Liberar a Lucy
Abandoné el control diario de sus salidas. Me resultaba complicado mantener esas vigilancias y al mismo tiempo cumplir con mi demandante trabajo. En cualquier caso, ya sabía cuál era su rutina, no necesitaba una atención continua.
No obstante, de vez en cuando salía temprano del trabajo y me tomaba un café en el Starbucks, elucubrando qué debía hacer para conseguir hablar con ella.
El día en que las cosas comenzaron a funcionar había hecho exactamente eso. Degustaba mi segundo café en una mesa de la terraza exterior cuando Lucy apareció por la puerta de la empresa. Iba acompañada por Alberto. Pero no iba a ser un día como los demás, afortunadamente.
Cuando los ojos de la chica sin filtros se engancharon con los míos y comenzó a parpadear como no creyéndose lo que veía, supe que algo iba a cambiar.
Y vaya si cambió.
Lucy giró la cabeza hacia su prometido y de nuevo hacia mí al menos tres veces. Alberto miraba su móvil en ese momento, pero ella no parecía muy convencida de que no la estuviera vigilando por el rabillo del ojo.
Debió de sentirse segura por fin, y entonces me hizo una señal.
Era una señal con la mano derecha, escondida ésta bajo el bolso. Era la señal de «ayuda» femenina ante la violencia machista.
Un escalofrío me sobrecogió por entero y el café se me cayó de las manos.
No me dio tiempo a mucho más. El Mercedes oscuro apareció de improviso y la pareja se perdió en su parte trasera.
Lo último que hizo Lucy, antes de entrar en él, fue mirarme y repetir la petición de «ayuda» con la mano con la que tiraba de la puerta para cerrarla.
Yo me limpiaba el café que había derramado sobre el pantalón, al tiempo que maldecía mi falta de determinación.
*
Me había quedado tan impresionado que no había conseguido mover ni un solo músculo.
Y el resto de la tarde y de la noche me maldije por mi cobardía.
Otro en mi lugar se habría levantado de la mesa y habría corrido hacia ella.
Si había que liarse a puñetazos con los dos hombres que escoltaban a Lucy —Alberto y el cerdo del chófer—, no tendría que haberlo dudado.
Cualquier cosa mejor que dejar a solas a una mujer que pide «auxilio».
Al día siguiente repetí el protocolo, aunque con un pequeño cambio: había aparcado el coche alquilado a corta distancia y en el asiento del copiloto dormitaba el bate de béisbol, por si su uso resultaba inevitable.
No fue necesario hacerlo ese día, sin embargo, porque Lucy no apareció, ni sola ni acompañada.
Pero al siguiente apareció en solitario y, antes de que llegara el coche que la recogería —el azul metalizado esta vez— me hizo una nueva seña con la mano. Una seña diferente: «síguenos».
No me lo pensé dos veces.
Corrí hacia el utilitario y esperé a que el lujoso coche se metiera en el denso tráfico de la tarde. Después aceleré tras ellos.
Me sentía genial, la adrenalina corriendo por mis venas. Tenía suficiente experiencia tras mis antiguas aventuras. Sabía cómo seguir a un coche para no perderlo, evitando al tiempo ser detectado.
Silbaba la canción que sonaba en la radio mientras maniobraba según convenía. Como un profesional. El coche metalizado bajó por Castellana, llegó hasta la plaza de Las Cortes y giró hacia el Congreso de los Diputados. Luego se detuvo.
Frené y, poniendo las luces de emergencia, aparqué en un lugar prohibido.
Joder que mala suerte. Si Lucy salía del coche, no podría seguirla.
¿Cómo iba a dejar el mío allí, abandonado? Desaparecería con la grúa y me vería metido en un lío.
Estaba jodido.
No obstante, la experiencia me dictaba que las situaciones cambian sobre la marcha. Y que el Karma no siempre te da la cruz.
Así que respiré profundamente y me quedé a la espera.
Lucy se bajó del coche y echó a andar hacia el Hotel Palace. Era lo que me había temido. No iba a poder ir tras ella.
El coche azul, sin embargo, no se quedó a la espera, sino que salió disparado en cuanto la chica sin filtros se apeó de él.
Iba a bajarme del utilitario para llamarla, cuando se volvió y me hizo una nueva señal con la mano: «espérame».
Tomé aire, obediente, y conté cada segundo.
Cinco minutos fue el tiempo que tuve que aguardar con el pulso en la garganta. Pero la espera no se me había hecho larga. Por una vez algo salía bien. Había llegado a creer que algún policía local me echaría antes de verla aparecer.
Pero no fue así.
Cuando vi a Lucy correr a mi encuentro, el corazón se me saltó un latido. A toda velocidad desbloqueé la puerta del copiloto y observé boquiabierto como entraba en el coche. Lucy, sin decir ni hola, se me lanzó al cuello y me abrazó con una fuerza inusitada.
—Sergio… —balbuceaba con sus labios en mi cuello—. Gracias a dios que has venido… Me estaba volviendo loca… Gracias, gracias, gracias…
Iba a preguntarle la razón de tanto entusiasmo, pero la mirada inquisitiva de un municipal me cortó el hilo del pensamiento.
«Llévate a tu novia y fóllatela donde quieras, pero no en ese sitio prohibido, no fastidies», parecían decir sus ojos y su media sonrisa.
Agradecí con una mano que me hubiera perdonado la multa y arranqué por la avenida, girando hacia la calle del Prado.
Lucy, mientras, se abrochaba el cinturón de seguridad bajo la atenta mirada del policía.
—¿Dónde vamos? —pregunté sin saber qué decir.
—Donde quieras, pero lejos… —respondió agitada—. Dónde nadie me conozca…
Era difícil que alguien no la reconociera sin importar adonde fuera. A la reina de la crónica rosa. Pero no quise recordárselo.
—¿Te vale mi casa? —pregunté—. Ahora vivo en una zona en la que no abunda la gente de tu clase.
—Me vale… —replicó—. Pero siempre que no estés pensando en sobrepasarte conmigo…
Había mostrado un amago de sonrisa. Por eso me guardé la que le debía desde el día en que se había dejado follar por el chófer Emilio delante de mis narices.
*
Llegamos al edificio de mi nueva casa y aparqué frente al portal. Tuve que inventar una trola para no confesar la verdad de por qué no conducía mi «espléndido» Volvo y por qué aparcaba fuera del garaje comunal.
Afortunadamente, no incidió en el tema.
Y, también afortunadamente, había lanzado a la parte trasera el bate de béisbol mientras veía a Lucy correr hacia el coche desde el hotel.
No me apetecía que el foco de aquella reunión fuera otro que ella misma.
Me debía muchas explicaciones.
No era momento de distraerse con detalles secundarios.
—¿Te apetece tomar algo? —la pregunté tras cerrar la puerta de casa, viendo como recorría el piso con la mirada, tal y como había hecho el día en que follamos en mi antigua casa.
—Sí, algo que tenga mucho alcohol, hoy también lo necesito… pero sin pasarse, ya sabes…
—Vale… sin pasarse… lo recuerdo.
Preparé dos ron-cola y bebimos de pie y en silencio.
Después, no pudo menos que darme su opinión sobre la casa.
—Aquí se ve que falta el toque de una mujer —dijo y sonó a acusación—. ¿No sales con nadie desde que rompiste con Elsa?
—No, con nadie de forma fija.
—¿Y algún polvo de vez en cuando?
Jodida niña, pensé. No había cambiado nada. Siempre soltaba sin filtro lo que se le venía a la cabeza.
—Algún polvo, sí, pero poca cosa…
—Pobre Sergio —dijo y volvió a abrazarme.
Me hubiera soltado de ella y la habría señalado con un dedo para decirle que se dejara de gilipolleces y me explicara de que iba el lío de los mensajes que me había enviado.
Pero me fue imposible.
Con aquel abrazo me había desarmado.
No sabiendo que hacer, dejé mi copa sobre la mesa y le devolví el abrazo con todas mis fuerzas.
—Sergio… —susurró tras varios minutos en silencio.
—¿Qué…?
—¿Te importa soltarme…? —respiraba fuerte, casi en un jadeo—. Me estás cortando… la respiración.
La solté de inmediato, improvisando una excusa.
—Oh, perdona… es que hace tanto tiempo que no nos hemos visto que, bueno…
—Claro, lo entiendo… —respondió ella—. Yo también tengo muchas ganas de follar contigo. Pero hoy no va a poder ser, tengo que volver pronto a casa.
Me pilló desprevenido una vez más.
Aquella chica no tenía sentido de la vergüenza.
Un gen o algo así debía de haberle faltado al nacer.
Y yo tuve que resistirme para no responderle que mejor se fuera a follar con Emilio, el chófer de su suegro.
—No hemos venido a follar —respondí mordiéndome la lengua para no decir lo que pensaba—. Tienes que contarme muchas cosas, ¿recuerdas? Empezando por los mensajes que me enviaste…
—Sí, tenemos que hablar… —reconoció—. Pero aclárame una cosa antes…
—¿Qué cosa?
—¿Fuiste tú quién quemó la casa, no?
Me miraba a los ojos sin pestañear.
Le sostuve la mirada, muy serio, sin un asomo de sonrisa.
—Sí, fui yo… —acepté tras unos segundos.
—¡Lo sabía! —sonrió ampliamente—. ¡Qué huevazos tienes, tío! ¡Con dos cojones!
Con aquellas muestras de solidaridad acababa de confesarme algo: que Elsa no le había contado lo que le dije a la semana siguiente del incendio cuando nos cruzamos en el hall del edificio de oficinas.
La buena de Elsa, siempre tan discreta, la mejor guardiana de mis secretos.
*
Se había vuelto a abrazar a mí. Con el alma, como solo Lucy sabía abrazar. Y sentir sus formas contra las mías tuvo el resultado esperado. Me empalmé en un santiamén. Como un colegial.
No obstante, tenía la cabeza en otro asunto.
—Y los demás… —le dije con tiento—. ¿Saben todos que fui yo el que la quemó?
Me soltó y me acarició una mejilla.
—Lo sospechan, por supuesto, pero seguros no están… En las cámaras solo se ve a un tipo vestido de negro y con pasamontañas. Además… —dijo y se quedó a medias.
—¿Además, qué…? —le tiré de la lengua.
—Pues eso que tú sabes de sobra, no te hagas el despistado…
—replicó—. A nadie le importa quién lo hizo.
Para la familia y la policía el pirómano es uno cualquiera de los enemigos de los Molinaseca, que son muchos…
Y caso cerrado. ¿Quién quiere que se investiguen unos hechos que pueden llevar a que se descubran los secretos de la casa?
Ni locos abrirían ese melón. Por eso te has librado.
Confirmé sus sospechas con una sonrisa.
—Sí, claro que lo sabía… Por eso me atreví a hacerlo.
Nos sentamos y bebimos unos segundos más en silencio.
—¿Vas a contarme por qué me escribiste? —dije al cabo—. Y todo lo demás…
Me miró con expresión triste.
—Por supuesto, pero hoy no puedo. Tengo que volver al Hotel Palace de inmediato si no quiero meterme en un lío con Alberto. Hablaremos en otro momento y te lo contaré todo.
—Joder, pues no sé cómo… —rezongué—. No te dejan ni a sol ni a sombra.
—No te enfades, apunta mi nuevo móvil, el antiguo me lo quitaron… Y ahora te explico cómo podemos vernos.
Aquel cambio de móvil sonaba a otro misterio por resolver, pero no quise preguntar, a sabiendas de que su respuesta sería la misma: lo hablaremos en su momento.
Una vez tomé nota de su nuevo número, me explicó los detalles de nuestro siguiente encuentro.
—Dentro de dos semanas acudiré a un retiro espiritual en la sierra de Madrid.
Iré sola, con otras diez o doce mujeres, pero sin Alberto.
Nos alojaremos en el hotel Las Moreras. Se trata de un antiguo Monasterio, reconvertido en alojamiento rural y centro de formación espiritual.
Te apuntarás a alguno de sus talleres de mindfulness o lo que te apetezca, hay muchos los fines de semana.
Así podremos vernos en los descansos. Hablaremos tranquilos, sin prisas y sin espías.
—¿Y si no puedo? —rezongué.
—Tienes que poder… —insistió—. Lo que te voy a proponer es algo muy gordo, y sin tu ayuda no podré conseguirlo.
Un escalofrío me recorrió por entero.
Y mi atracción por los misterios acalló mis voces interiores.
—Está bien, haré lo posible.
—Haz lo imposible, por favor…
—Lo haré… —acepté al fin.
—Genial. Para estar sincronizados nos comunicaremos por mi nuevo móvil. Pero tenemos que hacerlo solo lo imprescindible… y borrar luego los mensajes.
—Entendido —acepté, esta vez sin tapujos.
—Y ahora, si no te importa, ¿me llevas al Hotel Palace? Se supone que estoy en una reunión de esposas devotas —Miró el reloj—. Alberto irá a recogerme en menos de una hora.
—Por supuesto —respondí poniéndome en pie.
Media hora después la dejaba frente a la puerta del lujoso hotel. Antes de irse, y a modo de despedida, me sobrecogió con un ligero roce de sus labios contra los míos.
—Gracias por venir a buscarme… —dijo a modo de despedida mientras me besaba.
Fue como un latigazo por todo mi cuerpo.
Aunque no solo sexual.
Fue algo más bien… emocional.
Aquella chiquilla, a pesar de todo, seguía estando muy dentro de mí.