La hora de la ira #3
En el momento había imaginado que esa pregunta estaba relacionada con su ofrecimiento de compartir su nueva casa conmigo. Pero estaba claro que se había tratado de una excusa para distraer mi atención.
Igual que el mismo sexo.
Todo un teatro bien montado —como el de Nata—, con el único objetivo de sacarme información sobre el estado de mi relación con Elsa.
Y, ahora que lo pensaba, era más que probable que hubiera intentado sonsacar mis planes para con la casa de los horrores.
Después de la revelaciones de Nata, debían de temerse que estuviera planeando algo, y no se habían equivocado.
Había sido solo suerte no comentarle nada sobre la idea —aún difusa— que tenía en mente.
¡Porque Lucy me había tendido una puta trampa!
De haber tenido más formado mi plan, quizá se lo habría soltado de pleno. ¡Confiaba en ella totalmente! Y me habrían estado esperando para encadenarme y meterme en un furgón de policía.
¡La muy zorra!
Había algo que dolía especialmente. Me había preguntado durante horas por qué Lucy me había ofrecido su casa, algo que no pensaba cumplir.
No necesitaba llegar a tanto para sonsacarme información.
¿Por qué burlarse de mí de aquella forma?
¿Tanto me odiaba? Si hasta el momento parecía una amiga fiel.
¡Hasta se había dejado follar en mi casa y en el despacho de su novio!
Ahora sabía por qué.
Alberto era también el artífice de este engaño.
La mano negra detrás de todo, ¿cómo no?
La mano que había maquinado mi separación con Elsa atacando con toda la artillería. Incluyendo a Lucy, su prometida. Joder, ¡si hasta había montado un chat durante meses con el único objetivo de dejarme descubrirlo en algún momento y así reforzar mi confianza en ella!
¿¡Se podía ser más siniestro!?
¿¡Y más hijodeputa!?
Y vaya si había conseguido que confiara en ella. Para mi desgracia. ¡Menuda actriz! Me lo había tragado todo como un corderito. Hasta había llegado a hacerme ilusiones de futuro con ella.
Alberto un hijo de su madre. Correcto.
Pero, en cuanto a mí: ¿¡Se podía ser más gilipollas!?
*
Cuando Lucy y Emilio acabaron de fumar —el chófer mostrándose más que respetuoso, servil—, ella le pidió algo:
—¿Me puede abrir la puerta del jardín, Emilio? Voy a entrar, casi es mi hora.
—Sí, señorita… por supuesto —respondió él solícito y seguido por ella se dirigió hacia la puerta de rejas. Un llavero salió de un bolsillo de la chaqueta y, con un movimiento certero, ésta quedó abierta.
—Gracias, Emilio, ya hablaremos… —dijo pasando al interior por el hueco que él le ofrecía.
—Cuando usted quiera, señorita Lucy… —respondió el chófer, y luego le dio un consejo—: Tenga cuidado, me ha dicho un pajarito que hoy van a ahorcar a alguna de las tres. Espero que no sea usted, señorita…
—No se preocupe, Emilio —replicó ella—. En peores plazas hemos toreado…
Y despacio, moviendo sus caderas de la manera que recordaba, Lucy llegó hasta la puerta de madera, tocó el timbre y esperó. Unos segundos más tarde, la puerta se abrió y la chica sin filtros se perdió dentro de la casa.
No me cupo duda, Lucy era otra de las esclavas de los dos tipos más hijosdeputa que he conocido jamás. Había bromeado con ella en el coche sobre su posible participación junto a Nata y Elsa. Y nos habíamos reído juntos.
Ojalá la ahorcaran a ella esa noche. Y todas las noches de la siguiente semana. Una pena no poder presenciarlo.
Respiré profundo.
Volví al presente.
Me apoyé en el árbol más cercano y vomité la cena sin hacer ruido.
*
Me había sentado en la acera y dejaba pasar el tiempo. Eran casi las once y tenía que actuar cuanto antes. Pero había un problema inesperado: el cuerpo no me obedecía.
A pesar de la ira.
A pesar del odio.
La vergüenza, el pudor, el ridículo al haber confiado en todas las mujeres de aquel clan me hacían sentir como el tipo más imbécil de la tierra.
Las imaginaba a todas reunidas, charlando sobre mí y mofándose.
«Vaya un idiota te echaste de novio», diría una.
«Pues anda que tú, que tuviste que cargar con él como amante…».
«Y anda que ésta, que tuvo que hacerse pasar por la mujer de Lucio, y hasta dejarse morrear por él en el centro comercial».
Y todas se reirían a la vez.
Sentado en el bordillo de la acera como me hallaba, hundí la cabeza entre las rodillas y sentí ganas de llorar. Incluso de abandonar. Si, después de todo, me detenían y acababa en la cárcel, la risa de todos los que se habían burlado de mí iba a terminar de romperme.
Finalmente, cuando daban las once y media, algo en mí se despertó por fin. Tenía que hacerlo ese día. No había otro. Empezar desde el principio no me sería posible. Los de la casa estaban en guardia. Y pronto cambiarían de residencia.
Era ahora o nunca.
A duras penas conseguí ponerme en pie. Me zafé de la vigilancia de Emilio, que ahora fumaba sentado al volante y con la ventanilla bajada, y caminé aprisa hacia el Seat León.
No habían dado las doce cuando estaba de vuelta en mi puesto de observación tras los cubos. La bolsa de deporte a los pies. El bate de béisbol en la mano.
El viaje hasta el descampado —ida y vuelta— me había sentado genial. El frescor de la noche y el tiempo de reflexión habían conseguido despertar mi ira una vez más.
El combustible que necesitaba mi cerebro para tomar el control.
También había conseguido hacerme superar la sensación de pobre idiota que me había quedado tras presenciar el sexo entre Lucy y el chófer.
Cuando volví a mi sitio en el bordillo tras los cubos, sabía que no había vuelta atrás. Aquellos cerdos —desde el primero hasta el último— se iban a acordar de mí.
Respiré profundo. Organicé mis pensamientos. Me centré en el chofer.
¿Qué sabía de él?
Emilio era un hombre grande. Mayor, pero grande y fuerte: metro noventa, ancho de hombros. Y estaba en forma, gym varias veces por semana, se lo había oído decir cuando hablaba con Lucy tras el sexo.
Llevaba, además, pistola bajo la chaqueta, del lado izquierdo, sujeta en una sobaquera. Lo había comprobado por mí mismo. Era un hecho que tenía que manejar con cuidado.
Con mucho cuidado.
Lo primordial, sin embargo: el tipo se mantenía mucho tiempo sentado al volante.
Como en esos momentos.
Mientras pensaba, miraba fijamente el punto rojo de un cigarrillo encenderse y apagarse. Emilio fumaba. Mucho. Eso significaba que mantendría la ventanilla bajada, mientras no se apeara a estirar las piernas.
Por otro lado, llevaba en su puesto de vigilancia mucho tiempo. No solo hoy, sino desde que yo le observaba. Y posiblemente desde mucho antes. Así que se encontraba tranquilo, confiado, con esa actitud del que lleva meses haciendo lo mismo sin que pase nunca nada.
Tenía que aprovechar esa confianza.
El momento había llegado.
Rodeé la manzana de casas por el otro lado, alejándome del callejón y volviendo a él desde el extremo opuesto, a espaldas del Mercedes. Así me acercaría por detrás y por la derecha, cuidándome de no entrar en el ángulo de visión del retrovisor izquierdo, el del conductor.
Caminé despacio.
Muy despacio.
Los adoquines de la acera se mantenían silenciosos bajo mis deportivas, pero aun así pisaba con cuidado. El sudor me chorreaba en las palmas de las manos, dentro de los guantes, y me di cuenta de que mi respiración se había vuelto más corta e irregular.
Quince metros. Diez.
El punto rojo del cigarrillo brilló de nuevo. Vi la silueta de Emilio recostada contra el asiento, la cabeza ligeramente ladeada hacia la ventanilla. Parecía mirar hacia la verja del chalet. Totalmente absorto. El programa de radio que sonaba en el coche —rock de los ochenta— era mi aliado.
Cinco metros.
Me detuve. Respiré. Ajusté el bate bajo el brazo, cambiando el agarre para sujetarlo firmemente. Quería algo preciso, rápido y que no dejara daño permanente. Un golpe lateral, justo por encima de la oreja. Lo había leído en Internet y lo había ensayado en la habitación del hotel más de cien veces.
Dos metros. Solo tenía una oportunidad.
Uno. Rodeé el coche.
Estaba justo al lado de la ventanilla cuando Emilio giró la cabeza.
Durante una fracción de segundo —medio segundo, quizá menos— nuestras miradas se encontraron.
Mi aspecto con el pasamontañas le debía de estar provocando mucho miedo.
Esperé que pánico. Vi sus ojos abrirse como platos, la mano moviéndose instintivamente hacia el lado izquierdo del pecho donde llevaba la pistola.
No le dejé llegar.
El golpe le alcanzó limpio, seco, con toda la rabia que tenía acumulada desde hacía semanas. Pero especialmente aquella noche. El bate fue directo hacia su frente y no pudo esquivarlo. El sonido fue sordo, apagado, nada que pudiera oírse en los alrededores. Mucho menos desde dentro de la casa.
Emilio ni siquiera llegó a emitir un sonido. La cabeza se le fue hacia el lado contrario y su cuerpo se arrugó contra el asiento del copiloto, sin tensión, sin resistencia.
Me quedé inmóvil tres segundos.
Nada. La calle seguía muerta. El programa de radio seguía sonando. El cigarrillo había caído sobre el asfalto y lo apagué con el pie.
Rodeé hasta la puerta del acompañante, la abrí con cuidado. Luego me ocupé de Emilio. Le puse una mano en el cuello. Seguía vivo. Suspiré, agradecido a las alturas. Lo único que me faltaba era un asesinato para redondear la noche.
Saqué las trabillas de plástico del bolsillo y, después de quitarle la chaqueta y la pistola, le até las muñecas detrás de la espalda, pasando los brazos por debajo del volante para que no pudiera tirar hacia arriba.
Luego le até los tobillos. Lo hice metódicamente, sin prisa, comprobando que cada amarre quedara firme, no podía permitirme sorpresas.
La cinta americana vino después. Le puse primero en la boca, con cuidado de no cubrir la nariz. Luego sobre los ojos. Pasé la tira rodeando la cabeza en los dos casos. Necesitaba que cuando volviera en sí no pudiera hacer nada que molestara.
Me incorporé. Miré a Emilio recostado en el asiento. Respiraba. Bien.
Me sentía orgulloso del trabajo realizado.