Mentiras y cuernos 3 La hora de la ira #2
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La hora de la ira #2

Ya había decidido acercarme al coche, más que nada por analizar la situación.

Pero ahora, tras escuchar la risa, tenía una segunda necesidad, ésta más imperiosa que la primera.

Porque me había parecido reconocer a la propietaria de la risita.

La primera en quien pensé fue en Nata. Pero enseguida la descarté: a aquella mujer, la reina de los dramas, no parecía pegarle aquel estilo de risa.

Después, pensé en Elsa, y una arcada me llenó de ácidos el esófago.

A pesar de todo, incluso de haber roto con ella, no me hacía a la idea de que Elsa, mi Elsa, pudiera estar chupándosela al chófer de su tío. ¿Tan puta podía llegar a ser?

No quería creérmelo. Así que necesitaba salir de dudas.

De nuevo en cuclillas, me acerqué hasta el Mercedes, situándome junto a una de las ruedas traseras. Elevé la cabeza y miré el interior desde la luna de atrás. La luz de una farola rasgaba de alguna manera el cristal, de modo que podía ver tenuemente lo que ocurría en el interior.

Y lo que encontré no fue muy diferente de lo que esperaba.

Emilio, despatarrado y desnudo de cintura para abajo.

La mujer, sentada a su lado y volcada sobre su entrepierna, le comía el rabo con dedicación, como si fuera lo mejor que hubiera lamido en su vida.

El chófer la sujetaba por la melena y le movía la cabeza arriba y abajo para ayudarla a mamar.

—Así… así… pero que zorra eres… so puta… —decía él.

—Hummm… Aaaahhh… —replicaba ella, bocabajo.

Imposible reconocerla, en cualquier caso.

Emilio a lo suyo sin sospechar que alguien les vigilaba.

Arqueaba el chófer el cuello hacia atrás, demostrando el placer que la boca de la mujer le estaba proporcionando. Ella apenas «glugluteaba» como un pavo o reía bajito con aquella risita que me ponía de los nervios.

Repentinamente, el cachete de Emilio resonó en el silencio.

—No muerdas, hijadetumadre —la amonestó—. Guarda los dientes, coño, que me haces daño…

—Hummm… —respondió ella, lo que convalidé con un sí.

Otro cachete, esta vez algo más flojo.

—Pues ya sabes… a la próxima te llevas dos hostias…

—Ji, ji, ji… —de nuevo, como si ella disfrutara de aquel trato grosero.

No podía entenderlo. Que una mujer disfrutara siendo vejada, humillada, no me cabía dentro.

Pero estaba claro que era nota común. En los últimos tiempos, tras ser empujado por Elsa a buscarme sexo por ahí, me había tropezado con bastantes mujeres a las que les encantaba ser dominadas de aquellas toscas maneras. O incluso peores.

De repente, noté movimiento en el interior.

Me agaché y me apreté contra la rueda trasera del Mercedes.

Y rogué para que fuera tan solo un cambio de postura.

Porque si se trataba de que Emilio iba a salir del coche, las iba a pasar canutas.

Me habría pillado en toda regla, y solo me quedaría correr.

Mi plan a la mierda. Para siempre.

Todo el esfuerzo desperdiciado por un deseo de saber algo que en el fondo daba igual: ¿Quién era la mujer que se la mamaba a Emilio ante mis narices?

*

Hubo suerte. El movimiento dentro del coche obedecía a un cambio de postura, como había sospechado.

Lo hicieron en silencio, algún jadeo tan solo y alguna tos.

Y de nuevo a la faena.

Esta vez no hubo risitas.

Tan solo un «Ufff» por parte del chófer y un «hummmm» por parte de la mujer. Ambos de placer contenido. Acababa de penetrarla, no me cabía duda. Y a continuación el coche comenzó a moverse. Emilio se follaba a la mujer desconocida.

¡Pedazodehijodeputa!

Sin saberlo, me estaba fastidiando el plan.

Aquel tipo parecía tener cuerda para toda la noche, a pesar de que ya no era un niño precisamente. Lucy lo había expresado con claridad: «es un policía retirado». Imaginé que andaría por la sesentena.

Pero allí seguía el tío, follándose a quien quiera que estuviera con él.

Exigiendo a los amortiguadores del Mercedes con sus embestidas.

Con la curiosidad por bandera, volví a elevarme sobre las rodillas. Luego miré el interior del coche una vez más. Si se la estaba follando en misionero, la mujer se encontraría bocarriba. En ese caso, quizá podría desvelar el misterio de su identidad.

Observé la escena con extremo cuidado durante tres segundos. Bien. Se la estaba follando bocarriba, como había sospechado. Pero la segunda parte me falló.

La cabeza del chófer se encontraba sobre la de ella, comiéndole la boca con todo mientras la empotraba con un ritmo de pistón bien engrasado.

El rosáceo culo de Emilio subía y bajaba entre los muslos de la mujer. Los pies de ella, apoyados en donde podía para soportar las embestidas del viejo. Y los gemidos femeninos continuos y abrumadores.

¿Los conocía?

Un poco, tal vez. Pero «un poco» no era suficiente como para ponerle nombre.

«Todas las mujeres gimen más o menos igual cuando te las follas», pensé. «Salvando las distancias».

Admirado y sin palabras, esperaba que el chófer cometiera un desliz y así descubrir el rostro de la mujer. Pero, a través de los cristales tintados, lo único que distinguía con claridad era su polla, no muy larga, pero gruesa como mi muñeca, entrar y salir del coño de ella.

Y mientras el tipo siguiera entrando y saliendo de aquel coño, mi plan seguiría en vía muerta. «Suputamadre», me quejaba para mis adentros. «¿No va a correrse nunca el muy cabrón?».

Pero al final todo llega.

Y cuando escuché los jadeos acompasados de los dos, supe que se corrían a la vez. Los últimos segundos, el griterío de ambos fue más que estridente, la polla de Emilio manando leche en el coño de la desconocida —había visto claramente que no se había puesto condón.

Sin pensármelo salí a la carrera —siempre agachado— y volví a esconderme tras los cubos de basura, mi puesto de observación favorito.

Por suerte llegué a tiempo.

Emilio se bajó del coche con los pantalones en las manos y comenzó a metérselos por las piernas.

—Puede usted coger toallitas del asiento de delante —le dijo a la mujer, que aún seguía dentro del coche—. Así se limpia lo que la he manchado, y perdone, es que no me quedaban condones…

¿La hablaba de usted?

¿A qué venía ese cambio? Hacía unos minutos la había llamado «guarra», «puta» y otras delicias parecidas, aparte de tutearla.

—… —la mujer respondió algo que no entendí.

El chófer acabó de arreglarse la ropa y extrajo un cigarro rubio de un paquete arrugado. Lo encendió y comenzó a fumar con caladas largas, llenando el aire de humo azulado.

La mujer se movía dentro del coche. Claramente se limpiaba, como había mencionado Emilio, y se recolocaba la ropa. Las bragas especialmente, porque me había parecido que el vestido no se lo había quitado mientras follaban.

Yo abría los ojos y no me perdía ripio.

Al final, como esperaba, los pies de la mujer aparecieron bajo la puerta. Y después salió toda ella.

Era mi momento. Estiré el cuello.

Y de repente la reconocí.

¡Joder!, dije desesperado, sin poder creerme lo que veía.

«¡¡Qué… cojones…!!».

—¿Le queda algún cigarrillo, Emilio? —le dijo Lucy al chófer señalando su pitillo.

—Sí, claro, señorita Lucy —respondió él, sacando el paquete arrugado y un mechero de un bolsillo de la chaqueta y tendiéndoselo.

Me había llevado las manos a la boca para no gritar.

Y también para retener el vómito.

¡Había presenciado el polvo que Emilio, el chófer de tío Juan, le había echado a Lucy delante de mis narices!

¡Por eso los sonidos que emitía dentro del coche me sonaban!

Pero… pero… ¡¡no podía ser!!

¡Aquella era Lucy! ¡La inocente Lucy! ¡La simpática Lucy! ¡La chica sin filtros!

¿Qué coño hacía Lucy follando con aquel hombre?

¡Un tío de la edad de su padre! De esos viejos que me había confesado que le daban un asco insufrible.

Y allí, a las puertas de la casa de los horrores.

Para más inri, gritando como una loca mientras se corría.

Me iba a estallar la cabeza.

No me lo podía creer.

Lucy parecía relajada cuando habló expulsando humo por la boca y la nariz.

—Vaya polvazo que me acaba de echar, Emilio, sigue usted en plena forma, ¿eh?

Se había cruzado de brazos —las piernas con los tobillos cruzados igualmente— y fumaba con parsimonia y profesionalidad, como si lo hubiera hecho toda su vida.

Completaba su atuendo un abrigo —para aislarse del fresco de la noche, claramente, su vestido era más que ligero para aquellas horas—, abierto y dejando asomar sus bonitas rodillas por debajo.

Por cierto, ¿desde cuándo fumaba? ¡Si me había echado en cara verme fumar el puro que me regaló mi suegro el día que celebramos su cumpleaños!

—Ya ve, señorita, es que me cuido… —respondió el chófer—. Y hago mucho ejercicio. Running por las mañanas, gym tres veces por semana… No hay hombre mayor, señorita, sino hombre abandonado…

Lucy sonrió con… ¿simpatía?

—Sí, se le nota… sigue siendo usted el mismo de siempre… Todavía me tiemblan las piernas… ja, ja, ja…

Rieron los dos y yo tuve que sujetarme la arcada.

—Por mí cuando usted quiera… Ya sabe, si quiere repetir no tiene más que pedirlo…

—Se lo agradezco, Emilio, lo tendré en cuenta…

Imposible admitir lo que veía. Ni lo que oía. Necesitaba obtener un «recuerdo» para poder creérmelo cuando lo viera días más tarde.

Extraje el móvil de un bolsillo y obtuve una ráfaga de fotos de la escena.

Mientras, me dio por echar la vista atrás y pensar en lo vivido con ella en los últimos días. Necesitaba aclarar mis ideas.

*

Lo primero que recordaba era la tarde de esa semana en que habíamos vigilado juntos la casa. Se había comportado como si fuera la primera vez que la veía. Luego me había pajeado y me había extraído el semen con la boca, y al final me había obligado a compartirlo, jugando como una niña.

Cómo olvidarlo. Se la veía tan radiante y feliz de estar conmigo ese día. ¡Si hasta había llorado y yo la había consolado como un imbécil!

En ese rato, había ocurrido algo que entonces no entendí y que ahora encajaba en mi puzzle mental: me había preguntado si iba a dejar a Elsa. Y llegó a preguntarme cuándo lo haría.