Conversación con Elsa #2
—Contigo encontré la paz, el amor romántico, el saber que pasara lo que pasase cada día, por muy negro que hubiera sido, tú estarías allí al final de la jornada.
Que me sentaría en tus rodillas, o me acostaría en el sofá de casa con mi cabeza sobre tus piernas.
Y que tú me acariciarías el pelo. Era lo que necesitaba.
Lo único que podía cerrar mi turbia etapa juvenil con Alberto.
—Pero… —la corté.
—Pero el pasado siempre vuelve, suelen decir —replicó, apartando la mirada—. Y el pasado tomó la forma de un verano en que cometimos una locura… la locura con tío Juan que ya conoces.
Me puse de pie y solté un bufido.
—Sí, una locura que conozco perfectamente, pero no gracias a ti. Porque tú me mentiste. Me contaste lo que quisiste, adaptaste la historia real para endulzármela. Tuvo que ser Nata quien rellenara los huecos que dejaste en ella.
Se puso en pie a su vez y me tomó de los brazos.
—Sí, es cierto, te la endulcé, lo reconozco… —admitió—. Pero fue porque la empecé a contar en medio de un juego. Y después, aunque hubiera querido contártela tal como ocurrió, hubieras sufrido sin necesidad. Para qué hacerte daño…
Volví a sentarme, las dos manos sobre los ojos intentando sujetarme las ganas de llorar.
—¿Y después…? —susurré—. ¿Qué tiene que ver aquello con lo que pasó al final? Porque aquel verano ya era historia cuando tú y yo nos conocimos.
Bebió de su café antes de continuar. Luego volvió a explicarse, las manos agitándose como para convencerse a sí misma.
—Pues tiene que ver porque lo que ocurrió aquel verano fue el germen de lo que vino a continuación. Fue en aquellos encuentros en el hotel y en el chalet cuando tío Juan y Alberto se aficionaron a los juegos que se practican en la que tú llamas casa de la tortura…
—¿Cómo sabes tú…? —Me extrañó que conociera este apelativo, se suponía que se trataba de un nombre secreto.
—¿Que cómo lo sé? —replicó—. Pues de la misma manera que sé muchas otras cosas, Sergio. Lo sé casi todo de ti. Pero déjame continuar.
Me fastidiaba ir por detrás de ella todo el tiempo, pero volví a aceptar.
—Está bien, sigue…
—Como te digo, aquello fue el germen —continuó—. Padre e hijo fueron buscando y cambiando de chicas de forma continua, sin encontrar lo que en realidad buscaban.
No tuve ninguna duda de cómo proseguía la historia.
—Os buscaban a vosotras, ¿me equivoco?
—Eso es… —respondió—. Ninguna de las sumisas que esclavizaban nos llegaban a Nata y a mí ni a la suela de los zapatos. Y al final ocurrió lo que tenía que ocurrir: vinieron a buscarnos y la historia se reinició, como en un videojuego.
»Al principio me resistí. Lo que te dijo Nata es totalmente cierto.
No quería saber nada de revivir aquello.
Volver al pasado no me apetecía lo más mínimo.
Sabiendo, además, que podría perderte a ti.
Luego, viendo que las fuerzas para negarme me flaqueaban, inventé lo de la pareja abierta.
Yo te amaba, Sergio, no quería perderte.
No te pido que me creas. Pero luché todo lo que pude por mantener unidas mis dos pasiones: tu amor y el placer de la sumisión.
El estómago se me encogió. No podía creer que Elsa hablara de aquello con la falta de culpa con que lo hacía. Parecía estar hablando del plan de las próximas vacaciones.
No tenía ni idea del daño que aquello me hacía a pesar de que habían pasado muchos meses desde nuestra separación.
De hecho, si no hubiera sido por el reencuentro con Lucy unas semanas antes, podría haberme vuelto loco.
*
Se había vuelto a crear un silencio en el salón, un silencio lleno de ecos sobre las paredes de la magnífica estancia. Y lo habíamos rellenado con los cafés, como un instante antes.
—Dime —lo rompí yo esta vez—. ¿Qué sientes cuando te sometes a ellos? ¿Puedes explicarlo con palabras sencillas para que lo entienda?
—No, no sabría explicarlo… —dudó—. Y aunque supiera hacerlo, es difícil que llegaras a entenderlo.
Hay que nacer mujer y sumisa para ello. Someterse a un hombre no es algo que se decida racionalmente.
Se siente o no se siente. Se necesita para existir.
Es… una forma de vida. Quizá solo eso: una manera de sentirse viva.
—¿Y tu tío? —pregunté con ironía—. ¿A él también le debes sumisión, como una perra?
—No, con él es distinto…
—Vale, lo acepto… pero explícamelo, por favor.
—Con mi tío es… más fácil: soy su puta, simplemente… Hago lo que él quiere cuando él quiere. Es todo.
—«Simplemente», por supuesto… —repetí.
La arcada que me sobrevino a punto estuvo de provocarme el vómito sobre el sofá que nos había llevado a aquella casa. Me preguntaba qué hacía yo allí, hablando con Elsa, si lo que había ido a hacer era buscar el pendrive que acariciaba en su mano.
—¿Estás bien…? —Se había sentado a mi lado y me abrazaba por los hombros—. ¿Quieres que te traiga un vaso de agua?
—No, tranquila, estoy bien… —mentí. En realidad, sentía el estómago a punto de salírseme por la boca. Pero lo que necesitaba era que aquella charla inútil acabase y me devolviese el dispositivo que tal vez destruiría a su familia.
Me serené con un último sorbo a mi taza de café. Luego me atreví a hacer la última pregunta:
—¿Me equivoco si digo que Loren, Andrés, el libanés…? Quiero decir, ¿todos ellos eran parte del plan de tu tío y de Alberto?
Volvió a bajar la mirada.
No necesitó confirmar lo que a ojos vista era un hecho cierto.
Aun así lo hizo.
—Ellos no me elegían a los hombres, pero me empujaban a buscarlos y a grabar en video nuestros encuentros. Me estaban entrenando para lo que ya has visto que ocurre en la… «casa de torturas», como tú la llamas.
—¿Hubo…? —me temblaba la voz al preguntar—. ¿Hubo más hombres aparte de ellos… hombres a los que no conocí?
Suspiró largamente. Luego respondió.
—Sí, los hubo…
Un nuevo cuchillo se me clavó en el estómago.
—¿Cuántos? —necesitaba saberlo, aunque doliera.
—Muchos, Sergio, ¿qué más te da…? —me dio un apretón amistoso en el brazo—. No tienes por qué hacerte esto…
—Hijos… de la gran… puta… —repliqué casi sin fuerza y me derrumbé hacia atrás, apoyándome sobre el respaldo del sofá.
Después un nuevo silencio nos engulló.
*
El salón de los padres de Elsa era un puto templo del lujo: techos altísimos, cuadros de valor incalculable, muebles antiguos y dos sofás enormes de piel blanca, tan delicada, que parecían diseñados para que la gente rica follase en otra parte.
Había estado en él innumerables veces, pero solo ahora me fijaba en esos detalles. Y miraba a Elsa que se encontraba frente a mí, en pie, a punto de darnos dos besos para despedirnos.
Hacía solo unos minutos estábamos sentados allí como dos adultos civilizados, hablando de las razones de nuestra ruptura.
Pero en cuanto ella mencionó, casi con orgullo, cómo se había convertido en la esclava humillada de su primo Alberto y en la puta particular de su tío Juan, algo se rompió dentro de mí.
La sangre me hirvió. El corazón me latía con fuerza y mi polla se encontraba dura como una piedra.
Y cuando me echó una mano al brazo para darme sus dos besos de amiga, me negué a aceptarlos.
La empujé con brusquedad, con toda la rabia acumulada.
Elsa retrocedió tambaleándose, sin entender muy bien a qué venía aquello, y cayó de espaldas sobre el sofá en el que había estado sentada hasta un momento antes.
Mientras rebotaba en los mullidos cojines soltó un quejido agudo, mezcla de sorpresa y algo más. Probablemente miedo.
—Sergio… ¡joder! ¿Qué coño haces? —protestó, intentando incorporarse, aunque su voz no mostraba la firmeza que pretendía. Era más bien temblorosa, entrecortada.
Me subí al sofá de rodillas mientras me soltaba la hebilla del cinturón. Coloqué una a cada lado de sus caderas, atrapando sus brazos debajo de ellas. Estaba inmovilizada, y ella no luchaba con suficiente fuerza como para liberarse.
Quizá aceptaba su destino, a saber.
Mi polla palpitaba dentro de los pantalones. Me los bajé de un tirón hasta las rodillas y la dejé salir. Se encontraba dura, nerviosa, con el glande hinchado y brillante, apuntando directamente a su rostro.
Elsa abrió mucho los ojos. Noté cómo tragaba saliva.
—Sergio… espera… esto no es… —intentó decir, pero yo ya le había agarrado del pelo con fiereza.
—¡Ay… bruto…! —gimió cerrando los ojos cuando le propiné el primer golpe con el rabo a modo de porra.
«Plap», fuerte en la mejilla izquierda.
«Plap, plap», en la frente.
«Plap», en los labios carnosos.
El sonido húmedo y obsceno de mis golpes resonaba en el salón silencioso.
—Esto es lo que te mereces, puta —gruñí restregándole el capullo pringoso de presemen por los labios—. No mis besos suaves ni mis «te quiero» de imbécil enamorado. Esto. Una polla dura que te trate como a la zorra barata y depravada que siempre has sido.
Se revolvió, intentando apartar la cara.
—¡Para… Sergio, por favor…! —se quejó, aunque sus ojos brillaban con esa mezcla de avidez y humedad que tan bien conocía. Ojos de deseo.
Lo estaba disfrutando, como había presupuesto.
La sujeté aún más fuerte del pelo y le alcé la cara.
Su boca se abrió para una nueva queja y aproveché para hundirle la polla hasta el fondo de la garganta. De golpe, sin permiso. Elsa abrió los ojos como platos y emitió un sonido ahogado, casi una arcada.
—¡Nnnngh…! ¡Mmmf…! —protestó a duras penas, con las manos luchando por liberarse.
Finalmente lo consiguió y las apoyó en mis muslos, intentando sujetar las embestidas que sabía que comenzarían en un instante. Parecía conformarse con que no la arremetiera demasiado fuerte, dado que no podía quitárseme de encima.
Yo estaba muy excitado.
Quizá demasiado.
Y no me anduve con medias tintas. Empecé a follarle la boca con rudeza, sujetándola del pelo con las dos manos, entrando y saliendo de ella sin piedad, golpeándole la garganta con cada embestida.