La decisión #3
—Oh, no, por supuesto… —no quise mencionar los planes que me bullían en la cabeza—. Era solo curiosidad.
—¿No habrás creído en algún momento que yo he probado alguno de los instrumentos de la sala roja?
Hablaba en broma, claro.
Porque… ¿hablaba en broma, no?
Tuve que reírme para que no sospechara que había dudado.
—No, por dios… —le aseguré—. Pero no habría estado mal que hubieras probado el potro… o la horca… y que me contaras lo que se siente...
Ella también sonrió.
—Pues siento decepcionarte —repuso y me recolocó un mechón rebelde de la frente—. Lo más que puedo decirte de la sala roja es que me he masturbado unas cuantas veces fantaseando con ella. Pero no con la de La Moraleja, precisamente.
—¿Con la de 50 sombras?
—Eso es… —rió abochornada—. Cuando leí el libro era una adolescente.
Lo compró mi madre y por supuesto no quiso dejármelo.
Tuve que robárselo y leerlo a escondidas.
La cabeza me estalló cuando lo hice. De sexo no sabía casi nada, pero aquello me atraía extrañamente.
Estuve casi un mes haciéndome un dedo diario. Por lo menos.
—¿Sólo un mes?
—Sí, solo un mes… —su sonrisa lobuna amenazaba con alguna confesión sin filtro, de las suyas—. Luego comencé a salir con un chico y las pajas me las hacía él. Y cosas peores… ja, ja, ja…
Me encantaba ver su sonrisa alegre de nuevo. Eso significaba que había encajado bien la noticia. A pesar de sus expresiones de terror mientras se la comentaba.
Repentinamente, su gesto se enturbió.
—Quiero ver la casa…
Entendí su petición, era normal que quisiera ver la «guarida» de su prometido. Aquel «antro de perdición» —el apelativo sonaba cursi dentro de mi cabeza— atraía a cualquiera.
—Vale… —confirmé—. Quedamos un día y te llevo a verla.
Me agarró del brazo con una mano. Una garra en realidad, tanto apretaban sus dedos. Era la primera vez que veía a Lucy enfadada, y lo estaba de veras.
—Creo que no me has entendido —su mirada había cambiado y no mostraba la inocencia que solía—. Quiero decir que quiero verla «AHORA».
*
Imposible oponerme. Aquella garra podría haberme roto el brazo. Pagué en la barra mientras ella iba al baño y minutos después enfilábamos con el Volvo hacía la M-30, antes de salir a la A-1.
En menos de media hora cruzábamos la entrada del residencial de lujo.
Era tarde, las obras no fueron un impedimento.
Me dirigí directamente hacia el callejón sin salida y aparqué a una distancia prudente.
Ni siquiera sabía si aquella noche habría «akelarre», nombre con el que había bautizado las reuniones en la casa.
Nos encontramos con que en efecto lo había.
Las luces del interior llegaban amortiguadas hacia nosotros.
La música lo hacía igualmente.
Y el guardián de la puerta no nos dejó lugar a dudas.
—¿Conoces ese coche? —le pregunté.
—Sí, es el de mi futuro suegro… —respondió sin vacilación—. Y también conozco a Emilio, su chófer.
—¿Sabes que lleva pistola? —pregunté por simple curiosidad.
—Sí, lo sé… —respondió—. Es un policía retirado. Amigo de Juan desde la época del ejército. Le hace de chófer, de guardaespaldas y de recadero… Un completo imbécil, no te imaginas cómo me mira el muy cerdo…
Se la notaba calmada, la tormenta que la había invadido durante la cena parecía habérsele disipado.
Nos mantuvimos unos instantes en silencio. Yo no sabía qué decir y ella no quería decir nada. Al cabo de unos minutos, volvió a hablar.
—Voy a separarme de Alberto…
Lo dijo así, sin más, como quien dice que el día está lluvioso.
—Espera, Lucy, no te precipites. Deberías pensarlo bien…
—No es por esto de hoy… —me cortó—. Después de ver su chat con Elsa lo he estado pensando. Y ya lo tengo decidido. ¿No es lo que quería? ¿Mandarme a la mierda? Pues lo ha conseguido. Aunque prefiero ser yo la que dé el primer paso, no que él me señale la puerta.
—¿Qué dirá tu familia?
—No lo sé. Pero que digan lo que quieran. De momento voy a preparar la conversación de wasap para que la lean si hace falta. Después, si no es suficiente, les hablaré de esto.
Recostó su cabeza en mi hombro. No me di cuenta de que estaba llorando hasta que no pudo aguantar uno de los sollozos y lo soltó a bocajarro.
No había nada que decir, así que callé.
Le pasé una mano por el hombro y la besé en la frente.
—Pobre niña… —le dije—. Lo siento tanto... Al menos te habrás librado del cerdo de tu suegro. A saber si no te quería meter ahí dentro. Y no de visita, precisamente.
Se incorporó y con una mano se limpió las lágrimas.
—Ya, «pobre niña»… —dijo sujetándome la cabeza por las mejillas—. ¿Y tú qué?
—Bah… —le quité importancia—. Por mí no te preocupes. Ya me las apañaré.
Se alejó de mí y se arrellanó en su asiento.
Y siguió con las confidencias.
—No te he dicho nada porque tampoco te quiero dar la tabarra… —dijo, se la notaba serena del todo—. He comenzado a arreglar un piso que heredé de mi abuela en Castellana. Es posible que me mude a él en unos días, en cuanto me lleven los muebles.
—Ah, genial… Así podrás largarte de la casa de ese monstruo.
—Sí, es lo que quiero… —confirmó—. Alejarme de él. Pero tampoco me apetece volver con mis padres, qué quieres que te diga.
La noche estaba en calma. El cielo estrellado. Los dos solos, en medio del silencio. Era un buen lugar y un buen momento para confidencias.
—¿De qué piensas vivir si te vas?
Me habló sin mirarme, como desde hacía rato.
—Por eso no te preocupes… —replicó—. Tengo ahorros. Herencias también, como el piso. Acabaré la carrera lo antes posible y luego montaré una empresa. Alguna franquicia, tal vez. ¿Sabes?, no me apetece trabajar para otros.
—Te entiendo…
Volvimos al mutismo anterior.
—No me has dicho si vas a dejar a Elsa o no… —me recordó y sin querer me sorprendí; pensaba que lo había hecho anteriormente de forma implícita.
—Sí, por supuesto —suspiré—. He aguantado mucho, pero esto ya es demasiado.
—¿Se lo vas a decir pronto?
—En cuanto pueda… —respondí, dándome cuenta de que era un trago amargo que iba a tener que pasar sí o sí, y en el que no me había parado a pensar ni un solo segundo de momento.
—¿Y luego?
La miré girando la cara hacia ella, sin comprender.
—¿Luego… qué?
—¿Dónde vas a vivir…?
Era una buena pregunta. ¿Dónde iba a vivir?
Es curioso lo que es la vida. Lo que obnubila nuestra mente son los sentimientos, las emociones. Pero lo que de verdad nos condiciona son los aspectos vulgares: la pura logística. ¿Dónde vas a vivir? ¿Qué vas a comer? ¿Cuándo vas a decírselo?
Sentí como si detrás de mí se cerrara una puerta. Acompañaba a la imagen un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo. Y ahora Lucy me enseñaba la ventana que el dicho asegura que se abre cuando se cierra la puerta.
—No lo pregunto por nada especial… —recalcó—. Es que en mi apartamento hay cuatro habitaciones y tres baños… ¿Te mudarías a una casa con una compañera de piso?
La miré con el vello erizado.
Me lo tenía que pensar, por supuesto.
Pero la oferta era más que tentadora.
—Me parece una buena idea… —respondí—. ¿Tengo que decidirlo pronto?
—No, para nada… —repuso—. Hay una habitación reservada para ti… para cuando te decidas…
*
El silencio se instaló de nuevo en el coche.
Parecía que ninguno de los dos podía decir una palabra más.
Por mi parte, esa afirmación era verdad.
Su ofrecimiento había sido un gesto fascinante, aunque tenía que reflexionar sobre su alcance.
Hacerme ilusiones conllevaba un alto riesgo de llegar a emocionarme.
Y ya tenía edad como para saber que las cosas no siempre son lo que parecen.
No me apetecía pasarme de listo y estrellarme.
Porque podía parecer que la chica sin filtros hablaba de una cosa y resultar ser otra distinta. O que las circunstancias cambiaran y sus planes no salieran bien. Sabía muy poco de ella y de su vida, no mucho más de lo que habíamos compartido de manera superficial.
Un par de polvos y para de contar.
La miré de reojo, fijándome una vez más en sus bonitas piernas bajo la falda, que se le había recogido. Me había perdido en ellas por unos instantes. Por eso no vi aparecer la mano que reptaba por mi muslo.
Llegó hasta la entrepierna y allí se quedó.
Apretaba la carne de debajo, algo decepcionada.
—¿Qué le pasa a esto? —dijo—. ¿Está muerto?
Lo decía en serio. Tenía que responder algo coherente. Tampoco era cuestión de explicar mi lío con Sonia de hacía pocas horas. Y que dedujera de ello que yo era un viejo que no aguantaba un par de eyaculaciones seguidas.
Porque a veces —solo a veces— podía eyacular dos o hasta tres en un breve plazo. Como excepción, eso sí. Que uno ya tenía una edad.
Así que me salí por la tangente.
—No, no le pasa nada… —me excusé—. Es que no tengo muchas ganas, la verdad. Y tampoco parece el mejor momento. Además, tú estás con la regla, ¿recuerdas?
—Sí —respondió pícara—. Pero la regla la tengo ahí abajo. En la mano no tengo nada. Y en la boca tampoco.
Aquellas frases, junto con su insistencia, comenzaron a hacer mella en mí. Y mi erección empezó a crecer, a pesar de encontrarse dormida un minuto antes.
—Lucy… por dios…
—¿Qué hay de malo…? Tranquilo, si no pasa nada. Nadie nos ve. Déjame a mí y verás cómo te relajas. Anda, echa para atrás el asiento… y piensa en nuestros ratos junto a la cafetera de tu suegra…