El retiro espiritual
El viernes acordado, sobre las ocho de la tarde, me registraba en la recepción del hotel Las Moreras. Me había inscrito como alumno de un taller de relajación antiestrés. Uno de esos cursos acelerados de mindfulness, como Lucy había mencionado.
Esa misma noche intenté contactar con ella, pero su móvil se encontraba apagado. Y aunque di varias vueltas por las instalaciones, no pude localizarla. Desesperado, la envié varios mensajes de wasap, por si en algún momento los leía y respondía. Sin ningún resultado, igualmente.
Por suerte, al día siguiente todo cambió.
Ella me localizó a mí por la mañana.
Fue mientras desayunábamos en el bufet del hotel.
—Nos han retirado los móviles —susurró una voz a mi espalda mientras esperaba en la cola de la máquina de café—. Tenemos que comunicarnos como podamos.
La miré de reojo sin volver la cabeza.
—¿Cómo lo hacemos…? —susurré de medio lado.
Lucy me dio la solución:
—Acabamos las sesiones después de la cena, a eso de las nueve. Me paso por tu habitación a partir de las diez. ¿Cuál es tu número?
—La tres cero cuatro…
—Vale… espérame… y no te duermas, por si acaso llego más tarde…
*
Eran ya las once de la noche cuando tres golpes ligeros llamaron mi atención. Abrí la puerta a toda prisa y Lucy entró en el cuarto como una exhalación. Se frotaba las manos, nerviosa.
—Jolines… —se quejó—. Esas beatas no paran de decir bobadas ni un solo segundo. Ya pensaba que nos tendrían encerradas toda la noche. ¿Tienes un cigarro?
—No… —respondí—. Ya sabes que no fumo…
—Oh, no… —daba vueltas sobre sí misma, como si buscara algo—. ¿Y un condón?
—¿Un condón? –pregunté extrañado—. ¿Para qué quieres un condón?
—Pues ¿tú qué crees? —me miró sin sonreír un milímetro—. A falta de un cigarro, no me vendría mal un buen polvo para relajarme. Estoy supernerviosa…
A punto estuve de echarme a reír. Me detuve al darme cuenta de que hablaba en serio.
—Ostras, Lucy… Que yo sepa no hemos venido a follar…
—Vale, perdona… —se disculpó—. Es que estoy nerviosa de veras. Esas tías son realmente estresantes. Pensé que me relajaría al estar contigo, pero son capaces de buscarme en mi habitación y no quiero ni pensar lo que pasaría si no me encuentran.
—¿Quieres que vayamos a tu habitación? —le ofrecí—. Así al menos te encontrarán si se pasan por allí. Yo puedo esconderme en algún sitio, los armarios son espaciosos.
Aceptó y un cuarto de hora más tarde respirábamos más tranquilos en su habitación.
—Yo voy a tomar algo fuerte —dijo de rodillas frente al minibar—. A falta de un polvo me conformaré con un botellín de lo que sea… ¿Quieres algo tú?
—Sí… lo mismo que tú.
—Vale, hay botellines de ron negrita, ese que te gusta…
—Me vale, gracias…
*
Cinco minutos más tarde nos encontrábamos recostados contra el cabecero de la cama. Manteníamos los botellines de ron en la mano y bebíamos a tragos cortos.
—¿Vas a contarme eso tan importante que tienes que decirme? —dije para animarla a arrancar.
—Claro —respondió—, aunque si te digo la verdad no tengo ni idea de por dónde empezar.
—No te preocupes, yo te digo por donde puedes hacerlo.
Se volvió hacia mí con gesto expectante.
—Dime…
Era mi momento.
El momento de las verdades.
Y no me corté ni un poco.
—Empieza por la tarde en que estuvimos juntos en el coche espiando la casa de La Moraleja —no la miraba a la cara, pero ella a mí sí—. Las mentiras que me dijiste, por ejemplo, cuando decías que tenías una habitación reservada para mí en tu nueva casa.
Se puso de rodillas y se acercó más a mí. Sus bonitas pantorrillas asomaban por debajo de la falda de beata que llevaba a modo de uniforme. Solo por mirar aquellas piernas podría perdonarle todo. O, mejor dicho, «casi» todo.
—Por dios, Sergio —saltó como un rayo—. Sé que no vas a creerme, pero todo lo que te dije hasta ese día era verdad… —hablaba con ansiedad, como si le corriera prisa aclarar algunas cosas—. Y lo de que te vinieras a mi casa lo primero. De hecho…
Se había interrumpido.
—Sigue, no te pares… —la conminé.
—Es que me da mucha vergüenza…
—Déjate de bobadas, aquí solo estamos tú y yo… no hay vergüenzas que valgan.
Respiró profundamente y se descaró.
—Jolines, Sergio, pues que yo tenía la esperanza de que si vivíamos bajo el mismo techo… a lo mejor acabábamos juntos… Tú me gustabas mucho, demasiado… Me estaba enamorando de ti y me sentía genial… Luego se fue todo a la mierda, pero no fue por mi culpa, te lo prometo.
Un latiguillo me recorrió el estómago. No creía que estuviera hablando en serio. Pero, al mismo tiempo, ¿de qué le serviría mentir en esos momentos, después de todo lo que estábamos pasando para volver a vernos?
Aun así, la reté a que revelara lo que ocultaba.
—Maravilloso, ya veo… —solté en tono de burla—. Te estabas enamorando de mí… Y por eso poco después te dejaste follar por el chófer como una vulgar ramera.
El grito de Lucy no se hizo esperar.
—¿¡Quéeee…!? —soltó dando un bote sobre la cama, antes de llevarse las manos a la boca para evitar un nuevo grito—. ¿Cómo sabes tú eso? ¿Quién te lo ha contado?
Si hasta ese momento me encontraba en una postura relajada, ahora me había puesto de rodillas sobre la cama y me enfrentaba a ella.
—No me lo dijo nadie… ¡Yo mismo lo vi! —casi gritaba, aunque intentaba sujetarme para no llamar la atención de las habitaciones vecinas—. Fue la noche en que quemé el chalet. ¿Me vas a decir que es mentira?
Bajó la cabeza, humillada y rendida.
—No, no es mentira… Es verdad… —admitió—. Pero no es lo que tú piensas…
—Ah, ¿no? —la sujeté de los brazos y la zarandeé—. ¿Entonces qué era? ¡Dímelo, joder! ¡Porque yo también estaba enamorándome de ti hasta ese puñetero día! ¡Y me quedé muy jodido, que lo sepas! ¡Aún lo estoy!
Había comenzado a llorar. Ligeros sollozos que pensé que serían lágrimas de cocodrilo, hasta que descubrí que se derrumbaba del todo.
—Déjame que te lo cuente todo, por favor, Sergio… —balbuceó—. Así lo entenderás.
—Vale, pero no sé si podré creerte.
Le entregué un pañuelo y se limpió las lágrimas.
Luego comenzó su relato.
*
LUCY
—Me estaba enamorando de ti, te lo juro.
Y eso se notaba. En casa hablaba muchas veces de Elsa y de ti.
De Elsa solo para disimular. Porque tú eras mi tema de conversación favorito.
Y debí de pasarme de entusiasta sin darme cuenta cuando mencionaba tus hazañas.
Que si habías promocionado, que si habías ganado un bonus por este o aquel proyecto…
Eran cosas que me contaba Elsa y que me impresionaban.
Luego las soltaba como si todos debieran celebrar tus éxitos.
Ya sabes que yo hablo muchas veces sin pensar.
«Vaya si lo sé», me dije, pero no la interrumpí.
—Por otro lado, Alberto estaba indignado por lo que había ocurrido en su despacho. No podía saber que habíamos sido nosotros, pero algo se barruntaba. Y el muy cabrón tomó una muestra de las manchas en la fotografía de su escritorio, haciéndola analizar.
»Cuando le dijeron que se trataba de fluidos míos mezclados con el semen de un hombre, llamó a Elsa. Le pidió una muestra de tus cabellos y comparó los resultados.
»Al confirmarse sus sospechas, se cogió el enfado de su vida.
Hasta entonces, sabía que me veía con alguien, pero se la traía al pairo.
Él también tenía sus amantes, sin contar con lo que pasaba dentro de la casa de la Moraleja.
Pero descubrir que tú eras ese alguien que había profanado su santuario junto a mí le sentó como un tiro.
»El asunto se había convertido en un tema personal.
»Entonces llamó a mi padre y convocó un clan familiar.
—¿Tú asististe a esa reunión? —pregunté.
—Sí, pero no como invitada, como al principio creí, sino como «acusada».
»Según Alberto, con mis devaneos estaba poniendo en riesgo no solo un matrimonio, sino un proyecto familiar y empresarial que estaba por encima de todos nosotros. Y le conminó a mi padre a meterme en vereda.
»Cuando estuvieron de acuerdo en que debían castigarme y devolverme al redil, me expulsaron de la habitación para acordar entre los hombres cual sería ese castigo. Yo no tenía ni voz ni voto, solo me quedaba acatar su decisión.
—¿Y cuál fue el castigo de esos cabrones? —pregunté furibundo.
—Lo primero, alejarme de ti. No podía volver a verte ni de lejos. Alberto amenazó a mi padre con romper el enlace y arruinarle por los daños y perjuicios sufridos por mi culpa.
»Mi padre, asustado, aceptó todo lo que le exigieron.
Y lo peor es que le exigieron algo que era una auténtica crueldad para mí: obligarme a firmar el contrato de sumisión y convertirme en una esclava más de la casa de la Moraleja.
Tenían que castigarme de verdad, y la casa constituía el mejor escenario para ello.
—¡No-me-jo-das…! —exclamé con más angustia que sorpresa—. Pero ¿tú aceptaste los castigos sin rebelarte?
—Por supuesto que no.
—¿Entonces…?
—¿Ves esta marca del cuello bajo el vestido?
—La veo… no me dirás que es…
—Eso mismo, la horca te quita la voluntad, el deseo de rebelarte cuando has pasado por ella dos veces…
—Hijosdelagranputa…
—Sí, puedes creerlo o no, pero eso es lo que ocurrió.
—Y, ¿entonces…? Lo que hiciste con el chófer…
—Un castigo más, y no fue el peor de todos, hubo muchos otros de los que prefiero no acordarme.
»Por cierto, ese día me hicieron esnifar cocaína, solo de esa manera podría haber hecho algo tan asqueroso como dejar a Emilio abusar de mí. Espero que puedas perdonármelo algún día.
»Porque después de Emilio vinieron muchos más hombres.
—¿Cuántos?
*
SERGIO
Mi pregunta se quedó en el aire. Lucy había empezado a llorar de nuevo, y de una forma aún más desconsolada. La abracé y la dejé desahogarse. Fueron muchos minutos de dolorosas lágrimas. Y sabía que no eran fingidas.
Al cabo, volvió a hablar.
—Fueron muchos, ya te lo he dicho, pero al final hubo uno que fue el que me rompió por dentro.
Es cuando decidí acabar con todo. Me esforcé y al final conseguí contactarte y pedirte ayuda, después de robar por unos minutos mi antiguo móvil.
Tu número no está en la agenda del nuevo y no lo recordaba de memoria porque nunca lo he marcado manualmente.
Estaba incomunicada contigo hasta ese momento.
No estaba pensando en sus explicaciones sobre el teléfono.
Lo hacía en el hombre que acabó con su docilidad.
—¿Un hombre especial? —pregunté expectante—. ¿Tan importante era ese hombre como para que te hiciera rebelarte después de tantos meses?
—Sí, era exactamente eso: un hombre muy especial.
—¿Le conozco?
Tragó saliva y dejó escapar un sollozo antes de responder.
—Sí, si le conoces —confirmó con un cabeceo—. Fue el hombre de la capucha que no reconocimos a la salida del chalet.
—El quinto hombre… —susurré con la incredulidad pintada en los ojos—. Era lo que decías en el mensaje…
—Eso es, el quinto hombre que salió aquella noche de la casa…
No me atrevía a preguntarlo, pero no me quedaba más remedio porque eso era lo que esperaba de mí.
—Lucy, ¿quién era… ese… hombre…?
Tragó saliva varias veces. Y con un nuevo sollozo respondió:
—Ese hombre era mi padre.
*
Volvió a deshacerse en lágrimas. Y yo la dejé llorar de nuevo, no quería que se sintiera presionada.
Por mi cabeza mil pensamientos circulaban como en un mareante carrusel. Y mil nuevas preguntas me asaltaban.
¿Era aquel hombre su padre biológico? ¿O era solo su padrastro? Tenía que reconocer que desconocía el detalle de la composición familiar de Lucy.
Si era el padre biológico, ¿cómo podía llegar a caer tan bajo? ¿Violar a su propia hija?
No podía creérmelo. Aunque, tratándose del clan Molinaseca, todo era posible. Incluso lo de la cocaína. Este era el dato que me había faltado hasta ahora y que hacía que todo lo demás encajara. Solo mujeres drogadas podían ser sometidas a los tormentos que había visto en los videos de Nata.
Sin protestar.
Asumiendo su papel de esclavas.
—¿Estás bien? —le pregunté cuando dejó de llorar—. ¿Puedes hablar? Si no, lo dejamos por hoy…
—No, no debemos dejarlo… no podemos dejarlo… —repetía.
—Esos malditos hijosdeputa… —blasfemaba yo.
—Yo te quería… —hipó—. Y tú me viste degradarme con el chófer y me has odiado todo este tiempo…
Entendía que se sintiera preocupada por esto. Aunque ya iba a encargarme yo de que esa angustia dejara de consumirla. La abracé y la besé en el pelo para que supiera que la perdonaba.
—¿Dónde está la nueva casa…? —pregunté con mayor efusividad de la que había pretendido.
Se soltó de mi abrazo y me miró alarmada.
—¿No estarás pensando en…?
—No sé… —me vine arriba—. Tal vez…
Se incorporó de repente sobre la cama. Sus bonitas rodillas se cubrieron con la horrible falda y las eché de menos.
—Por dios, Sergio, ¿no has aprendido la lección? —dijo alterada—. Si les quemaras cincuenta casas, levantarían otras cincuenta… o cien…
Llevaba razón, pero la rabia me consumía por dentro. Salté de la cama y comencé a dar vueltas por la habitación.
—¿Entonces qué hacemos aquí? —rezongué con malos modos—. Quejarnos de lo cabrones que son y luego quedarnos como estábamos.
—¡Por supuesto que no…! —exclamó.
—¿Entonces?
Lucy se bajó de la cama, se abrazó a mí y apoyó su cabeza en mi pecho.
—Estamos aquí para destruirles. Pero esta vez de verdad.
—¿Qué…? —la separé de mí y la miré a los ojos. En ellos vi brillar una determinación insospechada.
—Lo que has oído: voy a destruirles… —dijo con un convencimiento más propio de una mujer madura que de la niña sin filtros a quien conocía hasta ahora. Después añadió—: Y quiero saber si tú vas a ayudarme a hacerlo.
La miré alucinado.
Estaba hablando en serio.
Y me estaba proponiendo algo que, de ser posible, sería una venganza soñada.
—Pero… ¿cómo vamos a hacerlo? —murmuré mientras ella acercaba sus labios a los míos y me besaba suavemente—. ¿Has pensado en algo?
Su respuesta no satisfizo mi curiosidad.
—Eso es lo que tenemos que estudiar… juntos… «Cómo hacerlo…» —dijo antes de abrirme los labios para que me perdiera dentro de su boca.
Esperaba algo más, quizá un plan preconcebido y que solo hubiera que poner en marcha. Menuda decepción.
Pero era lo que había.
Y en ese momento me importaba más Lucy que cualquier otra cosa.
La Lucy que se apretaba contra mí.
Y mis manos no supieron estarse quietas. Mientras nos comíamos vivos, le acaricié las tetas por encima de la ropa. Después nos desnudamos mutuamente, con suavidad, sin prisas.
Y durante más de dos horas nos amamos en silencio.
Fue un acto de amor.
Si hasta ahora Lucy y yo habíamos «follado», ahora «hacíamos el amor», con esa entrega mutua de dos personas que se aman.
—Déjame salirme, Lucy –le dije apunto de correrme—. Recuerda que no llevo condón.
—Córrete dentro, no me importa.
—Pero… te puedes quedar embarazada… cielo
—Sería lo mejor que podría ocurrirme —respondió, un segundo antes de que mi pene comenzara a disparar semen dentro de su cuerpo.
Lucy jadeó aún con más fuerza mientras se esforzaba por abrirme paso y facilitar que la llenara de vida.