La hora de la ira #4
«Demasiados thrillers he visto», pensé, «de algo me tenían que servir».
Me puse la chaqueta del chófer. Me sobraba por todos lados, dada nuestra diferencia de talla.
La pistola la arrojé debajo del coche. Nada de armas.
Rebusqué en el bolsillo donde le había visto guardar las llaves de la casa.
Allí estaban, esperándome pacientes. Su gorra me la encasqueté hasta los ojos.
Me miré en el espejo retrovisor.
En la penumbra de la noche, con la gorra calada y la chaqueta de Emilio, nadie que mirara desde dentro de la casa o desde alguna cámara me iba a reconocer.
Sobre todo, si mantenía la cabeza baja. Aun así, dudaba de que nadie desde el interior estuviera mirando las imágenes de las cámaras de seguridad.
Solo la IA que según Nata estudiaban las grabaciones en tiempo real podían darme un buen susto.
Si es que eso no era otra de las mentiras de Alberto.
Cuando me sentí preparado, crucé la calle y cogí la bolsa de deporte que había dejado junto a los cubos de basura.
Y después me dirigí hacia la verja.
*
El videoportero estaba a la derecha de la puerta, empotrado en uno de los pilares de piedra.
Una pantalla pequeña, un botón iluminado en azul tenue.
Esperaba no tener que usarlo. En mi plan no entraban las llaves —tenerlas había sido un golpe de suerte— y había contado con pulsarlo.
Disponer de ellas era una prueba de que el karma existe.
Si estas funcionaban —no tenía por qué dudarlo—, era la primera buena noticia de la noche.
Metí una llave en la cerradura. Nada. Luego otra y luego otra. En el llavero había ocho llaves, y solo a la quinta conseguí que la puerta se abriera. Al hacerlo, la empujé unos centímetros y apreté los dientes por si las alarmas se activaban.
Silencio total.
Perfecto.
Entré en el jardín.
El camino de adoquines hasta la puerta principal medía unos treinta metros.
Los recorrí despacio, sin prisa, con la cabeza gacha.
Desde las ventanas del primer piso llegaba una luz cálida y filtrada, y ahora podía escuchar mejor el ruido interior: música, voces amortiguadas, alguna risa que se cortaba.
Algún grito.
De alguna esclava, imaginé.
Gritar sería parte del montaje, supuse, imaginando que lo que allí dentro se desarrollaba no era más que eso, una obra de teatro, sexo aparte. Porque el sexo sí que parecía real. Yo mismo lo había visto con mis ojos. Y en directo en el Mercedes minutos antes.
Para mi desgracia.
Di la vuelta al chalet por la izquierda, siguiendo el camino que rodeaba la casa hasta llegar al jardín trasero.
Este jardín era enorme. Una piscina cubierta por una lona de invierno, dos pistas de pádel, una zona de barbacoa con mesas y sillas de exterior apiladas y cubiertas.
Todo quieto. Todo perfectamente invisible desde la calle.
Me detuve. Abrí la bolsa.
Miré los dos elementos principales de mi fiesta particular: dos botellas de gasolina con ocho litros cada una. Recipientes de agua cortesía de Mercadona, vaciados y rellenados de madrugada en una gasolinera autoservicio.
El coche aparcado a tres manzanas como medida de seguridad.
Saqué las botellas, las coloqué en el suelo y quité los tapones. El olor me llegó de inmediato. Me aclaró la cabeza de golpe, penetrándome la nariz como un cuchillo.
Tomé una de ellas y empecé por la parte trasera.
La fui vertiendo despacio, sin derrochar.
Distribuí la gasolina donde haría más daño: bajo los marcos de las ventanas de la planta baja, que eran de madera; a lo largo del alféizar de una puerta trasera; en la base de una estructura de madera que sostenía una pérgola llena de plantas trepadoras secas.
Seguí rodeando la casa por el lateral derecho. Un coche aparcado en el garaje al aire libre —un Porsche Cayenne de matrícula nueva— recibió también su parte. Le vertí la gasolina en el hueco de las ruedas y a lo largo del borde inferior de las puertas.
La segunda botella la esparcí en la parte delantera.
Más marcos de ventana. La base de los dos macetones de piedra que flanqueaban la entrada. Y luego, con lo que quedaba, tracé un reguero continuo desde la puerta de entrada hasta la verja del jardín, unos doce metros de camino de adoquín que quedaron empapados y brillantes bajo la luz de la luna.
Al finalizar, guardé las botellas vacías en la bolsa.
Luego me quedé un momento quieto ante la puerta. El olor a gasolina lo impregnaba todo. Desde dentro del chalet llegaba la música, las voces, los ruidos de la fiesta.
«Esto es por Elsa», pensé. «Y por Nata». «Y por Lucy».
«Y por todo lo que habéis hecho con impunidad durante años, hijosdeputa».
Luego me corregí: «No, no es por ellas. Esto es por mí».
Saqué la caja de cerillas del bolsillo.
Rasgué una con calma y encendí el resto de ellas con su llama, que prendieron a la vez con un pequeño soplido. La llama azul se volvió naranja enseguida, estable en el aire quieto de la noche. Me arrodillé y las acerqué al reguero de gasolina que había dejado junto a la puerta.
El fuego corrió.
La línea naranja avanzó por los adoquines hacia la puerta y se bifurcó en los dos regueros que llevaban a los lados de la casa.
En menos de diez segundos el marco de la puerta principal ardía.
En menos de treinta, el lateral derecho era ya una cortina de fuego que trepaba hacia los marcos de las ventanas.
Me quedé mirándolo un momento. Solo un momento.
Luego me moví. Me colgué la correa de la bolsa al hombro, crucé la verja, que seguía abierta, y anduve hacia el callejón. Me fijé al pasar que Emilio seguía inconsciente, con el reflejo anaranjado del fuego moviéndose ya en el parabrisas.
Me alejé del Mercedes. Y con la misma precisión con que había llegado, me volví hacia el coche alquilado.
Dentro de él, me quité la chaqueta, la gorra y el pasamontañas.
Luego me puse una gabardina beige, de hombre inocente.
Me cambié de zapatos: unos Yanko nuevos se fundirían mejor con el entorno.
Después me coloqué la Peaky Blinders y mis gafas de ver de lejos, y volví hacia el chalet, quedándome a cierta distancia de él, entre la gente que se agolpaba alrededor del fuego.
Me fijé en la acera de enfrente, donde ya había varios vecinos mirando desde la ventana de su casa sin entender qué estaban viendo.
Desde el otro lado de la manzana llegaban voces.
Alguien había visto el resplandor desde su cocina.
Alguien gritaba. El fuego ya era visible por encima del muro perimetral: una luz anaranjada que no paraba de crecer.
Llegaron más vecinos.
—¡Que llamen a los bomberos! —clamaba una voz.
—¡Ya les han llamado! —respondía otra—. ¡Están de camino!
Me acerqué y me mezclé entre ellos con las manos en los bolsillos. Nadie me miraba. Todos miraban al fuego.
Un tipo de unos sesenta años, en pijama y con zapatillas caseras, se colocó a mi lado con los brazos cruzados y dijo, sin dirigirse a nadie en concreto:
—¿Saben si hay alguien dentro?
—Ni idea —respondí—. Pero espero que no.
Las alarmas del chalet comenzaron a tronar cuando el fuego ya llevaba media hora. Un pitido agudo, estridente, que rasgó la falsa calma del residencial y debía de estar despertando a todo el vecindario en un radio de diez manzanas. La música interior se había callado.
Y entonces comenzaron a salir.
Primero los hombres.
Salieron en tropel, algunos en camiseta, otros con los pantalones en las manos, todos con esa cara de desorientación de quien estaba en medio de algo y de pronto se encuentra en la calle.
Ocho, diez, quizá doce. No los conté bien porque entraron y salieron por la verja principal en desorden, empujándose, alguno gritando por el móvil, otro mirando hacia atrás como si se hubiera dejado algo importante dentro y estuviera considerando si valía la pena volver a buscarlo.
No valía la pena.