La hora de la verdad #2
Me molestó que se mostrara condescendiente.
No tenía derecho a sentir lástima por mí.
—Lo que no entiendo —dijo Elsa tras otro silencio— es por qué cree Alberto que Sergio va a quedarse quieto. Si se enfada, no solo podría romper conmigo. Quizá podría hacer algo contra la casa.
—¿Qué podría hacer? —dijo Nata—. Además, Alberto ha pensado en ello.
Para eso fue lo de exagerar lo que le conté sobre las medidas de seguridad.
Que tampoco es que sean falsas. Sergio es abogado, sabe que si intenta algo y le pillan, tendría el apellido Molinaseca contra él, y lo tendría jodido. Podría acabar en la cárcel.
—No necesitaría hacer nada violento —matizó Elsa—. Tampoco veo a Sergio como un Rambo entrando a tiros por la verja. Pero le bastaría con ir a la prensa y contar lo que sabe. Sería un escándalo, mi primo lo sabe.
—Vale, que vaya… —replicó Nata—. ¿Con qué pruebas lo hará?
—No sé, alguna foto ya habrá sacado. De hecho, ha visto los videos que le enseñaste.
—Si, los ha visto, pero no tiene copia. El móvil con que se los mostré está blindado. Además, y mucho más importante…
Nata hizo un inciso teatral.
—Además ¿qué…? —la animó Elsa a terminar la frase.
—Una sorpresita: ¡Alberto y Juan van a trasladar el club a otra casa! Dentro de poco el chalet de la Moraleja será historia.
El silencio de Elsa era más que elocuente. Se había quedado de piedra. Al menos, tanto como yo.
—¡No fastidies! —exclamó mi novia—. ¿Cómo que se lo llevan? ¿Adónde? ¿Por qué no me ha dicho nadie nada?
—Es obvio… —respondió Nata, ufana—. Se lo llevan porque no quieren dejar flecos sueltos. Desde que Sergio comenzó a vigilarnos, la cabeza de Juan, pero sobre todo la de tu primo, comenzó a diseñar el plan de mudarse. Y no te han dicho nada para evitar filtraciones.
—¿No se fían de mí?
—Por favor, Elsa, claro que se fían de ti… —aclaró Nata—. De quien no se fían es de Alberto. No es precisamente un analfabeto. Es un abogado inteligente. Y muy dado al espionaje, ¿recuerdas? Si tú conocieras el plan, él podría haberlo descubierto.
—¿Y por qué me lo estás diciendo ahora?
—Porque me han dado permiso para hacerlo.
De nuevo Elsa en silencio.
—Vale, acepto la excusa… —admitió Elsa por fin—. Pero al menos dime dónde se lo llevan.
Otro silencio de pocos segundos, después la respuesta de Nata.
—Ni idea… —dijo—. Es en Madrid, por supuesto. Pero la localización solo la saben Juan y Alberto. Nadie más.
—Que par de cerdos… —rezongó mi novia— Están en todo, ¿eh?
—Ya ves… —se escuchó la risa cristalina de Nata, de las pocas veces que la había escuchado reír tan abiertamente—. No habrían hecho su fortuna de no saber manejar las situaciones complicadas. Y esta es una de ellas.
—¿Mi pobre Sergio una «situación complicada…»? —dijo, y se la notaba dolida.
De nuevo la condescendencia de Elsa.
¡Suputamadre! No quería su lástima, no la soportaba.
Después de aquellas últimas revelaciones, comenzaron las despedidas.
Todo lo que había escuchado había abierto nuevas heridas en mi interior.
Heridas que hacían crecer el sentimiento de ira que me corroía.
A pesar de que en uno de mis ojos había una lágrima.
*
Cuando la conversación terminó y las amigas colgaron, me puse en pie con gran esfuerzo. No había razón para prolongar aquella situación. Era el momento de dar carpetazo a mi antigua vida. Aunque doliera como un hierro al rojo vivo sobre la piel. Aunque no me quedara sangre en el cuerpo.
No me di tiempo a repensarlo, empujé la puerta y me colé en el baño.
Elsa me miró desde la bañera. Su gesto de sorpresa lo decía todo.
—¿Sergio? —tragó saliva—. Hola, ¿ya estás aquí…?
—Sí, ya estoy aquí.
Me había plantado frente a ella, la cadera apoyada en el lavabo, las dos manos en los bolsillos del pantalón.
Mi expresión le indicaba que no acababa de llegar.
Y Elsa siempre había sabido leer mis expresiones.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí…?
—Mucho, Elsa, demasiado…
—¿Has oído…?
—Todo… desde la primera palabra… Pero no te preocupes, me ha quedado claro que nunca sabré adónde se llevan la casa de los horrores… Así no podré molestaros más.
—Sergio, por favor… escúchame…
Ignoré su súplica.
—Por cierto, felicita a Nata —proseguí—, su actuación fue de lo más convincente, me lo tragué todo sin sospechar. Por cierto, me quedo con las ganas de saber quién es ese Lucio en realidad. No, espera, no me lo digas, me da igual…
Tragó saliva, pero no respondió.
Me di la vuelta para abandonar el baño.
—¿Do-dónde vas…? ¡Espera, por favor!
Tomó una toalla y se puso en pie, cubriéndose con ella. Buen momento para pudores, pensé. Unos pudores que no solía mostrar en los jueguecitos con sus «amos» y los invitados de estos.
—¿Tú qué crees? —respondí sin volverme—. Mi intención era hablar contigo, pero tras tu conversación con Nata sobran las palabras.
—Joder, no, Sergio, tenemos que hablarlo… Quizá encontremos una solución.
—¿¡Una solución!? —casi grité—. ¡Ya ves lo que opina Alberto!
¡Me quiere fuera de tu vida! Y cuanto antes, por lo visto.
Mejor no le hagas enfadar. Él es tu amo, ¿no?
De hecho, gracias a tu amiguita he sabido que eres suya desde que eras una cría.
Le perteneces, Elsa, Eres su puta. Yo no pinto nada.
—No me llames así, por favor… —su voz temblaba.
—¿¡Y cómo coños quieres que te llame!? —me sulfuré—. Al menos Nata cobra por ello, no como tú. A no ser que sea otra de sus mentiras.
Se mordió el labio y calló un instante.
Lo tomé como un sí.
Luego hizo caso omiso de mi ofensa y volvió a luchar porque me quedara.
—Ya sé que parece imposible, pero siempre hay formas de hacer las cosas… Alberto puede decir lo que quiera, pero no tiene derechos sobre mí fuera de lo que dice el contrato. Yo sé que puedo compaginar mis dos vidas. Y tú sabes que te quiero…
Su descaro me irritaba.
—¿¡Formas de hacer las cosas!? ¿¡Compaginar tus dos vidas!
? —la escupí a la cara—. ¿Y qué pasa conmigo, no existo?
¿Tú crees que estoy dispuesto a dormir cada noche con una mujer que ha estado colgando de una horca o follando con diez paletos hace solo un par de horas?
¡¡Joder, Elsa, ¿tan mierda me consideras?
!! Aunque me dieras tres veces las migajas que me das ahora no podría soportarlo.
¡Eres una zorra, joder! ¡¡Y yo no quiero vivir con una zorra! !
Lágrimas de cocodrilo comenzaron a rodar por sus mejillas.
—Sergio… yo no quería esto…
—¡Joder, ni yo…! ¡Deja ya de autocompadecerte!
Salí del baño.