El «training»
Tras darle vueltas un par de días, mi foco se centró en Charly, un friki declarado y el experto informático de la empresa. Charly ya no era un chaval —debía de haber cumplido los cuarenta hacía tiempo—, pero vestía como si tuviera veinte y era un tipo especialmente sociable.
Al hombre todos le queríamos, solíamos decir que «llevaba en la empresa más tiempo que la puerta» y que en realidad era el presidente encubierto.
Sabía que si le pedía ayuda no me la negaría.
Y hacia él me dirigí una tarde, le invité a unas cervezas y acabamos en un pub del centro hasta las tantas.
Entre los vapores de las cinco o seis cervezas que me tomé, le expliqué lo que necesitaba: que nos enseñara a mi novia y a mí a sacar de los sistemas de la facultad de Lucy el examen de la única asignatura que le faltaba para terminar la carrera y que no conseguía aprobar.
Como no era un tema sencillo, quedamos en vernos en los sótanos de la empresa —donde se ubicaban los sistemas informáticos— para que nos diera a los dos unas lecciones básicas de hacking.
Y eso hicimos durante los días siguientes.
Las sesiones fueron tres. Durante las dos primeras no hubo mayor problema. Lucy se escabullía de sus controladores y acudía al hall de la empresa, donde nos esperaba a Charly y a mí hasta que íbamos a buscarla.
El tercer día fue diferente.
Y a punto estuvo de convertirse en tragedia.
*
Era un viernes y llevaba media tarde con el ceño fruncido delante de la pantalla.
El cliente de la fusión que estaba dirigiendo llevaba tres días dando la lata con modificaciones de última hora en el contrato, y yo empezaba a sospechar que el tipo cambiaba de opinión continuamente solo para fastidiarme.
De pronto, un soplo de aire fresco tocó dos veces en la puerta.
—¿Se puede? —Sonia asomó la cabeza con una carpeta bajo el brazo—. Traigo lo del expediente Ochoa para que lo firmes.
—Pasa, pasa… —le dije abandonando por un instante el ratón y el teclado y echándome hacia atrás en mi sillón. Era una buena excusa para darme un respiro.
Dejó la carpeta sobre la mesa y en lugar de irse, como hubiera hecho en otro momento, se quedó mirándome con la cabeza ladeada.
—¿Qué te pasa hoy? Llevas toda la tarde con cara de funeral.
—Nada, cosas de la sociedad que ya sabes. Es por culpa del responsable del cliente para la fusión, que está empeñado en exprimir cada uno de los euros que nos pagan.
—Ya veo… —chasqueó la lengua—. Estás muy agarrotado, Sergio, se te nota en los hombros. Vas a acabar con una contractura como no te relajes.
—Estoy bien, de verdad —intenté parecerlo, pero no debí de conseguirlo del todo.
Y engañar a Sonia era harto difícil, me conocía casi mejor que yo mismo.
—Que no, que no estás bien. Anda, va, ven aquí, que te doy un masaje. Dos minutos y verás cómo te sientes mejor.
—Sonia, en serio, no hace falta —refunfuñé sin mucha fuerza—. Además, si entra alguien y te ve ahí detrás de mí, a saber lo que se piensa...
—¿Y quién va a entrar a estas horas? Son más de las seis de un viernes. No quedan ni las ratas por aquí. Venga, no seas soso…
—Sonia, hablo en serio —volví a negarme.
—Y yo también. Vamos, deja el ratón y ven.
Me lo pensé un segundo de más, y ese segundo fue mi perdición. Se colocó detrás de mi silla y me clavó los pulgares en la base del cuello antes de que pudiera protestar otra vez. Y en cuanto empezó a masajear, cualquier resistencia que me quedara se fue al garete.
—Joder, Sonia… sí… ahí, justo ahí…
—¿Ves como lo necesitabas? —rió—. Tú relájate y déjame a mí.
Cerré los ojos. El masaje empezó siendo eso, un masaje de verdad: manos firmes recorriéndome los hombros, deshaciendo con los pulgares nudos que ni sabía que tenía, apretando en los lados del cuello con un ritmo que me dejaba la cabeza en blanco. El mismísimo Nirvana.
Pero al cabo de un rato sus dedos empezaron a bajar. Primero rozándome el pecho por encima de la camisa, círculos lentos sobre los pectorales, deteniéndose un instante en los pezones y pellizcándolos suavemente por encima de la tela.
—Sonia, ¿qué haces? —dije abriendo los ojos un momento—. Esto ya no es un masaje.
—Calla y disfruta, que para eso estoy aquí.
—No, en serio, para. Que estamos en horario de oficina, y como venga alguien...
—Nadie va a venir. Cierra los ojos.
No le hice caso al principio, pero sus manos siguieron bajando, apretando la cara interna de los muslos por encima del pantalón con una parsimonia que me estaba matando por dentro mientras mi cabeza seguía diciendo que aquello era una temeridad.
Y entonces, sin previo aviso, una mano se posó justo encima de la bragueta, apretando el bulto que se me había ido formando contra mi voluntad.
—Vaya, vaya… —susurró en mi oreja, la voz ronca de quien sabe que ha ganado la partida—. Parece que el cuerpo no opina lo mismo que la boca.
—Sonia, va en serio, para ya… —era un ruego, casi una súplica.
Pero mis manos no la apartaron. Se quedaron quietas sobre los reposabrazos, como si no supieran a quién obedecer.
De pronto sus manos desaparecieron. Abrí un ojo justo a tiempo de verla cruzar el despacho hacia la puerta, echar el pestillo con un clic seco y volver hacia mí con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque era más que obvio.
—Acabar el masaje como es debido. No veo que termines de relajarte solo con mis manos…
—Sonia, por tu padre…
Se arrodilló entre mis piernas sin decir nada.
Desde allí abajo, con la falda recogiéndose bajo las rodillas y la melena cayéndole sobre un hombro, me desabrochó el cinturón con dedos hábiles, bajó la cremallera y tiró del pantalón y de los bóxer hacia abajo de un solo movimiento hasta dejarlos en los tobillos.
Mi polla saltó libre, dura… y ya empapada por la punta, quedando justo a la altura de su cara.
—Sonia, aquí no, joder, que la puerta...
—Ya la he cerrado, tonto. Nadie va a entrar.
—No es solo eso... es que…
No terminé la frase. La agarré del pelo, esta vez con más fuerza que antes, intentando apartarla un poco, ganar un segundo de cordura.
Ella levantó la vista, con esa media sonrisa suya, sin inmutarse por el tirón, y no dijo ni una palabra.
Simplemente me sujetó la base de la polla con una mano y se la llevó a la boca.
—Aaah… joder… —exclamé arqueando el cuello hacia atrás.
Cualquier gramo de resistencia que me quedara se esfumó en ese instante.
Empezó despacio, lamiendo el glande en círculos antes de tragársela poco a poco, centímetro a centímetro, hasta notar cómo chocaba contra el fondo de su garganta.
Se me escapó un gemido que intenté tragarme mordiéndome el labio, con la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sillón y las piernas abiertas todo lo que el pantalón bajado me permitía.
—La tienes muy dura hoy, Sergio, más que otras veces… —dijo separándose un segundo, con un hilo de saliva colgando de la punta y puenteando hasta su barbilla—. Debe de ser por el estrés de la puñetera fusión.
—Cállate y sigue, anda… —repliqué. Si no había vuelta atrás, prefería que se dejara de cháchara y me la mamara bien, como ella sabía. No era la primera vez que lo hacía, pero nunca de aquella forma tan descarada y en mi despacho. Como mucho en alguno de los baños y siempre a alguna hora tardía.
Como la primera vez que la había follado mientras su marido la esperaba en el hall.
—Mandón… —se rió y volvió a la faena.
«Slurppp… slurppp…», sonaba su lengua ensalivando el glande con la dedicación digna de una profesional.
Se la metía y sacaba con un ritmo constante, ayudándose con una mano en la base mientras con la otra me acariciaba los testículos, apretándolos suavemente cada vez que subía hasta la punta.
De cuando en cuando se separaba solo para pasarme la lengua por toda la extensión, de abajo arriba, mirándome a los ojos como si aquello fuera parte del espectáculo.
Yo la miraba desde arriba, sentado con el pantalón a la altura de los tobillos y la camisa arrugada, viendo su cabeza subir y bajar entre mis piernas, sujetándome al reposabrazos con una mano y enredando los dedos en su melena con la otra, sin apretar, solo sujetándome a algo real en medio de todo aquello.
—Así, así… no pares… joder que zorra eres, Sonia, me pones fatal… —la animaba a sabiendas de que le gustaban mis palabras obscenas.
—Ogggg… —fue lo único que respondió ella con la boca llena.
Estaba a punto de perder cualquier noción del despacho, del contrato de la fusión, del mundo entero, cuando dos golpes secos sonaron en la puerta.
Toc, toc.
Me quedé congelado.
—Para, para… —susurré empujándola suavemente por los hombros.
Sonia levantó la cabeza un segundo, sin soltarme del todo.
—Tranquilo —musitó—. A estas horas no será nada importante. Deja que se vaya y que vuelva el lunes.
—Sonia, en serio, esto se ha acabado, súbete, que...
—Ssshhh… —me cortó con un dedo en los labios.
Nadie insistió. Respiré. Falsa alarma, pensé.
Pero entonces la manilla se movió. Alguien la giraba despacio, comprobando si la puerta se encontraba asegurada.
—Sonia, para de una puta vez —siseé intentando incorporarme, tirar del pantalón hacia arriba, hacer algo—. Como sea mi jefe nos la vamos a liar los dos... Ese cabronazo vive en la oficina, aunque sea domingo siempre está al acecho.
—Que no, tranquilo… —volvió a la carga Sonia, esta vez más rápido, sujetándome las caderas contra el sillón para que no pudiera levantarme—. Termina ya y se acaba el problema. Échamelo en la boca, que me lo trago para que no queden restos.
No tuve tiempo de discutir la lógica de aquello. Volvió a metérsela hasta el fondo, con una fiereza nueva, y cualquier pensamiento racional se evaporó de mi cabeza.
—Joder, Sonia… así… joder… así…
Los golpes en la puerta sonaron de nuevo. Esta vez más insistentes.
Toc, toc, toc.
No pude evitar el bote sobre la silla.
—Para… para, en serio… —intenté apartarla otra vez, con el corazón a mil.
Y entonces oí algo peor que los golpes: pasos externos siguiendo la dirección hacia el ventanal del despacho.
Las lamas del estor estaban semi cerradas, pero no selladas del todo. Vi una sombra acercarse por el otro lado del cristal, una silueta que se inclinaba intentando colar la vista entre las rendijas haciéndose visera con las manos.
Y en ese momento até cabos.
¡Lucy!
Habíamos quedado esa tarde para ver a Charly, que nos iba a dar la última lección. Se me había ido completamente de la cabeza con todo el lío de la fusión.
No entendí, sin embargo, por qué Lucy no se había quedado en el hall del edificio, como siempre. Se le había ocurrido subir a buscarme justo el día en que no debía.
Tenía que hacer algo, no podía cagarla con ella. Entre los dos había nacido un sentimiento muy fuerte y no quería perderlo por un calentón.
—Es Lucy —susurré con la voz rota—. Sonia, es Lucy, joder, tenemos que parar ahora mismo…
—No podemos parar ahora, no fastidies, te queda muy poco —replicó ella sin soltarme, mirándome desde abajo con una calma que a mí me parecía una temeridad—. Escucha: te corres en diez segundos y yo me escondo debajo de la mesa. Confía en mí.
—¿Estás loca? Si nos pilla...
—Confía en mí —repitió cortante, y volvió a la carga con una velocidad que no dejaba lugar a mayor discusión.
No había tiempo para planes mejores. Cerré los ojos, apreté los dientes y me dejé llevar por lo que ya era inevitable.
Sonia había dicho diez segundos, pero en cinco noté subir la lava por mis testículos hacia el exterior.
—Ya, ya… me corro… me corro… chupa, cabrona, chupaaaa…
—Ugggg… —masculló ella sin soltarme, tragando hasta la última gota mientras yo me agarraba al brazo de la silla con una mano como si me fuera la vida en ello. Con la otra le apretaba la cabeza contra mi polla para que le entrara lo más profundo posible.
—Traga… puta… traga… joderrr…
En cuanto terminé, Sonia se puso en pie de un salto, se limpió la boca con el dorso de la mano y desapareció bajo la mesa en menos tiempo del que se tarda en contar, encogida entre mis piernas y las patas del escritorio.
Sin pararme a mirarla, me subí el pantalón a trompicones, me recoloqué la camisa y crucé el despacho intentando que no me temblaran las piernas.
Abrí la puerta.
—¡Por fin! —Lucy se me echó en los brazos, medio en broma medio en serio—. Llevo un rato aquí fuera llamando como una idiota. ¿Es que no me oías?
—Perdona, perdona… —improvisé, todavía con el pulso a mil—. Estaba con los cascos puestos, enfrascado en un informe que me tiene loco. Con la música a tope no he oído nada.
—Vaya careto tienes, cielo, pareces recién salido de la cárcel. ¿Te pasa algo?
Me acariciaba la cara con una mano, intentando adivinar a qué venía mi expresión de terror.
—Es el estrés —me excusé—. Ya sabes, la fusión de la que te hablé.
Se lo tragó sin más, por suerte, y me cogió del brazo tirando de mí hacia el pasillo.
—Venga, que Charly nos espera, y como lleguemos tarde nos suelta la charla esa de la puntualidad que tiene siempre preparada.
—Vale —acepté—. Pero déjame que recoja la chaqueta y que apague el ordenador. Dos minutos, te lo prometo.
Miraba a Sonia bajo la mesa mientras recogía mis cosas y ella se sujetaba la risa al tiempo que ponía un dedo sobre sus labios.
Poco después Lucy y yo salíamos hacia los ascensores, cogidos de la mano y bromeando con naderías, aunque a mí el corazón todavía me iba a mil por hora. Antes de que la puerta del despacho se cerrara del todo, giré la cabeza un segundo.
Y allí estaba: la cabeza de Sonia asomando desde detrás del escritorio, con una sonrisa de oreja a oreja y cara de alivio al habernos librado por los pelos.
La sonreí a mi vez y seguí a Lucy pasillo adelante como si no hubiera pasado nada. De cuando en cuando le soltaba un ligero azote en el culo, con ese sentido de posesión que ponemos los hombres en ese gesto.
Había salvado la situación.
Por suerte.
Lucy era mía por fin, como había soñado, y eso no tenía precio.
No podía perderla por una mamada a destiempo.