La hora de la verdad
El día siguiente, jueves, lo pasé como pude. Pero el viernes ya no podía más. Tenía que hablar con Elsa cuanto antes. Durante mi ausencia de casa habíamos hablado un rato cada noche. Pero habían sido conversaciones cortas, frías, sin mucho contenido.
—¿Qué tal el día?
—Uf, mucho curro… ¿y tú?
—Lo mismo, curro para parar un tren…
Pero ahora tocaba afrontar la verdad. Aclararlo todo, que confesara lo que yo ya sabía y luego ver como íbamos a solucionar los problemas entre nosotros… O acabar con nuestra relación.
Salí de la oficina sobre las cinco. Me había escondido otra vez durante todo el día para no cruzarme con Elsa por accidente. A ello me había ayudado Sonia, tan solícita como de costumbre.
Sabía que al ser viernes, mi novia —¿debería decir «ex»?— habría salido sobre las tres y que ya estaría en casa.
Me pasé por el hotel, hice la maleta y pagué la cuenta en recepción.
Luego me fui directo para casa. Al llegar no llamé al timbre, sino que abrí la puerta con mi llave. No me encontraba con ganas de fingidos recibimientos felices.
Una vez en el recibidor, me envolvió un silencio extraño, como de casa ajena, aunque a lo lejos se escuchaban grifos.
Me descalcé y recorrí el pasillo, entrando en la habitación. Observé que Elsa se encontraba en el baño a través del resquicio de la puerta. Estaba realizando una de sus inmersiones en sales de los viernes. De esas que la ayudaban a eliminar el estrés de la semana.
Iba a entrar en el baño a saludar, cuando el soniquete de su móvil me detuvo.
Le entraba una llamada.
Preferí no molestar y decidí esperar mientras hablaba con quien fuera que la llamara.
—Hola, Nata… —la oí decir.
—Hola, Elsa…
La segunda frase había resonado metálica, pero estaba a un volumen lo suficientemente alto como para escucharla desde la cama, donde me había sentado.
Elsa había activado el manos libres, lo normal cuando estás en la bañera si no quieres remojar el móvil.
Claramente ignoraba que yo ya estaba allí.
Y así iba a seguir siendo si dependía de mí.
—¿Estás sola? —Elsa de nuevo—. ¿O hay moros en la costa?
—No, no hay moros… —respondió mi novia—. Sergio vuelve hoy, pero aún no ha llegado. Podemos hablar tranquilas.
Si ya me sentía atraído por una charla entre aquellas dos, el hecho de que no quisieran tenerme de por medio multiplicó mi curiosidad. ¿Qué tenían que decirse que no pudiera escuchar?
Montones de cosas, seguramente.
Me levanté de la cama y me acerqué a la puerta del baño. Me sentía cansado, más emocional que físicamente, así que me senté en el suelo con la espalda apoyada en el marco.
Y retorné a mi afición de espiar tras las puertas.
—Te quería preguntar por él, precisamente.
Mis nervios se pusieron en tensión.
—¿Y eso?
—Es por si ya te ha dicho que quiere romper contigo…
¡Joder! ¿Qué coños decía Nata? ¿Por qué metía las narices en nuestra relación?
Un silencio.
Cinco segundos.
El mosqueo de Elsa:
—¿Te manda Alberto a preguntarme? —inquirió picajosa.
Vaya, ¿también estaba Alberto en esto? Parecía estar en todas las salsas, aunque no es que me sorprendiera.
—No, te lo prometo… —replicó Nata a la carrera—. Te juro que es algo personal… Me preocupas, ya lo sabes…
La respuesta de Elsa me avisó de que iba a asistir a una nueva confesión.
De esas que no me solían gustar.
—Si te preocupara tanto, no le habrías tendido esa ridícula trampa a Sergio.
«¿Trampa? ¿Qué trampa?», pensé, poniéndome en guardia de inmediato.
—Lo siento… lo siento… y mil veces los siento… —se disculpó Nata con vehemencia—. Pero esa mierda fue planeada por Alberto. Yo solo la ejecuté. No pude negarme, ya sabes cómo es tu primo cuando se enfada. No me gustaría pasar de nuevo por la horca…
Tragué saliva. Estaba a punto de descubrir otro de los misterios de aquellas dos zorras. Una mentira más para la colección.
De momento, estaba claro: Alberto estaba detrás de todo. Me lamenté por ser tan inocente. Confiar en Nata había sido una estupidez por mi parte. Había caído en otro de los sucios juegos del primo de Elsa como un imbécil.
—Te entiendo, lo de la horca es la leche… —confirmó Elsa con tono de pánico en la voz—. Pero lo de utilizar a Lucio como cebo ya es demasiado.
«¿Cómo? —parpadeé asombrado—. ¿Lucio había sido solo un cebo? ¿Me había contado la milonga de que estaba enfermo sin estarlo?».
—¿Qué quieres? —replicó la amiga—. Tenía que hacer creer a Sergio que Lucio es mi marido y que lo guardaba en secreto.
Así se creería que era él el que me forzaba a hablarle de la casa y enseñarle las grabaciones.
Es como lo planeó Alberto. No podía llegar y decirle: ven, que quiero enseñarte algo. Se daría cuenta del truco…
—Ya, me lo imagino… Pero es miserable, ¿no te parece?
¡Se podía ser más idiota! ¡No es que Lucio no estuviera enfermo! ¡Es que ni siquiera era su marido! ¡Me había tragado la trola de Nata!
¡Suputamadre! Lo que acababa de descubrir era muy peliagudo.
Porque había algo jodido en aquella información.
Y muy peligroso. Cuando seguí al coche oscuro y descubrí el supuesto secreto de Nata, había creído que era yo quien llevaba la iniciativa.
Pero lo que ahora decía Nata significaba lo contrario: había sido arrastrado detrás del coche para mostrarme el cebo y hacerme picar.
Eso significaba una cosa: ¡Sabían que les estaba siguiendo!
Y tenía que suponer, por lo tanto, que habían sabido de mis andanzas durante todo el tiempo. Contaba con que Nata sabía que vigilaba la casa porque me había sorprendido haciéndolo. Pero, imbécil de mí, había creído que guardaría el secreto a cambio de mi silencio de lo suyo con Lucio.
Si lo de Lucio era mentira, todas mis demás suposiciones se caían por si solas como un castillo de naipes.
¿Lo sabría también Elsa? Tal vez no, quizá le ocultaban lo que hacían conmigo a sus espaldas para evitarse problemas con ella.
La conclusión era clara: a partir de ese momento iba a tener que hilar muy fino o podía acabar entre rejas.
Por otro lado, ¿qué otras cosas de las que Nata me había hablado el sábado eran mentira?
—Tienes razón, fue miserable… —admitió Nata—.
Pero Alberto decía que era la única manera de que Sergio se enterara de lo que hay en la casa.
No esperar a que un buen día se metiera dentro y a saber lo que podía hacer…
Imaginaba que sería la puntilla. Que entraría en cólera y por fin te repudiaría…
que rompería contigo… Alberto te necesita libre y tú no te decides a romper con Sergio.
—Alberto está en todo, como siempre… —se lamentaba Elsa, y yo no sabía si su aflicción era también fingida—, aunque no tenía que haberse preocupado hasta ese extremo. Ya tenía pensado cómo solucionarlo…
Nata la cortó.
—No te creo, Elsa… Lo tuyo con Sergio es muy fuerte… —la acusó Nata y un escalofrío recorrió mi espalda—. Y ya lo sabías cuando firmaste el contrato. Sabías que no ibas a poder compaginar las dos vidas. La de tu casa con Sergio y la del servicio a los amos.
El «servicio».
No podía creer lo que oía.
Pero aún había más y escuchaba completamente helado.
—¿Qué quieres que te diga? Lo hemos hablado mil veces… Si me hubieran dado tiempo, Sergio y yo habríamos estabilizado la situación de pareja abierta. Y entonces no habría habido problema para compaginar mis dos vidas.
—Eso no te lo crees ni tú —la amonestó Nata—. Lo de la pareja abierta queda bien como excusa. Pero con Sergio no iba a funcionar. Es un tío demasiado posesivo, celoso…
Una risa sin ganas se le escapó a Elsa.
—¿Y qué me dices de Alberto? ¿Él no es posesivo?
Nata tardó unos segundos en contestar.
—Sí, eso es verdad… Está claro que te quiere solo para él…
—Pues claro, es más que evidente…
De nuevo un silencio mutuo. Esta vez más largo. Al final lo rompió Elsa:
—Lo que no entiendo es por qué tuviste que contarle a Sergio mi pasado con Alberto. No era necesario. Lo del verano en el palacete puede que lo fuera, pero para qué airear mi relación con Alberto desde que éramos unos críos.
—Ni idea —respondió Nata como si no le importara—.
Eso tendrás que preguntárselo a tu primo.
Yo solo lo tenía en el guion que me pasó.
Pero así, a bote pronto, está claro que pretendía que Sergio te odiara.
Está como loco porque rompa contigo. Utilizará lo que haga falta para conseguirlo.
No va a ahorrar esfuerzos hasta que tu novio lo conozca todo de ti…
y de tu relación con él desde la niñez. Entre otras cosas.
Joder, una nueva confesión y una nueva puñalada. En el fondo de mi corazón —muy en el fondo— esperaba escuchar a Nata diciendo que la relación entre los dos primos desde que eran adolescentes no fuera cierta. Que era otro de los inventos de Alberto, con el objetivo de fastidiarme.
Pero veía que no. Todo era cierto. Y dolía más que una mentira.
—Sí, tienes razón, eso tengo que aclararlo con él. Voy a hablar con Alberto muy seriamente cuanto antes.
—No te servirá de nada… de nada bueno, al menos. Acabarás en el fisio con el cuello roto.
—No me importa —afirmó Elsa—. Pero espero que tú al menos estés conmigo.
Para empezar, ¿vas a decirme de una vez qué videos le enseñaste a Sergio.
Desde que me dijiste que los había visto ha estado en shock.
Ya no es el mismo. Si no lo he perdido aún, no queda mucho.
Lleva una semana fuera de casa, haciéndome creer que está de viaje, cuando sé de sobra que está en un hotel de Madrid para no tener que dormir conmigo.
—Le enseñé… —el silencio de Nata indicaba una de dos: o buscaba entre sus recuerdos, o se avergonzaba de lo que había hecho. Al final consiguió hablar—: La sala roja, un trío tuyo con los amos, una de las timbas de cartas y tu ahorcamiento más reciente, ya sabes, el número dos.
Joder, hasta en eso me había engañado Nata, había dicho que a Elsa la habían ahorcado una sola vez.
—No fastidies —replicó Elsa—. Menuda cabronada. Lo del trío y la timba de cartas es fuerte. Pero lo del ahorcamiento es la hostia… Me costó un mes recuperarme de esa segunda vez.
—Sí, se quedó jodido al verlo…
—Pobre Sergio.