La decisión
La comida de ese sábado en casa de los padres de Elsa fue más bien anodina.
Lo agradecí, sin embargo. El hecho de que no asistieran a ella Alberto y Lucy la hicieron al menos pacífica.
A saber si me habría podido controlar si tenía delante a aquel hijo de su madre, siempre con sus aires de superioridad.
Soporté el almuerzo como pude. Y tras la comida vino la tarde con Elsa.
Y luego el domingo. Tuve que fingir que no pasaba nada, aunque pasara todo.
Y Elsa debió de fingir que no se daba cuenta de que algo no iba bien.
Que mis caras no eran las de siempre. Que mis palabras eran escuetas. Monosílabos.
«Sí, no, vale…» y poco más.
Y el lunes ya no pude soportarlo.
Me inventé un viaje sorpresa que me llevaría días —ni idea de cuántos— y me alojé en un hotel del sur de la capital, lejos de nuestra zona de influencia.
Necesitaba pensar y, sobre todo, decidir lo que iba a hacer con la información de que disponía.
¿Seguiría con Elsa si ella se comprometía a romper el contrato con sus «amos»?
Lo dudaba. Porque, aunque me jurara que lo haría, ya no podría creerla. Sus mentiras no solo no decrecían, sino que se acumulaban con el tiempo. No podía darle más oportunidades. Le había dado muchas y se había burlado de mí, volviendo siempre a las andadas.
¿Cómo podía afirmar que me amaba? Por lo visto se lo decía a todo el que quería oírla. También se lo había dicho a Nata. Pero ¿qué tipo de amor era el suyo? Que yo supiera, el amor conlleva no solo cariño, compartición, camaradería… sino también sexo en común.
Lo de la pareja abierta no es que hubiera resultado un fracaso.
Es que desde el inicio no era más que una trampa.
Una forma de poder ejecutar sus escapadas sin darme derecho a preguntar.
Y de dormir plácidamente en nuestra cama después.
«Después» de un sexo extremo que difícilmente correspondía a una persona en su sano juicio.
Eso no era «amor». Al menos no lo que yo entendía por esa palabra.
*
En la soledad del hotel, mientras me afanaba por dormir sin conseguirlo, comprendía que había un cabo suelto que tenía que resolver, y cuanto antes.
Lucy.
¿Qué hacer con lo que sabía sobre su futuro marido? ¿Dejarlo correr?
Que el muy hijodesumadre quisiera quitársela de encima poniéndole trampas para justificar repudiarla —lo que solía hacer con las esclavas que ya no le servían—, ya era algo fuerte.
Pero, por alguna razón, pensaba que Lucy podría haber decidido seguir con su relación, aunque solo fuera por fastidiarle.
Por fastidiarle a él… y satisfacer los objetivos de su familia de hacer crecer su fortuna y su ámbito de poder por la unión de los dos clanes.
Con la nueva información de la que disponía, sin embargo, si le hacía partícipe de los «hobbies» del muy cerdo, ¿seguiría pensando lo mismo? ¿Aceptaría casarse con él y vivir su propia vida al margen del matrimonio, cuernos conmigo —o con cualquier otro— incluidos?
A saber.
Porque había que tener en cuenta, además, que era muy probable que su suegro la tuviera en su lista de «posibles» esclavas. Con el afán con que se la comía con los ojos —tan solo eso de momento por lo visto—, era más que probable.
Así que le di mil vueltas.
¿Se lo decía o no se lo decía?
Luego otras mil.
Y al final me quedó claro que no tenía derecho a ocultarle la información que había obtenido de Nata. No podía callarla. Si lo hacía sería peor que los dos monstruos con los que iba a emparentar.
Por otro lado, para creer todo lo que pudiera contarle iba a tener que ponerle mucha fe.
Porque pruebas no podía darle ninguna. Ni videos, ni fotos, ni grabaciones de voz de la charla con Nata —fallo mío—.
Tan solo mi palabra de que lo que le contaba no era un invento de mi imaginación, por muy surrealista que pareciera.
Fuera como fuese, decidí desvelar lo que sabía, y el mismo martes por la noche marqué su número en mi móvil.
—Hola, Sergio, ¿cómo está mi golfillo preferido? —saludó Lucy con su habitual estilo de niña grande.
No me paré en saludos y fui al grano. Esta no era una conversación normal, de cortesía. Era una charla para corazones fuertes, adultos.
—Necesito verte —le respondí—. Es urgente.
—Ay, hijo, qué prisas —rió ella al otro lado de la línea—. Pues te voy a tener que decir que no podemos quedar, estoy con la regla… ya sabes: semáforo en rojo.
Si no hubiera sido tan seria la situación, me habría reído de su broma.
Pero no era el caso.
—No, nena, esta vez no te llamo para follar… —le dije—. Tenemos que hablar de cosas serias.
—Uy, que misterioso —siguió en su estilo—. ¿Más serio que el hecho de que mi novio me quiera debajo de otros hombres y con las piernas abiertas para poder mandarme a la mierda?
—Mucho más…
—Jolines, pues sí que es grave la situación —terminó por aceptar—. Está bien, ¿Cuándo nos vemos?
—Cuanto antes… —la urgí—. ¿Puedes hoy?
—No, hoy imposible…
—¿Y mañana?
—A ver… sí, mañana me vale… con un poco de suerte se me corta la regla y me puedes hacer guarrerías…
—Vale… —sonreí para mis adentros—. Y no te preocupes por mí, que ya me apañaré yo solito si hace falta.
A continuación, le expliqué que me encontraba en un hotel, aunque no le confesé la razón para haberme ido de casa.
—Mañana te lo cuento todo. Ahora te envío por wasap la dirección del hotel y mi número de habitación.
—Vale, hasta mañana.
—Chao.
*
El martes y el miércoles los pasé escondido en el despacho. Hubiera sido ideal teletrabajar desde el hotel. Así habría podido evitar que Elsa me descubriera y hacer que todo se precipitase. Pero no había sido posible, varias reuniones me reclamaban esos días.
Me las apañé para que Sonia me trajera algo de comer por las mediodías y así no tener que pasearme por el edificio.
Todo iba bien, con una excepción.
El miércoles, mi secretaria me estaba volviendo loco. Se había vestido de una manera «diferente». Un vestido rojo —de falda super corta con rayas blancas en los bordes de la falda, las mangas y el cuello— la convertían en un objeto de lujuria.
Por supuesto, las medias de puta no faltaban.
Blancas esta vez, en lugar de negras.
Pero transparentes, como le había dicho que me gustaban.
Lo que no iba bien era que no se había dado cuenta de que las lamas del ventanal que nos separaba estaban abiertas lo suficiente como para poder verla desde el interior.
Desde su ángulo de visión ella no podía verme, por lo que no se sentía vigilada.
Se movía libremente, sin reparos, mostrándome su intimidad cuando abría las piernas para hacerse palanca en el suelo y moverse por la moqueta sobre los ruedines de la silla.
Resultado: me había puesto cachondo como un perro. Podría explotar en segundos sin necesidad de tocarme si me lo proponía.
En otras circunstancias, podría haber esperado a la noche y tener sexo con Lucy, en el caso de que la regla se le hubiera cortado.
Pero en las condiciones actuales no debería ni rozarla.
Corría el riesgo de que nuestra charla se convirtiera en una mera anécdota, dejando que el sexo fuera la única razón de la cita.
Cuando dieron las seis y la gente empezó a desaparecer de la planta, mi cabeza le daba vueltas a una idea. La «única» idea que podía tener tras soportar aquella situación durante tanto tiempo.
Tirarme a Sonia.
Había aguantado todo el día. Ya no podía más.
A las seis y media, salí de mi despacho y me acerqué a ella por la espalda. Volaba a diez centímetros sobre la moqueta para que no me escuchara llegar.
Bajé mi boca y la pegué a su oído.
Y se lo solté sin medias tintas:
—¿Me harías una mamada rápida en el despacho? —le dije en un susurro antes de que intuyera que estaba junto a ella.
Sonia dio un respingo y se apartó de mí empujando la silla con los pies contra la moqueta.
Miró a todos lados, presa del pánico.
—Por dios, Sergio… —murmuró tras comprobar que no había nadie a la vista—. Que pueden escucharte…
—Tranquila, mujer… —la calmé—. No nos oye nadie, he comprobado que toda la planta está vacía.
Pero no estaba convencida. Miraba a todas partes sin parar, girando la cabeza a uno y otro lado, y haciendo volar su bella melena.
—Me da igual que se hayan ido todos. ¿Es que te has vuelto loco? —me acusó—. ¿Crees que puedes venir y pedirme que te la chupe? ¿Así por las buenas? ¿Por quién me tomas? ¿Por una puta?
Le puse una mano en el antebrazo, aunque sin intención de sujetarla.
Era solo una caricia.
El calambrazo fue instantáneo.
Se alejó de mí empujando hacia atrás la silla de ruedines con los pies.
—¡Jolines, jefe, deja de tocarme! ¿Quieres? ¡Me pones de los nervios!
Dijo y volvió a mirar a todos lados.
Y yo veía que se alejaban mis posibilidades de sentir aquellos labios gordezuelos alrededor de mi polla. Y su lengua acariciando suavemente el glande, llenándolo de su saliva.
—Mecagüenlaleche, Sonia… —me sulfuré, aunque siempre en susurros—. ¿Llevas todo el día poniéndome a mil y ahora me vienes con estas? ¡Qué uno no es de piedra, joder!
—¿Cómo que poniéndote a mil? —me miraba a mí y miraba al ventanal que nos separaba—. Si yo no he hecho nada, y la cortina de lamas está echada.
—Y una mierda… —rezongué—. Está solo a medias.
Tú mejor que nadie deberías saberlo. Desde dentro veo todo lo que haces.
Y claro, te mueves con esa falda tan corta, abriéndote de piernas y con las medias de puta…
Y no me digas que no te las has puesto para mí, que eso no se lo cree nadie.
Uffff… Sonia, que estoy que me muero… por tu padre…
—Pues claro que no me he vestido para ti, so cerdo… —se defendía como una leona—. Me pongo estas medias porque los pantis me dan mucho calor desde que han encendido la calefacción.
—Vale, lo que tu digas… —le di la razón como a los tontos—. Pero si me haces una mamada, te juro que no te pido nada nunca más… Tampoco es para tanto, un par de minutos y ya… Anda, no seas mala…
Saltó al instante.