La decisión #2
—¡Vete a hacer gárgaras, jefe, si estás cachondo te la cascas en el baño! Y ahora déjame que tengo que terminar ese informe tan «urgente» que me has pedido… Después he quedado con mi marido para ir al súper.
Había cerrado las piernas hasta el punto de que parecían pegadas con cola. Y me miraba con la expresión dura que utilizaba cuando negociaba asuntos en mi nombre contra contrincantes difíciles.
En esas negociaciones, su carácter peleón me beneficiaba. Ahora resultaba una barrera insuperable.
No había nada que hacer.
Me había equivocado. Sonia era coto cerrado. La prueba era que había mencionado a su marido.
Con los hombros hundidos me volví a mi cueva.
El calentón de esa tarde iba a ser de los grandes.
*
Lo primero que hice al volver al despacho fue cerrar completamente las lamas de la persiana.
No quería volver a verla. ¿De qué me servía ojear el encaje de las medias en los muslos, o el piquito de sus bragas negras, cada vez que se desplazaba o se giraba para acceder al armario?
Cuanto más la mirara peor iba a ponerme.
Y en el hotel no tendría alivio. Lucy no era una opción.
Aunque volví a pensar en ella.
Lo rechacé al instante. Mejor no mezclar asuntos. Lucy era caza mayor, no un desahogo para un calentón.
Así que me mordí la lengua, apreté los dientes y encendí el monitor de mi PC. Acabaría lo que tenía entre manos y me iría por ahí a tomarme una cerveza. Quizá así me enfriaría.
No llegué a arrancar Excel.
Como una exhalación, Sonia apareció en el despacho, oteó el exterior desde el umbral de la puerta y luego la cerró con pasador.
Se acercó a mi mesa a pasitos cortos y rápidos.
Se frotaba las manos y se la notaba temblar.
Y daba saltitos de nena pudorosa.
—Bueno, vale… —dijo—. Una mamada rápida. Pero me prometes que te corres enseguida, si no, ni hablar.
La miré esperanzado.
—Te lo prometo… —respondí babeando. En esos momentos le hubiera prometido la luna.
—Tienes cinco minutos, ni uno más. Mi marido me está esperando abajo, me acaba de llamar.
Me eché hacia atrás en la silla a toda velocidad. Por mí no iba a llegar tarde a la cita con su marido. Faltaría más.
Sonia se arrodilló a mis pies.
No me dio tiempo a tomar la iniciativa.
Parecía querer guisárselo y comérselo todo ella solita.
Con manos inquietas me desabrochó el cinturón y tiró de mis pantalones y los bóxer hasta dejarlos en los tobillos. Luego sujetó la polla con una mano y la miró. Se encontraba medio dormida al no esperar ya nada aquella tarde.
Aunque siempre en guardia.
—Podías estar empalmado ya para ganar tiempo —protestó, metiéndose la mitad de la polla en la boca.
—Ufff… que bueno… —suspiré—. ¿No decías que te gusta blandita para que te entre entera en la boca? ¿Y que luego vaya creciendo?
—Yo no he dicho eso nunca… —protestó sin parar de mamar—. A saber quién te lo habrá dicho. Todos los hombres sois iguales.
—¿Iguales en qué…? —resoplé con los ojos cerrados por la delicia de sentir su lengua juguetona.
—Igual de inútiles… —masajeaba mis huevos con una mano y con la otra me pajeaba al tiempo que succionaba el glande para endurecerlo—. No servís ni para haceros una paja. Tenemos que venir nosotras a hacéroslo todo, hasta eso…
Di un respingo sobre la silla y Sonia aumentó el ritmo.
—Es que lo hacéis muy bien… —volví a resoplar—. Y hacerse una paja en el baño es muy frío. Una boquita de puta como la tuya es mucho más agradable. Pero anda, no te enfades y enséñame las tetas.
—Ni hablar… —se negó—. Tendría que quitarme el vestido.
—Pues déjame que te las toque por el escote.
—Por el escote, vale… pero nada más.
Se ahuecó el vestido y mi mano se coló hasta la cocina. Aquellas tetas se merecían un sobo en condiciones, pero me conformaba con apretárselas mientras su boca se dedicaba a hacerme las delicias.
De pronto, me mordió con inquina por la ofensa anterior.
—Y boquita de puta la tendrá tu tía… a mí me respetas, ¿me oyes?
—Ayyy… joder, Sonia, no me muerdas que duele…
—Si te duele te jodes, por cabronazo…
—Lo siento, mujer, son palabras que se escapan por la pasión. No van con maldad…
—Calla y córrete rápido, hazme al menos ese favor…
Se quedó en silencio durante varios segundos.
Mamaba con entrega.
Luego me apremió.
—¿Te queda mucho?
—Un minuto… no pares, por tu padre…
—Hummmm… —gemía ella mientras resoplaba—. Ya llevas seis, date prisa por favor, tienes que correrte ya…
Abrí un ojo y me encontré con algo que no esperaba.
Se había metido una mano por debajo de la falda.
No había duda de lo que ocurría debajo de ella.
—Joder, Sonia… ¿Te estás tocando? —le dije sujetándola por el pelo para acompañar el vaivén de su cuello.
Volvió a gemir. Esta vez más alto: «hummmffff».
—Calla y tú a lo tuyo… —jadeó con los ojos apretados, pero sin dejar de chupar y de tocarse, ya sin disimulo.
Ahora fuimos los dos los que nos quedamos en silencio. Solo se escuchaban mis gruñidos y sus suspiros, que crecieron de nivel cuando comenzó la subida al Everest.
—No aguanto más, Sonia… —le dije—. Me corro…
Ella seguía con los ojos apretados y chupaba desenfrenada.
Todo su cuerpo se estremecía.
—Sí… córrete… hummmm…. Yo también… me estoy… ooohhh…
—No… espera, espera… —intenté que se detuviera—. Déjame que me salga, te voy a poner perdida.
Su respuesta fue una sorpresa… agradable sorpresa, para ser exactos.
—No hay tiempo… —replicó—. Córrete que me lo trago… No quiero que me pringues… Dame la leche... venga… dámela…
Entre estertores nos corrimos como animales. Sonia tragaba para no ahogarse, mi polla en su garganta por decisión de ella. Y al acabar nos quedamos quietos, jadeantes, intentando coger el aire que nos faltaba.
—Joder… Sonia… de puta madre… —suspiré—. Como la mamas, hija mía…
—Gracias… —repuso con la respiración agitada.
—¿Tú qué tal? —pregunté por corresponder.
—Muy bueno… —suspiró y tragó saliva.
—¿De verdad?
—De verdad…
—Cuanto me alegro… Pero si quieres te puedo hacer un arreglo, así te vas bien servida…
Acompañé mis palabras con un pase de lengua por su mejilla.
Se había abrazado a mis piernas y me babeaba un muslo respirando como podía.
—Déjate de arreglos… —sus labios parecían besarme la pierna, luego me mordió con un gesto suave, más cariñoso que otra cosa—. Recuerda que tengo prisa. Y antes de irme necesito adecentarme para que mi marido no note lo que ha pasado.
La ayudé a levantarse. Su orgasmo debía de haber sido más que excelente, las rodillas aún le temblaban.
—Vete al baño —le dije—. Si tu marido sube a buscarte yo te cubro. Le digo que ahora vuelves.
—Vale… —replicó y salió corriendo.
Por fortuna nadie subió a buscarla.
Y cuando volvió, tomó sus pertenencias y huyó a la carrera.
Me saludó con una mano cuando se dirigía hacia el hall de ascensores, el bolso colgando de un hombro.
Parecía no haber roto un plato en su vida.
Entre mis muslos aún sentía el calor de su boca.
Las babas en mi pierna seguían allí, húmedas, testigo mudo de la mamada que me acababa de hacer la buena de Sonia, una de las chicas más formales de la oficina.
Le tiré un beso con la seguridad de que aquella no iba a ser la última. Más bien había sido la primera de muchas, sin contar con el polvo en el baño.
Aquellas medias de puta tenían que darme mucho juego.
Era una promesa.
*
Llegué al hotel casi a la hora en que había quedado con Lucy. Me moría por hablar con ella. El secreto que llevaba dentro necesitaba salir al exterior lo antes posible.
O estallaría.
Me duché mientras esperaba que Lucy llegara. A la hora convenida, ni un minuto después, apareció y tocó en la puerta. La chica sin filtros era de las puntuales, a mi imagen y semejanza. La abrí y se me echó encima, rodeándome con sus brazos.
—Sigo con la regla —dijo mientras me daba dos besos de amiga—. Te quedas sin postre…
No me importaba. Había descargado con Sonia aquella misma tarde. Me encontraba relajado y sereno para afrontar la seria conversación que debíamos mantener.
—No te preocupes, estoy bien… —respondí—. ¿Te apetece que bajemos a cenar al restaurante del hotel? Lo he probado y a mí al menos me gusta.
—Por mí, vale. Me muero de hambre.
Elegimos la cena y bebimos de nuestros vasos —cerveza para ambos— antes de comenzar la charla para la que estábamos allí.
—Tú me dirás —dijo ella para romper el hielo—. ¿Qué es eso tan serio que me querías comentar?
—Es sobre Alberto, te lo puedes imaginar.
—¿Alberto? ¿Estás seguro? —se burló—. Qué extraño…
Tomé aire antes de soltar la bomba.
—Tengo algo que decirte que no te va a gustar…. —hice una pausa y me miró exigiendo que siguiera—. Tenías razón… Alberto y Elsa tienen cierta… «relación».
—¡Lo sabía! —se lamentó apretando el tenedor sobre la mesa—. ¡Pedazo de cabrones…!
—Pero no, no es lo que te imaginas…
—Ah, ¿no?
—No… es mucho peor.
Tragó saliva. Se echó hacia adelante en la silla.
—Suéltalo todo, estoy preparada…
Me tomó de las manos y jugueteamos con ellas.
Mientras, le fui explicando punto por punto lo que me había confesado Nata.
No omití ningún detalle, por muy escabroso que éste fuera.
Cuando acabé, Lucy estaba recostada en el respaldo de su silla, las manos en la boca, los ojos como platos y su mirada perdida en los míos. Incrédula, pero a la vez sabiendo que lo que le había explicado era verdad.
—Conozco ese chalet que comentas… —dijo cuando recuperó el habla.
—¿Lo conoces? —pregunté asombrado—. ¿Has estado en él?
Era una buena noticia. ¿Quién decía que no tenía una llave de la puerta que además cancelara las alarmas? Menuda oportunidad para verlo en vivo. Se lo pregunté directamente.
Para mi decepción no era así.
—No, no es eso… —me desengañó—. Quiero decir que sé que existe.
Pero nunca he estado allí, ni siquiera sé dónde está exactamente.
Lo más que sé es que Alberto y su padre lo han mencionado a menudo.
«Voy a ir a La Moraleja», «hay que llevar esto a La Moraleja», y cosas así.
Nunca mencionaron algún detalle concreto.
Y mucho menos sobre lo que me has comentado, como puede imaginar.
Pero ¿por qué lo preguntas? ¿No pretenderás entrar a escondidas?