Conversación con Elsa
Mi ex novia y yo nos miramos durante varios minutos. No parecía que ninguno fuera a romper el silencio. Por mi parte, no tenía ninguna intención de hacerlo. Había sido Elsa la que había insistido en que habláramos. Que empezara ella sería lo justo.
Fracasé en mi intento, por supuesto.
Los nervios me pudieron.
Siempre he sido incapaz de permanecer al lado de alguien en total silencio.
—¿Se puede saber de qué quieres que hablemos, Elsa? —dije sin desear parecer borde, aunque quizá no lo conseguí—. Que yo sepa, todo quedó bastante claro entre nosotros.
Se aclaró la garganta antes de responder.
—Quería… pedirte perdón…
No me lo podía creer.
No podía ser cierto lo que oía.
Tenía que ser un golpe de efecto al estilo de su familia.
Aunque, a estas alturas, ¿para qué?
—Pedirme perdón… ¿por qué? —intenté que se explicara.
—Por todo el daño que te hice… —replicó—. No te merecías lo que pasó.
En eso estaba completamente de acuerdo con ella.
—No es momento de lamentaciones, Elsa. Pudiste elegir —la acusé—. Y elegiste herirme.
—Yo te quería…
Hubiera podido echarme a reír si la situación no hubiera sido tan seria.
—¿Me querías? —protesté—. Tú no sabes lo que es querer, Elsa.
Se puso en pie, se la notaba nerviosa, las manos abrazándose a sí misma como para protegerse de un peligro inexistente.
—Sí que te he querido, Sergio… Pero hay algo en mí que no me permite ser yo misma. Solo pude serlo durante el tiempo que convivimos. Luego… la realidad volvió y me pasó por encima.
Aquellas palabras sonaban huecas, al menos para mí. ¿De qué estaba hablando? Seguramente no sabía lo que quería decir e improvisaba sobre la marcha.
—No entiendo a qué te refieres —le dije sin necesidad de fingir—. ¿Puedes explicarte mejor?
—Sí, creo que te lo debo, y de paso descargaré el peso que llevo encima por lo que te hice…
Menuda idiotez, ¿se podía ser más cursi?, pensaba. ¿O es que me estaba tomando por imbécil?
—Joder, Elsa, qué profunda… ¿por qué no te dejas de gilipolleces y vas al grano?
—Vale, iré al grano… —dijo tras una pausa—. Creo que ya sabes por Nata algo de lo que te voy a contar.
Me acomodé en el sofá y la miré a los ojos.
—Es probable, pero adelante… —la animé a empezar.
*
Miró a su alrededor, como buscando un hilo por donde tirar. Se aclaró la garganta y después se lanzó a tumba abierta.
—Perdí la virginidad con mi primo Alberto. Yo tenía unos trece y él un poco más.
—Sí, eso lo sé por Nata. Fue en un campamento de verano.
—Eso es… —confirmó—. Lo que Nata no pudo decirte es de qué manera mi vida cambió desde el mismo momento en que Alberto me violó por primera vez.
—¿Te… violó? —pregunté alterado. Esa parte no había salido en el relato de Nata.
—¿Tú qué crees? —respondió—. Yo era una niña, ni siquiera me había bajado la primera regla. Y él ya tenía diecisiete, no era un chiquillo, precisamente.
Una pausa.
—Sigue… —le pedí.
—Cuando acabó de desvirgarme —volvió a su historia—, me tomó de la cabeza con sus dos manos y me conminó a no hablar de aquello con nadie.
Si lo hacía me aplicaría un castigo que nunca olvidaría, me dijo.
Y aunque no especificó qué tipo de castigo, temblé de terror.
No le habría hecho falta amenazarme, sin embargo.
La vergüenza que sentía me hubiera impedido confesárselo a nadie.
»Los días siguientes siguió haciéndolo. Me violaba sistemáticamente. Cada noche venía a buscarme a escondidas al dormitorio de las chicas y me llevaba a los lavabos. Los primeros días, aquello me resultó insufrible. Dolía. Y me hacía sentir sucia, como si lo que ocurría fuera culpa mía.
»Cada noche su penetración era más violenta y, cuando terminaba de correrse sobre mi cuerpo —el muy cabrón sabía que no podía hacerlo dentro de mí para no preñarme—, volvía a las amenazas.
«Si se lo cuentas a alguien, te ataré a un árbol y te azotaré hasta que se te caiga la piel del culo a tiras», me decía a veces.
Otras, inventaba castigos aún más fantasiosos, aunque yo los creía al pie de la letra.
Un nuevo silencio.
Y una interrupción.
Elsa y yo miramos hacia la puerta y vimos entrar a Lucy con una bandeja repleta de útiles que no me resultaron desconocidos.
—Os he preparado unos cafés para que os los toméis mientras habláis… —dijo con desparpajo—. Y unas pastas. Toma, Elsa, este es el tuyo, te lo he cargado un poco más, como a ti te gusta.
No era café lo que me apetecía en ese momento, pero puestos a pasar el trago, no me pareció tan mala idea. Le puse a mi taza dos terrones de azúcar y me la llevé a los labios. Me supo a gloria, aunque le noté un regustillo amargo que le restaba placer al dulzor del azúcar.
—Sigue, por favor —le dije a Elsa en cuanto Lucy salió del salón.
—¿Por dónde iba…? Ah, sí… Alberto me amenazaba con castigos horrendos si me chivaba de lo que me hacía en los baños del campamento.
Yo callaba, y el repetía el protocolo noche tras noche.
Pero un día, sin esperarlo, el dolor no vino cuando Alberto me hizo aquello.
Muy al contrario, lo que sentí fue placer.
Un placer inconmensurable. No sé si mi recuerdo es correcto o si mi mente lo ha exagerado con el paso del tiempo.
Pero esa noche sentí unos escalofríos nuevos para mí que me volvieron loca de placer desde el mismo momento en que me penetró.
»Y a partir de entonces no necesitó venir a por mí.
Yo iba a buscarle a él. Y le hacía travesuras, como negarme a abrir las piernas en el momento justo o correr fingiendo que huía.
Porque me estaba volviendo adicta a mi primo…
—bajó la mirada, luego la elevó y me buscó los ojos—.
Pero no a su burda forma de follarme, como un crío que era en el fondo.
A lo que me había hecho adicta era a sus «terribles» amenazas.
Se detuvo en seco y yo la miré sin entender.
O, más bien, no quería entenderlo.
Aquella confesión me acababa de congelar la sangre.
¿Qué estaba diciendo? ¿Que le gustaba…?
—¿Te gustaba que te… amenazara? —pregunté extrañado.
—Sí, sus amenazas me provocaban escalofríos de placer… —confirmó con gesto serio—. Pero había algo que me hacía mucho más feliz: que ejecutara sus castigos en lugar de solo amenazarme…
—¿¡Qué…!? —casi grité.
No me cabía en la cabeza lo que estaba diciendo.
¿Se había vuelto loca? ¿O era locura lo que la había poseído en su niñez?
Suspiró sonoramente y luego prosiguió.
—Sí, me resistía a sus órdenes solo para que me pegara… Lo hacía en el culo, en las piernas, en la cara… me tiraba de los pelos… me escupía… Y todo aquello me producía más placer que el mismo hecho de ser penetrada por su, ya entonces, enorme polla.
Me eché hacia atrás en el sofá.
No podía creer lo que oía.
Me estaba confesando un comportamiento masoquista adquirido en su más tierna infancia. Quizá fuera innato, incluso.
Imposible de imaginar si ella misma no te lo contaba.
*
Tras una pausa en la que ambos sorbimos del oscuro líquido en silencio, Elsa volvió a su relato.
—Yo siempre he pertenecido a Alberto, Sergio.
Siento ser tan cruda, pero es la verdad.
Lo que comenzó a los trece años quizá solo sea un primer recuerdo, pero es más que probable que ya fuera su esclava desde mucho antes.
Desde que jugáramos a las casitas o a médicos y enfermeras como dos angelitos asexuados, quien sabe… Esos recuerdos se pierden al crecer.
Me encontraba aturdido, no sabía qué pensar sobre lo que escuchaba.
El tono de Elsa era lastimero, aunque a veces parecía teñido de un oscuro orgullo.
Un orgullo impropio de una petición de excusas por lo que me había hecho, sin poder luchar contra su instinto más primitivo.
Ese instinto que me revelaba en este momento, y que jamás habría sospechado por mí mismo.
—Entonces… —dije tras unos minutos de buscar las palabras—. ¿Qué fue lo que pasó entre nosotros? ¿Hubo algo real en lo que tuvimos?
No se lo pensó dos veces.
—Claro que lo hubo… —soltó rápida, intentando sonar convincente—.
Pero déjame que vaya por partes. Cuando fuimos mayores, Alberto y yo nos sentamos a hablar sobre nosotros.
Sobre nuestra extraña relación. Pertenecíamos a una familia hiper religiosa.
Una unión entre dos primos era más que imposible.
No nos lo permitirían por mucho que lo intentáramos.
»Al final llegamos a un acuerdo: los dos buscaríamos una pareja por nuestra cuenta y la vida de ambos seguiría por diferentes caminos.
Al principio funcionó. Yo salí con algunos chicos y acabé prometiéndome al idiota de Carlos, al que tuviste el placer de conocer.
Él también tuvo sus aventuras y al final le presentaron a Lucy.
No voy a entrar en todo eso que ya sabes sobre el acuerdo familiar de fusionar los dos imperios económicos.
Pero lo que sí es cierto es que ni Alberto ni Lucy sienten ninguna atracción mutua.
Ambos responden a lo que se espera de ellos por intereses de negocios, y no a sus propios sentimientos.
—No me importa para nada lo que tenga que ver con Alberto —rechacé el camino que iba tomando su circunloquio—. Volvamos a ti y a mí. ¿Qué pasó para que consiguieras estar tanto tiempo a mi lado? Sin volver a tu primo, quiero decir.
Suspiró largamente antes de responder.
—Pues pasó lo que tenía que pasar —afirmó—. Llegaste, me tomaste por sorpresa y me enamoré de ti. Hasta las trancas…
Me revolví en el asiento.
—No me lo creo, Elsa. Es lo malo de lo que ha pasado entre nosotros, que ya no me creo ninguna de tus mentiras.
—Espera a oírlo todo, ¿te importa?
Resoplé malhumorado, pero acepté.
—De acuerdo, sigue…
Un nuevo suspiro, antes de proseguir.