Lucy (Mentiras y Cuernos 4) Lucy
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Lucy

Debo reconocer que la traición de la prometida de Alberto me había dejado descolocado.

Y dolido. Inmensamente dolido.

Si pensaba en ella en los tiempos de las reuniones de los sábados en casa de los padres de Elsa, la recordaba como una persona amable, simpática, abierta y muy, muy alegre.

Además de cercana.

Conmigo.

Como si se sintiera atraída hacia mí.

Su «defecto» —para el resto de la familia— era que no se mordía la lengua cuando daba su opinión sobre cualquier cosa. Yo lo veía como una virtud, sin embargo. Cuando menos, disfrutaba de lo lindo al escucharla hablar sin tapujos. Ello le había servido para ganar mi apodo de «la chica sin filtros».

Pero esa manía suya de soltar las verdades sin reservas había levantado ampollas en muchas de las personas que la rodeaban. Empezando por la misma Elsa y su primo, Alberto.

Pero no, espera.

Olvidaba que todo había sido una gigantesca mentira.

Una mentira urdida por Alberto.

Por alguna razón, cuando pensaba en Lucy, tendía a olvidar que nada de lo vivido con mi exnovia y su familia había sido verdad. Ni siquiera la misma Lucy. Que todo había sido una invención de un director de escena magistral.

Magistral, al tiempo que monstruoso.

Y cuando lo recordaba de golpe, la nostalgia me envolvía llegando a rozar la depresión.

Si no hubiera tenido a mi secretaria, Sonia, para apoyarme en algunos de esos momentos, estoy seguro de que habría necesitado buscar ayuda sicológica.

Porque, como ya he apuntado, Lucy no había sido una actriz secundaria.

En Lucy había proyectado muchas ilusiones.

En otro tiempo, mientras veía como se derrumbaba el castillo de naipes construido junto a Elsa, observaba, como contrapartida, crecer la conexión y la complicidad con la chica sin filtros.

Y en los últimos tiempos lo hizo la intimidad, cuando el sexo entre nosotros comenzó a repetirse de forma espontánea, con la sencillez que caracterizaba a aquella jovencita.

Por eso la caída de este último ídolo había dolido más que la de la propia Elsa.

Infinitamente más.

La imagen de la chica sin filtros follando con el chófer de los Molinaseca me había partido el alma.

Y, como colofón, el bloqueo de Lucy en todos los canales de conexión que habría podido utilizar para pedirle explicaciones me rompió por completo.

Solo por enumerarlos, podía decir que la había perdido en el móvil, en wasap, Instagram, Facebook, Twitter, y un largo etcétera de apps que, aunque yo no usaba de forma cotidiana, Lucy había abandonado para evitar que me pusiera en contacto con ella.

Me había borrado de su vida de forma total y absoluta.

Y ella había quedado borrada para mí de igual manera.

Como si nunca hubiera existido.

*

Aquel viernes de mediados de mayo, sin embargo, algo iba a cambiar.

El día había sido largo, pero llegaba la hora de acabar la jornada laboral y pretendía unirme a un grupo de amigos que había hecho en los últimos tiempos en un pub cercano a mi nuevo domicilio.

Ese tipo de ambientes donde nadie se conoce del todo y, quizá por ello, nadie te juzga. A cambio de que tu hagas lo mismo.

Allí se bebía, se jugaba al billar, a los dardos, a las cartas… y se discutía de fútbol.

Pero, sobre todo, te olvidabas de las amarguras de la vida «cotidiana».

Sin embargo, aquella tarde iba traer sorpresas insospechadas.

Un nuevo giro de guion en mi vida.

Este comenzó con un beep-beep de aviso de mensaje entrante.

Dejé el taco de billar a un lado y con indolencia extraje el móvil de un bolsillo y lo desbloqueé. Abrí wasap suponiendo que sería cualquier meme de los muchos que llegan a diario.

Pero la mandíbula se me descolgó al ver de quien provenía el mensaje. Y la sangre se me congeló en las venas.

Porque provenía de Lucy.

—¿Alguna factura sin pagar? —bromeó uno de mis nuevos amigos—. Por esa cara que pones, debe ser de las gordas.

—No… no… —creo que conseguí decir—. Es de una… amiga… Seguid jugando sin mí, ahora vuelvo.

Escapé a gran velocidad y me encerré en un baño. Luego me senté sobre la tapa del inodoro. Las piernas no me sujetaban.

Miré el nombre de la chica sin filtros sobre la pantalla durante varios minutos, sin atreverme a entrar en el chat. Hacía demasiados meses desde la última vez que hablé con ella. ¿Por qué razón me enviaba un mensaje ahora? Tenía que ser un error. Otra cosa era imposible.

Tardé un tiempo en recobrar la compostura. Al cabo, armado de un valor que no sentía y con las pulsaciones latiendo en mis sienes, cliqué en su nombre y el chat se abrió ante mí.

Sin más preámbulos, leí y mi sangre bajó aún más de temperatura.

No se trataba de uno, sino de dos mensajes.

El primero era realmente extraño. Un mensaje que solo podíamos entender ella y yo.

LUCY: Ya sé quién era el quinto hombre que no reconocimos a la salida del chalet.

El segundo parecía un ofrecimiento de cita.

LUCY: Tengo que verte. Es urgente… Busc

Si me hubieran clavado una aguja en ese momento, no habría salido sangre de mis venas. ¿Qué hacía Lucy escribiéndome seis meses después de haberme expulsado de su vida? ¿Y por qué lo hacía de aquella misteriosa manera?

Como una centella comencé a escribir mensajes de respuesta.

Uno tras otro, sin pensar.

Haciendo las preguntas que se acumulaban en mi mente.

SERGIO: Cómo que el quinto hombre?

SERGIO: A quién te refieres?

SERGIO: Dónde estás?

SERGIO: Cómo nos vemos?

Pero la bolita que indicaba con su giro continuo que los mensajes no llegaban a su destinatario apareció en todos ellos.

No cabía duda: Lucy había vuelto a bloquearme.

La desazón volvió a mí como un alud de nieve que me enterraba una vez más. Y, por más que me esforzaba, no conseguía comprender.

¿Por qué la chica sin filtros me hacía aquello? ¿Me enviaba un mensaje casi en clave para luego dejarme con la miel en los labios?

Aunque, si lo pensaba bien, tal vez no había sido ella la que me había bloqueado. La última palabra, “Busc”, había quedado a medias. Tal vez significaba “Búscame”, pero parecía haber sido cortada. Tal como quedaría si alguien le hubiera arrebatado el móvil de las manos mientras escribía.

Un nudo en mi estómago comenzó a retorcerse.

Y la desazón que habitualmente sentía al pensar en ella se multiplicó por diez.

Por cien.

Por mil.

*

Puedo afirmar sin temor a mentiros que aquella noche no conseguí pegar ojo ni un solo minuto.

Le daba vueltas y vueltas a lo mismo: ¿Por qué Lucy se había puesto en contacto conmigo?

Y al hacerlo, ¿por qué mencionaba al quinto hombre —el encapuchado—, al que vimos salir la tarde en que me soltó aquella ristra de mentiras sobre su nuevo hogar, empujándome a hacerme ilusiones?

Lo primero en que pensé fue en una nueva trampa.

Quizá Alberto y su padre habían decidido vengarse de mi atrevimiento al incendiarles el chalet. Una cosa es que lo hubieran tapado de cara al público, y otra muy diferente que lo hubieran olvidado. Tal vez habían dejado enfriar sus ansias de venganza.

Hasta ahora.

Por otro lado, podría tratarse de algo diferente.

¿Qué ganarían con un anzuelo tan vulgar?

¿Pretendían atraerme a su red tan solo por la curiosidad de saber quién era un hombre en el que no había pensado ni un solo segundo en todo este tiempo?

¿Creían que a estas alturas me importaba saber quién coño era?

Mi conclusión era clara: ni de coña.

Si Alberto hubiera querido darme una lección, podría haberme enviado unos matones a la puerta de mi casa.

Llevaba el bate de béisbol en el coche desde la noche del incendio, pero frente a unos sicarios profesionales no habría tenido nada que hacer.

Podrían haberme jodido muchos huesos. O, peor, haberme liquidado y enterrado en algún rincón de la sierra madrileña.

No, decidí cuando los presentadores del radio despertador comenzaban a desearme los buenos días del sábado. No era cosa de Alberto. Había algo más.

Me levanté decidido y me metí bajo la ducha. El agua fría sobre la cabeza solía ayudarme a enfocar los problemas, los profesionales sobre todo, pero también los personales.

Minutos después ya disponía de un diagnóstico: (1) Aquellos mensajes provenían realmente de Lucy; (2) le habían quitado el móvil de las manos antes de acabar el segundo; (3) la palabra «Busc» significaba claramente: «búscame».

Y no me podía quedar quieto ante esa llamada.

Tenía que hacer justamente eso: buscarla.

Tras la ducha y el desayuno, me sentí reconfortado.

Hacía tiempo que no había tenido una motivación tan clara para desear vivir.

Iba a buscar a Lucy e iba a preguntarle que me había querido decir.

El espía Sergio había vuelto a la vida.

Y se iba a poner en acción de forma inmediata.