Mentiras y cuernos 3 La hora de la verdad #3
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La hora de la verdad #3

Busqué en el mini trastero del pasillo y extraje la maleta más grande. La abrí y la tendí sobre la cama. Después comencé a llenarla con la ropa que me iba pareciendo. Sin ningún orden, al buen tun-tun, simplemente una prenda sobre otra.

—No tienes por qué irte hoy —me dijo limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Si quieres, puedo dormir en el sofá y tú duermes en la cama. Ya te irás mañana, con el día…

—Lo siento, amor —se me había escapado la palabra y me arrepentí—. No puedo estar en esta casa ni un minuto más. Ya hablaremos. Aún tengo que llevarme todas mis cosas. Vendré o mandaré a alguien a por ellas.

En silencio me siguió hasta el recibidor.

—Lo siento, Sergio…

—No sientes una mierda… —la corté.

Después me miró desde la puerta hasta que el ascensor se me tragó.

Su cara de zorra mentirosa se me quedó grabada en las pupilas.

*

Sobre las diez tomaba posesión de una nueva habitación de hotel. Había elegido uno diferente al anterior. Mucho más moderno y funcional, más cercano al trabajo.

Deshice las maletas.

Después reflexioné sobre lo primero que haría. ¿Bajar a cenar?

Lo pensé un instante. Y decidí que no todavía. Había algo mejor que podía hacer.

Cogí el móvil y marqué.

—Hola, querido… —saludó Lucy al responder. De fondo se escuchaba música a gran volumen. Una culebrilla me recorrió el estómago—. ¿Todo bien?

No quise comentarle mi ruptura con Elsa, no era el momento.

—Sí, todo bien…

—Genial, cuanto me alegro…

No sabía cómo iba a plantearle la razón de mi llamada, podía darme un batacazo. Preferí hacerlo con algún rodeo para disimular.

—Te llamo porque tengo ganas de marcha… —le dije, usando como pretexto el hecho de que ella ya estaba de fiesta—. Y veo que estás en un sitio alegre… ¿Qué te parece si me dices dónde estás y me paso por ahí? Podríamos tomar una copa juntos.

El silencio que siguió fue más elocuente que una negativa.

Al final lo articuló con palabras.

—Sergio, cariño, cuanto lo siento… —replicó—. Es que… verás… —¿se estaba fabricando una excusa sobre la marcha? Al menos era lo que parecía—. Estoy con un grupo de amigas celebrando el cumpleaños de una de ellas… Ya sabes… ¡noche de chicas!

Me quedé cortado.

Del todo.

Debía de ser el primer «no» tajante que recibía de ella. Por eso me costó reaccionar.

—Ah, vale, tranqui… —repuse al fin—. No pasa nada… Pásatelo bien con tus amigas… por supuesto…

—Gracias, amor…

Me había llamado «amor». La culebrilla del estómago volvió a colear. Aquella palabra me había motivado. Quizá debía dejarme de rodeos e ir al grano.

Y eso hice.

—Oye, Lucy… —me aclaré la garganta antes de seguir—. Es que… verás… acabo de discutir con Elsa —no quise entrar en detalles tampoco ahora—. Y el caso es que había vuelto a casa, pero me he vuelto a marchar. Ja, ja, ja… Qué cosas, ¿verdad?

Ella guardaba silencio al otro lado de la línea.

¿Era una buena o una mala señal?

—Total, que estoy de nuevo en un hotel… Un sitio frío e impersonal, ya sabes, un hotel de negocios…

—Ya te digo…

Que hubiera dicho algo ya era un punto a favor.

Así que entré a matar.

—Y, claro, aquí solo en la habitación me ha dado por pensar… —vuelta a aclararme la garganta—. ¿Lo que dijiste de compartir piso contigo… sigue en pie? Porque me cambio esta misma noche si es así, odio estos hoteles de mierda… ja, ja, ja…

Crucé los dedos y me encomendé a todos los santos.

Su respuesta tardó en llegar. Y eso sí que lo interpreté como una mala señal.

—Qué pena, amor… —respondió como esperaba y el alma se me cayó al suelo—. Es que mi casa está inhabitable todavía…

Aquello sonaba a excusa de mal pagador.

Y lo siguiente era aún peor.

—…Es que no te creerás lo que ha pasado…

—siguió con su rollo, pero ya no la escuchaba.

Sabía que todo lo que contara a continuación sería inventado—.

Los fontaneros me han fallado y se escapa agua por los baños…

un asco, no te lo imaginas… Me han dicho que no podrán volver hasta dentro de unos días… ni idea de cuándo.

—Ajá… —dije tan solo para que no se notara la decepción en mi voz.

—Total, que por supuesto mi oferta sigue en pie… Pero casi que ya te llamo cuando esté todo arreglado. ¿Seguro que no te enfadas con tu nena…?

¿Qué podía responder a eso?

Solo un cliché:

—Pues claro que no, cielo… Ya si eso lo vamos hablando, ¿vale?

—¡Vale! ¡Genial! —dijo con un tono hipócrita que me dejó helado.

—Pues nada, pásatelo bien con tus amigas… —le dije como despedida—. Y felicita a la cumpleañera…

—¡De tu parte! ¡Adiós!

Colgué la llamada y me miré en el espejo de la habitación.

La cara de idiota que se me había puesto no me la había visto en mi vida.

Ya me había imaginado, mientras Lucy me pajeaba en el coche frente al chalet de La Moraleja, que a veces —las más de las veces— las cosas no son lo que parecen.

Que el ofrecimiento de Lucy podía significar cualquier cosa. Incluso no significar nada. Solo una forma de rellenar silencios.

—¿Cómo puedes ser tan idiota, tío?, me dije.

Aquella noche, de nuevo a solas, iba a ser muy larga.

La soledad en mi estómago era fría, seca, dolorosa.

Tuve que apretar fuerte los dientes para no acabar llorando.

Solo me mantenía con vida mi odio hacia Alberto y tío Juan.

Mis mayores enemigos.