Mentiras y cuernos 3 La hora de la ira
92%

La hora de la ira

Aquella noche no pude dormir. Ni un solo minuto. Las nuevas revelaciones de Nata y, sobre todo, la ruptura definitiva con Elsa, me habían dejado tocado. También puso su granito de arena la desbandada de Lucy, después de casi prometerme el cielo.

Una larga noche da para mucho. Sobre todo, si el odio y la ira te ciegan.

Y a mí me estaban cegando por completo. Necesitaba venganza.

Lo sabía desde hacía tiempo. Y ahora que había llegado el momento, me sorprendí a mí mismo completamente tranquilo.

Muy tranquilo.

Incluso a sabiendas de que los de la casa conocían mis pasos, mis persecuciones, mis vigilancias. Y que a partir de entonces las cosas iban a ser más difíciles.

Sobre las siete de la mañana, me levanté y escribí en mi agenda todo lo que necesitaba para ejecutar el plan al que había dado vueltas una y otra vez durante la madrugada más larga que recuerdo. El plan que me había robado el sueño, aunque no la calma.

Me duché sin prisas, tomé un café cargado y me lancé a la calle.

Pasé todo el día de compras. Para ejecutar mi plan necesitaba bastantes cosas. A mediodía lo tenía todo. Y todo colocado dentro de la bolsa de deporte que era lo primero de la lista.

No era una bolsa cualquiera. Era grande y negra.

De las que son difíciles de distinguir en la oscuridad.

La había llenado poco a poco, bien organizado el interior, metiendo cada cosa con calma y sin prisa.

Primero el bate de béisbol, envuelto en una camiseta vieja para que no golpeara contra lo demás.

Lo había rescatado del trastero antes de abandonar nuestra casa para siempre.

Lo segundo, el pasamontañas, el que había estrenado la noche en que me ocupé del coche de Andrés. Lo acaricié un instante y recordé aquella noche, el sonido del metal y el cristal al romperse, el olor a aceite y a gasolina.

Tras el pasamontañas, vinieron las otras cosas.

La bolsa comenzó a pesar.

Tan solo la adrenalina destilada por el odio me ayudaba a cargarla.

Y era adrenalina lo que me sobraba.

*

Eran poco más de las nueve de la noche cuando salí del hotel. Noviembre, en Madrid, cierra la oscuridad pronto, y a esa hora la calle ya llevaba un buen rato sin luz natural. Era perfecto. Justo lo que necesitaba.

Me había vestido de negro, con ropa de Decathlon ligera, de la que se usa para practicar running.

Deportivas grises sin cordones, chaleco oscuro sin logo que salte a la vista, guantes de nitrilo en el bolsillo.

Comprobé que tenía el mechero —un Bic barato— y una caja de cerillas de madera de palo largo en el otro bolsillo.

Una última mirada a la habitación en silencio.

Precaución en el pasillo para no cruzarme con nadie.

Y salida directa al parking desde el ascensor.

Por si acaso, la bolsa de deporte la había bajado horas antes al coche. Un Seat León gris, vulgar, invisible, que había alquilado para no mezclar el Volvo en los acontecimientos de la noche. Ahora que sabía que conocían mis andanzas, moverme por La Moraleja con mi coche era casi un suicidio.

Por el camino repasaba mi plan.

Lo principal era sortear la seguridad de la casa. Sin eso no había nada que hacer. Sabía que esa seguridad tenía un punto débil, a pesar de las alabanzas de Nata a los sistemas de control. Y sobre ese punto ahora me apoyaba para ejecutar mi plan.

Me explicaré.

Cuando la casa estaba vacía, el sistema al completo se activaba. Con solo asomar una mano tras la reja, las alarmas se activarían y los servicios de seguridad —los privados y la policía— serían alertados de inmediato.

Lo que Nata no había mencionado era que durante las «celebraciones», las alarmas exteriores se desactivaban. Yo mismo lo había comprobado cuando Elsa o la misma Nata habían cruzado el jardín y llegado hasta la puerta de la casa sin que las sirenas se desataran.

Tal vez Nata se había olvidado de comentar esto. O, más probablemente, lo había omitido aposta. Su descripción de la «extrema» seguridad del chalet había sido sesgada, a la vez que oportuna, con la intención —confesada a Elsa e interceptada por mí— de acobardarme y alejarme de él.

Una descripción made in Alberto, que por una vez se había dejado un cabo suelto.

Por eso, si quería ejecutar mi plan, necesitaba que ese día se estuviera celebrando alguno de los «encuentros» del interior. Daba igual si era ligero o multitudinario.

En caso contrario…

…Sucedería lo que acababa de descubrir.

Había hecho una primera pasada de observación perimetral de la casa, antes de ponerme en acción, y esta se encontraba en silencio, apagada.

La única excepción eran algunas luces amarillas que iluminaban tenuemente las zonas más oscuras del jardín.

Y el perro, Dogo, que campaba libre tras las verjas, un animal identificado por el sistema de seguridad y que no lo consideraba una amenaza.

Había fracasado.

Aunque era el primer intento.

Habría más. Aunque el tiempo no sobraba.

Si no lo hacía pronto, mi plan se habría ido a la mierda.

*

Al día siguiente, domingo, la escena se repitió. A las nueve y media conducía despacio por el Paseo de la Castellana hacia el norte. El semáforo en rojo frente al Bernabéu. Verde. Seguí. La M-30, el desvío hacia la A-1, y luego la salida que me metía en La Moraleja.

La primera pasada con el coche acabó en victoria.

El Mercedes oscuro en su sitio.

Las luces del jardín más vivas que nunca.

Dogo fuera de la vista.

Lo celebré como se celebra el gol de tu equipo. Y después busqué un hueco en el rincón más oscuro del descampado para empleados de la urbanización. A esa hora del domingo se hallaba vacío como esperaba. Tan solo farolas lejanas enviaban estrías de luz al entorno, inmóvil y mudo como un cementerio.

El plan iba bien.

Me quedé cinco minutos dentro del coche, quieto, observando. Nadie. Un gato cruzó el descampado. Algún búho ululando a lo lejos. Nada más.

Me puse los guantes. Me coloqué el pasamontañas. Me calé el sombrero Peaky Blinders. Docenas de cámaras de los chalets del entorno podían estar grabándome en los siguientes minutos, mejor tomar todas las precauciones.

Cogí solo lo que necesitaba de momento, dejando la bolsa en el maletero. Antes de nada, tenía que hacer el trabajo de reconocimiento, y para eso mejor ir ligero. Cerré el coche sin portazo, con un clic suave y silencioso.

Y eché a andar.

*

La calle estaba muerta, como el parking. Una farola herida parpadeaba a lo lejos. El resto era silencio. Caminé pegado a los setos, aprovechando la sombra de los árboles, sin prisa. Un tío con un chándal oscuro y pasamontañas andando de noche en un barrio residencial. Mejor no cruzarme con nadie.

Por suerte no lo hice.

Llegué al callejón lateral que daba a la parte delantera del chalet de tío Juan en diez minutos. El Mercedes oscuro permanecía en su sitio. Señal de normalidad. Después, reptando en cuclillas, me acerqué hasta los contenedores de basura que ya había utilizado como trinchera en anteriores visitas.

Tomé aire para infundirme valor y asomé la cabeza con cuidado.

Desde ahí se veía la fachada principal: la verja de hierro forjado, el camino de adoquines que subía hasta la puerta de entrada, las ventanas del primer piso con las persianas bajadas pero con luz filtrada por los bordes. Adentro había vida.

Lo había calculado bien. Era mi día D.

Entonces me fijé en el Mercedes de tío Juan y saltaron todas mis alarmas.

No se veía a Emilio en el asiento del conductor.

«Joder, ¿dónde se ha metido ese idiota?», me dije aterrorizado.

Sabía que sospechaban de mí. Y, aunque no me consideraban una amenaza peligrosa, ¿quién me decía que el chófer no estaba haciendo una ronda de reconocimiento para neutralizarme si aparecía? Hasta podría haberme detectado y estar detrás de mí.

Un escalofrío me recorrió por entero. Me arrugué sobre mí mismo y miré alrededor.

Nada. Nadie. Solo silencio.

Entonces, el motor del coche arrancó.

Era un sonido tenue, el tipo de sonido de un Mercedes de cien mil euros. Ese sonido que no detectas durante el día, pero que por la noche parece tronar. Y aun así, no tronaba.

Apliqué la oreja por si oía algo más.

Y entonces escuché los sonidos. Voces susurradas. Suspiros. Asomé la cabeza. Salían del coche y llegaban a mí a través de la ventanilla del conductor, que se hallaba bajada hasta la mitad.

—Así, así, putita… —gemía la voz de un hombre, tal vez Emilio—. Qué bien la mamas, guarra…

*

No me cupo duda. Emilio estaba dentro del coche. Tal vez en el asiento trasero, donde las lunas tintadas no me permitían ver mucho a aquella distancia. Lo primero que pensé era que el muy cerdo estaría viendo porno en el móvil. Y masturbándose medio desnudo.

Para eso habría arrancado el motor, para mantener el interior caldeado con la calefacción.

Hasta que escuché hablar a una mujer. Y supe que no era porno enlatado lo que en el coche se cocinaba, sino sexo real.

—¿Le gusta así, Emilio? —preguntaba ella.

—Así, así… como tú lo haces… Si sabes que me matas cuando me haces estas cosas, cacho cabrona…

—Ji, ji, ji…

La risilla histérica fue inconfundible. Era una risa de mujer que sabe que está satisfaciendo al hombre a quien atiende, sintiéndose realizada por conseguirlo.

Jodido Emilio, se había buscado a una putita que se la chupara.

Y yo me había quedado en shock. Aquello fastidiaba mis planes.

Había contado con neutralizarle, pero si estaba acompañado lo tenía complicado. Casi imposible. Si la mujer no se iba lo antes posible, ese día tampoco podría conseguir mi objetivo.

Mientras, en el interior del coche seguían a lo suyo.

—Así, chupa, chupa, guarra… muy bien, así, hijadeputa…

—Ji, ji, ji… —de nuevo la risita histérica.

«Joder, ¿se ha traído una puta a su puesto de vigilancia?», me pregunté.

Al oírla por segunda vez, sin embargo, una culebrilla me recorrió el estómago.