Lucy (Mentiras y Cuernos 4) La caza
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La caza

La de ese sábado fue una mañana muy larga. Lo primero que hice fue alquilar un coche vulgar, muy similar al que había utilizado en mi asalto al chalet. Luego compré útiles parecidos a los que había empleado aquella noche. Los que habían quedado desperdigados por diversos contenedores de Madrid.

Primero la ropa deportiva. Después máscara y pasamontañas. Guantes. Sogas. Trabillas. Espray de pimienta. Cerillas. Sin olvidar la bolsa de deporte donde lo llevaría todo. No tan grande esta vez, no pensaba transportar bidones de agua rellenos de gasolina.

No necesitaba ni la mitad de esas cosas, pero las había adquirido con un objetivo primordial: motivación. El aumento de adrenalina mientras hacía acopio de los materiales me mantenía vivo y con ganas de seguir adelante.

Cuando lo tuve todo organizado dentro de la bolsa, bate de béisbol incluido, me sentí magníficamente bien.

Podría decir que «poderoso». Era una tontería, me repetía, esta vez no tenía intención de quemar nada, de golpear a nadie.

Pero motivaba más la predisposición a ejecutar el plan que el mismo hecho de llevarlo a cabo.

No lo pensé un instante y di el segundo paso.

Antes de la hora de comer, me pasé por La Moraleja. Quería ver el chalet que había constituido el centro de reunión de un grupo de maníacos de la tortura y el sexo.

Pero tras las verjas de hierro forjado no quedaba una sombra de lo que hubo en el pasado. Desde la puerta se veía a un grupo de personas que charlaban animadamente con bebidas en las manos.

Niños de corta edad jugueteaban persiguiéndose por el césped.

Una reunión familiar.

Celebraban una comunión, tal vez un bautizo, tal vez otra cosa.

Todo menos un akelarre de sexo.

Estaba claro. Como había presupuesto, aquella casa no tenía nada que ver con la que le había precedido entre verjas de hierro forjado y altos setos para evitar miradas desde el exterior.

No es que me sintiera decepcionado. Era lo que me esperaba. Quizá fue el regustillo a tiempos pasados lo que consiguió emocionarme.

Una lágrima peleó por escaparse de mis ojos.

Por aquella rampa —que subía hacia la puerta de la casa cruzando el jardín delantero— había visto caminar a Elsa y a Lucy. También a Nata, aunque ella me importaba menos. Por no decir nada.

Tras unos minutos de observar la reunión familiar en silencio, me dije que aquella parte de mi misión había concluido. Allí no había nada más que hacer.

Con decisión, arranqué el utilitario camino de mi segunda parada en aquel día soleado.

*

La segunda estación en mi viaje se encontraba en la terraza de un bar donde podías beber hasta veinte tipos de cerveza diferentes. Casualmente, además, se encontraba situado frente a la entrada a la casa de los padres de Elsa.

Seguramente lo habéis adivinado.

Cierto.

Era sábado, día de comida familiar.

¿Quién me decía que no se mantenían las viejas costumbres en aquella familia de tan rancio abolengo? ¿Y que Alberto y Lucy no se presentaban a comer junto con Elsa en casa de los padres de ésta?

No recordaba haber visto ninguna noticia de los esponsales de Lucy y Alberto en las revistas del corazón o en la televisión. Pero tampoco de una separación. Imaginaba que seguirían manteniendo el noviazgo, y que, como mucho, habrían retrasado la fecha del enlace.

Eso, a pesar de que Lucy se la pegaba con muchos: conmigo, con el chófer y a saber con cuantos más. Al igual que lo hacía Alberto por su lado. Los componentes de la feliz pareja eran tal para cual.

Comí y bebí buena cerveza en una mesa frente al portal y la entrada al garaje del edificio. Desde allí controlaba a los que entraban y salían, ya fueran a pie o en coche. Nada, ni una sola cara conocida en todo el tiempo.

Sobre las cinco de la tarde desistí.

Pero mi tozudez me hizo repetir la jugada al día siguiente.

La camarera me reconoció del día anterior y me trató como un cliente habitual, ofreciéndome la mejor mesa de la terraza. A cambio le dejé una propina que hubiera puesto colorado a un alemán. Se lo había merecido la jovencita.

Pero de Lucy, Elsa o Alberto, ni rastro.

Tampoco ese día.

Dos jornadas perdidas de la manera más inútil.

Aunque gané en conocimientos sobre la cerveza belga.

No hay mal que por bien no venga, me decía bajo los efluvios del alcohol.

*

Pero, ¿no habréis pensado que iba a rendirme a la primera de cambio? Podéis apostar a que no. Ya había previsto que me llevaría tiempo conseguir resultados. Así que apliqué el plan B y mi mapa de trabajo de la semana siguiente sufrió un completo cambio.

Para empezar, dediqué algunas tardes a dar vueltas por el Centro Comercial de Serrano. Quien sabe, me dije, tal vez vuelva a tropezarme con Nata.

Estaba dispuesto a agarrarla del cuello y hacerla cantar todo lo que sabía. Afortunadamente no la encontré, la violencia contra una mujer podía haber acabado conmigo entre rejas.

A quien si descubrí fue a la madre de Elsa.

Casi de frente. Yo me hice el despistado y me escabullí.

Ella, no sé si por disimulo o por su cortedad de vista, tampoco me reconoció, y el encuentro se quedó en nada.

Solo en el regusto de tiempos pasados, al lado de una cafetera complicada y una mujer joven y excitante que había resultado ser otra fulana más.

Una lástima.

Pero había que seguir en la lucha.

Y tras estos primeros fracasos, me dio por pensar en los estudios de Lucy. Si consiguiera recordar qué estudiaba y dónde, quizá podría buscarla en la facultad, escuela o lo que fuera el centro donde cursaba.

Vano intento. La chica sin filtros hablaba a menudo de «sus estudios», pero jamás había entrado en detalle. Cabía incluso la posibilidad de que fuera otra de sus paparruchas de niña rica. Decir que no haces nada, si te preguntan, queda peor que si pasas por una estudiante universitaria.

Vía muerta también, me dije.

Tenía que pensar en el siguiente paso.

El problema es que la imaginación se me agotaba.

Y no tenía ni idea de cual podría ser.

*

Afortunadamente, el domingo por la tarde, mientras corría unos kilómetros por mi nueva barriada, tuve una iluminación: lo siguiente que haría sería apostarme a la puerta de la empresa dirigida por Alberto.

La empresa en que le había echado un polvo de venganza a Lucy, que a la postre no había sido más que otra mentira.

Fuera como fuese, tendría que planificarlo bien, ya que en una oficina el tráfico de personal solo se produce en días laborables.

Había que pensar en cómo podía volverme ubicuo para estar en dos sitios a la vez: mi propia oficina y el puesto de observación frente al edificio de la empresa de los Molinaseca.

La solución me la dio el Starbucks situado en una zona estratégica al otro lado de la calle.

Estaba un pelín lejos, pero si yo tenía algún mal en la vista no era precisamente el de la miopía.

Era hipermétrope desde niño, aunque no necesitaba gafas hasta la fecha.

Y mi vista de lejos era digna de mención.

Así que lo medité durante un buen rato y al cabo di con la tecla que buscaba.

¡Lo tenía!

La solución era el teletrabajo.

A partir del día siguiente, y aprovechando que los Starbucks están preparados para trabajar en ellos —Wifi incluida—, me instalé en el mejor punto de vigilancia del local y comencé a tomar un café tras otro para evitar sospechas.

Y a marear al PC, más que a hacer nada útil con él.

Allí, inmóvil, con un ojo en el ordenador y el otro en el edificio de enfrente, me sentí como un ornitólogo, esperando a que apareciera el pájaro en estudio. Lucy, en mi caso. Sonia, convencida de que trabajaría desde casa por no encontrarme bien, me cubría para el caso de emergencias.

El primer día de observación fue infructuoso.

Pero el segundo mi plan comenzó a dar resultados.

Y a partir de ahí, procedió a fluir como el agua de un riachuelo.

*

El segundo día, como digo, mi plan dio su primer fruto. Sobre las cinco de la tarde vi aparecer a Lucy por la puerta del edificio, aunque bien acompañada. Y quien la acompañaba no era otro que su prometido: Alberto.

Ambos se detuvieron al borde de la acera, una mano de él sujetando el brazo de ella como una garra.

Minutos después aparecía un coche señorial, pero azul metalizado.

No parecía que el coche de tío Juan fuera el protagonista tras el tiempo transcurrido.

O quizá era que el padre de Alberto había cambiado de coche.

Por supuesto, alguien a sueldo lo conducía, aunque no pude verle la cara bajo la gorra.

La parejita «feliz» subió a la parte trasera del vehículo y éste desapareció por la avenida, perdiéndose entre el tráfico.

Por alguna razón, el no ver el Mercedes oscuro me alivió momentáneamente. Era como un soplo de aire fresco en aquella aventura. Como una prueba de que todo cambia, a veces para bien.

No tardaría en darme cuenta de lo equivocado que estaba.

La siguiente vez que vi a Lucy, esta vez con un desconocido, sí que apareció el Mercedes oscuro conducido por Emilio, el chófer al que le había arreado con el bate de béisbol, tras haber visto cómo se follaba a mi querida Lucy.

A partir de ese momento, los días transcurrían con escenas similares: Lucy apareciendo sola o acompañada por alguien, y subiéndose al coche que la iba a buscar —no siempre el mismo—, antes de desaparecer por la avenida.

Tras una semana de observación, había llegado a varias conclusiones: Lucy podría estar en aquella empresa como trabajadora o una visita. Imposible adivinarlo. Pero lo que saltaba a la vista era que la controlaban.

Al menos cuando salía a la calle.

Todas las veces que la había observado, sin excepción, se había subido a un coche. Nunca le había dado por irse caminando, o por coger un autobús o un taxi.

¿Qué pasaba allí?

¿Qué misterio escondía aquel control?

Antes de dar el siguiente paso, necesitaba romper aquella vigilancia. Si no lo hacía, jamás podría acercarme a la chica sin filtros para que me explicara lo que había pretendido decirme con sus mensajes.

No iba a resultar fácil.

Pero no importaba.

Me sentía bien, a pesar de todo.

Por fin tenía una misión clara.

Y tan entusiasmado me encontraba, que hasta le busqué un nombre: «Misión liberar a Lucy».