Lucy (Mentiras y Cuernos 4)
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Seis meses tras el incendio
El año terminó, dejándome la soledad de un piso desconocido como testigo mudo de mi separación de Elsa.
Un espacio nuevo, una nueva vida, una soledad no deseada.
Y cada vez me sentía peor. Intentaba no pensar en lo sucedido para no caer en un pozo oscuro, pero lo conseguía solo a medias, varios meses negándome a recordar.
Al final tuve que rendirme.
Luché como pude, me resistí, pero no conseguí evitar la vuelta al pasado.
Finalizaba la primavera del año siguiente cuando mis barreras cayeron y me permití reflexionar sobre mi vida. Comía ese día en casa. A solas. Sin prisas. Nadie me esperaba.
Para empezar, centré la atención en Sonia, mi secretaria.
Esa noche habíamos dormido juntos y desayunado en la mesa de la cocina. La mesa donde me había follado a Lucy en nuestra antigua casa. La consideraba mía y Elsa no se había opuesto a que la llevara conmigo.
Sonia acababa de marcharse a su casa. Había quedado con su marido para comer, tras «haber dormido en casa de una amiga».
Era un sábado cualquiera. Esa noche habíamos follado como tantas otras veces desde que comenzamos a jugar en mi despacho.
Lo hacíamos muy de vez en cuando, no vayáis a creer, a veces en su casa y a veces en la mía.
Pero no considerábamos que hubiera una «relación» entre nosotros, estrictamente hablando.
Éramos dos compañeros de trabajo que se aliviaban mutuamente echando un polvo cuando alguno de los dos levantaba la mano para pedirlo.
—Estoy que me muero de ganas, Sergio, ¿me follarías esta noche?
Preguntaba ella a veces.
—Estoy harto de dormir solo, ¿dormirías conmigo a cambio de comerte esa almejita de puta que tienes?
Le pedía yo cuando me sentía de bajón.
Así, entre bromas y veras.
Sin falsos pudores.
Y el otro casi nunca se negaba.
Así que le pusimos una etiqueta a lo nuestro: éramos «follamigos». Sin pasado, sin futuro, solo darnos apoyo cuando alguno de los dos lo necesitaba. En la cama, eso sí.
Ya se sabe, los amigos se cuidan entre ellos sin juzgarse.
Después del sexo, cada uno a su casa y a su vida. Ella con su marido, a quien decía amar por encima de todo y con quien pretendía tener hijos, aunque no fuera a corto plazo. Yo, a mi nuevo hogar, a solas, ya que por aquel entonces no tenía a nadie que me calentara la cama, literalmente hablando.
Miré hacia la nevera pensando en qué tomar de postre.
Había helado. Lo había traído Sonia la tarde anterior.
Para después de la cena. Pero no habíamos conseguido llegar a los postres y, antes de sacarlos, ya jadeábamos rodando por el parqué del pasillo como enajenados.
No nos dio tiempo de llegar a la cama. El polvo fue de antología, 9,6/10 según la misma Sonia.
Pero eso ya era pasado.
El helado sirvió como excusa perfecta para volver al presente.
Y mis pensamientos giraron varios grados.
Ahora volaban hacia el chalet de la Moraleja.
El incendio de aquella casa quedaba lejano en mi memoria. Los ecos del incidente se habían apagado de forma rápida en los medios de comunicación, como la llama de una cerilla cuando ya no hay rabo. Y no había salpicado a nadie.
Afortunadamente.
Tampoco es que me sorprendiera, era lo que había imaginado cuando desarrollé mi plan de revancha.
Y se había cumplido a rajatabla. Obviamente, no les interesaba el escándalo que se produciría si se descubrían los secretos de la casa.
Mejor no acusar a alguien que pudiera sacar a la luz temas que suscitarían muchas preguntas.
Pero es que tampoco les importaba una mierda la misma casa.
A rey muerto, rey puesto, habrían pensado tío Juan y el mismísimo Alberto.
Y a saber dónde habrían asentado su nuevo reino.
A veces había sentido la tentación de buscarlos.
Pero Madrid es demasiado grande para peinarlo como el espía de pacotilla en que me había convertido al perseguir a Elsa.
Elsa.
De nuevo tocaba volver al presente. Ahora era ella mi foco de atención. El tercer punto de mi lista de reflexiones. Mi dulce novia. El amor de mi vida.
O, al menos, la relación más larga.
Aún la echaba de menos. A veces.
Al poco tiempo del incendio había dejado de verla por el edificio donde se ubicaban nuestras respectivas oficinas.
Pregunté a los amigos comunes y todos dijeron lo mismo: mi exnovia se había cambiado de empresa.
A nadie le extrañaba, por otro lado. Su familia regía un sinfín de compañías y era más que probable que hubiese accedido a un alto cargo en alguna de ellas.
Predestinación por razones de sangre, podría decirse.
Lo que sí extrañaba a muchos, incluyendo a Sofía, era que hubiera roto todo contacto con sus antiguos compañeros y amigos. Ella misma, sin ir más lejos.
—En los últimos tiempos la había notado rara —me confesó Sofía mientras desayunábamos un día—. Pero yo imaginé que era por problemas entre vosotros y que ya se le pasaría en cuanto os reconciliarais.
—Pues ya ves que no… —respondí yo, fingiendo desinterés.
Ni loco iba a contarle la verdad de lo que había sucedido entre nosotros.
No se lo merecía.
Sacudí la cabeza y borré a Sofía de mi mente.
El foco iluminó de nuevo a Elsa en mis pensamientos.
Tenía que reconocer que nuestra separación había dolido. Aunque, a decir verdad, menos de lo esperado. Mi conclusión era que había dado por perdida a mi novia desde mucho antes de nuestra separación definitiva, por eso no dolía tanto su repentina salida de mi vida.
Muy al contrario, a veces notaba una fuerte sensación de alivio, como quien se quita una pesada carga de encima.
La fecha concreta que le ponía al inicio del fin era la noche en la que al llegar a casa me encontré sobre el espejo un posit en el que me anunciaba que se había ido a tomar unas copas con mi amigo —examigo, a estas alturas— Loren.
Nuevo giro, nuevo rostro.
El de la hijastra de Loren: Amy.
Ahora era ella la que ocupaba mis pensamientos.
Aunque, en realidad, de ella puedo decir muy poco.
Desde que su madre se la había llevado a Estados Unidos, no había vuelto a saber nada de ella ni de su vida.
Mejor así. No me apetecía meterme en más líos con una cría como ella.
Aunque fuera mayor de edad. Bastantes tenía con las mujeres completamente hechas con las que me había cruzado en los últimos tiempos.
Amy había sido tan solo una actriz secundaria a quien nadie echa de menos cuando la asesinan en la película.
Y lo mismo que de Amy, podría decir de Nata: nada.
Desde que había cortado de raíz mi relación con los Molinaseca, la amiga de Elsa se había evaporado con ellos.
Por suerte, debo decir.
Nuevo giro del pensamiento: foco sobre los hombres que nos rodearon a Elsa y a mí durante nuestro noviazgo.
¿Qué decir? No mucho. De los hombres, prefiero ni hablar.
Por nuestra vida habían circulado muchos, y puedo afirmar que ninguno para bien.
Desde Alberto y su padre, tío Juan, hasta Andrés, pasando por Loren, Chema, el libanés y sus amiguitos del barco.
Un larguísimo número de artistas invitados a los que he intentado no dedicar ni el mínimo pensamiento en todo este tiempo.
Si por error lo he hecho, mi mente ha volado hacia el bate de beisbol con el que había destrozado el coche de Andrés. Y me he sentido con fuerzas para repetirlo.
Pero esta vez no golpearía a un indefenso coche.
*
Pensaba en todos los anteriores personajes del teatro de mi vida de una forma desordenada. Aunque he organizado la lista para vosotros, en realidad mi cabeza era un batiburrillo de ideas sueltas que giraban en mi interior sin medida ni control.
Aunque falta alguien en esa lista.
Tal vez lo halláis notado.
Y ese alguien es Lucy.
La he dejado para el final porque Lucy es un tema aparte.
Ella nunca fue un personaje de relleno.
Lucy era… eso, Lucy.