Mentiras y cuernos 3 La decisión #4
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La decisión #4

Los recuerdos de las aventuras con ella en la cocina de mi «ex» suegra ayudaron a que se me endureciera completamente. Lucy se había reclinado sobre mí tras empujar el asiento, y trabajaba en mi cinturón y mi cremallera hasta que se salió con la suya.

—Ufff... —dijo encantada—. Ya veo que va mejorando...

Me buscó la boca y comenzó a besarme con la respiración creciendo en intensidad. La mano derecha abrazaba mi polla y me pajeaba con vehemencia.

—Cuando te vayas a correr me avisas… —me dijo comenzando a jadear.

—Creo… —tartamudeé—. Creo que voy a tardar…

Anticipaba la posibilidad de que mi eyaculación se retrasara por estar recién corrido de la tarde.

—No pasa nada —replicó—. No tengo prisa…

En efecto, la paja fue larga. Además, me encontraba en la gloria y no quería que se acabara. Su boca en mi boca sabía a gloria. No supe por qué, pero la comparé con la boca de Amy en ese mismo coche, un vago recuerdo que desaparecía de mi mente poco a poco como el humo.

Cuando los estertores del orgasmo comenzaron a vencerme, se lo avisé como me había pedido.

—Lucy… me voy a correr… uffff…

—¿Ya…? Que pronto, con lo bien que me lo estaba pasando…

—Sí… ya… —le confirmé con los ojos apretados.

—Vale… tranquilo… yo me encargo…

Sin que pudiera evitarlo, bajó la cabeza y noté el calor de su boca rodeando mi polla. No pude entender su facilidad para ofrecerse a aquello. En el despacho de Alberto me había dicho que era primeriza en cuestión de faciales.

—Lucy, cielo… ¿De verdad que no te da asco?

—Bueno, no es que me encante —respondió sin sacársela de la boca—. Pero por ti no me importa hacerlo…

No hubo más que decir.

Solo dejarme llevar al cielo.

Y me concentré en disfrutar del momento: la lengua de Lucy lamiendo mi glande, su cabeza moviéndose adelante y atrás para acabar la faena. Se sujetaba el pelo con una mano para que no la molestara.

El puto nirvana.

Mis estertores comenzaron justo en el momento en que noté mis huevos chocar contra la barbilla de Lucy. Y no pude detenerlos.

—Hummmggg… —gruñía, casi a voces en el silencio de la noche—. Joder, Lucy… joder… me corro… joder…

Noté como una de sus manos me tapaba la boca para que dejara de gritar.

Y sin querer se la mordí.

—Ayyyy… —gritó la chica sin dejar de tragar.

—Uy, lo siento, Lucy… lo siento de veras…

Mi corrida ya llevaba unos segundos terminada.

Pero Lucy recogía con la lengua los pegotes de semen que habían quedado en la polla y en el pubis.

—Qué rica… —decía y reía bajito—. Mucho mejor que beberla del condón.

«Vaya, es genial, parece que la estoy enseñando bien», me dije.

Al cabo, levantó la cabeza. Apretaba los labios y sonreía. Me alegró saber que no se había enfadado por el mordisco. Y entonces acercó sus labios para besarme.

Abrí la boca para recibir a la suya.

Y entonces noté algo extraño.

Junto con sus labios y su lengua, recibí una baba de saliva caliente. Acre y salada. Supe enseguida que no era saliva.

O no solo saliva.

La besé y la tomé toda soportando el asco, no era cuestión de ablandarse, pero a continuación abrí la puerta del coche y la escupí con pequeñas arcadas. Por suerte la cena no corrió peligro.

Lucy se reía feliz como lo que era: una niña juguetona.

Un cielo: la chica sin filtros en esencia.

*

Me disponía a amonestarla, aunque fuera en broma, cuando las luces del jardín de la casa de los horrores —como había quedado para los anales—, se encendieron.

Miré el reloj: las diez y diez. Era un día de los «cortos». No saldría mucha gente de la casa, imaginé. Y acerté de lleno.

A Lucy se la veía alterada, tanto que tuve que sujetarla por un brazo.

—No te preocupes —me dijo, su gesto serio contrastando con la cara risueña de unos momentos antes—. No pienso bajarme del coche. Aunque me dan ganas de sacarles los ojos.

Segundos después, los del interior de la casa recorrían el camino del jardín hacia la puerta de hierro. Eran cinco. No sabía quién podría ser el quinto. Imposible reconocerle, llevaba una máscara que le cubría la cara.

Un invitado especial.

Los otros cuatro eran los habituales.

—Elsa, Nata, Alberto y tío Juan… —los enumeró Lucy, dando a entender que en ningún momento había dudado de mi palabra.

—¿Conoces al quinto? —pregunté, más por curiosidad que por interés real.

—No, con esa máscara no hay forma…

—Me lo imaginaba…

Abrí la puerta de mi lado, extraje el móvil del bolsillo, lo puse en ráfaga y obtuve un centenar de instantáneas en un par de segundos.

Luego volví al coche.

Y le envié las fotos a Lucy por wasap.

—Ahí te van —le dije.

Me sentí bien. En el bolsillo llevaba la prueba que iba a ayudarme a desligar mi vida de la de Elsa. Sin necesidad de largas discusiones.

—¿Nos vamos? —preguntó Lucy cuando el Mercedes oscuro desapareció con todos sus ocupantes.

—Sí, vámonos… —confirmé—. ¿Dónde te dejo?

—Ahora te digo… tira hacia Castellana… De momento me estoy quedando en casa de una amiga.

Minutos más tarde nos despedíamos con un par de castos besos. La casa de su amiga estaba en un lujoso edificio de la Plaza de Colón. Cuestión de clase, pensé.

—Que duermas bien —me dijo antes de cerrar la puerta.

—Tú también —repliqué.

Y lentamente volví al tráfico de la noche.