Lucy (Mentiras y Cuernos 4) El plan «de» Lucy
27%

El plan «de» Lucy

Abandoné la habitación de Lucy sobre las cuatro de la mañana. Tres veces había eyaculado y las tres se había empeñado en que lo hiciera dentro de ella. A pesar de que afirmaba que hacía unos tres meses que había dejado de tomar la píldora.

—Al principio lo hice por venganza contra Alberto —me dijo tras llenarla de semen la segunda vez—.

Y después como una vía de escape. Si me quedaba embarazada de alguno de los cerdos que abusaban de mí, quizá el muy canalla habría renegado de mi persona y me habría expulsado de su vida, liberándome al fin.

Fuera como fuese, la sensación con la que abandoné su habitación era, en el mejor de los casos, agridulce.

Dulce, porque había descubierto la verdad sobre Lucy.

Que lo que presencié en el Mercedes oscuro no lo hizo por voluntad propia.

Y que me amaba, tanto o más de lo que yo la amaba a ella.

Y también dulce por haber visto que Lucy estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para romper las cadenas que la ataban.

Pero, al mismo tiempo, agria porque estaba todo por hacer.

No sé por qué, inocente de mí, había imaginado que la chica sin filtros —en el fondo una niña al lado de los monstruos que la manejaban a su antojo— habría maquinado ya lo suficiente como para tenerlo todo preparado. Un plan que solo necesitara ser puesto en marcha.

Total decepción.

En realidad no había ningún plan.

Estaba todo por hacer.

Había que empezar por el principio.

*

En cualquier caso, el primer paso estaba dado.

Lucy y yo estábamos conectados, lo que no era poco.

Ya no necesitaría vigilar las oficinas de Alberto durante largas horas a fin de verla un segundo y recibir su mínimo mensaje dibujado con una mano.

Ahora podíamos estar comunicados las veinticuatro horas del día.

Sincronizados segundo a segundo si hacía falta.

Sabiendo dónde estábamos, con quién, haciendo qué.

Un primer paso para desarrollar una confabulación que, a pesar de no saber por dónde empezar, al menos podríamos desarrollar juntos, no en solitario como hasta ahora.

A partir de ese momento, aunque no hubiera novedades, conectábamos cada noche sobre la una de la mañana, cuando se suponía que todo el mundo en su casa se hallaba durmiendo.

«Todo el mundo» consistía en sus padres, su prometido y el personal del servicio.

Alberto se había mudado allí con ella porque entre todos podían vigilarla con más facilidad, pero dormía en habitación separada hasta el día de la boda, como buen hombre de fe cuando se mostraba en público.

—¿Has pensado en algo? —me preguntó una noche Lucy tras los saludos iniciales.

—Pues no mucho. No parece que lo que pretendemos sea demasiado fácil. Deberíamos estar preparados mentalmente por si al final no conseguimos nada.

—Si no hay otra opción, podríamos huir juntos, ya te lo he dicho.

Era cierto, cuando las ideas se nos acababan, ella siempre mencionaba la posibilidad de huir, de escapar a algún otro país.

Lejos. Muy lejos. Yo insistía en que eso era lo último, que había que intentarlo todo y dejar esa opción para el final.

Que no se podía vivir del aire y que no iba a ser tan fácil desaparecer sin dejar rastro.

—Eso solo sale bien en las novelas románticas —le decía para calmar sus ansias de aventura.

—Pero al menos estaríamos juntos —repetía ella—. Yo te quiero, Sergio, cada segundo que estamos separados me duele en el alma. ¿Es que a ti no te pasa lo mismo?

—Pues claro que me pasa lo mismo, mi amor. Yo también te quiero y lo sabes…

—¡Ojalá me hubieras dejado preñada en el retiro espiritual!

—Por dios, cielo, no digas esa burrada… —trataba de poner cordura en la relación a distancia que manteníamos—. Solo tú y yo —además de tu familia— sabríamos que el niño no es de Alberto. Te lo quitarían y a saber qué harían con él. Y a partir de entonces te encerrarían para que yo no pudiera verte.

—Pues por eso lo de huir. Sería fácil si pudiera acceder a mis cuentas. Tengo la herencia de mis abuelos, tendríamos suficiente para iniciar una nueva vida.

—Vale, cielo —la calmaba—. Pero eso lo dejamos para el final. Seguro que tienen bloqueadas todas tus cuentas.

Pasaban las semanas y no veíamos una fisura por donde colarnos en la organización familiar. Yo manejaba una idea que no se me iba de la cabeza, pero que no había forma de ponerla en práctica si Lucy no me confesaba donde se encontraba la nueva casa de los horrores.

—Tienes que decírmelo, Lucy —la insistía una y otra vez.

—No puedo, eso ya lo hemos hablado.

—Pero te prometo que no voy a intentar ninguna barbaridad contra ella, debes creerme.

—No insistas, por favor.

Esta conversación la habíamos mantenido innumerables veces.

Y hasta el momento Lucy había llevado razón.

Pero en esta ocasión era distinto. Porque ahora había decidido lanzarme por el único resquicio que pensaba que podía existir en el baluarte que era aquella casa, una ciudad amurallada en mi imaginación.

Y decidí hacerla partícipe de él.

—A ver, Lucy —le dije después de respirar profundo—. Hay una posibilidad que hasta ahora no pensaba que valiera la pena explorar. Pero a falta de más opciones, creo que debemos al menos tenerlo en cuenta. Aunque para ello necesito saber dónde está la casa… y qué forma tengo de entrar en ella.

—¿Otra vez con lo mismo? —protestó levemente.

—No, no es lo mismo, cielo —le dije—. Déjame que te lo explique.

—Vale… te escucho.

No teníamos nada que perder, así que no me anduve con ambages.

—Se trata de los videos que me enseñó Nata y que ya te comenté… Si consiguiéramos hacernos con ellos, quizá podríamos utilizarlos como un arma.

—Pero… —me interrumpió—. Me dijiste que esos videos no habían salido de la casa. Cuando te hablé de robarle el móvil a Nata me dijiste que no los tenía en ese móvil, que no serviría para nada.

—Eso es… —le confirmé—. Si nos fiamos de Nata, ella solo estaba accediendo a ellos a través de la red, por lo que no podríamos encontrarlos en su móvil si se lo robáramos…

—¿Entonces? —volvió a cortarme.

—Espera, ten paciencia… —le pedí—. Hay algo que Nata también dijo y que se había perdido en mi memoria hasta hace pocos días.

Si seguimos fiándonos de su palabra, aquellos videos estaban guardados en una carpeta «fuera» del sistema.

Ella mencionó algo así y ahora creo que estaba diciendo la verdad, que los videos serían inaccesibles desde su móvil si hubieran estado «dentro» del sistema central, vigilados por todas esas herramientas de ciberseguridad de las que habló.

Lucy me escuchaba y al notar que acababa mi disertación —un pensamiento en voz alta más que otra cosa—, protestó levemente.

—Vaya, te he hablado varias veces sobre el tema de los videos y nunca me has hecho caso. ¿Por qué ahora sí?

—Es que he pensado que quizá todavía sigan en esa carpeta «externa». La prepararían para enseñarme aquellas burradas y alejarme de Elsa y luego… quien sabe… Con un poco de suerte se les olvidó borrarla con todos los líos del incendio.

—¡Cielos, Sergio! —exclamó con voz contenida—. ¡Eso es maravilloso! ¡Quizá podríamos robarlos si siguen ahí! ¡La seguridad fuera del sistema debe de ser mínima!

—Bueno… —puse cordura en su euforia—. Eso suponiendo que los sistemas no ardieran y que tuvieran que cambiarlos por otros.

Pero ella tenía datos al respecto.

Datos positivos.

—¡Claro que no! —volvió a exclamar eufórica, siempre en susurros—. Eso te lo puedo asegurar. Los sistemas estaban en el sótano en una cámara especial. Y hasta allí no llegó el fuego ni el agua de los bomberos.

—¡Joder! —esta vez fui yo el que exclamó sin poder contenerme—. Esa es la mejor noticia en mucho tiempo.

—¡Es genial! —repetía ella, ilusionada—. ¡Tenemos que intentarlo!

Y en ese momento volví a insistir.

—Por eso necesito que me digas donde está la nueva casa, cielo. Tengo que entrar e intentar robar esos malditos videos.

Pero ella era cabezota y no daba su brazo a torcer.

—No hace falta, cariño, ¡yo puedo hacerlo!

—¿Tú? —me extrañó su propuesta—. ¿Tú sabes algo de sistemas informáticos, claves y todas esas cosas?

—Pues no, ni idea… —dijo con una naturalidad que me desarmó. Tampoco en esta ocasión le había puesto filtros a la frase—. Pero sé manejar apps como Tiktok y Wasap…

Me dieron ganas de reír al ver su inocencia, pero las sujeté.

—Por dios, amor, si no tienes ni idea, ¿cómo vas a hacer eso tú sola?

—Muy fácil —dijo de nuevo sin que le temblara la voz—. Tú puedes enseñarme cómo hacerlo…

Cerré los ojos y me dejé caer sobre la cama todo lo largo que era.

Desesperado.

Lucy no solo era una chica sin filtros.

Era el ser más cabezota que he conocido jamás.

Sabía que no iba a conseguir que cambiara de idea.

Pero había algo mucho peor: ¿Cómo iba a enseñarle a hacer algo de lo que yo tampoco tenía ni idea?