Mentiras y cuernos 3 La hora de la ira #5
98%

La hora de la ira #5

Las llamas que asomaban por las ventanas del lateral derecho ya eran columnas de un metro. El humo negro subía recto hacia el cielo sin nubes.

Luego salieron ellas.

Y el corazón me dio un vuelco.

Primero, Nata. Iba con poco encima, lo justo, sujetándose algo alrededor del cuerpo, con los brazos cruzados y corriendo descalza.

Tenía el pelo revuelto y la cara de alguien sacado a la fuerza de un sitio en el que no esperaba que le interrumpieran.

Se detuvo a unos metros de la verja, tosiendo, mirando hacia arriba.

Detrás de ella salió Elsa. Con ella, cogida del brazo, iba Lucy.

Se quedaron paradas entre la gente. Llevaban muy poca ropa, lo suficiente para no ir completamente desnudas, con el pelo pegado a la cara por el calor y los ojos brillantes por el humo o por el susto, o por las dos cosas a la vez.

Estaban bien. Las tres estaban bien.

Pero no eran las únicas. Tras ellas conté a otras cuatro, tal vez cinco, mujeres. Dos de ellas mayores, las otras muy jóvenes. Todas ilesas, tuteladas por un hombre que las abarcaba con los brazos para que no se detuvieran y fueran hacia la calle. Dos de las jóvenes iban atadas con gruesas cuerdas.

¡Joder!, había asestado el golpe en un día de campanillas. Que yo supiera, nunca había habido tanta gente en un «akelarre».

Al menos yo no lo había visto.

Se me relajó algo en el pecho. Me lo había preguntado mil veces mientras preparaba el plan: «¿Y si alguien no sale?

». Cada vez que la pregunta asomaba la apartaba a un lado.

No debía pensar en ello. El fuego se propagaría despacio al principio.

El humo tardaría en subir al segundo piso, donde estaría el espectáculo. Había tiempo de sobra.

Y había habido tiempo de sobra.

Me permití respirar. Habían salido todos ilesos.

Nadie había sufrido nada más que un susto que no olvidaría.

Incluso Emilio estaba bien, corriendo de un lado para el otro y ayudando a quien lo necesitaba.

De alguna manera se había conseguido liberar, imaginé.

O quizá alguien le habría encontrado y desatado.

Daba igual, mejor saber que estaba bien, no tenía nada contra él.

Si se había follado a Lucy fue porque ella se había dejado.

No valía la pena pensar más en ello.

En torno a mí, el vecindario se había convertido en una especie de audiencia involuntaria, con los móviles levantados grabando y los vecinos juntándose unos con otros. Se confirmaba que alguien había llamado a los bomberos. A lo lejos se empezaba a escuchar una sirena. Luego otra.

Me quedé donde estaba.

Sin correr. Sin moverme. Quieto, como uno más.

Busqué con la vista a tío Juan entre el grupo que había salido del chalet.

No le vi de inmediato, pero tampoco era lo más importante.

Lo que importaba era que el chalet ardía y que todo el mundo estaba fuera y que yo estaba de pie en la acera con las manos en los bolsillos; y nadie en el mundo habría podido imaginar que el tío del fondo con la gabardina beige era el responsable.

A Alberto, sin embargo, lo vi enseguida.

Estaba al fondo del grupo, hablando por teléfono con cara de haber visto el fin del mundo, gesticulando hacia el chalet como si pudiera apagarlo a base de aspavientos.

Iba con traje —o con lo que quedaba de un traje, sin corbata, con la camisa por fuera—, y en ese momento me di cuenta de que había algo casi cómico en ver a un hombre de su porte completamente descuadrado.

Alberto, que siempre iba de señor, de dueño del universo.

Así, en la acera, con los zapatos humeantes y el chalet del club de los horrores ardiendo a sus espaldas.

Un camión de bomberos doblaba la esquina.

Me aparté un poco para dejarle paso.

*

Cuando decidí marcharme, los bomberos trabajaban ya sobre el chalet. El fuego del lateral derecho cedía bajo los chorros de agua. El Porsche del garaje seguía ardiendo, pero también lo tenían rodeado. Desde donde estaba llegaba el olor a goma quemada, a madera carbonizada, a cosas caras ardiendo.

Me di la vuelta. Nadie me miró.

Caminé de regreso al coche alquilado con el mismo paso tranquilo con que había llegado. Saqué las llaves de un bolsillo y me senté al volante.

Salí de La Moraleja veinte minutos después. La confusión que se había formado por el incendio había taponado casi todas las calles.

*

Eran poco más de las doce cuando llegaba al hotel. Intenté que nadie me viera entrar, pero imaginé que sería imposible. Aunque pasé del parking al ascensor y de ahí a la habitación, sabía que en todo mi recorrido habría cámaras.

Mejor no pensar en ello y caminar despreocupado, como quien no tiene nada que esconder.

La bolsa con todos sus componentes —desde el pasamontañas hasta el bate de beisbol— los había ido esparciendo por diferentes contenedores de basura a lo largo del camino de vuelta, dando rodeos para evitar generar un patrón. Si alguien quería atar cabos, lo iba a tener difícil.

Tras una larga ducha me metí en la cama.

Me quedé mirando al techo unos minutos. Pensaba en todo y en nada. Luego dejé de pensar. Había cosas a las que ya no le daba vueltas. O al menos lo intentaba.

Cerré los ojos.

Y dulcemente me dormí.