Lucy (Mentiras y Cuernos 4) Piratear y luego…
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Piratear y luego…

A partir de ese día, nuestro plan de extraer los videos de la casa de los horrores se puso en marcha. Lucy y yo no volvimos a encontrarnos, no podíamos poner en peligro nuestro objetivo principal. Tan solo me ponía al corriente de sus avances por la noche.

Cuando los había.

—Nada, no he encontrado la manera de escaparme hacia las catacumbas.

Las «catacumbas» era el nombre que le habíamos asignado al centro de control de información, que en realidad se trataba de un cuarto pequeño con algunos ordenadores y las pantallas de vigilancia.

—Joder, cielo, no sé si nuestro plan sirve para algo —despotricaba yo cada vez que las noticias eran negativas.

—Ya, pero no nos vamos a rendir tan pronto, ¿no? —replicaba ella.

Al cabo, tras dos semanas de intentarlo, Lucy vino con mejores noticias.

—He conseguido bajar y hasta he entrado dentro… —me dijo ilusionada.

—¿No está cerrada con llave la sala?

—Pues no sé si lo estará a diario, pero yo he entrado como pedro por su casa.

Un escalofrío de emoción me recorrió por entero.

—¿Y has conseguido copiar algún video al pendrive que nos pasó Charly?

El pendrive de Charly parecía un dispositivo normal, como los que usamos en casa para salvaguardar o transportar archivos, aunque tenía varias características que lo hacían único: un sistema de boquillas que servían para conectarlo a cualquier tipo de puerto USB, una clave de encriptación que hacía inútil su contenido para cualquiera que no la conociese —se autodestruía—, y un tamaño mini, que le permitía ser escondido fácilmente.

Incluso en la boca, ya que era resistente al agua.

—Pues no —replicó Lucy y el subidón se me bajó de repente—. No he encontrado ni un solo puerto para enchufarlo de esos que dice Charly. Mañana volveré a probar.

«Mañana» era un eufemismo, Lucy no pasaba a diario por la casa de los horrores.

Afortunadamente. Porque, cuando lo hacía, no era para darse un paseo, precisamente.

Según me contaba, ella era una de las protagonistas de las películas que se grababan en las reuniones de la casa.

Cuando iba por allí, era para trabajar al servicio de sus amos.

Por suerte, esto no ocurría con excesiva frecuencia.

A la tercera semana, Lucy dio con un puerto USB en la parte de atrás de un ordenador portátil. Y a la siguiente visita consiguió acceder a la famosa carpeta de Nata, la que contenía un buen número de videos. A nadie se le había ocurrido borrarla después de utilizarla para separarme de Elsa.

Como habíamos fantaseado en nuestros mejores sueños.

Parecía un milagro. A Lucy le había costado tres semanas llegar hasta el conector USB y en solo dos intentos había cargado un buen número de archivos. Los suficientes para nuestras pretensiones, probablemente.

—Vamos a probar si es lo que buscamos —le dije en nuestra conversación esa noche.

La guie en el proceso de conectar el pendrive al móvil, buscar algún archivo de video y reproducirlo. Tras media hora de casi desesperarnos, al final certificamos que era lo que habíamos buscado.

—¡Ostras, Sergio! —la oí decir desde el otro lado de la línea—. ¡Se está reproduciendo el video del ahorcamiento de Elsa con dos operarios, aquel del que me hablaste…!

—¡Joder! —exclamé—. ¡Lo tenemos!

—Mi madre… lo he hecho… lo he hecho… —repetía ella alucinada.

Con grandes aspavientos, pero sin mucho ruido, esa noche celebramos la victoria inicial. No era momento de sacar el champán, sin embargo, todavía quedaba lo más complicado: vernos a escondidas para entregarme el pendrive, extraer los videos y sembrar los medios de comunicación con ellos.

Pero estábamos en el buen camino.

*

Habíamos quedado para el sábado siguiente. Ese día tocaba comida familiar en casa de mis exsuegros. Lucy me había dicho que acudiría a esa reunión, y que Alberto no la acompañaría. Esto suponía que por la tarde saldría de la casa sin vigilancia.

¡Era el momento ideal para encontrarnos y entregarme el pendrive!

Acordamos vernos sobre las seis en una cafetería del centro, no muy lejana a la casa de los padres de Elsa, y sobre las seis menos cuarto me envió un mensaje. Todo iba según lo acordado. Había tomado un Uber y estaba en camino.

A las seis y cinco entraba por la puerta de la cafetería.

Le hice una seña desde el fondo, sentado a la mesa más discreta del local.

—¿Qué estás tomando? —preguntó Lucy tras plantarme uno de sus morreos improvisados.

—Un irlandés, ¿quieres que te pida otro?

—No, yo prefiero un batido helado… algo que tenga fresa…

Hicimos la comanda y luego nos miramos. Sonreíamos como dos tortolitos. Al fin y al cabo es lo que éramos, dos enamorados en su cita de fin de semana.

—¿Dónde lo tienes? —le pregunté sin necesidad de entrar en detalles.

Le dio un par de golpes a su bolso.

—Aquí… —respondió—. Lo tengo bien guardadito…

—¿Me lo das? —puse la mano con la palma hacia arriba para apoyar mi petición.

—Solo si me das otro beso… —soltó con desparpajo y puso morritos infantiles para que le arrimara los míos.

Cuando la camarera se alejó después de dejar el batido de Lucy sobre la mesa, abrió el bolso y rebuscó en el interior.

Tras unos segundos de incertidumbre, la chica sin filtros comenzó a parpadear con velocidad. Su cara de susto ya no era la de felicidad de unos instantes antes.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—No sé, no encuentro el dichoso pendrive… —dijo con voz angustiada—. Es que es tan pequeño que seguro que se ha metido en algún rincón.

Tras cinco minutos infructuosos, le pedí que me dejara el bolso a mí.

Perdí otros tantos minutos, pero el pendrive no apareció.

—¿Pero cómo puedes haberlo perdido? —pregunté, esta vez compartiendo su angustia.

Tragó saliva.

—Me parece que sé cómo… —respondió pensativa—. Esta tarde buscaba algo en el bolso y no lo encontraba, así que volqué todo el contenido sobre uno de los sofás de la casa. Ha debido de caerse en ese momento y habrá quedado entre los cojines. ¡Si es que soy una idiota!

Se había puesto a lloriquear y la sujeté del hombro para calmarla.

—Tranquila, cielo… —le dije—. No es culpa tuya. Eso le puede pasar a cualquiera.

—No, a cualquiera no… solo a mí… —gimoteaba.

Sopesé las posibilidades. No había muchas, sin embargo. Aquel pendrive podía ser encontrado por cualquiera, incluso por la señora de la limpieza. Y acabaría en la basura en el mejor de los casos. Había que recuperarlo esa misma tarde o nos tocaría empezar desde el principio.

Por suerte, teníamos la certeza de que nadie podría acceder a su contenido. De ese modo, si alguien lo encontraba e intentaba ver lo que escondía, no lo iba a conseguir.

Ni siquiera podrían relacionar a Lucy con el dispositivo.

—Tienes que volver a casa de los padres de Elsa —le dije—. Y tiene que ser hoy. Hay que encontrarlo como sea.

De pronto me miró con otros ojos. Parecía que la luz había vuelto a ellos.

—Podrías venirte conmigo… —sugirió.

—¿Yo? —dije extrañado—. ¿Cómo crees que puedo presentarme en casa de mis exsuegros como si tal cosa?

Pero Lucy tenía un as en la manga.

—Es que ellos no estarán —dijo sonriente—. Tenían partida de brisca con unos amigos. No volverán hasta las tantas.

Algo de alivio sí obtuve con su explicación. Pero, aun así…

—A ver… ¿tú tienes llave de la casa?

—No, no tengo… —sonrió pícara—. Pero estoy autorizada en conserjería. Puedo pedirles que me dejen la llave de emergencia y subimos sin problemas. Ya me inventaré cualquier excusa cuando me pregunten porqué subí.

Ahora sí que respiré aliviado. Aunque seguía sin convencerme del todo.

—Me temo que se mosquearán si me ven contigo… —pensé en voz alta—. Es mejor que subas tú sola.

—Anda, no seas cobardica… —insistió—. Si los conserjes de los sábados cambian a menudo, seguro que ni se extrañan si me ven con otro de mis habituales guardaespaldas. No serías el primero que viene conmigo en los últimos tiempos.

Suspiré largamente.

Tenía razón. Me dejé convencer. No había nada que temer.

Además, sería cuestión de cinco minutos. Llegar, buscar entre los cojines, encontrar el dichoso pendrive y salir de la casa como alma que lleva el diablo.

*

Media hora más tarde rebuscábamos entre los cojines del sofá donde se suponía que tenía que encontrarse el dispositivo perdido.

Todo había salido a pedir de boca: la entrada en el edificio sin ser interceptados, convencer al conserje de turno para que nos dejara la llave, y subir sin cruzarnos con ningún vecino que me conociera de cuando frecuentaba la casa.

Pero aún quedaba lo más difícil: encontrar el minúsculo pendrive.

Y el muy ladino parecía tener vida propia.

Habíamos dado la vuelta a los cojines hasta tres veces. Habíamos mirado por debajo del sofá, incluso elevando el pesado mueble entre los dos. Pero la dichosa memoria no aparecía.

—¿Estás segura de que ha sido en este sofá donde has volcado el contenido del bolso? —le preguntaba de vez en cuando.

—Segurísima —afirmaba cada vez.

—Pues no lo entiendo… Si alguien lo ha encontrado ya, tendremos un problema.

Dije y volvimos a empezar desde el principio.

Acabábamos de extraer los cojines una vez más, cuando una voz desde la espalda nos sobresaltó.

—¿Es esto lo que buscáis?

Nos volvimos a la par hacia el origen de la voz y la sangre se me congeló en las venas. Había supuesto quién era su propietaria, aunque al principio no quería creer que fuera ella.

La mismísima Elsa, la mujer con la que había convivido casi una década nos sonreía burlonamente. Y mostraba en su mano abierta un pequeño objeto metálico que no dejaba lugar a dudas. Era el misterioso pendrive.

Lucy y yo nos mirábamos con ojos de espanto, alternando nuestras miradas con otras hacia mi ex.

—Sí, eso es lo que buscábamos —le dije desolado. Tenía claro que me iba a costar quitárselo, si lo intentaba por la fuerza la lucha no iba a ser fácil.

—Lo suponía… —sonrió Elsa, y no vi ningún tipo de acritud en aquella sonrisa.

—¿Nos… lo… das? —tartamudeó Lucy.

—Depende… —nos vaciló mi ex novia, mientras cerraba el puño—. ¿Qué es lo que hay dentro que os interesa tanto?

Me mordí la lengua. Tenía que inventar algo con rapidez. No porque fuera a creerlo, sino por el mero hecho de demostrar que me encontraba más entero que Lucy y que Elsa no me impresionaba.

—Son unos documentos sobre la fusión de una de las empresas del padre de Lucy…

Aquella gilipollez no había quien se la tragase, pero había sonado muy… profesional. Al menos a mí me lo había parecido.

Pero Elsa de tonta no tenía ni un pelo.

¿Qué pintaba Lucy en la fusión de una empresa de su padre?

—Ya… —rió y se retocó la melena para llevarse un mechón detrás de la oreja, gesto que me trajo viejos recuerdos—. Unos documentos de fusión… ¿no? Impuestos y todo eso, supongo…

Su sonrisa burlona lo decía todo, pero yo no podía dar mi brazo a torcer.

—Sí, eso es… —se reafirmó Lucy tragando saliva.

Sin esperarlo, Elsa pareció mostrarse generosa.

—Vale, os lo devolveré… Hacienda necesita buenos contribuidores como vosotros… —dijo con voz calmada—. Pero a cambio necesito que me deis algo.

—¿Qué quieres…? —se me adelantó Lucy sin arredrarse.

La respuesta de mi ex novia me dejó petrificado.

—Quiero hablar con Sergio… —dijo, y un calambrazo me recorrió por entero—. A solas… Será solo media hora, Lucy. Tú te vas a la cocina y te preparas un café o lo que te dé la gana… Yo me quedo con mi ex novio y ya te avisamos cuando acabemos de charlar.

Lucy me miró y con un movimiento de cabeza la pedí que aceptara.

—De… de acuerdo… —respondió Lucy al fin—. Pero solo media hora.

—Ni un minuto más, te lo prometo… —repitió Elsa, antes de volver su mirada hacia mí—. Hola Sergio, cuanto tiempo…

Mientras Lucy salía de la estancia, mi exnovia se sentó en un sofá frente al que Lucy y yo habíamos desmantelado varias veces sin éxito. Yo me senté en el segundo.

—Hola, Elsa, ¿qué tal estás? —respondí con la voz tan serena como fui capaz.

Hacía meses que Elsa y yo no nos habíamos visto.

El corazón comenzó a latirme muy deprisa.

Cierta angustia comenzaba a inundarme por dentro.

Era una mezcla de nostalgia, de tristeza… de recuerdos de algo que pudo ser pero que al final no fue.