecen por la violencia que demuestran.
Ahora, sin embargo, era yo el protagonista de uno de esos videos.
Solo que no era una película, era la vida real.
—Déja… me… por favor… —gimió ante mis sacudidas.
—¡Calla, joder…! —repliqué antes de escupirle en la cara.
El escupitajo le cayó en la mejilla y le resbaló hasta la boca. Elsa intentó apartar la cara, pero la sujeté más fuerte.
—Trágatelo, zorra —rezongué—. Como te tragas la leche de tu tío cuando te folla el culo y te llama «mi puta».
Y mis embestidas arreciaron.
Súbitamente, Elsa contuvo la respiración y arqueó el cuello hacia atrás.
Fueron tres… cinco… siete largos segundos.
Después gimió alto, un grito ronco.
Supe lo que ocurría una fracción de segundo antes de que sucediera: comenzaba a correrse.
Su coño se cerró con fuerza alrededor de mi polla, pulsando violentamente, soltando un chorro caliente y abundante que empapó mis huevos, los muslos y el sofá.
Me reí mientras seguía follándola sin piedad, prolongando su orgasmo.
—¿Lo ves, puta? Ya te dije que no me equivocaba. Te corres como una cerda cuando te tratan como a la zorra que eres.
Ella jadeaba, temblando, con la cara roja y los ojos llenos de lágrimas de placer.
—¡Dime que te gusta, zorra! —la ordené tirándole del pelo y dándole otro azote seco en el culo que amplió la marca existente.
—¡No…! —intentó resistirse, pero su voz era débil y rota.
Otro azote más fuerte. Y más fuertes mis embestidas.
—¡Dímelo, puta! ¡Dime que te gusta que te folle así…!
Elsa gimió largo, rendida, empujando el culo hacia atrás para recibir mi penetración lo más profundamente posible.
—Y… una mierda… que más quisieras… —respondió con un balbuceo, orgullosa aún.
«¡Plas!», «¡plas!».
—¡Dímelo, pedazo de zorra…! —la amenacé con seguir golpeándole las nalgas ya amoratadas.
Dudó un segundo y por fin se rindió
—Me… me gusta… joder… me gusta cuando me follas así… duro… humillándome… tratándome como a una puta… ¿Es eso lo que quieres que te diga?
—¡Sí, eso es exactamente…! —la penetré profundo y la azoté de nuevo.
—Pues ya lo sabes… —suspiró apoyando la frente en el respaldo del sofá—. Esto es lo que me gusta, hijo de puta…
Sonreí victorioso y seguí embistiéndola con saña, follándola como si quisiera romperla. Cuando sentí que me acercaba al final, la giré de nuevo, la puse de rodillas frente a mí y le acerqué la polla a la cara.
—¡Pon las manos atrás…! —la ordené cuando observé que quería cubrirse el rostro con ellas.
—No… en la cara no… —protestó sin mucha fuerza, mirándome a los ojos suplicante.
—¡En la cara sí… zorra…! ¿¡No te encanta que te humillen!?
Intentó apartarse, pero la sujeté del pelo una vez más.